NEGOCIACIONES CON EEUU Y RUSIA

Vuelve el 'Gran Juego' a Afganistán: cómo acabar con 18 años de pesadilla geopolítica

La vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán, Fawzia Koofi, analiza en una entrevista con El Confidencial las negociaciones para la paz en las que se sienta con los talibanes en Moscú

Foto: Un miembro de las fuerzas afganas saluda a un ciudadano. (EFE)
Un miembro de las fuerzas afganas saluda a un ciudadano. (EFE)

Por primera vez en 18 años, hay perspectivas reales de paz en Afganistán. Los talibanes han iniciado negociaciones en paralelo con Estados Unidos en Qatar y con la oposición afgana en Rusia. Sobre la mesa, el futuro de un país devastado por la guerra y un nuevo equilibrio en el puzle geoestratégico de Asia Central.

Fawzia Koofi, vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán.
Fawzia Koofi, vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán.

Fawzia Koofi, la vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán y una de las únicas dos mujeres que participan en las negociaciones con los talibanes en Moscú, analizó en una entrevista con El Confidencial las claves del diálogo y las perspectivas para una nación que, aunque desapareció de los titulares, sigue en guerra.

Tan solo en la última década, 32.000 afganos fueron asesinados y 60.000 heridos, según Naciones Unidas. 'The New York Times' publica todas las semanas un parte de guerra documentando el incesante goteo de víctimas: 69 en el más reciente, 181 en el anterior, 30 la semana previa. Miles de padres, madres, hijos y hermanos que dejan viudos y huérfanos o que deben aprender a vivir con una prótesis. A las pérdidas humanas, se suma el elevado costo económico de casi dos décadas de conflicto que le han supuesto unos 900.000 millones de dólares a EEUU. “Es decir, más que el Plan Marshall”, puntualiza Georges Lefeuvre, en un artículo en 'Le Monde Diplomatique'.

En este contexto, todos buscan acabar cuanto antes con esta guerra sin fin, lo que se negocia ahora es cómo.

“(Los talibanes) no son flexibles con los puntos de su agenda, que es la forma de gobierno: un Emirato Islámico”, asevera Koofi, quien explica que las próximas reuniones de Moscú probablemente se darán durante el verano. También se ha anunciado un nuevo encuentro entre el representante de EEUU para la reconciliación de Afganistán, Zalmay Khalilzad, y los talibanes en Qatar este mes de junio.

Para agregar más tensión, el 28 de septiembre hay previstas elecciones presidenciales en Afganistán. Fawzia Koofi cree que los talibanes no van a aceptar participar en el proceso después de las elecciones, “por lo que tiene que haber algún acuerdo político antes de las elecciones, si queremos algo”, apunta.

La vicepresidenta de la Asamblea afgana ve dos posibles escenarios. El más positivo pasa por que “los talibanes estén de acuerdo en un reparto del poder, basado en la democracia, en el que la gente participe y vote si los quiere de vuelta o no”. Pero también hay uno menos optimista.

“Sería que los talibanes continúen luchando y exigiendo instaurar un Emirato Islámico y entonces, la comunidad internacional poco a poco, un poco harta con la situación, deje el país y regresemos al pasado”, expone la legisladora afgana.

Las negociaciones plantean, además, varias preguntas: ¿por qué no participa el Gobierno afgano? ¿cuáles son las exigencias de los talibanes? ¿por qué unas conversaciones en paralelo a las de Estados Unidos? ¿por qué en Moscú?

Un rostro ausente

Fawzia Koofi, vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán
Fawzia Koofi, vicepresidenta de la Asamblea de Afganistán

El pasado 28 de mayo, una delegación de 14 talibanes arribó a Moscú para la segunda ronda de conversaciones sobre el futuro de Afganistán. Un rostro sobresalía entre la comitiva de hombres de barba larga, chaleco y turbante: Abdul Ghani Baradar -mulá Baradar-. Tras pasar ocho años en una prisión pakistaní, el cofundador de los talibanes fue liberado el año pasado tras iniciarse las conversaciones con EEUU. El otro cofundador, el famoso Mulá Omar acusado de dar cobijo a Osama Ben Laden tras el 11-S, murió en 2013.

