los combates siguen en el oeste de la ciudad

Bragas rojas y medias de rejilla en las tiendas: Mosul este celebra el fin del yugo yihadista

La normalidad ha vuelto a las zonas liberadas de la antigua capital del Estado Islámico en Irak. Florecen las cosas que han permanecido prohibidas durante casi tres años, como el billar o el alcohol

Foto: Lencería en una tienda de Mosul (E. Bonet)
Lencería en una tienda de Mosul (E. Bonet)

Mosul lucha por olvidar los casi tres años pasados como la capital del Estado Islámico en Irak. La parte este de la ciudad, ya liberada, ha recuperado totalmente la normalidad. Ha regresado el tráfico infernal y la algarabía en las calles. En un atestado mercado del centro, los escaparates con maniquíes vestidos con pantalones vaqueros ceñidos, vestidos cortos y zapatos de tacón sustituyen a las abayas (túnicas) negras y velo integral con el que tuvieron que vestirse todas las mujeres de Mosul. Ahmad explica que perdió 25.000 dólares en mercancía textil. “Tuvimos que deshacernos de todas las prendas de ropa y guardarlas en un almacén del ISIS. Para poder seguir trabajando no tuve más alternativa que comprar abayas y velos integrales para vender", relata.

Hace solo unos meses era inimaginable ver un escaparate de ropa interior femenina o productos de belleza. Picardías con transparencias, minúsculas bragas y bodies con encajes y lentejuelas, que parecen sacados de un sex shop llenan ahora los bazares de Mosul. El EI implantó establecimientos permitidos solo a mujeres con los cristales de la tienda tintados, donde se podía comprar productos de belleza y ropa interior. “Vendíamos lo mismo. Tintes de pelo, maquillaje y ropa interior, medias, pero teníamos que sacar todos los productos y prendas de las cajas porque no estaba permitido mostrar una imagen de una mujer con el pelo suelto o luciendo un sujetador”, indica una empleada de una de estas tienda para mujeres donde ahora se exhiben prendas interiores de todas las formas y colores y medias de red rojas.

Amir Marwan regenta un billar, que durante los últimos tres años permaneció cerrado. “No te equivoques, los chicos no vienen a jugar al billar porque sean felices”, increpa Marwan antes de agregar: “Vienen aquí a jugar porque están frustrados sin trabajo. Vienen para olvidar”. “He estado tres años sin estudiar ahora no puedo coger un libro. Cuando lo abro solo quiero cerrarlo. He perdido el habito de estudiar y no hay trabajo”, lamenta Bilal Zaq, de 20 años.

Mosul es una ciudad tradicional de gente conservadora por lo que el alcohol siempre ha sido un tema tabú. Beber y fumar no solo estaba prohibido, sino que al que pillaban le castigaban severamente con una paliza. Ahora en la calle Sadam frente al mercado de frutas y hortalizas, en la parada de taxis, unos conductores sospechosos permanecen parados horas y horas dentro del coche; no son informadores de los yihadistas ni de los servicios de secretos, sino vendedores de alcohol de contrabando. Una cerveza se vende por 4 euros y una botella 250 cl de vodka cuesta alrededor de 5 euros. “Los principales clientes son los jóvenes, pero a veces nos encargan un número de botellas para alguna celebración. Es tanta la demanda que cuando llega la tarde ya no queda alcohol que vender”, confiesa un vendedor que no quiere dar su nombre.

Residentes del distrito de Tayaran, en Mosul occidental, reciben comida tras una batalla entre las fuerzas iraquíes y el Estado Islámico, el 30 de abril de 2017. (Reuters)
Residentes del distrito de Tayaran, en Mosul occidental, reciben comida tras una batalla entre las fuerzas iraquíes y el Estado Islámico, el 30 de abril de 2017. (Reuters)

Tumbas en la escuela

En el patio del la escuela femenina de primaria “El jardín de las flores”, en el este de Mosul, hay siete montículos de tierra alineados donde están enterrados los cadáveres de cuatro vecinos del barrio y de tres que trajeron de la parte oeste de la ciudad. Como nadie ha venido a reclamar los cuerpos, la directora del centro, Shada Amar, ha colocado frente a cada montón de tierra una piedra que hace las veces de losa para que cuando los niños salgan a jugar al patio no las pisen.

Durante los cerca de tres años del régimen del Estado Islámico la escuela permaneció abierta para los hijos de los combatientes del ISIS. “Nos dieron unos CD con el nuevo material educativo para imprimirlo y repartirlo a los alumnos, y nos hicieron quemar todos los libros de texto del Gobierno”, rememora Amar.

Aunque la escuela es para niñas, hacen turnos con niños porque la aledaña escuela para chicos fue atacada por las fuerzas iraquíes porque allí se escondieron los yihadistas. Un olor desagradable inunda las aulas de la escuela para chicos, porque todavía siguen allí los restos putrefactos de algún combatiente muerto.

Obligaron a cinco profesoras a seguir viniendo a dar clases. “Me amenazaron con matarme a mí y a mi familia”, indica Khadiya, profesora de ingles de segundo grado. “En el libro de inglés solo había imágenes de violencia. Dibujos de granadas y balas, de soldados con armas”, detalla la profesora, antes de agregar que su hijo de 12 años tuvo que asistir a clase: “Tenía que dar ejemplo como maestra, pero en casa yo enseñaba a mi hijo”.

Miembros de la Policía Federal Iraquí siguen enfrentándose a los yihadistas en el oeste de Mosul, el 1 de mayo de 2017. (Reuters)
Miembros de la Policía Federal Iraquí siguen enfrentándose a los yihadistas en el oeste de Mosul, el 1 de mayo de 2017. (Reuters)

"Creían que todos los periodistas éramos espías"

Una de las profesiones de más riesgo bajo el Califato Islámico fue ser periodista y fotógrafo. “Para el EI todos los periodistas éramos informadores o espías. “A muchos de nosotros nos detuvieron por unas semanas o un mes. El acceso a internet estaba controlado por ellos, los teléfonos móviles estaban prohibidos en la calle. Si te pillaban con un móvil estabas perdido”, explica Ahmad Yunes, un fotógrafo de Mosul que trabaja para varias agencias de noticias internacionales. "Ahmad Yunes", de hecho, no es sino un seudónimo.

Yunes estuvo mudándose de casa en casa, siempre con el miedo en el cuerpo de ser delatado y acabar condenado por una corte de la Sharia. A su compañero y amigo Yalaa Al Abadi, de 27 años, lo ejecutaron en enero de 2015.

Enterré mis cámaras en el jardín de casa. Tengo un pequeño aparato portátil de internet con el que enviaba las fotos que tomaba con el móvil. Todo era muy, muy arriesgado", cuenta Yunes mientras nos muestra un selfie en el móvil con una larga y espesa barba. "Intenté escapar de Mosul con mi familia, pero fue imposible. Detuvieron al taxista que nos iba a llevar a la frontera con Turquía. Había pagado 2.000 dólares por cada uno: mi mujer, mis dos hijas y yo. Me quedé sin dinero y sin poder huir”, relata.

La derrota de los yihadistas probablemente le salvó la vida. “Ahora cuando llamo a un editor y le digo: '¡Hola, soy Omar!', nadie me conoce por mi nombre. Para todos soy Ahmad Yunes".

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