¿La rendición de EEUU?

No habrá paz en Afganistán: los agujeros del acuerdo entre Trump y los talibanes

La guerra de EEUU en Afganistán ha durado más de 18 años y ha marcado el mandato de tres presidentes. El balance final es devastador

Foto: Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

En cierto modo, lo sucedido en Afganistán se asemeja a lo que le ocurre a un jugador de ruleta que no deja de perder dinero pero que se niega a abandonar, con la esperanza de que se produzca un inesperado cambio de fortuna que le permita recuperarse. Esto en psicología de las apuestas se conoce como “sesgo improbable favorito”.

Tras los ingentes esfuerzos y recursos dedicados a la guerra más larga de la historia de EEUU, ningún líder militar o político ha querido levantarse de la mesa de juego, pese a que todos eran conscientes de que el conflicto no podía ganarse. Por eso, la guerra ha continuado año tras año, a pesar de las crecientes bajas (unos 2.500 soldados estadounidenses muertos y casi 20.000 heridos) y un agujero presupuestario de dos billones de dólares.

Pero eso está a punto de cambiar. Este sábado, Estados Unidos y los líderes talibanes firmaron un acuerdo que abre la puerta a una retirada de las tropas norteamericanas y a un posterior proceso de paz. Tras siete días en los que ambos bandos han mantenido un alto el fuego calificado de “período de reducción de la violencia”, el enviado especial de EEUU para Afganistán Zalmay Khalilzad y el número dos talibán, el Mulá Abdul Ghani Baradar, estamparon su firma en el documento en un hotel de cinco estrellas en la capital de Qatar, ante el Secretario de Estado Mike Pompeo, sellando así lo que, en esencia, había sido ya decidido en septiembre del año pasado.

La gran promesa de Trump

Mediante este acuerdo, EEUU exige a los talibanes que se aseguren de que Afganistán no se convierta en una base para el terrorismo internacional y se comprometan a iniciar “un proceso de paz entre afganos” en unos meses, a cambio de la liberación de miles de presos talibanes y de la retirada gradual de las tropas estadounidenses. “El valor del acuerdo reside en que abre la puerta a un proceso de paz afgano: solo mantendrá su prominencia si le sigue esa fase. Así que los detalles tal vez no importen demasiado”, comenta Laurel Miller, directora del Programa de Asia en el International Crisis Group, un think tank de prevención de conflictos.

A cambio de estas concesiones, Estados Unidos retirará en los próximos meses a 8.600 soldados de los aproximadamente 13.000 que tiene desplegados en el país. El plan, no obstante, es ir retirando gradualmente la totalidad de sus fuerzas militares. Y, en el fondo, de eso es de lo que se trata.

El presidente Donald Trump está tratando de cumplir una de las promesas clave de su campaña: poner fin a las interminables guerras de EEUU en Oriente Medio, un aspecto que él percibe como clave para su reelección en noviembre de este año. Y aunque la ejecución de la supuesta retirada de la región es cuestionable (muchas de las tropas retiradas de Siria han acabado en Arabia Saudí, donde la presencia militar estadounidense se ha multiplicado varias veces en los últimos meses), el deseo de Trump de salir de Afganistán es genuino. De hecho, si no ha tenido lugar antes ha sido por la oposición de altos funcionarios militares de su Administración, como los generales H.R. McMaster y James Mattis (posteriormente defenestrados por Trump).

Ahora sabemos, gracias a las revelaciones de los llamados “Papeles de Afganistán” publicados por el 'Washington Post' a finales del año pasado, que oficiales y responsables políticos y militares estadounidenses mintieron sistemática y deliberadamente sobre el progreso de la guerra, presentando estadísticas y supuestos logros de forma positiva cuando la realidad era otra.

No solo sabían que no estaban ganando, sino que eran conscientes de que la victoria era imposible. “Carecíamos de un conocimiento fundamental sobre Afganistán. No sabíamos lo que estábamos haciendo”, afirma uno de los anónimos testimonios documentados en la exclusiva del Post. A pesar de ello, la Casa Blanca, el Pentágono y los oficiales sobre el terreno siguieron insistiendo durante dos décadas en una campaña militar cada vez más absurda.

¿Y por qué no nos vamos?

