presidente de la xunta entre 1982 y 1987

Luces y sombras de un expresidente centenario

Gerardo Fernández Albor cumple 100 años entre halagos de quienes lo descabalgaron y silencios sobre su pasado como piloto de la Alemania nazi

Foto: El primer presidente electo de la Xunta, Gerardo Fernández Albor. (EFE)
El primer presidente electo de la Xunta, Gerardo Fernández Albor. (EFE)

El primer presidente que ha tenido la Xunta de Galicia ha cumplido 100 años. Cuando nació, Estados Unidos entraba en la Primera Guerra Mundial, Rusia se convertía en república con la abdicación del zar Nicolás II y se publicaba la primera edición completa de 'Platero y yo'. Y 100 años después, ahí sigue Gerardo Fernández Albor concediendo entrevistas, rememorando el pasado y leyendo con no tanta dificultad los perfiles que estos días le dedican los principales periódicos gallegos. Son semblanzas amables, que subrayan su prestigio como cirujano y su carácter liberal y galleguista moderado, aunque pasan de puntillas por algunos aspectos no tan esponjosos de su biografía.

Se recuerda así que nació en Santiago de Compostela el 7 de septiembre de 1917 en el seno de una familia humilde como el segundo de cinco hermanos, que se convirtió en reputado cirujano y que cultivó la amistad con importantes intelectuales y galleguistas de los años 50 y 60. También que, ya como presidente de la Xunta, tuvo que lidiar con asuntos espinosos como la negociación y gestión de las primeras competencias exclusivas de la recién nacida autonomía. Probablemente por respeto a la edad, se habla menos de la debilidad de la que hizo gala en su propio Gobierno, de los años que cobró como miembro de un Consello Consultivo que no pisó o, principalmente, de un episodio de su biografía que solo ahora comienza a asomar: su condición de piloto Luftwaffe.

Aviones Junkers Ju 87, de la Luftwaffe, en la II Guerra Mundial. (Wikicommons)
Aviones Junkers Ju 87, de la Luftwaffe, en la II Guerra Mundial. (Wikicommons)

Dice la Wikipedia que en 1936 interrumpe sus estudios por la Guerra Civil y que pasa la mayor parte de este periodo “en Alemania, donde se instruye como piloto aéreo, llegando al grado de Teniente-Piloto de aviación”. Lo que no se especifica es que esa Alemania era la Alemania nazi, y su fuerza aérea, la creada por Hitler en clara violación del Tratado de Versalles, cuyo objetivo era apoyar la guerra relámpago que le llevaría a conquistar Europa. Aviones Focke-Wulf y Junkers como los que pilotaba Albor serían probados en la Guerra Civil española, aunque no hay ninguna prueba de que el después presidente de Galicia formara parte de la Legión Condor, ni nadie se lo preguntó jamás.

Por respeto a la edad, se habla menos de la debilidad de la que hizo gala en su propio Gobierno o su pasado como piloto de la Luftwaffe

El discreto velo sobre ese episodio se levantó tímidamente en 2000, cuando el historiador Carlos Fernández Santander le dedicó un capítulo en su libro 'Alzamiento y Guerra Civil en Galicia (1936-1939)'. Como narra Santander, el ya centenario expresidente tiene 21 años cuando, ya como alférez provisional de la aviación de Franco, se va a la Alemania nazi a hacer “cursos de perfeccionamiento” en la Luftwaffe. Es 1938, un año después del bombardeo de Guernica.

“¿Qué hizo Albor durante su larga permanencia en la Luftwaffe nazi? Evidentemente, ni hizo ejercicios espirituales ni compuso poesías para recitar en unos juegos florales”, reflexiona con ironía el autor, sobre todo tras revelar el propio expresidente que terminó la guerra con la graduación de teniente piloto de Aviación y con tres condecoraciones, “honores muy difíciles de conseguir, si no imposibles, sin participar en acciones bélicas”.

Aviones como los que pilotaba Albor fueron usados en la Guerra Civil, aunque no hay ninguna prueba de que llegase a pertenecer a la Legión Condor

No reniega Albor, sino todo lo contrario, de “las virtudes de organización y trabajo que posee el pueblo alemán”, que “asimiló” durante su estancia en la Alemania nazi. Aunque sus detractores opinan que no hizo gala de ellas durante su gestión al frente de la Xunta, lo que le enfrentaría a su propio Gobierno. El ahora presidente de honor del PP gallego accedió a publicitarse en 1981 a la presidencia de la Xunta bajo el lema 'Galego coma ti' ('Gallego como tú') y bajo una gran foto de Fraga, lo que no contribuyó a la consolidación de su autoridad. Pero si en aquella primera legislatura vivió un calvario, con 26 diputados poco disciplinados de Alianza Popular en un Parlamento de 71, mucho peor le fue en la siguiente, en la que solo duró dos años.

