Noticias de Oriente Medio: Yammoune, el pueblo de los narcos libaneses. Noticias de Mundo
entramos en LA 'CAPITAL' DEL negocio del hachís

Yammoune, el pueblo de los narcos libaneses

La guerra de Siria mantiene distraidas a las fuerzas de seguridad del Líbano, lo que ha permitido a los traficantes de hachís prosperar en el Valle de Bekaa. El Confidencial ha sido testigo de su éxito

Foto: Vista de Yammoune entre las montañas nevadas. (Foto: Valentina Ángela)
Vista de Yammoune entre las montañas nevadas. (Foto: Valentina Ángela)

Hubo un momento en el que los narcos del hachís del Valle de Bekaa estuvieron a punto de desaparecer: a finales de 2009, la actuación del ejército y la policía del Líbano los había expulsado casi totalmente de esta zona, bien conocida desde hace décadas como centro de cultivo y producción de cannabis. Pero en los últimos años, la guerra en la vecina Siria ha mantenido ocupadas a las fuerzas de seguridad en otros menesteres, permitiendo el renacimiento de los grandes carteles libaneses.

A unos mil doscientos metros de altura, el pequeño pueblo de Yammoune pasa desapercibido en la inmensidad del valle. De sus alrededor de setecientos habitantes, el noventa por ciento se dedica al cultivo, recolección, transporte o vigilancia de este producto. Los grandes 'capos' del negocio se mueven a sus anchas por el pueblo con grandes coches 4x4, cuyas ruedas descomunales les permiten atravesar las montañas por caminos secretos que en invierno se cubren de nieve y son siempre de difícil acceso.

La otra imagen que delata a los narcos son sus grandes mansiones, construidas todas ellas en los últimos cuatro años, en los que se han hecho con cantidades inmensas de dinero gracias al recrudecimiento de la guerra en el país vecino. Los cientos de 'checkpoints' en la región se han “dulcificado”, y los que no, los controlan ellos mismos a base de sobornos, para poder llevar la mercancía hacia otros países. Las casas son auténticos palacios, salpicados de numerosos adornos y luces que llaman la atención desde cualquier punto del pueblo.

Nada más entrar en la localidad, uno se da cuenta de la magnitud del negocio por el intenso olor a marihuana que impregna el ambiente. Un vecino nos regala un poco de hachís para que probemos su calidad. Un estanque medio vacío sirve como parque, con columpios antiguos que hace tiempo dejaron de estar en funcionamiento, que le dan un aire melancólico al lugar donde algún que otro habitante de la localidad aprovecha para pescar.

Aunque parece un pueblo fantasma, al recorrer sus calles aparecen miradas furtivas en las ventanas que intentan averiguar quién es el intruso. Los garajes de las casas tienen los portones a medio abrir, para que puedan respirar los trabajadores que trabajan a destajo en los "laboratorios". Las nieves se avecinan y los caminos por los que transportar los sacos se vuelven difíciles. Así que, día y noche, una pequeña luz ilumina los pequeños recintos en las cocheras de muchas viviendas, a menudo a medio hacer.

Un joven centinela vigila en una esquina del pueblo (V. Ángela)
Un joven centinela vigila en una esquina del pueblo (V. Ángela)

Vigilancia constante

“Aquí ni una foto, por favor”, nos dice el contacto gracias al que hemos podido entrar en la localidad, a condición de respetar sus exigencias. Dirige su mirada a un garaje donde trabajan dos hombres tapados hasta los ojos para no intoxicarse. “Mira sus pestañas, el hachís lo impregna todo”, dice. “Aquí es donde producimos esto que tanto os gusta en Europa, y que lo prohíben siempre. ¡Con lo bien que huele!”, afirma nuestro nuevo amigo, mientras pasa el dedo por el filo de una puerta donde las motas de polvo no son otra cosa que partículas del tan venerado 'rojo libanés', una de las mejores variedades de hachís del mundo. Muchos de los trabajadores son refugiados sirios contratados como mano de obra barata para la recolección y la producción. Pero los responsables se aseguran de no permitirnos hablar con ellos en ningún momento.

Cuando el material está preparado, se mete en sacos de 25 a 50 kilos que serán transportados a las casas de los narcos, donde ellos mismos las guardan en sus salones, custodiados por hombres armados. Casi todo el mundo lleva una pistola en la guantera del coche o en la parte trasera de su cuerpo; todos y cada uno de ellos se encargan de hacerla notar, dejándola a la vista, para que sepamos donde estamos.

