LA DEVOCIÓN DE OCCIDENTE POR PAUL KAGAME

Ruanda: cómo un dictador implacable ha logrado la admiración de medio mundo

Ningún otro líder africano despierta tanta devoción. Es un ejemplo de eficacia a la hora de combatir la corrupción y atraer inversión extranjera y la UE sigue financiando los planes del “visionario”

Foto: Ruandeses con carteles de Paul Kagame durante un mitin electoral en Kigali. (Reuters)
Ruandeses con carteles de Paul Kagame durante un mitin electoral en Kigali. (Reuters)

Ningún otro líder africano despierta tanta devoción dentro y fuera de África como el presidente de Ruanda, Paul Kagame. Los políticos reformistas del continente le ponen como ejemplo de eficacia a la hora de combatir la corrupción y atraer inversión extranjera. Ha dado discursos en las universidades de Harvard y Yale. Los organismos multilaterales aplauden con entusiasmo el milagro económico obrado por Kagame, y la Unión Europea, Estados Unidos y el Reino Unido siguen financiando con extrema generosidad los planes del “visionario” -según definición de Tony Blair- al que Bill Clinton llamó “uno de los grandes líderes de nuestro tiempo”.

La Ruanda de Kagame conmemora el 25 aniversario del comienzo del genocidio de radicales hutus contra tutsis y hutus moderados convertida en una historia de éxito económico y de gestión técnica, pero también en un régimen autoritario implacable donde el dictador gana las elecciones con cerca del 100% del voto y nadie critica al Gobierno sin arriesgarse a ser asesinado o detenido.

Quizá por el sentimiento de culpa por no haber evitado la peor matanza étnica de la historia reciente, Occidente mostró desde el principio una gran simpatía hacia el régimen del Frente Patriótico Ruandés (FPR) de Kagame. Formado por tutsis refugiados en la vecina Uganda, el FPR tomó el control total de Ruanda en julio de 1994, poniendo fin al genocidio perpetrado por hutus radicalizados dentro del Ejército y de la milicia extremista "Interahamwe". Los radicales hutus comenzaron las matanzas de quienes consideraban sus enemigos el 7 de abril de 1994, un día después de que el presidente hutu de Ruanda, Juvénal Habyarimana, fuera asesinado al derribar un misil el avión en el que viajaba. Este misterioso crimen político, atribuido tanto al FPR como a las fuerzas extremistas hutus, desató la violencia contra los tutsis y los hutus que se oponían a masacrar a sus vecinos e incluso cónyuges. Hasta que los rebeldes del FPR entraron a Kigali entre denuncias de graves abusos de los derechos humanos, unas 800.000 personas fueron asesinadas en apenas 100 días.

El nuevo Gobierno del FPR tenía ante sí la tarea titánica de hacer justicia y reconstruir el país, del que unos 2 millones de hutus habían huido temiendo represalias. Apoyándose en las enormes cantidades de ayuda al desarrollo que las potencias occidentales destinaban a la Ruanda post-genocidio, el FPR de Kagame implantó un “desarrollismo autoritario” que enseguida consiguió resultados. En lo referente al genocidio, este general rebelde alabado por su inteligencia estratégica promovió un sofisticado discurso de reconciliación nacional y memoria histórica que logró convencer a sus socios europeos y norteamericanos pese a las críticas de maniqueísmo que despierta entre muchos ruandeses.

El país devastado por el caos y la violencia que el FPR encontró al ganar la guerra es ahora una de las 30 economías del mundo más propicias para hacer negocios y está entre los tres países de África menos corruptos. La economía ruandesa, que cerró el año pasado con una expansión del 7,2 %, no ha dejado de crecer desde 1994. Ruanda se está convirtiendo en un punto de referencia para las empresas de tecnología de todo el mundo. La capital, Kigali, está considerada la ciudad más limpia y segura de África, y es un destino mundial de referencia para la celebración de congresos y convenciones. En estos 25 años de gobierno del FPR se ha reducido sustancialmente la pobreza, la mortalidad infantil ha disminuido en dos tercios y la esperanza de vida se ha multiplicado por más de 2. Kagame ha sido capaz asimismo de universalizar la educación básica y extender la cobertura de la sanidad pública a más del 90 % de la población.

La obra de Kagame, sin embargo, tiene una cara mucho menos amable, sobre la que sus valedores en el extranjero han preferido no hacer mucho ruido. El presidente ruandés ha conseguido en gran medida presentarse como el hombre que puso fin al derramamiento de sangre en su país, pero su consolidación en el poder está jalonada de denuncias de matanzas y persecución étnica. Justo después de la llegada al poder del FPR en Ruanda, el diplomático estadounidense Robert Krueger visitó los campos de refugiados hutus en Burundi. Krueger preguntó a los desplazados cuándo regresarían a casa, a lo que los sufridos ruandeses respondían invariablemente: “Cuando el FPR deje de matarnos”. En los últimos años, Krueger ha contado en numerosas ocasiones cómo su propio Gobierno y Naciones Unidas cerraron sistemáticamente los ojos ante las informaciones de asesinatos masivos por parte del FPR.

