el ttip, polémico a ambos lados del atlántico

"Una OTAN económica": luces y sombras del mayor acuerdo comercial de la historia

Si se firma la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones cubrirá casi la mita del PIB mundial. Obama quiere cerrarlo antes de que termine su mandato, pero aún quedan muchos flecos

Foto: Un manifestante expresa su rechazo durante una manifestación contra el TTIP en Hannover, Alemania, el 23 de abril de 2016 (Reuters)
Un manifestante expresa su rechazo durante una manifestación contra el TTIP en Hannover, Alemania, el 23 de abril de 2016 (Reuters)

El TTIP polariza. Mientras decenas de miles de personas se manifestaban en contra de este acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE el pasado fin de semana por las calles de Hannover; el hombre más poderoso del mundo y la mujer más poderosa de Europa, Obama y Merkel, en esa misma ciudad alemana, abogaban por acelerar las negociaciones y tenerlo listo para final de año. Por el bien de ambas partes.

Los manifestantes, apoyados por una treintena de partidos, sindicatos, grupos ecologistas y organizaciones humanitarias, alertaban frente a los males que acarrearía un acuerdo así, que a su juicio sólo genera beneficio para las grandes empresas y ahonda las desigualdades en la sociedad: destrucción de empleo, devaluación de los estándares europeos de protección del consumidor y del medio ambiente, y cesión de la soberanía nacional frente a unas multinacionales privilegiadas.

Obama y Merkel coinciden en que el TTIP podría ser el revulsivo definitivo para la recuperación económica a ambos lados del Atlántico


El presidente de Estados Unidos y la canciller, por su parte, coincidieron en apuntar que podría ser el revulsivo definitivo para la recuperación a ambos lados del Atlántico, que azuzaría el crecimiento y la creación de puestos de trabajo. Y que también serviría para reforzar unos ya de por sí elevados estándares laborales, sanitarios y medioambientales. Además, lograría dar a Estados Unidos y la UE una ventaja competitiva frente a las potencias emergentes.

¿Quién tiene razón? ¿Es algo blanco o negro en este asunto?

En primer lugar hay que decir que la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (TTIP) es un proyecto ambicioso. Y por varios motivos. Primero, porque pretende crear la mayor área comercial del mundo con alto poder adquisitivo, más de 800 millones de personas, y afectar, con un sólo acuerdo, a un tercio del comercio mundial y a casi la mitad del producto interior bruto (PIB) global. En segundo lugar, porque va mucho más allá de eliminar tarifas aduaneras. De hecho, entre Estados Unidos y la UE estas tasas son ya mínimas en la mayoría de las categorías. El objetivo real es acabar con gran parte de lo que se denominan barreras no arancelarias, esas regulaciones nacionales que directa o indirectamente dificultan los intercambios. Ahí es donde está el meollo de la cuestión. Donde residen los escollos con que, tras tres años de negociaciones, siguen topando Bruselas y Washington, y donde bulle el germen de todas las controversias.

La Canciller Angela Merkel y el Presidente Barack Obama durante la Feria Messe de Hannover, Alemania, el 25 de abril de 2016 (EFE)
La Canciller Angela Merkel y el Presidente Barack Obama durante la Feria Messe de Hannover, Alemania, el 25 de abril de 2016 (EFE)

Repercusiones económicas

Los defensores del acuerdo esgrimen como la principal ventaja de este acuerdo los beneficios económicos que generaría. El propio Obama aseguró en su visita a Alemania que el TTIP traería "indiscutiblemente" crecimiento y empleo, también al atribulado sur de Europa. De hecho, consideró que era una de las mejores herramientas a mano para fortalecer las economías de ambos lados.

La Comisión Europea (CE) afirmó a principios de 2014 que en una década el TTIP supondría un extra de 120.000 millones de euros para Europa y de 90.000 millones para Estados Unidos. El resto del mundo también se beneficiaría de una inyección de unos 100.000 millones de euros por la entrada en vigor de este acuerdo. La Fundación Bertelsmann añadió por su parte que el TTIP provocaría incrementos anuales del 0,5 por ciento en el PIB comunitario y del 0,4 por ciento en Estados Unidos. Además, estimó que el acuerdo supondría a largo plazo la creación de casi 2,5 millones de empleos en Estados Unidos y la UE, cerca de 1,1 y más de 1,3 millones, respectivamente, de los que más de 140.000 estarían en España.

Los detractores alegan que los cálculos sobre los beneficios del acuerdo son excesivamente optimistas, y que éste podría incluso provocar pérdidas de empleo


Los detractores, por su parte, alertan sobre lo que creen que se esconde tras estos cálculos. Primero, denuncian que son estimaciones eminentemente teóricas, excesivamente optimistas, y elaboradas sobre abstracciones, sin un acuerdo definitivo en la mano. "Los beneficios económicos se han exagerado enormemente en casi todos los tratados comerciales previos. En muchos casos, los acuerdos han llevado a pérdidas de empleo", asegura Greenpeace en un documento en el que estima que el TTIP podría suponer la desaparición de "al menos un millón de empleos en Estados Unidos y la UE".

