cientos de muertos y 180.000 desplazados

De Camerún a Ambazonia: la matanza separatista de la que no has oído nada (aún)

Desde hace dos años, activistas de las regiones anglófonas del país africano protestan contra la asimilación. La dura respuesta del Gobierno central ha desatado una imparable espiral de violencia

Foto: Protestas contra el movimiento separatista de las regiones anglófonas camerunesas, en la ciudad francófona de Duala, Camerún, el 1 de octubre de 2017. (Reuters)
Protestas contra el movimiento separatista de las regiones anglófonas camerunesas, en la ciudad francófona de Duala, Camerún, el 1 de octubre de 2017. (Reuters)

Ya van al menos cuatrocientos muertos en lo que va de año, a los que se suman numerosos centenares más en los dos años previos. La ONU, organismos de derechos humanos como Amnistía Internacional e instituciones como el International Crisis Group llevan tiempo alertando de la gravedad de los hechos. Han aparecido vídeos de decapitaciones de miembros de las fuerzas de seguridad, al tiempo que el ejército mata, tortura y comete abusos de todo tipo contra la población. El movimiento separatista ha decretado tres días a la semana de “bloqueo económico total”, y los militantes obligan a la fuerza a los comerciantes locales a cumplir con los cierres, además de incendiar edificios oficiales, colocar bombas y emboscar a policías y militares.

Aún así, lo más probable es que usted no haya oído hablar jamás de Ambazonia, ni de la situación en las regiones anglófonas de Camerún. Aún. La escala relativamente pequeña de las atrocidades y la remota localización hacen que estos excesos no haya despertado demasiado interés en los medios internacionales. El Gobierno camerunés, además, es un estrecho socio de Occidente en la lucha contra la insurgencia yihadista de Boko Haram, por lo que muchas capitales prefieren mirar para otro lado. Pero la intensidad de la violencia y la férrea determinación de prevalecer por ambas partes hacen que este conflicto no sólo no lleve visos de calmarse, sino que no deja de intensificarse. Algunos creen que puede convertirse en el próximo Darfur.

No es lo que imaginaban los activistas que, en 2016, empezaron a organizar manifestaciones masivas que protestaban contra la presunta marginación de las regiones anglófonas de Camerún, al noroeste y suroeste del país, por parte de las autoridades francófonas de Yaundé. Las reivindicaciones, alimentadas por un sentimiento de agravio profundamente arraigado, pedían el regreso al sistema de gobierno federal existente hasta 1971 y una mayor autonomía regional. Pero la brutal reacción de las autoridades, que optaron por una política de mano dura, solo ha servido para radicalizar al movimiento.

A priori, el Ejecutivo central puede alegar poderosas razones legales. La división lingüística de Camerún es obra de las potencias europeas: este territorio fue una colonia alemana desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, cuando Francia y el Reino Unido se repartieron las posesiones del vencido. El país quedó dividido como parte de los dos imperios, pero tras la independencia, las áreas anglófonas solicitaron voluntariamente unirse al Camerún francófono en 1961. La Unión Africana, además, se muestra radicalmente a favor de mantener las viejas fronteras coloniales y en contra de cualquier proceso de secesión, porque sentaría un precedente que podría hacer arder el continente por los cuatro costados.

Sin embargo, pese a que el país es oficialmente bilingüe, como lo son muchos colegios en todo el territorio, los anglófonos –que suponen una sexta parte de su población total- llevan décadas protestando contra la discriminación lingüística. Por ejemplo, las universidades públicas más prestigiosas, que suponen la puerta de entrada a la administración, solo llevan a cabo los exámenes de ingreso en francés. Muchos activistas del oeste del país lo consideran una asimilación forzosa hacia la francofonía.

Un soldado camerunés en un puesto de observación en la montaña de Mandara, en la frontera con Nigeria, en febrero de 2015. (Reuters)
Un soldado camerunés en un puesto de observación en la montaña de Mandara, en la frontera con Nigeria, en febrero de 2015. (Reuters)

La masacre del 1 de octubre

El patrón que se ha seguido es el mismo que en muchos conflictos nacionalistas: a las manifestaciones del movimiento de protesta le han sucedido las contraprotestas y convocatorias por la unidad nacional. Las movilizaciones han venido acompañadas de campañas de odio en los medios de comunicación y expresiones de alegría en las redes sociales por las muertes de miembros del otro bando. Y cada muestra de intolerancia de unos ha sido recibida con una mayor radicalización de los otros, y viceversa.

El punto de inflexión fue el pasado 1 de octubre de 2017, una fecha que conmemora la reunificación de los dos Camerunes en 1961. Grupos nacionalistas anglófonos habían hecho un llamamiento a una multitudinaria manifestación pacífica para proclamar la independencia de “Ambazonia”, el término con el que algunos activistas identificaban en los años 80 al estado propio al que aspiraban. El Gobierno reaccionó desplegando al ejército, que utilizó munición real contra los manifestantes -llegando a dispararles desde helicópteros-, además de llevar a cabo saqueos, incendios y violaciones contra los locales.

