CREAN LISTADOS DE FUNCIONARIOS IMPLICADOS

Masacrar y mutilar para mantener el poder en el Congo: atrocidades al servicio de Kabila

Un informe de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) acusa al régimen del actual presidente de orquestar las masacres para justificar un nuevo aplazamiento de las elecciones

Foto: Una mujer víctima de la violencia de Kasai, refugiada en un hospital de Angola. (Fuente: FIDH)
Una mujer víctima de la violencia de Kasai, refugiada en un hospital de Angola. (Fuente: FIDH)
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Con el brazo izquierdo casi seccionado de un machetazo la mujer tuvo la presencia de ánimo de restregar su cara contra la sangre y permanecer inmóvil fingiéndose muerta a los pies de los milicianos, los sanguinarios “Bana Mura”, los mismos que le habían dado caza en el territorio de Kamonia, en la zona fronteriza con Angola de la provincia de Kasai, en el centro de la República Democrática de Congo. Cuando sus verdugos se marcharon, se escondió en la selva con el brazo “que colgaba de un muñón ensangrentado”. Cuarenta kilómetros, seis días con sus noches, anduvo en esas condiciones hasta alcanzar la frontera, donde un helicóptero del Ejército de Angola la evacuó al hospital de la localidad de Dundo. Salvó la vida pero su brazo estaba ya perdido y los médicos angoleños no pudieron hacer sino amputarlo.

Mutilada pero viva, esta mujer le debe a su valor y a algo de suerte dentro de su desgracia el no haber corrido el destino fatal que aguardaba ese día, el pasado 24 de abril, a un número desconocido pero que se cree muy elevado de sus vecinos de Cinq, la localidad de la que esta mujer había tratado de huir a la carrera. Ese pueblo fue el escenario de la peor de las masacres recogidas en un informe divulgado recientemente por la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), en el que se vincula ésta y otras matanzas en Kamonia, entre marzo y julio de 2017, con el propósito de las autoridades congoleñas de perpetuar en el cargo al presidente Joseph Kabila, en el poder desde 2001.

En su documento, la FIDH acusa a su régimen de perpetrar “crímenes contra la humanidad” con un fin preciso: sembrar el caos en la provincia de Kasai utilizando a los Bana Mura, una milicia “creada y armada” por las autoridades, algo que Naciones Unidas ya había denunciado el pasado mes de junio. Todo con el objetivo final de sembrar el caos y así tener otro pretexto con el que posponer una vez más unas elecciones presidenciales que deberían haberse celebrado en noviembre de 2016 y que aún no han tenido lugar, según la versión del régimen congoleño, a causa de dificultades financieras y logísticas. Y sin sucesor, Kabila sigue en un cargo que debería haber abandonado en diciembre de 2016, cuando finalizó su segundo y, por imperativo constitucional, último mandato.

El informe titulado “Masacres en Kasai: crímenes contra la humanidad al servicio del caos organizado” es prolijo en detalles y recoge 64 testimonios de supervivientes refugiados en Angola que relataron cómo los Bana Mura perpetraron masacres en diversas localidades del territorio de Kamonia, entre ellas la de Cinq. Junto a los milicianos, a veces incluso ataviados sin disimulo con su uniforme, agentes de la policía nacional y de las Fuerzas Armadas congoleñas, que llegaron a utilizar armas de guerra como lanzagranadas contra poblaciones habitadas por civiles desarmados entre los que se contaban numerosos niños.

El presidente Joseph Kabila asiste a un evento sobre la estabilidad del Congo en la Unión Africana, en 2013. (Reuters)
El presidente Joseph Kabila asiste a un evento sobre la estabilidad del Congo en la Unión Africana, en 2013. (Reuters)

Mutilados, emasculados o violadas con palos

En Cinq, el asalto de los Bana Mura, secundados por las fuerzas de seguridad congoleñas, redujo esta localidad a un erial sembrado de ruinas carbonizadas. Todos los habitantes de esta ciudad, que contaba con unas 10.000 almas, fueron asesinados o bien lograron huir el 24 de abril pero perdiendo todo lo que tenían, y muchos de ellos gravemente heridos. Por el camino, o en sus casas arrasadas, quedaron a menudo sus seres queridos muertos a machetazos, decapitados, ejecutados de un tiro e incluso quemados vivos, pues los Bana Mura prendieron fuego a las casas en las que se habían refugiado, no sin apostarse ante la puerta para disparar a quien tratara de salir. Algunos supervivientes lo consiguieron, no sin pagar el precio de saltar sobre las llamas o de ser tiroteados, algo de lo que dan fe las fotografías que incluye el informe, que muestran a mujeres y niños, algunos de corta edad, con algún miembro seccionado por las balas o amputado de un machetazo, o con horribles quemaduras y cicatrices. Por ejemplo, una niña de cinco años que llegó al hospital angoleño de Dundo viva pero con una herida de machete en el cráneo tan grave que parte de su cerebro había quedado al descubierto. Pese a ser operada de urgencia, falleció al cabo de unos días.

Muchas mujeres y niñas fueron además violadas y de ellas, según las supervivientes, no pocas con los cañones de fusiles de los Bana Mura o con palos. Algunos supervivientes relataron haber visto cadáveres de mujeres con palos ensartados en la vagina o con ese órgano mutilado. Dos de estas personas que lograron escapar de Cinq relataron cómo el cuerpo de una mujer embarazada de gemelos había sido abierto en canal para arrancarle sus dos fetos, que yacían a su lado. También había hombres emasculados a quienes les habían colocado en la frente el pene que les habían cortado.