Denuncian además la falta de profundidad propia de las estadísticas macroeconómicas. Muchos críticos temen que los supuestos beneficios económicos que se puedan derivar del TTIP se concentren en muy pocas personas, ahondando la creciente desigualdad en Europa y Estados Unidos. Además, las cifras de empleo son siempre "netas", esto es, que también habría despidos en ambos bloques, que afectarían especialmente a trabajadores que difícilmente podrían encontrar un nuevo empleo. Asimismo, están convencidos de que el nuevo empleo que se cree por el TTIP será de peor calidad. Alessa Hartmann, del Foro Alemán para el Medio Ambiente y el Desarrollo, considera que el argumento de que la eliminación de aranceles y la armonización de estándares generará crecimiento y riqueza para todos es, simplemente, "una falacia".

Una granja de vacas en La Chapelle-Caro, en Bretaña, Francia, en septiembre de 2015 (Reuters)
Una granja de vacas en La Chapelle-Caro, en Bretaña, Francia, en septiembre de 2015 (Reuters)

Regulación común

Otra de las grandes ventajas que conllevaría la firma de este acuerdo transatlántico, añaden sus promotores, sería la oportunidad de establecer una serie de estándares comunes y una regulación armonizada que facilitaría que las las empresas de cualquiera de las dos partes saltase el charco. Obama resaltó en Hannover que el TTIP serviría para fortalecer los estándares de ambos bloques tanto en protección del consumidor y del medio ambiente, como en materia laboral.

La CE resalta siempre en este ámbito que las pymes europeas verían desaparecer muchas de las trabas técnicas y burocráticas que en la actualidad les hacen muy costoso o directamente imposible comercializar sus bienes en Estados Unidos. Es famoso también el ejemplo de las modificaciones que tienen que hacer los fabricantes de vehículos de uno y otro lado para cumplir las distintas especificaciones, como en los intermitentes. El TTIP, apuntan, permitiría vender exactamente el mismo vehículo en los dos mercados, ahorrando grandes costes de adaptación a las empresas. Las compañías, sigue este argumento, bajarían entonces los precios, lo que repercutiría en una subida del poder adquisitivo del consumidor final y quizá en un repunte del consumo.

Existe temor a que a raíz del TTIP se empiecen a comercializar productos prohibidos en la UE pero legales en EEUU, como el maíz genéticamente modificado o las carnes hormonadas


Los escépticos tienen en este apartado uno de sus mayores caballos de batalla. ¿Cómo se eliminan las diferencias regulatorias? Hay básicamente dos vías: el reconocimiento recíproco de normativas y la armonización. En cuestiones como la seguridad de los vehículos, sería viable alcanzar un entendimiento. Pero en cuestiones medioambientales y de protección del consumidor las diferencias son tales que, por cualquiera de las dos vías, la aplicación del TTIP supondría a corto o medio plazo una rebaja de los elevados estándares europeos, razonan los críticos. "Hay un peligro real de que salvaguardias absolutamente necesarias sean declaradas obstáculos al comercio y consecuentemente rebajadas", explican en un artículo conjunto Katharina Knoll, Michaela Zinke y Jutta Jaksche, de la Federación de Organizaciones de Consumidores Alemanes (VZBV).

Aquí es donde esgrimen sus temores de que en Europa, con la llegada del TTIP, se puedan empezar a comercializar productos hasta ahora prohibidos en la UE, pero legales en Estados Unidos. Entre ellos destacan el trigo o el maíz genéticamente modificado (y sin que se especifique en la etiqueta su procedencia), los productos cárnicos con hormonas de crecimiento o los pollos desinfectados con baños de cloro. Por no hablar de la potencial extensión a este lado del Atlántico del 'fracking', hasta ahora prohibido o en compás de espera en la mayor parte del viejo continente.

En este ámbito se incluye también la preocupación del sector alimentario por la futura protección de las denominaciones de origen bajo este tratado. Washington quiere eliminar las restricciones que suponen estas regulaciones especiales que sólo funcionan en algunos países europeos (especialmente en Francia, España e Italia) y que en Estados Unidos no existen. Según algunos críticos, existe el riesgo de que cualquier empresa estadounidense podría con el TTIP comercializar en Europa queso Idiazabal, espumoso Champagne o jamón de Parma.

Punto de perforación de 'fracking' en Balcombe, al sur de Inglaterra, en agosto de 2013, suspendido por las protestas ciudadanas (Reuters)
Punto de perforación de 'fracking' en Balcombe, al sur de Inglaterra, en agosto de 2013, suspendido por las protestas ciudadanas (Reuters)

Procedimientos de arbitraje

Otro de los grandes peligros que ven los detractores del TTIP es el establecimiento de un procedimiento de Arbitraje de Disputas entre Inversores y Estados (ISDS) o el sustituto planeado por la CE, que ven como herramientas de las transnacionales para cercenar la soberanía nacional. Como ha sucedido con otros acuerdos de libre comercio, este instrumento legal permite a una empresa denunciar a un estado por acciones que considera que dañan sus beneficios. Lone Pine Resources, por ejemplo, una empresa estadounidense dedicada al fracking, demandó al Gobierno de Canadá dentro del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA).

