30.000 casos en el estado de Nueva York

Cuomo, 'presidente de facto' contra el Covid: "Solo él nos salvará del reyezuelo Trump"

El coronavirus tiene en Nueva York un campo de batalla perfecto. Pero el bando de los humanos cuenta con un general: un líder que eleva la moral y toma medidas claras

Foto: El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. (EFE)
El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. (EFE)

El coronavirus tiene en Nueva York un campo de batalla perfecto. La mayor densidad de población de Estados Unidos y la tendencia al hacinamiento permiten que el virus se propague cinco veces más rápido de lo normal. Sus tropas, desplegadas en gotitas de saliva y pilotando ataques de tos, duplican los infectados cada tres días. Pero el bando de los humanos cuenta con un general efectivo: un líder que recorre las filas elevando la moral y tomando medidas claras. El gobernador del estado, Andrew Cuomo, se ha convertido en el referente de la lucha contra la pandemia.

"¿Qué queremos hacer? Ralentizar el número de casos que van a los hospitales, mientras aumentamos la capacidad de esos hospitales. Estamos trabajando en ello desde el día 1", dijo el demócrata en su puntual comparecencia diaria: un desfile de datos concretos y reflexiones acompañadas por un Power Point. Cuomo no usa términos científicos, sino símiles comprensibles. "No pienso en una curva. Pienso en una ola. Y la ola va a romper, y va a romper en el sistema de hospitales".

El gobernador ha anunciado que peatonalizará algunas calles neoyorquinas para aligerar la densidad social, ha designado cuatro espacios para colocar hospitales temporales, al estilo del IFEMA en Madrid; ha comunicado que 40.000 voluntarios sanitarios se sumarán a la contención del virus y 6.000 darán ayuda psicológica gratuita, y ha actualizado la información sobre las infraestructuras médicas. El estado necesita 30.000 respiradores (solo hay 4.000), 140.000 camas de hospital (el doble de las disponibles) y 37.000 unidades de cuidados intensivos (solo tienen 3.000).

Brillar en tiempos de oscuridad

En cierto modo, se trata de un protector: un padre que educa y amonesta a sus hijos. "Hay un nivel de densidad en Nueva York que es muy inapropiado", dijo después de visitar los parques de la ciudad. "Esta densidad simplemente es un error. Es insensible, es arrogante, es autodestructiva, es irrespetuosa. Tiene que terminar y tiene que terminar ahora". El gobernador dio 24 horas a la ciudad para que idease medidas contra la densidad de gente. Si no, él mismo cerrará los parques.

Andrew Cuomo ha visto una oportunidad de brillar y se ha lanzado sobre ella. Los tiempos de crisis le permiten lucirse como organizador eficiente, un especie de súperfuncionario atento y eficaz. Y compensar el que siempre ha sido el Talón de Aquiles del gobernador: su falta de 'likeability'. Encanto, simpatía, gracia personal.

Muchos políticos dependen de su carisma. Enardecen a las masas con su mensaje de esperanza y quedan bien en los pósteres electorales. Tienen familias perfectas, hileras de dientes sanos y blancos y talento para entender, y adaptarse, a la atmósfera de un auditorio. Son los Obama, los Clinton y los Ronald Reagan. Aquellos políticos, como se suele decir, con los que uno se tomaría una cerveza.

Foto: EFE.
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Luego están los operadores grises. Los Dick Cheney, los Richard Nixon y los Lyndon Johnson. Trabajadores que limitan sus entrevistas y comparecencias, pero que no dejan ni un cabo suelto entre bastidores: siempre a la caza de aliados y financiación, siempre conspirando, planificando, impulsando leyes y buscando los puntos débiles de sus adversarios. Andrew Cuomo pertenece a este segundo grupo.

"Andrew Cuomo es el Frank Underwood real", escribía el periodista Michael Wolff en 2014, en referencia al despiadado protagonista de la serie ‘House of Cards’. "Él usa las palancas del poder para ganar más poder, y así, con una aparente habilidad, promover políticas y leyes progresistas. De hecho, ha tenido el primer mandato como gobernador de Nueva York más exitoso en varias generaciones".