A la caída del sol empiezan a encenderse hogueras dentro del pueblo. No son otra cosa que los desperdicios de la planta que no se utilizan, y de los que se deshacen mediante el fuego, que desprende un olor muy intenso. El lugar es ideal para el negocio porque se puede vigilar fácilmente desde lo alto de la montaña. Los centinelas llevan walkie-talkies o móviles muy antiguos, que no pueden ser rastreados mediante GPS, y con los que se alertan ante cualquier incidencia o la llegada de policías y militares. En el interior de la aldea también hay puestos de vigilancia, como una 'roulotte' medio abandonada situada en un punto estratégico, cuyos ocupantes están listos para avisar de posibles visitas inesperadas.

Por la noche el clan se suele juntar en las mansiones de alguno de ellos, donde, al calor de la chimenea pasan la tarde noche fumando 'shisha' y jugando a las cartas mientras toman zumos naturales de frutas y comen frutos secos que ellos mismos cultivan. Con una sonrisa irónica, nos cuentan que eso es realmente a lo que se dedican: el cultivo de árboles frutales y frutos secos -de gran calidad- es su profesión “legal”.

En ningún momento nos hacen pasar por situaciones violentas. La legendaria hospitalidad árabe cobra cuerpo, y pronto se materializan las invitaciones a comer en sus casas. “Por aquí no viene mucha gente, así que sois nuestros invitados”, dicen. No tienen ningún reparo en enseñar todos los entresijos del negocio. En cualquier caso, los teléfonos no dejan de sonas, y aunque no conocemos su idioma, el que recibe la llamada siempre se levanta y se va a hablar a otro lugar, apartado del grupo. La tensión viene dada por la situación climatológica: se espera nieve al día siguiente -así será finalmente-, y hay que adelantar el transporte de la droga, con el trastorno que eso ocasiona.

Un vecino muestra una piedra de hachís. (V. Ángela)
Un vecino muestra una piedra de hachís. (V. Ángela)

La solidaridad en el clan

El clan funciona como una familia, en la que si tocan a uno, tocan a todos. Sus miembros tienen un grupo de Whatsapp con más de un centenar de integrantes repartidos por diferentes países. Cada uno pone al mes 10 dólares americanos, para cubrir cualquier problema que pueda surgir en la familia. “En este negocio siempre puedes tener algún percance, y por eso estamos los demás, para que a nuestras familias no les falte de comer o cualquier necesidad que pueda surgir si nos detienen o si tenemos que estar en la carcel”, dice uno de ellos. Ese cobro se va contabilizando en un simple cuaderno escolar de notas, inmortalizado por la tinta.

En algunos aspectos, el clan es similar a un cártel de la droga colombiano, aunque sus miembros vivan escondidos en las remotas montañas del Líbano. Aunque en la calle no llaman mucho la atención, a diferencia de otro tipo de narcotraficantes, uno se da cuenta de que lo son al llegar a la puerta de sus palacios de decoración recargada, y con los 4x4 en la entrada, siempre aparcados en dirección a la ruta de escape. Uno de ellos, de apenas 27 años, relata que este trabajo le ha hecho tan rico en tan poco tiempo que sus hijos recién nacidos, mellizos, no tendrán necesidad de trabajar. “Pero lo primero que les voy a enseñar es a no fumar nunca hachís. La 'shisha' es perfecta para que tu mente no te aleje de la realidad”.

Aunque son musulmanes chiíes, tienen la máxima tolerancia por las festividades de la Navidad cristiana que se avecinan durante nuestra visita. “Para nosotros, estas fiestas son de respetar a los cristianos”, indica un hombre corpulento, vestido con unos vaqueros desgastados y una sudadera azul oscura que deja sobresalir la pistola por la cadera. Es claramente uno de los cabecillas, porque cada vez que habla produce una sonrisa de amiración en los más jóvenes del grupo. También, dice, “de ir a Beirut para hacer negocios, porque allí las fiestas llegan hasta altas horas de la noche y el hachís les encanta. Es uno de nuestros momentos”. Ellos no beben alcohol ni fuman su producto, porque necesitan estar alerta para el negocio que les ha hecho multimillonarios en apenas tres años.

El previsible fin de la guerra en Siria les tiene preocupados: el Gobierno podría intentar volver a entrar en el pueblo, como en 2009, y terminar con la "tranquilidad" que les permite desempeñar su negocio. El final del invierno puede ser un punto de inflexión. Cuando se derritan las nieves, Yammoune, el pueblo de los narcos libaneses, puede seguir prosperando gracias a la droga o verse forzado a cambiar de actividad y, probablemente, caer en la irrelevancia.

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