El PROGRAMA MUNDIAL DE ALIMENTOS, SIN FONDOS

Desmontando la ayuda humanitaria en el Líbano: sobornos, estafas y hambre

El catálogo es amplio: desde jeques que se quedan con el dinero de las ayudas hasta trabajadores humanitarios que exigen sobornos a cambio de asistencia

Foto: Un niño sirio refugiado en la puerta de una tienda en el campo de Bar Elias, en el Valle de La Bekaa, Líbano (Reuters).
Un niño sirio refugiado en la puerta de una tienda en el campo de Bar Elias, en el Valle de La Bekaa, Líbano (Reuters).

Cuando un Gobierno desdeña a una inmensa población de refugiados, la tarea de los trabajadores humanitarios se vuelve extremadamente difícil; cunde el hambre y la desesperación. Esto es exactamente lo que sucede en el Líbano. La ausencia de infraestructuras y de campamentos gubernamentales y el drástico recorte de las ayudas internacionales han convertido el país de los cedros en un infierno para más de un 1.200.000 sirios que han huido de la guerra civil de su país.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) se ha quedado sin fondos: se ha visto obligado a suspender la ayuda alimentaria a 1,7 millones de refugiados sirios en Jordania, Irak, el Líbano y Turquía hasta conseguir más financiación. El organismo dependiente de Naciones Unidas asegura no poder afrontar el pago de las ayudas directas a la alimentación que se racionan entre los refugiados. Sólo en Líbano,  el PMA necesitará 27 millones de dólares mensuales para cubrir la asistencia de 900.000 sirios.

El catálogo es heterogéneo: hay desde jeques que se quedan con el dinero de las ayudas hasta enfermeras que cobran las vacunas gratuitas, o trabajadores humanitarios que exigen sobornos a cambio de asistenciaLa crisis de las ayudas internacionales ha desatado una guerra de ingenio, astucia y engaño entre las ONG locales y entre los propios refugiados. El catálogo es heterogéneo: hay desde jeques que se quedan con el dinero de las ayudas hasta enfermeras que cobran las vacunas gratuitas, o trabajadores humanitarios que exigen sobornos a cambio de asistencia.

Cientos de miles de familias sirias dependen de los vales de racionamiento o de tarjetas electrónicas del PMA, con las que disponen de un crédito de 30 dólares al mes por persona para poder comprar comida en establecimientos concertados. Hace un mes, mientras se congelaba la reanudación de los créditos para la alimentación, las tarjetas electrónicas del PMA se quedaron sin fondos durante dos semanas. El pánico cundió entre la comunidad de refugiados y algunos sirios oportunistas revendieron las tarjetas sin crédito a otros en situación aún más desesperada, como padres de familias numerosas, según reconoce a El Confidencial un trabajador humanitario bajo condición de anonimato. Ahora, el PMA ha reanudado la ayuda, pero con casi la mitad de crédito: 19 dólares por cada miembro de una familia.

“Comer depende de tener contactos”

Todo depende de a quién conoces. Si tienes contactos en la organización que está distribuyendo ayuda, puedes conseguirla. Si no, les das dinero y te traen la ayuda. Eso es todo”, denuncia a este diario Mohamed, un sirio padre de cinco hijos.

“Aquí todo el mundo roba”, asegura otra refugiada que pide no ser identificada. “Mi propio cuñado estafó a varias familias sirias ofreciéndoles asistencia para que sus hijos pudieran obtener la ayuda de UNICEF. Les cobró 200 dólares a cada familia para tramitar los documentos y se quedó con el dinero sin conseguirles nada a cambio”, añade. 

La atención médica no es gratuita, y tampoco barata. Los refugiados incluso han de pagar de su bolsillo los medicamentos, pese a que las ONG luchan con las autoridades libanesas para que se preste algún tipo de asistencia. En ocasiones, son los propios médicos los que hacen pagar por adelantado a los refugiados una operación quirúrgica, que será reembolsada después por una organización internacional. La vacunación de niños menores de cinco años es gratuita en el Líbano, pero cuando los refugiados sirios llevan a sus hijos “muchas veces el centro médico les pide 10 dólares”, denuncia otro trabajador humanitario bajo condición de anonimato.

