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Valencia ya no se sonroja con la Ruta del Bakalao: la reivindicación del entusiasmo y el miedo
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Valencia ya no se sonroja con la Ruta del Bakalao: la reivindicación del entusiasmo y el miedo

Tras mucho tiempo en el que el fenómeno fue vistó como un agujero negro reputacional, nuevas producciones culturales voltean el enfoque, visibilizando el entusiasmo transformador de aquel período

Foto: Jóvenes valencianos se divierten a comienzos de los 90. (Getty/Cover/Carlos de Andrés)
Jóvenes valencianos se divierten a comienzos de los 90. (Getty/Cover/Carlos de Andrés)

Hay una especie de pintada mitológica en las paredes de la Valencia noventera cuyo efecto puede que todavía dure sobre la epidermis de la sociedad: Barcelona 92, Valencia 0. El mensaje grafiteado, de firma anónima, sintetizaba con un poder que ya quisiera Banksy el agravio con el que la ciudad atendía al año supernova de 1992. El año de los prodigios que regaba de expos, olimpiadas e inauguraciones a Barcelona, Sevilla y Madrid. ¿Pero, y Valencia qué?, se preguntaba la calle. En mitad de todo eso, como el pez que da coletazos antes de quedarse sin aire, la Ruta del Bakalao.

Foto: Detalle de portada de 'Los 90' (Akal)

Los ‘rutólogos’ de cabecera señalan el año siguiente, 1993, como la puntilla en la degradación de la Ruta. En mayo, Canal + emitía ‘Hasta que el cuerpo aguante’, narrado por Carles Francino. El relató dejó al pez con las branquias atrofiadas. La Ruta había perdido. Se había impuesto el imaginario que asociaba a la red de ocio policéntrica como cabeza de turco del miedo postolímpico. Fue la visión que se impuso y que el filósofo Eduardo Maura —autor de 'Los 90: euforia y miedo en la modernidad democrática española’— asocia directamente con ese balanceo conservador donde la euforia del milagro español combina con el pánico atávico frente a una sociedad nueva y, por tanto, desconocida. El Crimen de Alcàsser, la Ruta y esa espiral por la que Cobi y Curro acaban poseídos por Nieves Herrero. “¿Por qué en esa España triunfal hay tantos jóvenes que se ponen hasta el culo de anfetas durante 72 horas cada fin semana?”, apuntaba Maura para mostrar la fragilidad contradictoria del momento.

placeholder Àlex Moner, Elisabet Casanovas o Ricardo Gómez son algunos de los protagonistas de la serie 'La Ruta' de Atresmedia. (Laia Lluch)
Àlex Moner, Elisabet Casanovas o Ricardo Gómez son algunos de los protagonistas de la serie 'La Ruta' de Atresmedia. (Laia Lluch)

Puede que como un acto de reivindicación, como un intento de igualar esa descompensación agraviada en torno al 92, el cambio reputacional valenciano ha encontrado en los últimos tiempos una muesca inesperada con la que reforzar su autoestima: ¡la Ruta no fue eso que nos contasteis! Si el autor Joan M. Oleaque, con el libro ‘En Extasi’, fue pionero desde 2004 en reivindicar todo el aparato contracultural del que la Ruta fue estandarte, al calor del culto a su obra han aparecido en los últimos cinco años infinidad de producciones culturales, introducidas por la edición de ‘Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia’, de Luis Costa; y ‘València Destroy’, la serie documental de Podium Podcast dirigida por Eugenio Viñas.

Por primera vez desde que la Ruta del Bakalao pagó los platos rotos de una sociedad temerosa, su valor cotiza al alza.

‘En Extasi’ resume la trascendencia de la fiebre que surgió entre aquellas poblaciones en el contorno de Valencia: “La música de baile conocida como bakalao se anticipó a la mayoría de la electrónica global como tendencia de consumo frenético (...) Valencia, donde nació, y España, donde arrasó, vivieron hasta sus últimas consecuencias el inicio moderno de la música de baile masiva como hipnosis colectiva. Algo que, años después, se magnificó en el resto del mundo”. Verdaderamente supuso el nacimiento de ‘lo nuevo’. ¿Por qué, en cambio, esa revolución quedó sepultada?, ¿y por qué su reivindicación suena ahora con más fuerza que nunca?

placeholder Imagen de la serie 'La Ruta' de Atresmedia. (Laia Lluch)
Imagen de la serie 'La Ruta' de Atresmedia. (Laia Lluch)

El editor Alberto Haller (Barlín Libros) acaba de sacar al mercado ‘Ruta Gráfica. El diseño del sonido de València’. Con Moy Santana y Antonio J.Albertos como autores, ha generado en paralelo una exposición en el IVAM que escarba en el calado gráfico arraigado a esa ‘génesis espontánea’. “Como en buena parte de las cuestiones culturales —plantea Haller—, la valoración sobre la Ruta no es ajena al movimiento pendular. Ahora mismo estamos comenzando a adentrarnos en el momento oscilante más extremo en cuanto a su valor positivo. Y digo ‘comenzando a adentrarnos’, porque si bien este es un enfoque que lleva desarrollándose desde hace bastante tiempo en Valencia, creo que todavía no ha trascendido lo suficiente fuera de aquí, dejado de ciertos círculos muy especializados. Y en este país, en muchos casos, por desgracia, si no pasas por Madrid o Barcelona parece que no existas. Cuando esta historia penetre con firmeza en estos territorios simbólicos acabará de explotar. Y no queda mucho”.

