ANDREAS WILD, DE ALTERNATIVA PARA ALEMANIA

Repoblación alemana y segregación escolar: receta política de un ultra entre extranjeros

Andreas Wild obtuvo un escaño regional en Neukölln, el distrito con más inmigrantes de Berlín; su partido lo ha expulsado de la fracción parlamentaria, pero su perfil es fundamental para entender AfD

Foto: Andreas Wild, el diputado regional de AfD elegido en Neukölln. (A. Jerez)
Andreas Wild, el diputado regional de AfD elegido en Neukölln. (A. Jerez)

“En Alemania se está produciendo un debilitamiento de la población autóctona por dos motivos: primero, por la baja tasa de reproducción, pues las mujeres tienen demasiado pocos niños debido a la alta valoración de las libertades individuales y también a la competencia con los hombres; segundo, la entrada al país de pueblos que se reproducen mucho más rápido más que los alemanes”.

A la hora de pronunciar estas palabras, Andreas Wild borra de la cara su habitual expresión afable para ofrecer una mirada dura como una piedra. Andreas es uno de los 24 diputados que el partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán) obtuvo en Berlín en las elecciones regionales celebradas en septiembre de 2016. La joven fuerza ultraderechista recibió más de 230.000 votos, el 14% del total, en la cosmopolita ciudad-Estado, un resultado que sorprendió a muchos y que dejaba claro que AfD era algo más que un simple fenómeno político coyuntural.

Andreas consiguió su acta de diputado por Neukölln, una de las localidades de Alemania con una mayor población extranjera: aquí, más del 40% tiene raíces migratorias. Entre los menores, ese porcentaje incluso alcanza el 70%. En ese distrito hay gente de todos los lados: polacos, búlgaros, rumanos, turcos, árabes, españoles… y también alemanes.

Para el gusto de el diputado, sin embargo, en Neukölln los “Biodeutschen” son demasiado pocos; es decir, hacen falta más “alemanes biológicos”. Para Wild, para ser alemán no basta con tener un pasaporte expedido por el Estado. Para ser alemán, asegura, hay que llevarlo en la sangre. Y si se es de origen extranjero, al menos hay que estar dispuesto a morir por la patria adoptiva. Su pueblo es, según Andreas, una unidad étnica en lo universal. Y ahora está en peligro, advierte.

Andreas hace tiempo que se siente extraño cuando camina por las calles de Neukölln. Para él, en esta parte de la ciudad viven demasiado pocos alemanes y muchos, demasiados, turcos, árabes y africanos. “Es realmente sorprendente, porque en la década de los 60 este era un distrito puramente de trabajadores. Apenas había extranjeros”. Este diputado regional traza una línea entre “trabajadores” y “extranjeros”. Su subconsciente lo delata. O tal vez simplemente dice lo que piensa: que la mayoría de extranjeros llegaron a Alemania para vivir de las ayudas sociales, o directamente para robar.

Reparar el Estado

La oficina en la que Andreas concede la entrevista fue antes la tienda de un zapatero. El diputado ultraderechista conservó las letras del letrero que dominaba la entrada al comercio: en lugar de “Schuhreparatur” (“Reparación de zapatos”), el local ahora tiene el nombre de “Staatsrepatatur”. Es decir, es una oficina para reparar el Estado alemán.

AfD ha llegado al tablero político alemán para arreglar todos los desperfectos dejados en la estructura estatal por el resto de partidos, que, según él, funcionan como un “cártel”. Si su partido gobierna algún día, Andreas promete que las medidas serán inmediatas e implacables: cierre inmediato de las fronteras, restrictiva política migratoria, eliminación del derecho a doble pasaporte, sustitución de las políticas de integración por otras de asimilación de la población inmigrante y reintroducción del servicio militar obligatorio.

Andreas lo tiene claro: si la política no hace algo ya, dentro de dos décadas la población con raíces extranjeras será mayoritaria en Alemania. Y eso supondrá el ocaso del país: “En realidad, ya vamos muy tarde. Los políticos deberían haber reaccionado en la década de los 70 y dejado claro que queríamos trabajadores, sí, pero que éstos tenían que irse tras su vida laboral. Nadie quiso tomar esa decisión. Nadie pensó en las consecuencias a largo plazo para el desarrollo demográfico del país”.

El pueblo alemán se está extinguiendo. Ese es el profundo convencimiento de Andreas; pero él está dispuesto a luchar para evitarlo. Por eso está en política. Antes de ocupar un cargo de responsabilidad en la joven fuerza ultraderechista, militó en el partido ecoliberal de Los Verdes, posteriormente en la conservadora CDU de la canciller Merkel y, por último, en las filas liberales-conservadoras del FDP. Con la aparición de AfD, lo tuvo claro. Su actual partido aglutina todas las cualidades que él espera de una fuerza política: es conservador, liberal, patriota y también social. Pero la justicia social tiene ahora una nueva dimensión.