Al encuentro, organizado por pesos pesados de la diáspora afgana en Rusia, asistieron talibanes y políticos de la oposición, entre ellos, el expresidente Hamid Karzai. Participan dos mujeres, Fawzia Koofi y Tajwar Kakar, activista de derecho a la educación, una presencia histórica si se tiene en cuenta el papel al que los talibanes relegaron a las mujeres durante su mandato. Koofi se toma su presencia con cautela: "Creo que quieren dar la impresión de que han cambiado". Entre los asistentes, se echó de menos una cara: la del actual presidente de Afganistán, Ashraf Ghani.

"El motivo de que el gobierno actual no participe en las conversaciones es que los talibanes no quieren hablar con ellos porque creen que está apoyado por EEUU", explica Koofi desde Kabul, donde regresó recientemente de Moscú tras asistir a las conversaciones. “Este gobierno es muy débil, no es inclusivo en lo que se refiere a la representación étnica. Pero con todas sus debilidades, este es el gobierno que representa al pueblo de Afganistán, y debería formar parte de las negociaciones”.

Agendas en colisión

En la agenda hacia la pacificación de Afganistán convergen varios temas clave. Para los talibanes, la prioridad es la retirada de las tropas extranjeras del país. Pese a que la retirada oficial de Afganistán de las tropas de la OTAN fue en 2014, aún hay 17.000 soldados extranjeros en Afganistán, entre ellos,14.000 estadounidenses, para misiones de entrenamiento y operaciones denominadas “contraterrorismo". Además, los talibanes exigen el intercambio de prisioneros, algo que ya ha empezado a producirse, con la reciente liberación de unos 200 presos talibanes de los 900 que están previstos, como gesto de buena voluntad.

La oposición quiere un alto el fuego, pero también asegurarse de que el fin de la intervención militar no suponga renunciar a su incipiente democracia. En el plano internacional, Estados Unidos busca poner fin a la guerra más larga de su historia, pero con el compromiso de que Afganistán no se convierta en un refugio para grupos extremistas como el Estado Islámico o Al Qaeda.

China busca estabilidad en un punto clave de su plan “Cinturón y Ruta”, conocida como la “nueva Ruta de la Seda” y Rusia quiere volver a ser el actor geopolítico de referencia en la región. Pakistaníes e Indios también tienen sus propios intereses en el desenlace de la guerra.

El país, que posee yacimientos de petróleo y gas, es además rico en minerales, entre ellos el litio, clave para la producción de baterías para dispositivos móviles y fundamental para la pujante industria de coches eléctricos. En 2010, 'The New York Times' aventuró que “Afganistán puede convertirse en el Arabia Saudí del litio.”

Para agregar más intereses en la escena, Afganistán también posee “tierras raras”, indispensables para los teléfonos inteligentes. En septiembre de 2017, el presidente Trump y su homólogo afgano Ghani llegaron a un acuerdo para que empresas norteamericanas desarrollen las reservas de minerales de estos elementos químicos difíciles de encontrar en estado puro.

Esta colisión de intereses geopolíticos, económicos e ideológicos, no necesariamente armónicos, hacen que Afganistán vuelva de nuevo al epicentro del Gran Juego.

El “Gran Juego” afgano

Se llamó el “Gran Juego” a la rivalidad que durante el siglo XIX enfrentó al imperio ruso y británico en Asia central donde Afganistán limitaba con ambas potencias. Esto despertó el recelo de los británicos, que libraron tres guerras con el país para evitar que la influencia rusa se extendiera hasta la India, la joya de la corona imperial británica.

Ya en el siglo XX, el país también fue objeto de las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos y la URSS durante la Guerra Fría. Los comunistas se hicieron con el poder impulsando políticas que desafiaban la idiosincrasia feudal afgana, desde la expropiación de tierras a la escolarización de las niñas.

Ante las tensiones, la URSS envió tropas en 1979 para sostener al gobierno y, lo que iba a ser una guerra de semanas, duró nueve años y se convirtió en el “Vietnam soviético”. Entre los más de 35.000 combatientes islámicos que se sumaron a la guerra santa para apoyar la yihad afgana contra el invasor soviético, había un saudí llamado Osama bin Laden. “Todo ello, con el estímulo de la CIA y de (los servicios de inteligencia pakistaníes), (...) y gracias a los dólares inyectados de Arabia Saudita”, puntualiza Josep Baqués en su libro ‘¿Quo Vadis Afganistán?’.