En aquella orgía de sangre, los Bana Mura no respetaron nada. Ni siquiera el hospital de la ciudad, en el que dejaron “una montaña de cadáveres”, explicó un médico que llegó después del ataque a la FIDH. Una madre de 31 años que había dado a luz cuatro horas antes salvó la vida a pesar de haber resultado herida por disparos de postas mientras sostenía a su bebé en brazos. La metralla alcanzó también al niño en la cabeza. Los milicianos se aproximaron después a la mujer y le introdujeron el cañón del fusil en la vagina. Como en el otro caso, esta madre fingió estar muerta hasta que se marcharon y luego se arrastró con su recién nacido hasta la calle. Otros dos de sus hijos, que también estaban en el hospital y que se habían escondido debajo de una cama, murieron en el tiroteo.

Para apoyar sus graves acusaciones contra las autoridades congoleñas, en su informe, la FIDH recoge a su vez “informaciones” que apuntan a que las masacres fueron previamente “organizadas” por representantes locales del Estado, por ejemplo los jefes de los diferentes pueblos y los agentes de los servicios secretos, que formaron y reclutaron a miembros de los Bana Mura. Algunos testigos incluso vieron a policías y funcionarios repartir munición a hombres que después participaron en los ataques, así como machetes nuevos que habían comprado en un almacén de la zona cuyo nombre se cita. La organización internacional ha recogido los nombres y apellidos de estos agentes del Estado en una lista que no se ha hecho pública pero que la Federación se ha ofrecido a poner a disposición de la Justicia internacional.

Soldados congoleños en 2015. (Reuters)
Soldados congoleños en 2015. (Reuters)

Odio contra la etnia luba

La organización de las masacres jugó además con un factor clásico del conflicto en la República Democrática del Congo: la instrumentalización política de la etnia. Para ello, las autoridades atizaron el odio contra los luba, el grupo étnico al que pertenecen casi todas las víctimas, por parte de los miembros de las otras tres etnias del territorio: los tchokwe, pende y tetela. Algunos Bana Mura fueron reclutados entre estos tres grupos étnicos, de forma que algunos de los luba que lograron escapar declararon haber reconocido a quienes habían sido antaño sus pacíficos vecinos entre quienes trataban de masacrarlos o prendían fuego a sus casas.

Para atizar este odio, se utilizó el hecho de que los luba no son originarios de Kasai, sino de una provincia vecina, Kasai Central, por lo que empezaron a ser tildados de “extranjeros”. Los luba son también sospechosos de apoyar a los Kamuina Nsapu, la milicia mística que se alzó contra el régimen de Kabila tras el asesinato a manos de las autoridades de su líder, el jefe tradicional Jean-Pierre Nsapu Pandi, en agosto de 2016, lo que dio inicio a la violencia en Kasai Central, una violencia que terminó extendiéndose a las otras cuatro provincias englobadas en lo que se conoce como Gran Kasai, incluida Kasai, donde se encuentra el territorio de Kamonia. Muchos Kamuina Nsapu son de etnia luba.

Como tantas veces en Congo, el resultado ha sido una población atrapada entre dos fuegos. Por un lado una rebelión cuya violencia ha ido en aumento, pues los Kamuina Nsapu también matan, decapitan y han reclutado a miles de niños-soldado. Por otra, una respuesta “brutal y desproporcionada” del régimen congoleño, en palabras de Naciones Unidas, que incluso ha incluido la creación de los Bana Mura para luchar contra los Kamuina Nsapu, atizar el odio étnico y de paso castigar a la población de una región considerada un feudo de la oposición a Kabila, por ser la tierra de origen de Étienne Tshisekedi, el líder histórico de la oposición congoleña, fallecido el pasado 1 de febrero, que también era de etnia luba.

Toda esta violencia ha convertido al Gran Kasai, la región central de Congo antes en paz, en el escenario de una de las peores y más olvidadas crisis humanas del planeta. La ONU calcula que los muertos se cuentan por miles; Naciones Unidas ha cartografiado 87 fosas comunes y al menos 1,4 millones de personas han tenido que huir en la región, engrosando las filas de los casi cuatro millones de congoleños desplazados. La República Democrática del Congo es hoy el país africano con un número mayor de población desplazada.

En el devastador informe de la FIDH sobre las masacres en Kasai, casi escondidas entre tanta atrocidad, hay, sin embargo, historias de valor y resiliencia. Historias como la de esas mujeres que lograron escapar mutiladas y a pie, recorriendo decenas de kilómetros. O la de esa madre cuyo drama se recoge antes en este artículo; la mujer que con su recién nacido herido en brazos, ella misma con disparos de postas en el cuerpo y violada con el cañón de un fusil cuatro horas después de dar a luz, se fingió muerta y logro arrastrarse fuera del hospital. ¿Cómo pudo llegar a Angola en esas condiciones? Gracias a otro u otra superviviente –el informe sólo dice “una persona”- que se la cargó a la espalda a ella y a su bebé y recorrió así los 40 kilómetros que separan el lugar donde antes estaba Cinq y la frontera del refugio angoleño.

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