ASÍ VIVEN LOS SUPERVIVIENTES DE Pedrógão Grande

Regreso a la 'zona cero' de los incendios de Portugal: "Tenemos miedo al verano"

Un año después de la peor temporada de incendios de la historia reciente del país, El Confidencial visita la zona más afectada por la tragedia, donde las heridas siguen muy abiertas

Foto: Coches quemados en una carretera local cerca de Pedrógão Grande, en junio de 2017. (Reuters)
Coches quemados en una carretera local cerca de Pedrógão Grande, en junio de 2017. (Reuters)

Ya no pienso en el futuro; vivo el día a día”.

Anabela Silva tiene un marido, dos hijos y 18.000 euros de deuda de un camión que ya no existe. Aprieta las manos sobre el delantal de cuadros, mira al suelo, y repite la cifra. Todas las opciones –buscar otro trabajo, emigrar– están sobre la mesa de su casa, donde el futuro se ha convertido en un tema tabú. Anabela no hace planes desde el 17 de junio de 2017, cuando su municipio, Pedrógão Grande, se convirtió en el escenario de la peor tragedia forestal de la historia de Portugal.

“Aún seguimos preocupados. No se ven aves, y creo que si vuelve el fuego todo esto volverá a arder”, dice Anabela en Barraca de Boavista, la aldea en la que vive y que quedó marcada por un incendio que se cebó con el interior del centro de Portugal, donde la mayoría vive de la madera. Eucaliptos y pinos.

Anabela refleja la primera contradicción de la tragedia. Quien huyó, murió. Quien permaneció en casa viendo el fuego aproximarse, sobrevivió

Como todos, Anabela vive en una casa de una planta, modesta, con una parte trasera en la que pensó tener un huerto y que ahora está rodeada de árboles calcinados. Continuar extrayendo sustento de ellos es una hipótesis absurda para su marido, de 47 años, y su hijo mayor, de 22, que constituyó una empresa para comerciar madera ocho meses antes del incendio. Compró entonces el camión en el que trabajaría codo a codo con su padre; mientras, ella se ocupaba del cuidado de su hija menor, de 9 años, con una discapacidad que le impide hablar y moverse.

Pensar en ella le emociona. Se detiene. La pequeña fue una de las principales razones para querer escapar aquel día, en el que la invadió el mismo pánico que llevó a salir de sus casas a más de medio centenar de personas que, creyendo salvar sus vidas, acabaron en una ratonera de fuego.

“Pensamos en huir, pero el camión ya estaba ardiendo, también otro coche que usaban como transporte mi marido y mi hijo. Estaba todo ardiendo, de verdad que era imposible huir. Nos quedamos en casa”.

Anabela refleja la primera contradicción de la tragedia de Pedrógão Grande. Quien huyó, murió. Quien permaneció en casa viendo el fuego aproximarse, sobrevivió.

Cartel quemado y rehabilitado por vecinos a la entrada de la aldea de Nodeirinho. (L. Sánchez)
Cartel quemado y rehabilitado por vecinos a la entrada de la aldea de Nodeirinho. (L. Sánchez)

Un fuego nunca visto

Todos los veranos hay incendios en Portugal, nunca uno como éste. Los supervivientes hablan de una “tormenta de llamas”, pero los informes oficiales dibujan un escenario más aséptico: un rayo que impactó contra un árbol a primera hora de la tarde y que se descontroló favorecido por la sequía que se vivía desde hacía tres años y el viento fuerte que sopló ese día. Tarda casi una semana en apagarse y diezma aldeas entre los municipios de Pedrógão Grande, Figueiró dos Vinhos y Castanheira de Pera, un triángulo en el que murieron 67 personas y 250 resultaron heridas. La gravedad se intuye desde primera hora en Pedrógão Grande, donde se instala el puesto de mando en el que recibe datos la ministra de Administración Interna, -equivalente a la cartera de Interior-, Constança Urbano de Sousa, junto a responsables de Protección Civil. También está el alcalde, Valdemar Alves.

El Gobierno se preocupó desde primera hora, antes de descubrir las muertes”. Valdemar Alves habla más deprisa cuando repasa aquella noche, el cansancio desaparece de su rostro y gesticula. Las manos grandes abiertas, las cejas levantadísimas. Cuenta que las autoridades se dieron cuenta de la gravedad, que ellos mismos ya temían un escenario complicado por las altas temperaturas y la extensión del humo. “Alcanzamos entre 800 y 1.200 grados de temperatura. Ardía todo, el vidrio se derretía”, asegura a este medio. El primer balance les llega mientras todos, inclinados sobre el capó de un coche de Protección Civil, escudriñan mapas militares de la zona, ya de madrugada. Once muertos.

