EL PRESIDENTE XI PONE FRENO AL GASTO DE LOS FUNCIONARIOS

Una campaña de austeridad en el Partido Comunista hunde el lujo en China

China ha emprendido una severa campaña contra la la corrupción y el despilfarro, para frenar, entre otras cosas, la desbocada deuda de las administraciones

Foto: Una camarera frente a una réplica de un castillo francés del siglo XVII en Pekín (Reuters)
Una camarera frente a una réplica de un castillo francés del siglo XVII en Pekín (Reuters)

China acaba de prohibir construir edificios gubernamentales durante cinco años. La medida se enmarca en la campaña contra la corrupción y el despilfarro y, de paso, intenta embridar la desbocada deuda de los entes locales. La prohibición va más allá de la cosmética. La amalgama de ego, estupidez y el mal gusto del nuevo rico ha desembocado en obras faraónicas. Una réplica del Capitolio estadounidense o del Palacio de Versalles, por hacer la lista corta. En la China rural abundan los cuadros de dolorosa pobreza, con barraquismo y chavales semidesnudos jugando con gallinas en calles embarradas. Y, como una rosa en un zarzal, un arrogante e impoluto edificio. Apuesten a que es la sede del partido.

La lucha contra la corrupción y los excesos no es nueva, pero sí los efectos. El presidente Xi Jinping heredó de su predecesor, Hu Jintao, una lista de deberes urgentes y ya ha mostrado sus prioridades. Xi ha recordado que las dinastías cayeron cuando su diligencia y austeridad mudaron en vagancia y rapiña. El funcionario local ha tomado de los mandarines sus corruptelas y empujado al partido al borde del colapso. La predicción no llega esta vez de Occidente, tozudo anunciante del inminentísimo apocalipsis chino durante treinta años, sino de Pekín.

“Xi se enfrenta a la misma ardua batalla que Hu y Jiang Zemin -anterior presidente-. La corrupción está profundamente arraigada y extendida. El grado lo desconocemos. El problema de Xi es que el sistema político concentra demasiado poder en algunas manos oficiales, lo que facilita, no sólo que se lucren con corrupciones, sino que bloqueen los esfuerzos para detenerla. El asunto no radica en si tiene la voluntad de luchar contra la corrupción, sino si el sistema se lo permite”, contesta Andrew Hall Wedeman, autor del libro Doble paradoja: Rápido desarrollo y creciente corrupción.

Golpe al derroche de los funcionarios

El ajuste del cinturón ha alcanzado al Ejército de Liberación Popular, uno de los pilares del sistema. Ha quedado abolido todo rastro de pompa: arreglos florales, alfombras rojas, actuaciones de artistas y souvenires. También los banquetes de lujo y los licores en las reuniones de altos cargos. Los viajes de inspección al extranjero han quedado limitados a los imprescindibles, con un número recortado de participantes y nunca en hoteles de lujo. También se controlará el uso de sirenas en los vehículos oficiales y los funcionarios sólo asistirán a las ceremonias y seminarios aprobados por la Comisión Militar Central, cuyo vértice ocupa Xi. El presidente ha pedido que frían con arroz las sobras del día anterior para servirlas el siguiente. Xi ha comido siempre del rancho en sus visitas a cuarteles.

La batería de medidas que se han impuesto al ejército es parecida a las aplicadas anteriormente al cuerpo funcionarial. Muchos miran al partido como un nido de arribistas. Nadie es más odiado que el gobernante local, un compendio de vicios capitales en el imaginario popular. Sangra las arcas con banquetes y concubinas, explora cualquier vía corrupta, desprecia al pueblo que prometió servir y concentra sus atenciones en los superiores que gestionan los ascensos. Hasta no hace tanto, los chinos podían pensar que los únicos dirigentes miserables eran los propios, que habían tenido mala suerte en el reparto. Pero hoy internet acumula cientos de escándalos de corrupción y descubre un fenómeno generalizado. 