La desaparición de UCD y la recogida de sus restos en la célebre Coalición Popular le permitió en 1985 ampliar su ventaja hasta los 36 diputados. Necesitó tres votaciones para resultar elegido, para padecer desde el primer día la amenaza de ruptura esgrimida por su vicepresidente Xosé Luis Barreiro. Fue uno de los episodios más famosos, pero también tristes, de la historia de la autonomía de Galicia, la de la moción de censura de 1987, que puso fin a la presidencia de un hombre al que muchos de sus conselleiros llamaban 'Merendiñas' por su afición a los ágapes –acudió a tantos como fue invitado–, por encima de la toma de decisiones.

Cartel electoral de Alianza Popular. (UAB)
Cartel electoral de Alianza Popular. (UAB)

Algo de leyenda negra hay en esa imagen de presidente pusilánime e indolente que dibujaron sus adversarios, porque Albor no dudó en encabezar una reclamación de competencias para Galicia que era mal vista en la muy centralista Alianza Popular. O en enfrentarse al poderoso lobby que presionaba para que la capital de Galicia se instalase en A Coruña. Y sobre todo, hizo frente con una fuerza que sus enemigos no calculaban cuando, en octubre de 1986, la mitad de su Gobierno le exigió su dimisión en un consejo que se prolongó durante 10 horas.

Necesitó tres votaciones para resultar elegido, para padecer desde el primer día la amenaza de ruptura esgrimida por su vicepresidente Xosé Luis Barreiro

Pero no fue él, sino Barreiro y otros cinco conselleiros, todos ellos de AP, los que tuvieron que abandonar, después de que Albor consiguiera el apoyo de un dubitativo Fraga. Fue entonces cuando Fraga reclutó a Mariano Rajoy para situarlo al lado de Albor como vicepresidente de la Xunta.

El Albor al que estos días el PP gallego le dedica un emotivo vídeo y que se fotografía en su casa con Alberto Núñez Feijóo nunca fue del todo bien visto en su partido. Que Fraga no confiaba en él lo revelan aquellas indecisiones durante lo que se dio en llamar el motín de Raxoi, nombre del palacio sede del Gobierno gallego, pero sobre todo que el propio fundador del PP, por boca de José Manuel Romay Beccaría y poco después de la asonada de sus conselleiros, anunciara su intención de hacer carrera en Galicia. Aquello puso alerta a los que esperaban que el debilitado Albor cayese por su propio peso en las siguientes elecciones, y dio lugar a la que se convertiría en la primera moción de censura de la democracia española.

Mariano Rajoy y Alberto Núñez Feijóo saludan a Fernández Albor. (EFE)
Mariano Rajoy y Alberto Núñez Feijóo saludan a Fernández Albor. (EFE)

Como tantos otros políticos en retirada, a Albor le encontraron acomodo en el Parlamento Europeo, donde le tocó participar en la comisión para la reunificación de un país que conocía bien: Alemania. Como consecuencia de aquel trabajo, su retrato cuelga en la Galería de Ilustres del Bundestag alemán por decisión de su actual presidente, Norbert Lammert, de la CDU. Pero donde de verdad ejerció de jarrón chino fue en el Consello Consultivo de Galicia, un órgano creado para asesorar al presidente de la Xunta y en el que ingresó en 2007. Renunció al cargo y a sus más de 73.000 euros de sueldo anual el pasado 19 de mayo, el mismo día que la oposición denunciaba que llevaba tres años sin pisar su despacho.

Solo cuatro meses antes había recibido el homenaje del Parlamento de Galicia, y los días 15 y 16 volverá a recibir honores, esta vez con la presencia del mismo Rajoy que un día fue su vicepresidente. Mientras tanto, va concediendo algunas entrevistas en las deja entrever su visión del mundo. Son conversaciones en las que demuestra lucidez, pero también ideas peculiares que no parecen tener que ver con la edad. Como cuando asegura que lo que más desasosiego le produce en la España de hoy es “el socialista, ese chico”, en referencia a Pedro Sánchez, o predica su preocupación por la polémica del Pazo de Meirás: “Un disparate, a la familia Franco hay que dejarla feliz”.

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