Además de la persecución contra los hutus y la supresión sistemática de sus críticos, a Kagame se le imputan constantes purgas en sus propias filas que, a decir de quienes rompieron con él y pueden contarlo, empezaron incluso antes de que el FPR tomara el mando en Kigali. “Ordenó matar a muchos altos oficiales del mismo Ejército Patriótico de Ruanda [brazo armado del FPR]”, dice a El Confidencial un exiliado ruandés que fue guardaespaldas de Kagame y de su familia durante cuatro años. Nacido en el seno de una familia de tutsis ruandeses refugiada en Uganda, este antiguo militar sirvió a Kagame entre 1996 y 2000, cuando el líder ruandés gobernaba de facto el país desde los puestos de vicepresidente y ministro de Defensa.

“Ordenó matar a muchos altos oficiales del mismo Ejército Patriótico de Ruanda”, dice a El Confidencial un exguardaespaldas de Kagame

“Me di cuenta de que ya no estaba sirviendo a un país, estaba sirviendo a una persona”, dice el exguardaespaldas sobre los motivos de la ruptura con su jefe. El exmilitar llegó a Ruanda en 1994 como parte de las fuerzas del FPR que pusieron fin al genocidio, y fue posteriormente elegido para integrar la unidad de protección presidencial por la confianza que Kagame ha depositado siempre en los tutsis que, como su familia, debieron escapar de la violencia nacionalista hutu después de la independencia. En este sentido, la fuente acusa a Kagame de padecer uno de los males más extendidos en la política africana, el “tribalismo”, al tiempo que le describe como una persona irascible y despótica capaz de “golpear” a un soldado por llevar la camisa mal planchada. Uno de los rasgos que han caracterizado la autoridad de Kagame, prosigue, es el “miedo” hacia cualquier confidente o aliado que susceptible de revelar sus secretos o hacerle sombra.

La historia reciente de Ruanda está plagada de asesinatos y muertes misteriosas de altos cargos políticos y militares, muchas de las cuales le son atribuidas al régimen de Kagame por disidentes y organizaciones de derechos humanos. Una de estas víctimas es Asiel Kabera, un superviviente tutsi que fue asesor del primer presidente de Ruanda después del genocidio, Pasteur Bizimungu. Kabera fue asesinado a tiros un domingo por la tarde de marzo de 2000 por tres hombres con uniforme militar que le esperaban frente a su casa. Según Nobel Marara, otro antiguo guardaespaldas que abandonó a Kagame y ahora es periodista en Londres, Kabera había caído en desgracia para el entonces vicepresidente y ministro de Defensa tras la huida del país de un destacado político muy cercano al asesor de Bizimungu (Bizimungu fue sucedido en la presidencia por Kagame en el año 2000. Poco después sería arrestado después de fundar un partido de oposición).

La misma suerte corrió el que fuera médico personal de Kagame, Emmanuel Gasakure, que murió de un disparo en 2015 mientras estaba detenido por la policía. Gasakure había sido acusado de entrar de manera ilegal en una propiedad ajena. El policía que le mató alegó haber actuado en defensa propia.

Paul Kagame durante el lanzamiento de su campaña de reelección en 2010, en Kigali. (Reuters)
Paul Kagame durante el lanzamiento de su campaña de reelección en 2010, en Kigali. (Reuters)

Las muertes violentas de disidentes ruandeses han ocurrido también en el extranjero. En 1998, el exministro del Interior Seth Sendashonga fue asesinado en Kenia junto a su chófer por dos hombres armados con fusiles AK-47. Sendashonga, un hutu que se había unido al FPR, se había exiliado después de acusar a Kagame de no hacer lo suficiente para evitar las revanchas contra los hutus, y tenía previsto declarar ante el tribunal de la ONU que juzgaba los crímenes cometidos en la época del genocidio. Las autoridades de Kigali también han sido acusadas del secuestro de refugiados ruandeses en países como Uganda. En 2010, en pleno Mundial de Sudáfrica, el general ruandés exiliado Nyamwasa Kayumba fue herido de bala en el estómago por un sicario que intentó asesinarle frente a su casa. Otro tutsi nacido en Uganda y antiguo hombre de confianza de Kagame, el exjefe del espionaje Patrick Karegeya, fue asesinado en el 31 de diciembre de 2013 en un hotel de Johannesburgo, donde se había exiliado tras romper con su antiguo jefe. Tanto Kayumba como Karegeya están entre los fundadores del Congreso Nacional de Ruanda (CNR), una formación calificada de terrorista por Kigali.