La URSS envió tropas en 1979 para sostener al gobierno y, lo que iba a ser una guerra de semanas, duró nueve años y fue en el “Vietnam soviético”

La retirada y posterior implosión de la URSS no enfriaron el conflicto y el país siguió sumido en una guerra civil con tintes étnicos. La historia que sigue es más conocida. En septiembre de 1996, los talibanes de barba larga y turbante, en su mayoría educados en las madrasas (centros religiosos) de Pakistán, se hicieron con el poder, prometiendo devolver la paz al país.

Retirar tropas

Las reuniones de Moscú entre el 28 y 29 de mayo de este año concluyeron sin acuerdos. Se hicieron “avances decentes” pero “serán necesarias nuevas conversaciones”, dijo uno de los representantes talibanes, citado por Reuters.

Tampoco parece que haya un paso definitivo en el frente que lidera Estados Unidos, que se ha reunido al menos en seis ocasiones con los talibanes en Qatar a través de su representante para la reconciliación de Afganistán, Zalmay Khalilzad, un afgano, exembajador de EEUU para Afganistán e Irak y el que fuera el musulmán con más alto rango en la administración de George W. Bush.

"No ha habido grandes avances (en el proceso de paz)”, dijo a principios de mes el primer ministro de Afganistán, Abdulá Abdulá, en una televisión afgana. "Desafortunadamente, los combates siguen activos durante el Ramadán. Queríamos un alto el fuego para este mes, pero no ha sido acordado", aseguró el político.

El objetivo primordial para los talibanes, según Koofi, es la retirada de la totalidad de sus tropas del país. Algo en lo que parece estar de acuerdo Washington. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció a finales de 2018 su plan para retirar a la mitad de los 14.000 soldados desplegados en Afganistán en una coalición liderada por la OTAN.

Esto aterroriza a las autoridades afganas, cuyas fuerzas siguen siendo el primer blanco en los ataques. El presidente Ghani dijo en enero durante el Foro Económico Mundial que 45.000 fuerzas de seguridad afganas han sido asesinadas desde su elección en septiembre de 2014, con un promedio de más de 28 muertes por día. Por eso, muchos expertos ven que el Gobierno afgano vaya a respaldar estas negociaciones.

“Sigo siendo un gran escéptico de estas conversaciones de paz”, afirma Michael O'Hanlon, investigador principal del grupo de investigación norteamericano Brookings Institution, en una entrevista escrita. “Sin la participación del gobierno afgano, a la que los talibanes se oponen categóricamente, es difícil vislumbrar que pueda producirse un compromiso”, asegura O’Hanlon.

Las consecuencias para las afganas

En este crisol de intereses, Koofi teme que sean las mujeres afganas las que acaben pagando las concesiones que se hagan a los talibanes a cambio de la paz.

La política afgana sabe de lo que habla. Fue la primera mujer de su casa que asistió a la universidad, hija de un parlamentario polígamo con 23 vástagos que fue asesinado por los muyahidines. Enviudó después de que los talibanes encarcelaran a su esposo, un profesor universitario que contrajo tuberculosis en prisión y murió en 2003. Y ha sufrido amenazas en numerosas ocasiones.

“Dicen que respetan los derechos de las mujeres, pero luego añaden: los derechos islámicos de las mujeres. Que nos aclaren qué significa eso, porque en ningún otro país musulmán las mujeres han sufrido tanto como en Afganistán cuando los talibanes gobernaban,” advierte.

Cuando Koofi tuvo la oportunidad de dirigirse a los talibanes fue tajante: "No las podéis encerrar en su casa como hicisteis conmigo"

Entre 1996 y 2001, los talibanes impulsaron la ley islámica en Afganistán, con estrictas normas sociales y despiadados castigos, sobre todo para las mujeres, a las que se prohibió estudiar y fueron confinadas dentro de los opresivos burkas con rejilla. También se persiguió todo tipo de distracción, desde la música a la televisión o las peluquerías. Cualquier desviación de su interpretación de la ley coránica era duramente sancionada. Y ahora aspiran a volver al poder.

En febrero, cuando Koofi tuvo la oportunidad de dirigirse a los talibanes en su primera intervención fue tajante: "No las podéis encerrar en su casa como hicisteis conmigo".

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