Los defensores apuntan que un bloque comercial EEUU-UE unido marcaría tendencia en los estándares de calidad imposibles de ignorar en el resto del mundo


Asimismo, los críticos perciben riesgos contra el medioambiente. El Nobel de Economía estadounidense Joseph Stiglitz aseguró recientemente en una tribuna en el "Süddeutsche Zeitung" que "el TTIP tiene el potencial de bloquear la urgentemente necesaria acción en materia de cambio climático que requiere el Acuerdo de París". Argumenta que las propuestas ahora sobre la mesa no contemplan eliminar los subsidios a los sectores más contaminantes y que cualquier incentivo público futuro para productos ecológicos o sostenibles -como la mera indicación en un envase de su bajo impacto medioambiental- podrían ser considerados ilegales por suponer una "barrera técnica" al comercio.

Los defensores apuntan que un bloque comercial de estas dimensiones sería además capaz de marcar tendencia en el establecimiento de estándares en el futuro, con lo que esto significa en términos de liderazgo y competitividad. El resto de países no tendrían más remedio que adoptar estos estándares, ya sean técnicos, de protección del consumidor, laborales o medioambientales. Tanto para vender directamente en los mercados estadounidense y europeo como en el resto del mundo.

La precandidata demócrata Hillary Clinton en Pensilvania, el 26 de abril de 2016. Ninguno de los aspirantes a la Presidencia de EEUU apoya el TTIP (Reuters)
La precandidata demócrata Hillary Clinton en Pensilvania, el 26 de abril de 2016. Ninguno de los aspirantes a la Presidencia de EEUU apoya el TTIP (Reuters)

Una alianza comercial occidental

En términos más políticos y geoestratégicos que meramente económicos y comerciales, los defensores del TTIP razonan que un acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE dotaría al eje transatlántico de un peso específico clave en un momento de inestabilidad global en el que las potencias occidentales están en declive mientras los emergentes avanzan con fuerza (y con valores muy distintos, si no contrapuestos). Algunos hablan del TTIP como de una OTAN económica. Además, el tratado lograría estrechar aún más el lazo entre Estados Unidos y Europa en un momento en el que Washington habla del "giro" hacia el Pacífico.

Por último, los detractores critican el secretismo con el que se están llevando a cabo las conversaciones. Las partes aducen que son tácticas negociadoras, pero lo cierto es que la sociedad civil desconoce absolutamente los términos en que se están produciendo estos contactos de cara a acordar el TTIP. Fruto de la presión social y política por conocer los detalles del acuerdo, la CE ha habilitado habitaciones de lectura donde los europarlamentarios pueden exclusivamente consultar ciertos borradores de la negociación. Estados Unidos no ha hecho ni ese mínimo gesto.

Se ha criticado mucho el secretismo en las conversaciones. Mientras las partes alegan tácticas negociadoras, la sociedad civil desconoce el contenido

Quizá, al final no se impongan ni unos ni otros. Tal vez serán el tiempo y la burocracia quienes acaben por tirar al cajón del olvido esta iniciativa. En Estados Unidos, Obama tiene ya lo días contados. Apenas nueve meses le quedan en el cargo. Y cualquiera de sus posibles sucesores, de los republicanos Donald Trump y Ted Cruz a los demócratas Hillary Clinton y Bernie Sanders, no están a favor del acuerdo. El objetivo del presidente de Estados Unidos es lograr cerrar el acuerdo este verano y cruzar los dedos para que, en el período entre las elecciones presidenciales (8 de noviembre) y la inauguración de su sucesor (20 de enero), el Legislativo apruebe el TTIP. Su cálculo cuenta, en parte, con los votos de los congresistas y senadores que no permanecerán en el puesto con la siguiente administración (junto a las presidenciales habrá comicios para renovar los 435 asientos del Congreso y 34 de los 100 puestos en el Senado).

Por si fuera poco, Francia y Alemania vivirán elecciones parlamentarias el año que viene y ningún político en ninguno de estos dos países quiere un tema tan conflictivo en campaña. Además, los 28 países europeos tendrían que ratificar el texto, ya sea por la vía parlamentaria o por referendo. En tono de advertencia, el primer ministro francés, Manuel Valls, ya avanzó esta semana su postura: "Quiero ser claro. [El TTIP] No tendrá éxito si no garantiza el mantenimiento de los estándares que tenemos en Francia para la salud de nuestros ciudadanos y del medio ambiente. Y a día de hoy estamos demasiado lejos de eso como para intuir un acuerdo".

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