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Esta mujer ya ha enterrado a tres hijos: en Somalia el hambre mata más que las balas
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Esta mujer ya ha enterrado a tres hijos: en Somalia el hambre mata más que las balas

Un 40% de los niños sufre desnutrición y sólo el 33% come una vez al día. En Somalia, el hambre mata a más gente que los atentados suicidas o las balas.

Foto: Amina Ali mira con ternuna a su hijo, Ahmed, quien lleva varios meses ingresado para tratar su desnutrición (A. Pampliega).
Amina Ali mira con ternuna a su hijo, Ahmed, quien lleva varios meses ingresado para tratar su desnutrición (A. Pampliega).

La pequeña Aisha dormita. Su cuerpecito diminuto está envuelto en unas raídas telas rojizas para darle calor. Las costillas arañan la piel tratando de escapar del endeble cuerpo de la niña. Su respiración es rítmica. Un enfermero se acerca hasta ella y cambia la bolsa de glucosa por una nueva. Ichi, su madre, coloca su mano sobre el pecho de su hija. Una mano enorme comparada con el cuerpo de la pequeña, que corresponde a una niña de cuatro años pero que en realidad no aparenta más de dos. Aisha se debate entre la vida y la muerte. Es somalí y el hambre la está matando.

En este país del cuerno de África el hambre mata cada día a 13 niños de cada 10.000 menores de cinco años. Unas cifras escalofriantes que definen la terrible situación en la que se encuentra la nación desde hace más de dos décadas. Alrededor de un 40% de los niños sufre desnutrición y sólo el 33% de ellos come una vez al día. En la actual Somalia, el hambre mata a más gente que los atentados suicidas o las balas.

Ichi ibrahim Mohamed, de 40 años, ya sabe lo que es que un hijo se muera de hambre. Esta mujer, de rostro curtido y ajado por los años y por las inclemencias de una vida de calamidades, ha tenido que enterrar a tres de ellos. Y desde hace algo más de un año lucha para que la pequeña Aisha salga adelante. Aún tiene esperanza en volver a ver a su hija corretear cerca de la casa de plástico y palos de madera que llama hogar. “El hambre es un mal endémico de Somalia. Nosotros ayudamos a que los niños mejoren y ganen algo de peso, pero el problema es que cuando regresan a sus hogares las madres no pueden darles nada de comer… porque no tienen con qué alimentarlos. Es una espiral que acaba con la muerte del niño”, se lamenta el doctor Abdirizak Ali Mohammed.

placeholder Ichi ibrahim Mohamed junto a la cama donde descansa su hija (A. Pampliega).

“El 90% de los niños no sale adelante”

El hospital Banadir (construido por el Gobierno chino en 1977), enclavado en el corazón de Mogadiscio, es el barómetro que mide las pulsaciones del país. Aquí, cada día se registran 100 nuevos casos de desnutrición, de los que 8 ó 10 deben quedar ingresados debido a su extrema gravedad. Aisha está ingresada en la UCI junto con una docena de niños. Son los casos más extremos y los números no dejan mucho lugar a la esperanza. “El 90% de los niños que están aquí ingresados no salen adelante”, se lamenta el doctor mirando de soslayo a Ichi, quien tiene la vista fija en el infinito. La triste realidad sitúa a Somalia como uno de los países con la tasa de mortalidad infantil más alta del mundo. 188 de cada 1.000 niños no llega a cumplir cinco años de vida.

El Gobierno prefiere invertir el dinero de la ayuda humanitaria en la compra de armas para combatir contra los islamistas de Al-Shabab (la marca de Al Qaeda en Somalia), que convirtieron la gran sequía de 2011 en una forma de exterminar civiles sin usar munición. Impidieron que abandonaran las zonas más afectadas por la sequía

Los tétricos pasillos de este hospital han visto morir a miles de menores. Espectros fantasmales que ahora recorren agazapados en las sombras las habitaciones en busca de nuevos niños a los que arrebatar el alma. En la segunda planta se encuentran algunos de los niños que han logrado salir adelante. Amina Ali aguarda en la cama a que regresen los médicos. A su lado, el pequeño Ahmed, de tres años, no para de llorar y de berrear. Dos tiras de esparadrapo recorrer su cara sujetando un fino tubo de plástico que se pierde por los orificios nasales. Esa sonda es la que le ha permitido aferrarse a la vida. “Ahmed ha tenido mucha suerte. Su madre nos lo trajo a tiempo y lo pudimos sacar adelante. Ahora podrá volver a su casa, aunque desgraciadamente creo que lo volveremos a ver pronto”, apunta el doctor desesperanzado.

