mortalidad infantil derivada del hambre

Las víctimas de la desnutrición en Venezuela (II): la muerte del pequeño Joendry

Cuando este diario recogió su historia en febrero, Joendry era un bebé silencioso con signos de desnutrición. El pequeño murió el 7 de agosto. Fue otra víctima del hambre en Venezuela

Foto: Familiares del pequeño Joendry durante su entierro en San Félix. (M. Ramírez)
Familiares del pequeño Joendry durante su entierro en San Félix. (M. Ramírez)

Cuando María y esta periodista conocimos* a Joendry en febrero de este año, era un bebé silencioso de 7 meses que apenas se movía del banco metálico donde su abuela había improvisado una cuna. Llegó al hospital de San Félix, en el estado Bolívar, al sur de Venezuela, con diarrea y signos evidentes de desnutrición. Regresó a casa a los días, pero su salud empeoró con los meses a medida que faltaba la comida y el dinero para conseguirla. La madrugada del 7 de agosto Joendry murió. La neumonía fue la estocada final, pero la causa era una: hambre.

Lisbeudis, la abuela, cuidó de Joendry y Joandry –su hermano gemelo–, desde que nacieron. Ambos llegaron con bajo peso, pero Joendry siempre tuvo desventaja. Nació con 2.300 gramos. Ese día, echado en mitad de las emergencias pediátricas, pesaba 4.100. La mitad de lo que debería tener un bebé con medio año de vida.

Pablo Hernández, nutricionista y miembro del Observatorio Venezolano de la Salud, nos explicó entonces que los gemelos deberían pesar en torno a los 8,2 kilos. “Quiere decir que durante la gestación, la madre estuvo muy desnutrida”. E hizo una afirmación que se convirtió en sentencia con los meses: “Sobre todo Joendry tiene un riesgo muy aumentado de mortalidad, nació muy bajo de peso”.

La crisis venezolana se manifestó en 2013, con la bajada de los precios del barril de petróleo. En los últimos meses se ha agudizado. En la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017 hecha por varias universidades venezolanas, se desvela que la pobreza extrema aumentó en el país de 23,6 a 61,2 % en solo cuatro años. El 80 % de los hogares presenta inseguridad alimentaria y 8,2 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día.

La abuela hacía lo posible por alimentarlo. A los dos meses, dejó de tomar pecho y empezó a darle crema de arroz con leche y azúcar. La mezcla luego fue solo de arroz y azúcar. No encontraba leche normal, tampoco de fórmula. Y ese bajo peso, sostenido, también fue una merma en su sistema inmunitario. “Son susceptibles de contraer enfermedades infecciosas de riesgo que, a la larga, pueden causar la muerte”, contaba el nutricionista.

Unas días antes de morir, Lisbeudis vio que su nieto empeoraba. Empezó un vía crucis con tantas estaciones de penitencia como vueltas tuvo que dar hasta que atendieran al niño.

El hospital de Guaiparo, donde conocimos a Joendry, se cerró en abril. Iban a hacer unas reformas, pero se frenaron. Cuando visitamos el centro en febrero, no había cunas para todos los niños que llenaban el área pediátrica. Un 80 % tenía algún tipo de desnutrición. Una doctora nos dijo bajo anonimato que durante el primer trimestre del año había muerto una media de un niño al día por esta causa.

Un 80 % de los niños tenía algún tipo de desnutrición. Según una doctora, en el primer trimestre había muerto una media de un niño al día por esta causa

La abuela primero fue a un módulo de salud en San Félix, su localidad, de allí la mandaron a otro módulo y hasta en tres ocasiones al hospital Uyapar de Puerto Ordaz, a unos 5 km. “Allí nunca me atendieron porque nunca había pediatras”, dice.

A la falta de infraestructuras se suma que ocho de cada diez medicamentos no se encuentran en las farmacias, asegura la Federación Farmacéutica Venezuela. Y que cada vez más personal médico renuncia por las precarias condiciones laborales. Desde junio, el personal sanitario está en huelga para reclamar un aumento salarial. Lo que cobra un doctor en un centro público no alcanza para cubrir ni una pequeña parte de la canasta básica. Una enfermera no puede ni soñar en comprar un pollo.

