UN PAÍS, DOS LÍDERES POLÍTICOS

La inesperada vuelta de Lula: la izquierda se rearma contra sus propios fantasmas

Lula consiguió salir de prisión gracias a una polémica decisión del Tribunal Supremo. Ahora intenta sumar apoyos políticos para revertir el bolsonarismo y reconstruir a la izquierda brasileña

Foto: Lula da Silva y Dilma Rousseff, en un mitin el 22 de noviembre. (Reuters)
Lula da Silva y Dilma Rousseff, en un mitin el 22 de noviembre. (Reuters)

Hace un mes Lula da Silva salía de la prisión de Curitiba, tras 580 días de aislamiento forzoso, prometiendo ante una muchedumbre de partidarios expectantes que lucharía “para intentar recuperar el orgullo de ser brasileiro". El expresidente de Brasil aseguraba que se esforzaría "para que las mujeres puedan llevar a sus hijos a un supermercado y comprar lo suficiente para comer y para que el trabajador tenga el derecho de ir al cine, al teatro, de tener un coche, una televisión, un ordenador, un móvil, de ir a un restaurante y de poder reunir a la familia todo los fines de semana para hacer una barbacoa”.

El que fuera el mandatario más popular de Brasil, con un 87% de aprobación, fue encarcelado el 7 de abril de 2018 tras ser condenado en segunda instancia por corrupción y lavado de dinero en la operación Lava Jato. Varios recursos después, Lula consiguió salir de prisión gracias a una polémica decisión del Tribunal Supremo, que decidió recuperar la antigua doctrina jurídica que prima la presunción de inocencia y permite a los condenados defenderse en libertad ante instancias superiores hasta agotar todos los recursos.

“La salida de Lula de la cárcel no se produjo por una movilización popular y sí por un cambio de criterio en la élite de la sociedad brasileña sobre la prisión tras una condena en segunda instancia. Aun así, representa una conquista democrática. No es posible arrestar a un líder de importancia mundial como Lula por acusaciones livianas, como supimos a través de los reportajes de The Intercept [diario online estadounidense que publicó mensajes de Telegram entre los fiscales y el juez Sergio Moro, acusado por la defensa de Lula de prevaricación]", analiza Gilberto Maringoni, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal del ABC (UFABC) y coautor del libro ‘Luiz Inácio Lula da Silva – La verdad vencerá’. "Son acusaciones falsas, sin pruebas, sin ningún tipo de evidencias que pudiesen conducir a su condena”, añade Maringoni.

El hombre que amaban los pobres

De sindicalista a ídolo de los más pobres, Lula consiguió adquirir un gran prestigio internacional. Su homólogo estadounidense, Barack Obama, le definió en 2009 como “el político más popular de la Tierra”. La miseria y el hambre marcaron la infancia de este hijo de campesinos analfabetos que ni siquiera tenía zapatos. Precisamente el recuerdo indeleble de las privaciones hizo que la batalla contra la pobreza fuese la marca principal en sus dos mandatos.

“El Brasil del Partido de los Trabajadores (PT) consiguió sacar a 36 millones de personas de la miseria absoluta; llevó a 40 millones de personas a tener un patrón de consumo de clase medio-baja; construyó cuatro millones de casas populares; generó 22 millones de empleos formales; llevó la energía a 15 millones de personas; e incluyó a 70 millones de personas en el sistema bancario. Esto equivale a la población de Colombia y Argentina juntas en apenas 12 años”, recordó Lula con orgullo durante una entrevista realizada un mes antes de salir de prisión.

Durante aquel encuentro, que duró más de una hora, el expresidente demostró que no había perdido ni un ápice de su carisma y de su buen humor. Aseguró que a sus 74 años tenía la energía de un treintañero e incluso reveló que estaba enamorado y que pretendía casarse al salir de prisión. Haciendo gala de una oratoria impecable, Lula repasó los principales acontecimientos políticos de Brasil y del mundo con lucidez. Sin embargo, no dio su brazo a torcer cuando la periodista preguntó una y otra vez sobre cómo pensaba lidiar con una sociedad polarizada y dominada por un fuerte sentimiento anti-petista, el mismo que condujo a la elección del primer presidente de extrema derecha desde la redemocratización de Brasil, el capitán Jair Bolsonaro.

Para Lula, que pasó de ser el político más amado a ser considerado por muchos brasileños como el más corrupto de la historia reciente, su demonización no tiene fundamentos. “Esto no quiere decir que yo esté errado. Esto quiere decir que algunas personas que me están demonizando pueden estar erradas. Una de las razones por las que las personas nutren un odio por mí es porque los pobres pasaron a viajar en avión durante mi Gobierno. Las empleadas domésticas pudieron comprar el mismo perfume que su patrona usaba el viernes para ir a cenar. Las personas pasaron a tener derechos, lo que incomodó a un sector de la clase media, que no acepta que haya inclusión social. Eso pasa no solo en Brasil, sino en el mundo entero”, aseveró Lula.

Su negativa a hacer autocrítica quedó plasmada en su primer acto público tras abandonar la cárcel. Fue el 17 de noviembre en Salvador de Bahía, uno de los grandes bastiones electorales del PT. “Si queréis que el PT haga una autocrítica, que la hagáis vosotros. Que me critique la oposición. Existe para eso”, afirmó en referencia a los reclamos provenientes de otros partidos. Lula también animó al pueblo a movilizarse contra Bolsonaro, lo que para algunos analistas podría aumentar la polarización.