Foto: Los protagonistas de 'La ruta'. (Atresmedia Televisión/Laia Lluch)

Señala igualmente un factor desequilibrante para que La Ruta, por frágil, fuera tomada como presa fácil: “Al contrario que La Movida, fue un movimiento popular, del pueblo, interclasista y abierto, de ahí el estigma que acabó atravesándola. Pero ahora mismo estamos asistiendo al ‘descubrimiento’ de una de las escenas clubbing más importantes de Europa —y una de las primeras, si no la primera— por parte del establishment cultural. En mi opinión, esa es la clave de la resignificación que se está dando”.

Borja Soler dirige estos días ‘La Ruta’, la nueva serie de Atresmedia llamada a participar en el fenómeno de reconocimiento. “En cualquier otro país —señala Soler—, lo que pasó en Valencia en esos años sería motivo de celebración cultural. (...) Nos parecía increíble que nadie se hubiera interesado en adentrarse, desde la ficción, en este fenómeno musical y cultural que es historia e identidad. Es precisamente desde esa perspectiva en la que plasmamos aquellos años, abarcando la etapa dorada del movimiento, de 1983 a 1991”. Nacido en el mismo 83, las andanzas de los personajes encarnados por Àlex Moner, Elisabet Casanovas o Ricardo Gómez, coinciden con su infancia. “He veraneado toda mi juventud en el Faro de Cullera, a pocos kilómetros de donde estaban todas estas discotecas. Cuando tenía edad para salir, a finales de los 90, la Ruta era más bien resaca. Pero aún así recuerdo a los mayores de la pandilla cogiendo el coche para ir el sábado a Chocolate y no volverles a ver hasta el lunes”.

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Imagen de la serie 'La Ruta' de Atresmedia. (Laia Lluch)

La celebración de La Ruta ha incluido aproximaciones contextuales, como el libro y la muestra ‘Erótica techno en la arquitectura valenciana’, capaz de visualizar aquella memoria desde la mirada actual. Más allá del bakalao, conecta la música techno con los edificios que remiten a códigos y lenguajes similares. Sellando sonidos que se escuchan en viejos puntales como Barraca y Spook junto a espacios como la Universidad Laboral de Cheste o la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia. “Una planta de un edificio racionalista no es tan diferente de la estructura de una canción de techno actual, ni tampoco su lenguaje, con la estructura tan presente, sincera y clara en su conjunto”, apunta uno de los directores del proyecto, el arquitecto Ricardo Ruiz. “Se empieza a desvanecer el velo del tabú respecto a La Ruta —mantiene—, comienza a hacerse justicia al enorme legado y patrimonio artístico que dejó uno de los fenómenos contraculturales más interesantes del país. (...) Todo apunta a que seguirán sucediendo cosas que, esperemos, también contribuyan a agitar y animar la escena de club local”.

La adicción a la nostalgia que comporta el revival no debería llevar a engaño: se trata de una búsqueda de un futuro renovado. No es casual que muchos de los impulsores de estos proyectos no vivieran La Ruta en primera persona; les venía justo para gatear. Pero es a través de aquellos años de entusiasmo por donde buscan alcanzar el viraje reputacional de la sociedad valenciana, en ocasiones demasiado asociada a estigmas manoseados: “Reivindicar La Ruta —concluye Alberto Haller— tiene un componente identitario trascendental para Valencia. Si se saben jugar bien las cartas —y espero que así sea—, puede llegar a convertirse en un elemento de orgullo para esta tierra desde el discurso de lo que somos/fuimos, plenamente ligado a la modernidad, la vanguardia y la cultura. Creo que para que esa identificación pueda llegar ser efectiva aún queda un poquito más, pero espero, desde luego, que se tenga la altura política, en un sentido amplio, para contribuir a desarrollar ese enfoque”.

La Ruta vuelve a representar a Valencia. Pero ya no causa vergüenza.

Hay una especie de pintada mitológica en las paredes de la Valencia noventera cuyo efecto puede que todavía dure sobre la epidermis de la sociedad: Barcelona 92, Valencia 0. El mensaje grafiteado, de firma anónima, sintetizaba con un poder que ya quisiera Banksy el agravio con el que la ciudad atendía al año supernova de 1992. El año de los prodigios que regaba de expos, olimpiadas e inauguraciones a Barcelona, Sevilla y Madrid. ¿Pero, y Valencia qué?, se preguntaba la calle. En mitad de todo eso, como el pez que da coletazos antes de quedarse sin aire, la Ruta del Bakalao.

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