Amina y Ali viven en una pequeña aldea situada a 40 kilómetros de Mogadiscio. La sequía y la guerra han hecho estragos en los civiles. “Todos nuestros animales han muerto y apenas tenemos con qué alimentarnos”, se lamenta la mujer, madre de otros dos hijos. Según la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) unas 857.000 personas necesitan ayuda urgente por falta de comida en Somalia, la cifra incluye unos 203.000 niños menores de cinco años que sufren malnutrición aguda. La mayor parte de ellos son desplazados internos.

placeholder Un francotirador de la UA vigila un área controlada por Al-Shabab en Somalia (Reuters).

La hambruna como medio para amasar dinero

Pero a pesar de la extrema gravedad el Gobierno de Somalia no hace absolutamente nada por revertir la situación, sino que usa la hambruna para seguir amasando dinero. Dinero que es utilizado para otros fines y donde la población civil, desde luego, no es una prioridad. “La Naciones Unidas, la Unión Europea, USAID y varios organismos internacionales donan mucho dinero al Gobierno de Somalia para que corte de raíz la situación de hambruna que vive el país. Pero Somalia es el país más corrupto del mundo… Y aquí, esos fondos, no llegan”, denuncia a El Confidencial el doctor Yahya Abdulkadir.

La ONU, la UE, USAID y varios organismos internacionales donan mucho dinero al Gobierno de Somalia para que corte de raíz la situación de hambruna que vive el país. Pero Somalia es el país más corrupto del mundo… Y aquí, esos fondos, no llegan, denuncia a El Confidencial el doctor Yahya Abdulkadir

Desde 1991 este es el primer gobierno ‘estable’ y funcional que conoce el país después de 23 años de cruenta guerra civil. Tras años de dictadores, islamistas -más o menos radicales-, señores de la guerra y gobernantes corruptos, los somalíes tenían puestas todas esperanzas en esta nueva Administración, pero los cambios a mejor son tan imperceptibles que muchos han perdido la fe.

La indignación de este médico llegó hasta tal punto que irrumpió en el despacho del ministro de salud para exigirle que acudiese al hospital para ver con sus propios ojos como los niños morían de hambre. “Dice que se pasará por aquí sin falta”, comenta con cierta ironía. “Lleva dos años en el cargo y jamás ha venido a visitarnos. Su oficina está a 500 metros de la puerta de este hospital”, sentencia.

Todas las partes implicadas en el conflicto han tratado de usar la hambruna como arma de guerra. Mientras el Gobierno obvia a los civiles y prefiere invertir el dinero en la compra de armas para combatir contra los islamistas; los milicianos de Al-Shabab (la marca de Al Qaeda en Somalia) convirtieron la gran sequía de 2011 en una forma de exterminar civiles sin usar munición. Los radicales impidieron a la población abandonar las zonas más afectadas por la sequía. Con los campos yermos, los animales no tardaron en morir y, acto seguido, miles de somalíes perecieron por inanición.

Y para completar este macabro círculo de muerte, la ayuda humanitaria cayó en manos de comerciantes ávidos de dinero que vendían, de estraperlo, lo que debería haber sido para civiles hambrientos. Según estimaciones del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EEUU, más de 29.000 niños menores de cinco años murieron de hambre en un periodo de tiempo de noventa días durante aquella terrible sequía. “El resultado fue catastrófico. Murieron miles de personas en todo el país de inanición. No tenían absolutamente nada que llevarse a la boca. Aquí lo único que podíamos hacer era certificar su muerte porque nos vimos completamente desbordados por la situación”, recuerda Yahya Abdulkadir.

placeholder Un miliciano de Al-Shabab durante un reparto de alimentos en Shebelle, a 50 km de Mogadiscio (Reuters).

Desde que el hospital Banadir volviese a abrir sus puertas en 2006 -durante el gobierno de los Tribunales de las Cortes Islámicas- ese fue la peor crisis a la que se tuvo que enfrentar los médicos de este centro. “Cada día morían una media de 6 u 8 niños, y entre los adultos la situación no era mucho mejor”, enfatiza el doctor.

La situación ha mejorado ligeramente pero, según señala Naciones Unidas en su último informe, 3,7 millones de somalíes (casi la mitad de la población) están actualmente amenazadospor el hambre. Estas cifras no ablandan el corazón de las naciones extranjeras a la hora de donar dinero, ya que se han recaudado menos de la mitad de los fondos que había solicitado la ONU para Somalia (1.000 millones de dólares). La caridad de Occidente se mide en crisis y en imágenes. Y, ahora mismo, Somalia no existe.

La pequeña Aisha dormita. Su cuerpecito diminuto está envuelto en unas raídas telas rojizas para darle calor. Las costillas arañan la piel tratando de escapar del endeble cuerpo de la niña. Su respiración es rítmica. Un enfermero se acerca hasta ella y cambia la bolsa de glucosa por una nueva. Ichi, su madre, coloca su mano sobre el pecho de su hija. Una mano enorme comparada con el cuerpo de la pequeña, que corresponde a una niña de cuatro años pero que en realidad no aparenta más de dos. Aisha se debate entre la vida y la muerte. Es somalí y el hambre la está matando.

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