“En Alemania tenemos paz social porque hemos conseguido un equilibrio entre las personas muy productivas y las que necesitan ayuda. Sin embargo, ese equilibrio se está hundiendo porque que el país cada vez acepta a más gente a la que nadie ha llamado y que no aporta nada. Ellos también quieren una parte del pastel. Y esa parte del pastel no se le quitará a quien más tiene, sino a los más necesitados. Es decir, hay un problema de distribución entre los alemanes más débiles y los extranjeros que necesitan ayuda”. Nuestros pobres contra los de fuera. Puro darwinismo social de corte étnico. En realidad, Andreas no dice nada que no se haya dicho ya en Alemania.

¿Y si él fuera algún día el alcalde de Neukölln? Prohibiría que los letreros de las tiendas estuvieran escritos en otros alfabetos que no fueran el latino, repoblaría con “Biodeutschen” las zonas del distrito donde la población extranjera es mayoría e introduciría la segregación escolar: “No puede ser que dos o tres niños alemanes estén en brutal minoría en un aula; tenemos que establecer clases donde solo haya escolares alemanes, y otras solo para población migrante. Solo así podremos conseguir que los alemanes vayan a la escuela en Neukölln sin volverse locos”.

Etnonacionalismo sin concesiones

Andreas Wild tiene 54 años, es empresario, padre de una familia numerosa y católico practicante. Es decir, es un ciudadano bien integrado que nada tiene que ver con el perfil de militante neonazi. A la pregunta de si el programa político que acaba de exponer es compatible con los valores cristianos, él responde sorprendido: “Quien es cristiano en realidad solo puede votar a AfD”. Andreas no puede comprender que haya gente que considere el ideario de su partido poco cristiano: al final y al cabo, AfD es la única fuerza que considera el cristianismo una instancia moral y un elemento fundamental de la identidad nacional alemana.

Simpatizantes de Alternativa para Alemania durante una protesta contra la canciller Merkel, en Annaberg-Buchholz. (Reuters)
Simpatizantes de Alternativa para Alemania durante una protesta contra la canciller Merkel, en Annaberg-Buchholz. (Reuters)

Sí, Andreas no solo es empresario, padre y estrictamente católico: también es un idealista y un miembro destacado de la fracción mayoritaria que conforma las bases de Alternativa para Alemania, la etnonacionalista. Para él no hay grises, sólo blancos y negros; para él nada es relativo, todo se puede dividir con una línea que separa limpiamente el bien del mal.

Sin embargo, esa idealismo etnonacionalista sin concesiones ha tenido un precio político para Wild: la fracción parlamentaria de su partido en Berlín, controlada por la facción nacional-conservadora algo más moderada, decidió excluirlo de la bancada. Aunque el partido no explicó la motivación oficial de la exclusión, es evidente que las posiciones de Andreas son actualmente incómodas para AfD, cuya dirección no quiere poner en peligro su entrada en el Bundestag (parlamento federal) en las próximas elecciones generales de finales de septiembre. Andreas, no obstante, mantiene su acta de diputado y sigue siendo militante del partido. Seguirá trabajando para AfD, pero no olvida a sus traidores, advierte.

La expulsión de Wild ilustra a la perfección las brutales luchas internas que arrastra la joven fuerza ultraderechista prácticamente desde su fundación a inicios de 2013. Peleas que AfD apenas puede esconder en el espacio público y que, paradójicamente, no le impiden estar luchando en las encuestas de intención de voto por convertirse en el tercer partido más fuerte del Bundestag. La figura de Wild es de alguna manera paradigmática de un voto protesta que nada parece poder parar hoy en Alemania. AfD es un estado de ánimo de una parte nada despreciable de la población de un país que se creía vacunado contra el populismo ultraderechista.

AfD o barbarie

Año 2021. Es es la fecha que Andreas Wild establece para ver a un canciller de AfD en lo más alto de la jerarquía política alemana. Dos legislaturas más con un político de cualquier otro partido al frente solo acabaría llevando al país hacia su desaparición, asegura. Cuatro años más y adiós a la política de fronteras abiertas, a la persecución de los alemanes y a un país en el que el Islam tenga su espacio como cualquier otra religión, vaticina. Para Andreas, la elección es clara: AfD o barbarie.

“De momento, la olla no acaba de explotar porque la situación económica es todavía relativamente buena y porque hay pocas personas a las que les va mal de verdad. Hay muchos trabajadores que llegan más o menos a final de mes. Es decir, nadie se muere de hambre. Pero en algún momento eso ya no será posible. Algún día, nuestro sistema social colapsará a causa del gasto innecesario generado por los llamados refugiados. Y en el momento en el que los recursos se conviertan en escasos y en el que haya que luchar por el reparto existencial, por la distribución de la vivienda, la ayuda social y la seguridad, entonces considero muy probable el inicio de una guerra civil. Habrá que decidir quién se hace con el poder. El día en el que las influencias extranjeras intenten hacerse con el poder en Alemania, estoy seguro de que estallará un enfrentamiento armado”.

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