Un bebé desnutrido en un hospital de Puerto Ordaz, en el Arco del Orinoco (A. Hernández)
Un bebé desnutrido en un hospital de Puerto Ordaz, en el Arco del Orinoco (A. Hernández)

La abuela llevó al niño a una fundación donde hay atención médica y, finalmente, de allí lo derivaron al hospital de Ciudad Bolívar, a 120 km de San Félix. Muchos padres no pueden hacer ese traslado por el costo que supone. Lisbeudis pudo reunir el dinero, pero en el camino le dijeron que no podrían atender a su nieto. Siguió el “ruleteo”: de un módulo del Seguro Social, al hospital, de nuevo al módulo, de nuevo al hospital.

Logró entrar, por fin, a las 4 de la tarde. No atendieron a Joendry hasta las 9 de la noche del lunes 6 de agosto. “En ese rato se murieron dos bebés”, dice Lisbeudis. Habló con el doctor. “Le dije que si iban a esperar a que el bebé muriera”. Lo pasaron a una habitación, le pusieron oxígeno, hidrocortisona, antibiótico. Allí dieron nombre al color amarillo de Joendry y su mala respiración: hepatitis A y neumonía.

“Cada vez que le hablaba, volteaba y sonreía. Pero a las 2 de la mañana vi que no respiraba. Lo llamé, no contestó. Llamé a las enfermeras y los médicos. Había muerto”, dice la abuela.

Dos días después, la abuela llamó a María y le dio la noticia. Y María, a su vez, me escribió: “Querida, murió uno de los gemelitos. Tenía neumonía. Más todo lo demás”. Lo iban a enterrar al día siguiente, viernes 10. Busqué billetes de avión, pero la poca oferta de vuelos domésticos que quedan (que se venden en dólares en su mayoría), estaba cerrada. Por falta de dinero para los trámites y el sepelio, pasaron el entierro al lunes. Pero tampoco conseguí un pasaje. María, que vive en Puerto Ordaz, pudo ir.

Familiares del pequeño Joendry durante su entierro en Puerto Ordaz . (M. Ramírez)
Familiares del pequeño Joendry durante su entierro en Puerto Ordaz . (M. Ramírez)

No hubo flores. Tampoco oraciones.

Buscar todo un servicio funerario costó 500 millones de bolívares, que suponen 166 salarios mínimos hasta que se haga efectivo el aumento anunciado la semana pasada. Para el traslado, para rescatar una fosa en el cementerio –el abuelo del niño tenía una, pero de la que no se había pagado el alquiler en un tiempo–, para los operarios que abrieron un pequeño hueco en la tierra. El dinero se juntó entre los aportes de la gente de la comunidad, la abuela paterna, nosotras mismas.

La poca gente que asistió al entierro del niño Joendry no lloró. La gente no decía nada. Quizás están demasiado acostumbrados a las tragedias en una tierra que se las brinda día a día. Quien sí se quebró fue la abuela, su cuidadora hasta el final. Miraba con tristeza la pequeña urna blanca. Una vecina se acercó a ella, la abrazó, la consoló.

Antes de echar tierra sobre la urna, la abrieron. Dentro metieron un osito de peluche vestido de blanco, como abrazando al niño. Joendry se veía muy pequeño. Parecía un bebé de apenas unos meses, aunque había cumplido el año en julio. La última vez que la abuela lo pesó tenía 10 meses y pesaba 7 kilos.

“El hermano, Joandry, está pequeñito, tampoco parece de un año. Pesa 6 kilos 800. Lo llevé al médico y me dijo que tenía que alimentarlo y darle vitaminas”. Pero en casa de Lisbeudis, al igual que en febrero, no hay con qué llenar ollas y biberones. La incertidumbre es una nevera vacía junto a un colchón de gomaespuma donde Joendry ya no está y Joandry sobrevive.

*Las autoras usaron la primera persona de modo deliberado para narrar este artículo. Les pareció que era la forma más honesta después de haber estado ambas implicadas en esta historia durante meses.

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