Los de Protección Civil se quedaron aterrados. Estaban blancos, sin sangre, no tenían capacidad de decidir o resolver. No se esperaban tantos muertos. Cuando dijeron las primeras muertes, miré para el cielo y vi que realmente había nubes enormes de humo negro, nubes de fuego, y les dije: no vamos a tener solo esas muertes, vamos a tener más”.

El alcalde acaba por tener razón. A esa hora, la misma en la que Anabela asumía que no tenía coche en el que huir y sus vecinos agotaban la batería del teléfono llamando a bomberos y ambulancias que no llegaban, lo peor se vive en la N236-I, una carretera nacional de apenas 15 kilómetros, rodeada de vegetación, que conecta las aldeas y por la que tratan de huir al menos medio centenar de personas para acabar rodeados por el fuego. Mueren aquí 47 vecinos y visitantes que pasaban en la zona el fin de semana, algunos dentro de los coches, otros tratando de huir a pie después de haber chocado por falta de visibilidad. Las autoridades se apresuran a reasfaltarla para eliminar las señales sobre el alquitrán, pero los portugueses ya la conocen como la “carretera de la muerte”.

Nadie comprende, a los ojos de Portugal y del mundo, que mueran cuarenta y tantas personas en un incendio dentro de una carretera que une dos municipios. Una carretera normal. Nadie lo entiende, pero quien estuvo aquí, quien lo vivió, ve que es ‘normal’ dada la dimensión del incendio”, explica a El Confidencial Jorge Manuel Fernandes de Abreu, el alcalde de Figueiró, de donde parte la N236-I.

“Los de Protección Civil se quedaron aterrados. No tenían capacidad de decidir o resolver. No se esperaban tantos muertos”

El regidor está convencido de que el cambio climático fue un factor esencial, aunque admite que “no se dio suficiente atención” en la fase inicial y, una vez superada ésta, ya no había nada “humanamente posible” que se pudiera hacer. Sin embargo, quienes llamaron pidiendo auxilio no están de acuerdo.

¡No venían! Hice 60 llamadas, ¡60! Teníamos a una señora quemada, con una toalla mojada encima, y tuvieron que llevarla en coche porque tampoco había ambulancias. Mi hijo fue a ayudar a apagar fuegos, le dije que se quedara y se fue. ¡Se fue el sábado y supe que estaba muerto el viernes! No quiero hablar, estoy cansado de hablar, no quiero decir nada más”, zanja un vecino de la aldea de Nodeirinho que no quiere dar su nombre. Esa noche perdió también a su hermano y su cuñada, muertos en un pueblo de 26 habitantes que quedó reducido a 15. Atusa la gorra, frota las manos contra la camiseta sucia de labrar y, a modo de despedida, arremete nuevamente contra los bomberos de la zona, la inmensa mayoría voluntarios, muchos vecinos de toda la vida, a los que se enfrentó cuando los vio entrar en el pueblo para sofocar otros fuegos, ya en julio y agosto.

Los bomberos fueron maltratados”, explica Alves. “Hubo tensión. Después de ese incendio no eran bien recibidos. Les decían: ¡ah! ¡Ahora aparecéis! Hoy las personas están arrepentidas, reconocen que no podían haber hecho nada”.

Pero aunque no reciban ya improperios, los bomberos de Pedrógão Grande no se han recuperado. Encerrados en sí mismos, continúan recibiendo apoyo psicológico, como también lo hacen los agentes de tráfico que derivaron a los conductores a la N236-I y los propios vecinos. Todos en tensión y con miedo ante este verano, porque el fuego, aseguran, va a volver.

Manifestaciones de homenaje a las víctimas de los incendios y exigencia de responsabilidades, en la Praça do Comércio de Lisboa, en octubre de 2017. (Reuters)
Manifestaciones de homenaje a las víctimas de los incendios y exigencia de responsabilidades, en la Praça do Comércio de Lisboa, en octubre de 2017. (Reuters)

Dónde están las respuestas, dónde la ayuda

“Esto volverá a pasar. No debería pasar, pero ocurrirá si se sigue haciendo lo mismo, porque no se está haciendo la prevención correcta, la formación. Porque solo se puede luchar contra esto si las personas defienden todas del mismo lado”. Margerida Crespo apenas respira cuando habla. La profesora de primaria, de 40 años, se atropella, le cuesta incluso acabar el café sin derramarlo. No para desde el 18 de junio de 2017, cuando aún todo ardía y ella, ausente del pueblo por acudir a un retiro organizado por la Iglesia, se reúne finalmente con toda su familia. Marido, hijo, padres, tías. Ilesos.

