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Barack Obama intenta blindar su legado de Donald Trump

Consciente de que le sucede su antítesis, Obama hace lo posible por dejar una huella nítida que ni los hombres de Trump puedan borrar.

Foto: El presidente Barack Obama en un acto en la Casa Blanca, en Washington (Reuters).
El presidente Barack Obama en un acto en la Casa Blanca, en Washington (Reuters).

Todos los presidentes de Estados Unidos apuran sus últimos días de poder para saldar cuentas pendientes, dar últimos retoques, o, en resumen, cementar su legado. Es conocido que Bill Clinton se enfrascó en un frenesí de medidas sociales y medioambientales en enero de 2001, o que Jimmy Carter pasó las últimas horas en el despacho oval lidiando con la crisis de los rehenes de Irán.

Hay epílogos y epílogos, y el de Barack Obama está siendo especialmente anticlimático. La victoria contra pronóstico de Donald Trump ha activado un estado de emergencia en la Casa Blanca, donde el presidente, consciente de que le sucede su antítesis, hace lo posible por dejar una huella nítida que ni los hombres de Trump puedan borrar.

Algunas leyes aprobadas desde noviembre habían sido manejadas por la campaña de Hillary Clinton. La demócrata, favorita en las encuestas, habría tenido tiempo de aplicarlas con calma; el propio Obama imaginó que la transición a una soñada presidencia Clinton sería “como entregar las llaves de casa”. Pero el desenlace resultó diferente y el presidente ha tenido que pisar el acelerador.

Una de sus primeras decisiones post-electorales fue bloquear la construcción del oleoducto Dakota Access bajo el Lago Oahe, en Dakota del Norte. Las fuertes protestas de los nativos Sioux y organizaciones ecologistas mantuvieron en primera plana este proyecto de 3.800 millones de dólares. Donald Trump, que ha vendido sus acciones en la empresa responsable de construir el ingenio, podría impulsar su construcción.

Obama ha prohibido la exploración de gas y petróleo en cientos de millones de acres de tierras federales junto a la Costa Ártica y Atlántica, de Massachusetts a Virginia. El decreto, que se basa en una ley aprobada en 1953, fue concertado con medidas similares en Canadá y teóricamente no puede ser revocado por otro presidente. Probablemente requeriría una batalla en el Congreso y otra en los tribunales.

El presidente ha negado a los estados su capacidad de cortar la financiación de Planned Parenthood, una agencia dedicada a la “salud reproductiva”: desde métodos anticonceptivos hasta prevención de enfermedades venéreas, detección del cáncer de mama o la práctica del aborto. Una agencia legalmente asediada por los republicanos. Según el Departamento de Salud, revertir esta prohibición sería un proceso largo.

La sanidad es una de las mayores preocupaciones del presidente. La Ley de Cuidado Asequible, u 'Obamacare', es su reforma estrella: el primer intento de establecer una sanidad universal que a día de hoy se presenta aguado e incompleto. Una ley que los republicanos han intentado revocar más de 60 veces y que ahora, con más poder en el Congreso y a punto de tomar la Casa Blanca, ya han empezado a dinamitar.

El comandante en jefe se reunió la primera semana de enero con los líderes demócratas para ver cómo defender su reforma a nivel legislativo y estatal. Mientras, Donald Trump mete presión a los republicanos para acelerar su revocación y diseñar un plan alternativo que sigue sin perfilar. Aunque Trump es un afilado crítico de Obamacare, sus planes pueden no coincidir con los de la ortodoxia republicana. Este sábado declaró a The Washington Post que con él ningún estadounidense carecerá de seguro médico.

Obama también ha sido activo en el frente penal. Sólo en diciembre condonó las sentencias de 153 prisioneros y perdonó a 78 delincuentes; en total, 1.324 durante sus dos mandatos, según cifras de la Casa Blanca. El presidente ha condonado más sentencias que todos sus predecesores juntos.

La Administración también ha dado los últimos compases en política exterior. El pasado viernes decidió aliviar, con efecto retardado a seis meses, las sanciones impuestas a Sudán, un estado considerado “patrocinador del terrorismo”. Donald Trump supervisará el proceso y podrá ejecutar o no este alivio dependiendo de si el Gobierno sudanés reduce las agresiones contra una región separatista y permite ayuda humanitaria.

La delegación de EEUU ante la ONU se abstuvo en diciembre de condenar la expansión de los asentamientos israelíes, un gesto simbólico que refleja una vez más el clima de fricción con el que se despide del primer ministro hebreo, Benyamin Netanyahu. Y hace unos días avanzaba en el deshielo con Cuba derogando la ley de “pies secos, pies mojados”, que daba permiso de residencia a los cubanos que tocasen tierra de EEUU.

Pero es en Rusia, con Siria de por medio, donde Obama tiene la mayor esquirla; una piedra incrustada en su legado exterior. El Kremlin ha coronado su partida de ajedrez minando la confianza de los estadounidenses en su propio sistema político. La Casa Blanca aplicó a finales de año una tercera ronda de sanciones a Rusia por influenciar mediante propaganda y pirateo informático en las elecciones americanas. Una serie de castigos que Trump seguramente aliviará en su esperado giro de timón con Rusia.

Barack Obama dejará un edificio en peligro de demolición, y estará cerca para presenciarlo. El primer presidente afroamericano de la historia será también el primero en más de un siglo que seguirá viviendo en la capital del imperio. Como presidente saliente ha prometido no criticar a su sucesor por el bien de una transición suave. “Hasta que sea un ciudadano privado”, matizó. “Y eso no está muy lejos”.

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