Estos incidentes han provocado fuertes tensiones diplomáticos entre Sudáfrica y Ruanda, que pese a ser un país geográficamente pequeño con solo 12 millones de habitantes se comporta como una superpotencia en la escena internacional. “Quien quiera que conspire contra Ruanda se enfrenta a las consecuencias esté donde esté”, dijo un furioso Kagame poco después del asesinato de Karegeya. El presidente ruandés ha mostrado la misma actitud retadora ante los informes de la ONU sobre el papel activo de Kigali en la guerra civil de la vecina República Democrática del Congo (RDC). En los años posteriores al genocidio, Ruanda desplegó a su ejército en territorio congolés para combatir a las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR), la guerrilla formada por los genocidas hutus que huyeron a la RDC. El Gobierno de Kinshasa y la propia ONU denunciaron en repetidas ocasiones el apoyo por parte de Kagame a rebeldes congoleños de etnia tutsi.

“Quien conspire contra Ruanda se enfrenta a las consecuencias esté donde esté”, dijo un furioso Kagame tras el asesinato de Karegeya

El último encontronazo del Gobierno ruandés ha sido con el Ejecutivo de Uganda liderado por Yoweri Museveni, con quien Kagame combatió en los años 80 en la campaña que llevaría al actual presidente ugandés al poder. El FPR de Kagame tomó el control de Ruanda en 1994 gracias al apoyo de Museveni, pero Kigali acusa ahora a Kampala de proteger a grupos disidentes ruandeses. La preocupación del Gobierno ruandés ante posibles ataques desde el exterior no es del todo injustificada. Un reciente informe de la ONU habla de la existencia de una guerrilla llamado P5, que actúa en una zona fronteriza de la RDC y en la que estaría implicado el general exiliado en Sudáfrica Nyamwasa Kayumba.

Invadir otros países y ejecutar a disidentes en territorio extranjero han supuesto sanciones internacionales y una condena inequívoca y generalizada para gobiernos como los de Rusia y Arabia Saudí. Ruanda no tiene recursos naturales u otros atractivos evidentes para los gobiernos occidentales, que, sin embargo, se han mostrado mucho más benevolentes con Kagame que con Putin o la Casa Saúd. Ruanda es como mínimo sospechosa de invadir otros países y ejecutar a disidentes en el extranjero, pero la respuesta de sus socios democráticos se ha limitado a prudentes advertencias que no han afectado a la intensa relación entre las partes.

Paul Kagame junto a Bono, Bill McGlashen y Christine Lagarde durante el Foro de Davos. (Reuters)
Paul Kagame junto a Bono, Bill McGlashen y Christine Lagarde durante el Foro de Davos. (Reuters)

Una de las alabanzas más corrientes que se le hacen a Kagame tiene que ver con la recuperación en Ruanda de la paz social. Para conseguirla, el gobierno del FPR prohibió en 2004 toda referencia a la etnia. “Aquí no hay etnias. Todos somos ruandeses”, se explicó entonces desde el gobierno. Pero la supresión de los conceptos ‘hutu’ y ‘tutsi’ del debate público está lejos de haber puesto fin a las divisiones. Los críticos de Kagame le acusan de favorecer a los tutsis en las posiciones de poder como ocurría tradicionalmente antes de la independencia, y la prohibición de hablar de etnias podría estar siendo una manera de evitar que se hable de esa supuesta discriminación. “Paradójicamente, el partido de gobierno utiliza esto para tapar que es una organización dominada por la minoría tutsi”, dice a El Confidencial el escritor y director de la revista 'Africa in Fact', Richard Jürgens. “Si nadie puede hacer preguntas de tipo social sobre la etnicidad sin ‘crear fractura’ y arriesgarse a ser encarcelado o cosas peores, las preguntas sobre la identidad de los políticos y sobre sus motivaciones tampoco pueden plantearse”. Las autoridades ruandesas tienen entre sus prioridades declaradas la lucha contra el tribalismo y la “ideología genocida”, dos etiquetas que el Gobierno utiliza habitualmente para justificar la persecución política de personas y organizaciones incómodas.

La Ruanda de Kagame divide desde hace tiempo a quienes siguen de cerca la vertiginosa evolución del país. Algunos consideran injustificables los atropellos a los derechos humanos y las libertades, independientemente del crecimiento económico, el bienestar y la estabilidad que sea capaz de ofrecer una dictadura. Para otros, en cambio, los excelentes resultados de su gestión son un bien mayor, que difícilmente podría conseguirse de otra forma en un lugar como Ruanda y justifica los medios dictatoriales empleados para conseguirlos. Fascinados por la eficacia y la determinación de Kagame, los actores internacionales más relevantes parecen alinearse con estos últimos.

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