La masacre dejó al menos 40 muertos y más de un centenar de heridos en cinco días, así como 20.000 desplazados. Pero, sobre todo, convenció a muchos moderados que hasta entonces no abogaban por la secesión, sino por una mayor autonomía, de que no era posible llegar a acuerdo con las autoridades de Yaundé.

“Existen signos de un posible levantamiento armado, dada la continua multiplicación de reuniones violentas, actos de desobediencia civil y estallidos esporádicos de violencia, como incendios y explosivos caseros. Algunas fuentes sugieren que pequeños grupos de jóvenes han ido a Nigeria a recibir entrenamiento en técnicas de guerrilla, pese a la oposición de [la capital nigeriana] Abuja al principio de un estado anglófono independiente, dado el riesgo de que se convirtiese en un santuario para movimientos secesionistas nigerianos”, apuntaba entonces un informe del International Crisis Group. “El movimiento secesionista probablemente carece todavía del apoyo de la mayoría, pero sus proponentes ya no son una minoría insignificante”, señalaba el documento.

Un miembro de las fuerzas de seguridad monta guardia durante la liberación de activistas anglófonos detenidos en una cárcel de Yaundé, el 1 de septiembre de 2017, antes del estallido de la violencia. (Reuters)
Un miembro de las fuerzas de seguridad monta guardia durante la liberación de activistas anglófonos detenidos en una cárcel de Yaundé, el 1 de septiembre de 2017, antes del estallido de la violencia. (Reuters)

Sin vuelta atrás

Desde entonces, el apoyo al separatismo no ha dejado de crecer, alimentado por la represión. “Para nosotros, todas las opciones están ahora sobre la mesa”, declaró Julius Sessekou Ayuk Tabe, líder del Consorcio Frente Unido de Ambazonia Camerún Sur (SCACUF), considerado un grupo nacionalista moderado, en diciembre del año pasado. Otras organizaciones más radicales, como las Fuerzas de Defensa de los Camerunes del Sur o las Fuerzas de Defensa de Ambazonia (ADF), mantienen posturas mucho más enconadas. “Han disparado y matado a cientos de civiles desarmados en las calles y en sus casas, mutilado a cientos, violado a chicas en los campus universitarios, enterrado a algunos en fosas comunes, y secuestrado a miles. Debemos defendernos de forma preventiva y reactiva”, dijo Lucas Cho Ayaba, líder de las ADF exiliado en el Reino Unido, a un periodista de la agencia IRIN.

Entre febrero de 2017 y junio de este año, estos grupos separatistas han matado a al menos 44 miembros de las fuerzas de seguridad y lanzado más de cuarenta ataques contra escuelas. Al mismo tiempo, el ejército y la policía han lanzado operaciones contrainsurgentes masivas que han acabado con cientos de personas entre rejas, muchos de ellos inocentes. En diciembre, el Gobierno “declaró la guerra” al separatismo, y el ministro de Defensa Joseph Beti Assomo prometió “erradicar esta situación inconveniente”. El conflicto ha generado ya más de 180.000 desplazados, incluyendo varias decenas de miles de refugiados en Nigeria.

La guerrilla, según los pocos periodistas independientes que han visitado sus campamentos, apenas cuenta con un puñado de rifles de asalto, y la mayoría de sus combatientes utiliza escopetas de caza o machetes, carecen de uniformes y calzan chancletas. Apenas son rival para unas fuerzas armadas profesionales entrenadas y equipadas por países como Francia y EEUU para luchar contra Boko Haram y otras amenazas terroristas. Pero eso no frena la determinación de muchos jóvenes que buscan vengarse de los abusos sufridos a manos del ejército, o que sienten que no tienen otra salida.

La fractura social podría ser ya irreparable. Gobernadores y ministros se refieren a los separatistas como “perros” y “terroristas”, y no hacen muchos esfuerzos por distinguir entre activistas violentos y pacíficos. Los ciudadanos anglófonos que viven y trabajan en las regiones francófonas sufren la hostilidad y las agresiones de sus vecinos, al tiempo que miles de personas están huyendo de las áreas donde se localiza el conflicto. Los autobuses han duplicado sus tarifas porque salen llenos de las regiones anglófonas hacia el resto del país, pero vuelven vacíos. "Todavía no estamos en una guerra civil, pero todos los ingredientes para una potencial guerra civil están ya colocados"", declaró la semana pasada Hans De Marie Heungoup, analista para África Central del ICG, al Financial Times. La espiral de la violencia continúa, y por ahora nadie sabe cómo pararla.

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