Una refugiada siria en un campamento en el pueblo de Ketermaya, al sur de Beirut (Reuters).
Una refugiada siria en un campamento en el pueblo de Ketermaya, al sur de Beirut (Reuters).

Imanes que gestionan la ayuda humanitaria

Es frecuente que los imanes de las mezquitas gestionen la ayuda humanitaria que les envían las ONG. Sin embargo, dicha ayuda no siempre va a parar directamente a los refugiados o se reparte dependiendo del lugar de procedencia o inclinación religiosa de la familia siria. “No hay derecho. Como nosotros no somos de Al Qusair (provincia de Homs), no nos dejan quedarnos aquí. Dónde vamos a ir, no hay ningún sitio libre en Arsal”, se queja Ahmad, que llegó al Líbano con su familia desde los suburbios de Damasco.

La mezquita está gestionada por un jeque salafista que recibe subvención de una fundación islamista saudí. Al Qusair ha sido uno los reductos rebeldes sirios que fue recuperado hace dos años por las fuerzas del régimen y la milicia chií Hizbolá. En el terreno de la mezquita están las familias de los mártires suníes que han muerto luchando contra Damasco. También hay combatientes en activo de grupos islamistas que se hacen pasar por refugiados.

Escapar de la guerra para morir de frío

‘Todo depende de a quién conoces. Si tienes contactos en la organización que está distribuyendo ayuda, puedes conseguirla. Si no, les das dinero. Eso es todo’, denuncia un sirio padre de cinco hijosEl invierno está resultando ser muy duro, sobre todo para aquellos cientos de miles de sirios que viven bajo lonas de plástico o en edificios a medio construir sin poder aislarse del frío. Según la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 250.000 refugiados en Líbano viven en altitudes de 1.000 metros o más. La bajada de las temperaturas ha provocado la muerte de un recién nacido y un niño en la localidad fronteriza de Arsal, en el Valle de la Bekaa, donde se refugian la mayoría de desplazados sirios. Si ya de por sí la situación es difícil en la Bekaa –operaciones militares contra yihadistas, ataques con obuses desde las vecinas montañas de Qalamoun y redadas policiales–, ahora es mucho peor con hambre y frío para los refugiados.

Malika llegó con su familia al Líbano, escapando de los combates entre las fuerzas islamistas y las tropas del régimen en Qalamoun. Viven hacinados en una tienda dentro de un campamento gestionado por una ONG local. “Nos resistíamos a abandonar Siria. Somos de Homs y nos marchamos para venir a Arsal porque era más seguro. Pero ahora la situación aquí es muy peligrosa, no podemos salir de aquí”, lamenta Malika, mientras hierve agua en un pequeño hornillo de gas para preparar té y calentar el estómago.

Un refugiado sirio quita la nieve del techo de las tiendas en el campo de Bar Elías, en el Valle de la Bekaa (Reuters).
Un refugiado sirio quita la nieve del techo de las tiendas en el campo de Bar Elías, en el Valle de la Bekaa (Reuters).

La situación en el campamento no es buena; la tensión es evidente en los rostros de los refugiados. Dos mujeres discuten y se pelean por ropa infantil. Esto refleja la ansiedad y la tensión a la que están sometidos los refugiados y que, en ocasiones, puede convertirse en una lucha violenta por la supervivencia.

En los últimos meses se han registrados incidentes entre la comunidad de refugiados y la de acogida, especialmente en las zonas más deprimidas del Líbano. El número de refugiados asciende a 1,16 millones y sólo unos 600.000 sirios reciben ayuda directa de ACNUR. Esto significa que 560.000 tienen que valerse por sí mismos, sometidos a las presiones del Gobierno libanés, que les exige un visado, así como al hostigamiento de las comunidades de acogida más pobres.

El 55% de los refugiados vive en lugares inseguros, en campamentos no oficiales que se han establecido en terrenos privados, cuyos propietarios suelen negarse a aprobar cualquier iniciativa destinada a mejorar las condiciones de vida de sus inquilinos. Además, los sirios se enfrentan a la expulsión si no pagan alquiler por plantar una tienda de campaña en tierra privada, según denuncia a El Confidencial Abdel Hadi, que paga 500.000 libras libanesas (unos 300 euros) al dueño de un terreno en la localidad de Bar Elias (Bekaa). 

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