“¿Cómo no pensar que hubo una intervención divina? Pensando egoístamente, ¿por qué se fueron tantos y los míos quedaron protegidos?”, se pregunta. Los días posteriores fueron de cuidado de la comunidad, especialmente de los niños a los que daba clase, tan impactados que, al no verla aparecer, dieron por hecho que estaba muerta y rehusaron creer a quien le dijera lo contrario. “Necesitaron verme y tocarme para saber que estaba bien”, sonríe Margerida. Aún reciben apoyo psicológico, al igual que los nietos de Herminia Costa, de 8 y 12 años, que ahora no quieren separarse de su madre, de la que estuvieron alejados durante aquel día sin saber si volverían a verse.

“La gente no habla, pero yo esto se lo cuento porque me hace bien desahogarme”, dice a la puerta de su casa. Herminia y los pocos que como ella hablan son un hervidero de preguntas no apaciguadas después de un año. ¿Por qué se descontroló todo? ¿dónde estaban los medios? ¿qué falló? “Realmente, todo”, concluye Nadia Piazza, presidenta de la Asociación de Víctimas de Pedrógão Grande, que ha presionado durante un año para tener respuestas. Nadia se apoyó en personas como Herminia, con las que fue hablando mientras ella buscaba a su hijo, de cinco años, al que había dejado con su exmarido en Pedrógão mientras se iba a un viaje de trabajo a Irlanda. Tras coger el primer vuelo a Portugal y pasar 36 horas sin pausa recorriendo las carreteras, aún rodeadas de fuego, descubre que ambos, junto con otros siete miembros de su familia política, han muerto en N236-I.

Tito André Luz, uno de los damnificados, que estima sus pérdidas en 65.000 euros. (L. Sánchez)
Tito André Luz, uno de los damnificados, que estima sus pérdidas en 65.000 euros. (L. Sánchez)

“Comenzamos siendo un movimiento cívico y podríamos haber continuado así”. Pero evolucionaron porque, subraya, “no había voz”. “Ni las instituciones locales eran voz. Si hubiese habido una respuesta estatal inmediata no tendríamos la necesidad de existir, porque sentiríamos apoyo. Quien tenia obligación de velar por las comunidades locales ¡no decía nada! ¡Lloraba!”. Las víctimas querían saber qué pasó, no se conformaban con simplemente calificarlo de “tragedia”. “Queríamos participar y apuntar con el dedo, y saber, y ellos no estaban preparados para eso”, dice sobre la clase política portuguesa, que, asombrada, ha cedido ante su impulso por pedir investigaciones, cambios, y, sobre todo, que constase su relato.

"Si no te organizas y no haces pasar la versión de las poblaciones, de quien vivió la tragedia, si no te organizas para hacer memoria presente y futura de lo que pasó, entonces quedará para la historia la versión institucional. Y la versión institucional es una versión atenuante; queda la toma de medidas y asunción de responsabilidades, que las hubo, pero muy atenuado".

Después toca reconstruir la vida. El perjuicio en Pedrógão Grande se estimó en más de 500 millones de euros. Hasta ahora, 100 casas han sido reconstruidas en la localidad, financiadas a través de fondos solidarios de organizaciones privadas y el Revita, sistema creado por el Gobierno luso; en Figueiró, donde la destrucción fue menor, las casas reedificadas son 30. Pero más allá de las viviendas, el impacto se nota especialmente a la economía de una zona que, siendo pobre antes del fuego, ahora está gravemente herida en su escasa parte industrial y agrícola. Es el caso de Tito André Luz, que estima unas pérdidas de 65.000 euros y ve imposible volver a tener lo que ostentaba en la aldea de Adega antes del incendio. Menos aún ante la amenaza de que el fuego pueda regresar.

"He perdido dos tractores, animales, maquinaria, el olivar… todo, todo lo que tiene que ver con la agricultura. 28 cabezas murieron", enumera. También la cerca, estrenada apenas cuatro meses antes y que le había costado 3.000 euros. Dedicado enteramente al campo desde 2010, ahora trabaja en un cooperativa agrícola en Figueiró –"temporalmente", subraya con media sonrisa– y se plantea volver a estudiar hasta que pueda volver a comprar el material para trabajar la tierra. El Estado aporta el 81% del valor de la maquinaria que compra, pero sigue siendo mucho dinero, dice, sobre todo con dos hijos de 7 y 9 años.

"Los millones de euros, 15 o por ahí que dicen que llegaron a la zona, no se ven. Está todo así, como lo está viendo, en este silencio. Esto es un silencio constante". Tampoco él ve aves.

Este verano habrá casi el doble de profesionales en combate rápido a incendios en todo Portugal, se han prometido más medios aéreos y se ha lanzado una campaña nacional para que los ciudadanos limpien los matorrales. Pero el trauma en Pedrógão es tan profundo que todos niegan con la cabeza; las medidas son buenas, dicen, si consiguen aplicarse de verdad. Y eso no se logra en un año. Por eso Anabela tuerce el gesto ante el deseo de buena suerte. "Aquí siempre hay una desgracia. No vale la pena pensar en eso".

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