“Si queréis que el PT haga una autocrítica, que la hagáis vosotros. Que me critique la oposición. Existe para eso”

Lula es de por sí un elemento polarizante. La estructura de polarización está bien consolidada en Brasil desde 2014 [año de la reelección de Dilma Rousseff], pero hay momentos de mayor intensidad. Su liberación reenergizó esta polarización. De un lado, movilizó y reafirmó la identidad política de la izquierda, pero aconteció la misma cosa del otro lado del espectro político. Por ejemplo, el Movimiento Brasil Libre (MBL), que se estaba distanciando del bolsonarismo, se unió a las manifestaciones contra la liberación de Lula”, señala Pablo Ortellado, profesor de Gestión de Políticas Públicas de la Universidad de São Paulo (USP) y columnista del diario 'Folha de S. Paulo'.

La oposición bolsonarista revive

Al mismo tiempo, su reaparición en el escenario político representa un aliciente para la izquierda brasileña y latinoamericana, desorientada ante el avance mundial de la derecha radical. “La salida de Lula de la cárcel contribuye a reorganizar el campo político de la izquierda y el PT, que estaba en un momento de transición, descabezado, sin líder. El perfil de este exsindicalista, inclinado hacia el diálogo y la conciliación, da un impulso a la oposición bolsonarista”, señala la socióloga española Esther Solano, profesora de la Universidad Federal de São Paulo (UNIFESP).

Por lo pronto, el expresidente está recorriendo el país para recuperar el tiempo perdido. Su característica principal siempre ha sido una gran cercanía con el pueblo. Por esta razón está barajando la posibilidad de retomar la Caravana Lula, un acto preelectoral itinerante que había empezado antes de ser encarcelado. Sin embargo, es importante destacar que de momento Lula no puede volver a ser candidato. La Ley de la Ficha Limpia, impulsada por él mismo y aprobada en 2010, inhabilita a todos los políticos condenados en segunda instancia durante un periodo de ocho años.

Además, a finales de noviembre Lula volvió a ser condenado en segunda instancia por corrupción y lavado de dinero, esta vez por el caso conocido como ‘finca de Atibaia’. Se trata de un proceso relacionado con la operación Lava Jato, en el que Lula es acusado de haberse beneficiado de obras de mejoría en una finca en el interior de São Paulo, que frecuentaba junto a su familia. Los tres jueces del Tribunal Regional Federal de la 4ª Región (TRF-4) fallaron por unanimidad que Lula es culpable y elevaron su pena a 17 años, un mes y 10 días de prisión.

De momento y gracias a la última sentencia de la Corte Suprema, Lula no tendrá que volver a la cárcel, pero todo apunta a que se quedará fuera de las elecciones presidenciales de 2022. Para poder ser candidato, un tribunal superior debería anular dos sentencias, un escenario considerado improbable por juristas y politólogos brasileños. “De todas formas, podríamos llegar a una situación muy parecida a la de las elecciones anteriores. Aunque no sea candidato, Lula puede seguir en la calle un buen tiempo y nombrar a un candidato fiel, que le permita de alguna forma controlar la campaña política”, subraya Esther Solano. Además, el 4 de diciembre fue absuelto junto a Dilma Rousseff y a dos ex-ministros de la acusación de desvío de dinero público de la estatal Petrobras y de formación de organización criminal.

El universo Lula vs. el universo Bolsonaro

El debate sobre la sucesión en el PT se arrastra desde la última campaña electoral, cuando Lula optó por mantenerse como candidato hasta el último momento, transformó su celda en un comité electoral y usó su influencia para intentar sin éxito una transferencia de votos a Fernando Haddad, exministro de Educación. Para algunos analistas, el líder de la izquierda brasileña se resiste a ceder el poder. “Lula es muy personalista. Si observamos su trayectoria, las dos veces que indicó a un candidato, fueron deliberadamente personas sin brillo e incapaces de volverse líderes a su altura. Quedó muy claro con Dilma Rousseff, que carece de cualquier habilidad política. En el caso de Fernando Haddad, aunque sea una persona muy inteligente, no tiene carisma ni tirón dentro del PT, ni tampoco respaldo popular. No es que Lula haya tomado malas decisiones, son decisiones deliberadas”, asegura Pablo Ortellado.

Para Gilberto Maringoni, la sucesión en el PT no es algo que esté en las manos de Lula. “Su liderazgo es tan grande, como lo fue el de Hugo Chávez en Venezuela, que es difícil que surja un líder a su altura. Claro que es necesaria una renovación. Tiene 74 años, pero no es fácil que aparezca otra persona. Lula quedó preso un año y medio y en este periodo no apareció otro líder”, destaca.

Para varios analistas, el riesgo en el medio plazo es que Brasil se convierta en rehén de dos políticos, Lula y Bolsonaro, que se consideran y actúan como salvadores de la patria. Aunque figuras como Celso Amorim, que fue un peso pesado del Gobierno de Lula, niegan este escenario, es un hecho que un mes después de su liberación Lula todavía no ha lanzado una propuesta concreta sobre el futuro del país, y sigue actuando como si su mera presencia fuese suficiente para aunar al electorado anti Bolsonaro.

“Me parece que el PT está extremadamente dependiente del liderazgo de Lula, aunque sea un partido con más de un millón de afiliados, que gobierna en cuatro Estados y que tiene el segundo grupo parlamentario más importante en el Congreso. El PT no se está colocando como el partido de la renovación, ni de momento ha presentado un nuevo mensaje al país”, concluye Maringoni.

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