Por eso, probablemente era necesario un presidente heterodoxo en la Casa Blanca para que se produjese la retirada. En ese sentido, Trump concibe el mundo a la manera de una transacción financiera. Se pregunta: ¿qué ganamos permaneciendo en Afganistán? Y en su universo, la respuesta es sencilla: nada. Conceptos como la proyección de poder geopolítico, los equilibrios globales o la conveniencia de ser fiel a los aliados y de mantener la propia palabra le resultan ajenos.

La guerra de EEUU en Afganistán ha durado más de 18 años y ha marcado el mandato de tres presidentes. El balance final es devastador. Además de las bajas estadounidenses, la conflagración deja otros 180.000 muertos, casi una cuarta parte de ellos civiles. Tan solo el año pasado, más de 10.000 afganos no combatientes resultaron muertos o heridos en el conflicto, según la ONU. La producción de opio se ha cuadruplicado y los talibanes han sido capaces de llevar a cabo una cifra récord de 8.204 ataques en los últimos cuatro meses de 2019, de acuerdo con un informe del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán. Estados Unidos se retira ahora sin haber conseguido estabilizar el país y sin apenas resultados que ofrecer.

“Los talibanes ven este acuerdo como ‘la rendición de América’”, afirma Madiha Afzal, analista para Afganistán y Pakistán de la Institución Brookings de Washington. “Que Estados Unidos haya sido incapaz de derrotar a los talibanes será también percibido como una amplia victoria para las tácticas y la ideología del yihadismo, algo peligroso en una región donde las ideologías yihadistas han florecido durante décadas y donde siguen existiendo grupos terroristas de todo tipo, más allá de los talibanes afganos, el ISIS y Al Qaeda, que representan el peligro más directo para EEUU y por tanto suponen la mayor preocupación para el Gobierno estadounidense”, señala.

Otros observadores, como el comentarista de asuntos militares Bill Roggio, autor del blog 'The Long War Journal', creen que los talibanes carecen de capacidad para garantizar que el país no se convierta en una plataforma para organizaciones terroristas enemigas de EEUU. “Los talibanes no tienen control sobre el brazo regional del Estado Islámico, que opera a lo largo de la frontera afgano-paquistaní”, indica Roggio. “El Estado Islámico rechaza la legitimidad de los talibanes, así que no se sentirá atado por ningún acuerdo alcanzado con EEUU”, afirma, señalando que “otras organizaciones yihadistas vinculadas a Al Qaeda, incluyendo a grupos centroasiáticos y uigures, también tienen la vista puesta en un Afganistán post-retirada como suelo abonado para sus proyectos”.

Si, como dicen los anglosajones, el pasado es un prólogo, no hay demasiadas razones para el optimismo, incluso entre facciones más seculares. A la retirada soviética en 1988 le siguieron siete años de guerra civil, primero entre los muyahidines y el Gobierno de Muhammad Najibullah que los rusos habían dejado atrás y posteriormente entre los mismos vencedores. En gran medida, los talibanes consiguieron afianzar su régimen debido a que la población empezó a percibirles como la única fuerza militar con capacidad de imponer la paz, por brutales que fuesen.

Muy malas noticias

Saltando a 2020, las perspectivas no son prometedoras. La Casa Blanca envió un mensaje bastante desalentador cuando, harto de las maniobras evasivas del Gobierno afgano, decidió iniciar conversaciones directas con los talibanes excluyendo a los representantes de Kabul. El país ha necesitado cinco meses para anunciar que el presidente Ashraf Ghani ha resultado reelegido en las últimas elecciones, y el propio ejecutivo ha acabado saltando por los aires: el vicepresidente Abdullah Abdullah se ha negado a acatar los resultados, anunciando la creación de su propio “gobierno inclusivo”.

Los talibanes tampoco reconocen lo que denominan un “gobierno títere”, y prefieren negociar por separado con cada una de las facciones. Y lo que es más: muchas de estas facciones -como la liderada por Abdullah o la del propio expresidente Hamid Karzai- están más que dispuestas a ello, lo que abre la puerta a una división del poder tanto en Kabul como en las provincias. Un comienzo bastante espinoso para las “negociaciones intra-afganas” estipuladas en el acuerdo de este sábado. El riesgo de que la violencia se perpetúe es muy alto.

Probablemente el acuerdo de este viernes no traerá la paz a Afganistán. Pero esto, tal y como lo ve Trump, ya no será problema suyo.

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