Andrew Cuomo es el Frank Underwood real. Él usa las palancas del poder para ganar más poder, y así, con una aparente habilidad, promover políticas y leyes progresistas

A diferencia del personaje interpretado por Kevin Spacey, Andrew Cuomo proviene de un breve aunque respetado linaje político. Su padre, Mario Cuomo, fue una estrella del Partido Demócrata. Empezó como líder vecinal de Queens y fue ocupando varios cargos hasta hacerse gobernador en 1982, hasta 1994. Su hijo mayor, Andrew Cuomo, aprendió a su sombra. Padre e hijo coinciden en su hablar directo y su gusto por meter las manos hasta los codos en los asuntos de Gobierno.

En 1997, Andrew Cuomo fue nombrado secretario de Vivienda en la segunda administración Clinton, luego se presentó a gobernador, sin éxito, y en 2006 fue nombrado fiscal general de la ciudad. Ya como gobernador, desde 2010, su gestión ha tenido algunas manchas. Cuomo nunca ha sido imputado, pero sí lo fueron cuatro de sus allegados, en un escándalo de donaciones ilegales.

La cara pública del gobernador, de 62 años, rígido, con un sentido del humor calcificado y una reputación de macho alfa orgulloso y vengativo, siempre ha sido inferior a su cara privada. El 'doer' que va y viene, presiona, impulsa y completa. Su cara privada arroja resultados; su cara pública es capaz de discutir, en directo y frente a millones de telespectadores, quién es el hijo favorito de mamá.

La ley Matilda

"Gobernador Andrew Cuomo, agradezco que vengas al programa, te quiero y estoy orgulloso de lo que haces, sé que estás trabajando muy duro por el estado, pero trabajes lo que trabajes, siempre hay tiempo para llamar a mamá", le espetó su hermano menor, Chris Cuomo, presentador estrella de la CNN. En directo. "Llamé a mamá, justo antes de venir al programa", respondió el gobernador. "Por cierto, ella dijo que yo era su favorito. La buena noticia es que dijo que tú eras su segundo favorito. El segundo hijo favorito, Christopher".

El liderazgo de Cuomo también se beneficia del contraste. En los últimos tres días, varios líderes republicanos, incluyendo el presidente de EEUU, han barajado la idea de levantar las recomendaciones de distanciamiento social para el 12 de abril. "Me gustaría tener al país abierto y vibrando para Pascua", declaró Donald Trump, contradiciendo todas las advertencias de los epidemiólogos y expertos de su gobierno. Trump volvió a enmarcar las muertes por coronavirus en el contexto de la gripe y los accidentes de tráfico. Una parte de la vida, del curso natural de las cosas.

Cuomo, mientras tanto, acuñaba la "Ley de Matilda", en honor a su madre de 88 años. La Ley de Matilda es el conjunto de medidas restrictivas, como el confinamiento, para frenar la expansión del coronavirus, pensando en las personas mayores y más vulnerables. "Todo el mundo tiene una madre, un padre, una hermana, un amigo entre la población vulnerable", dijo Cuomo. “Se trata de protegerlos. Lo que hacemos afecta mucho, mucho, a su salud y a su bienestar”.

Un presidente 'de facto'

La actitud del gobernador ha despertado el frenesí de los comentaristas de izquierdas, que ven en él a un presidente 'de facto', el líder claro y responsable que se merecen los estadounidenses en medio de la pandemia. "Cada mañana, sobre las once, me siento momentáneamente mejor", escribe Michael Tomasky en 'The Daily Beast'. "Ese hombre que aparece en mi televisión es tranquilo, mesurado, abrupto cuando necesita serlo (...) Ahora mismo Cuomo es lo más cerca que tenemos a alguien que habla y actúa como un presidente. Es cosa suya salvarnos del reyezuelo Trump".

El experimentado 'apparatchik' de Nueva York lo sabe y disfruta de esta luna de miel política: se ha convertido en una especie de Franklin D. Roosevelt consolando a la nación en sus "Charlas junto al fuego". Los casos de Covid-19 a nivel estatal ya superan los 30.000, la mitad de los detectados en todo el país. Solo en la ciudad de Nueva York hay 17.000, y 200 personas han muerto. Los habitantes, encerrados en sus casas, buscan un líder, una voz firme que se preocupe de ellos y les dé confianza. El gobernador disfruta de su papel; cuando acaba sus comparecencias, se levanta, da un largo trago a su café para llevar, y dice: “Tengo trabajo que hacer”.

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