Los desperfectos en algunos sectores comerciales volcados con los funcionarios evidencian hasta qué punto se tiraba de la tarjeta del partido: han caído las ventas de vuelos de primera clase en un 10%, los restaurantes de lujo en las grandes ciudades han reducido sus beneficios en una media del 30% y se han desmoronado las ventas de licores caros. El mercado del lujo -China era el quinto mercado de productos premium del mundo, con un valor que roza los 18.000 millones- se ha frenado en bloque después de décadas de expansión. Algunos expertos incluso sugieren que la austeridad impuesta  está dificultando el planeado viraje de las exportaciones a la demanda interna como nuevo núcleo del patrón económico.

“No creo que el impacto en el consumo sea grande porque está dirigido a ciertos sectores. Ciertamente, los ingresos de los negocios más selectos han caído significativamente. Los hoteles de cinco y seis estrellas de Pekín han reducido sus beneficios un 30% y algunos están ya en bancarrota. Los efectos más interesantes se verán si el impulso reformista continúa”, juzga Anthony Saichs, sinólogo y profesor de Harvard Kennedy School.

'Ley seca' para el empleado público

La prohibición del licor es un asunto serio en China, porque ataca la milenaria costumbre de regar la sobremesa con alcohol. El anfitrión quedará en muy mal lugar si no ofrece abundante comida y bebida al huésped y éste en uno todavía peor si lo rechaza. Se bebe baijiu, el aguardiente nacional, con regusto a gasolina sin refinar y de un mínimo de 37º, porque por debajo de esta graduación, no abrasa la garganta. Sirve lo mismo para cerrar tratos que para agasajar. El alcohol está tan arraigado en China como que los funcionarios tiren de la tarjeta del gobierno local de turno. La compañía de estudios de mercados DDMA calcula que el 80% de las botellas de baijiu de alta gama son consumidas o regaladas por empresas estatales. Las acciones de Kweichow Moutai, la marca más prestigiosa y preferida para aceitar los negocios, cayeron un 38% meses después de que se pusieran en marcha las medidas anticorrupción. Las de su rival, Wuliangye Yibin, un 44%.

“A nosotros nos afecta mucho, este es un año complicado. Nuestro principal cliente es la aerolínea China Eastern. A bordo vendían el 60% del vino que nos compraban y el resto se lo bebían en fiestas. Nuestras ventas con ellos y con el resto de empresas estatales han caído una media del 30%, porque la prohibición de los banquetes se cumple a rajatabla. Eran las que más gastaban, las que pedían lo más caro. E iba directamente a sus hígados”, señala Alberto Fernández, director en China de la bodega Torres.

Los perjuicios de este elevado consumo de alcohol de los empleados públicos eran varios: la sangría del erario público, la mala imagen de funcionarios encerrados durante horas en reservados de restaurantes y su escasísima eficacia cuando volvían a sus quehaceres, si es que lo hacían. En los últimos años ha habido casos de oficiales muertos por intoxicación etílica.

Algunos dudan del margen de maniobra de Xi. “Es improbable que pueda ir muy lejos porque no quiere usar la prensa para exponer las malas prácticas, para evitar la pérdida del control. Además, muchos familiares de altos funcionarios están involucrados en prácticas corruptas y su exposición socavaría la credibilidad del partido aún más. Y por último, una campaña muy amplia podría despedazar el partido porque estimularía la venganza de los que han sido atacados en campañas anteriores”, dice Saich.

Existen bizantinas discusiones sobre si el caudal de las detenciones y el peso de los detenidos han aumentado con Xi. Pero también hay certezas, como un mayor miedo en el partido. Temor a que un internauta cuelgue las fotos de sus casas, relojes lujosos o concubinas. Miedo a que un periodista publique sus corruptelas. Y miedo al shuanngui, el sistema disciplinario interno, que opera como un agujero negro: le citan en lugar y hora, le conducen a un lugar secreto e incomunicado y aparece meses después con una confesión detallada y sin el carné del partido. El ritmo del shuanggui se ha acelerado, señalan los expertos. Dos funcionarios aparecieron muertos este año. Uno de ellos, oficialmente fallecido tras resbalar en la ducha, presentaba moratones en todo el cuerpo. Tampoco eso aplacó la inquina hacia los funcionarios del partido. La reacción en la red basculaba entre la indiferencia y la satisfacción.

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