convive con el estigma de 'traidor a la patria'

Santi Vila: "Ya ni digo que no hay presos políticos porque no podría salir a la calle"

Un año después de dimitir como 'conseller' por oponerse a la independencia unilateral, el expolítico y examigo de Carles Puigdemont explica cómo ha degenerado el pulso al Estado

Foto: Santi Vila, 'exconseller' de la Generalitat, esta semana en Barcelona. (David Brunat)
Santi Vila, 'exconseller' de la Generalitat, esta semana en Barcelona. (David Brunat)

Santi Vila (Granollers, 1973) es historiador y exalcalde de Figueres (2007-2012). Fue diputado por CiU en el Parlament de Cataluña entre 2006 y 2013 y 'conseller' de la Generalitat entre 2012 y 2017, ocupando las carteras de Territorio y Sostenibilidad, Cultura y, finalmente, Empresa y Conocimiento. Dimitió como 'conseller' de forma fulgurante el 26 de octubre de 2017 al confirmar que Carles Puigdemont rechazaba convocar elecciones y se disponía a proclamar la república catalana un día después. Fue una de las voces moderadas del Govern y a la vez buen amigo y confesor de Puigdemont. Sin embargo, su dimisión fue entendida como una traición intolerable y aún hoy carga con el cartel de indeseable para el soberanismo catalán.

PREGUNTA. ¿Cómo lleva eso de ser uno de los grandes traidores a la patria catalana?
RESPUESTA. Pues lo vivo con una pena muy grande, pero en la vida has de tener fortaleza moral y convicciones personales sólidas. Yo me debo a mi conciencia y actúo en consecuencia, con aciertos y errores.

P. Sabiendo que es un enemigo público del procesismo, ¿trata de llevar un perfil bajo o le da igual? Recuerdo cómo le atizaron en verano por la famosa foto del barco en la que aparecía con un grupo de chicos en bañador.
R. Me cayeron palos muy injustos, incluso a nivel sociológico fue grave. Eso forma parte de este momento tan pobre que estamos viviendo y retrata a quien lo publica sin más motivo que hacerme daño. Pero esas cosas me dan igual. Si hiciera caso a las redes sociales, no podría poner un pie en la calle, y yo salgo y la gente me muestra afecto, y el que discrepa se lo reserva y piensa "este hombre nos ha fallado" y ya está.

P. Usted, que ha sido 'conseller' entre 2012 y 2017, quizá pueda ayudarnos a entender qué es esto del 'procés'. ¿Es un folclore? ¿Es algo serio? Existe la teoría muy extendida de que cuando Artur Mas vio que su futuro peligraba por los recortes sociales y la impopularidad, se sacó de la chistera toda la idea del referéndum y de la independencia para desviar la atención y le funcionó.
R. Un fenómeno tan complejo como el 'procés' por fuerza ha de ser multicausal. Juegan elementos de tipo económico, como es la recesión, y elementos de la crisis antropológica que vivimos, es decir, la revolución tecnológica y científica, la globalización, que nos dejan desangelados y generan miedo en las clases medias. También juegan intereses partidistas y sectarios, como el giro al soberanismo del Govern que usted cita y otros como la competencia entre ERC y Convergència. El tacticismo de vuelo gallináceo también juega, y ese mismo tacticismo se emplea en Madrid para alterar constantemente la agenda. Son muchas cosas. Yo estoy convencido de que el soberanismo es la variedad catalana de un problema global que se encarna en el Reino Unido con el Brexit, en Italia con todo lo que está pasando, en Estados Unidos con el efecto Trump, en Francia con Macron. Es decir, con el descrédito absoluto de los instrumentos que hemos heredado del siglo XX y con los palos de ciego que se dan para buscar nuevas soluciones regeneradoras.

La tentación populista [del 'procés'] es evidente. Darle voz y liderazgo a la calle es nítidamente populista y es un error

P. Salvini, Brexit, Trump y 'procés'. Muy bien esto no habla del tema.
R. Asociarlo directamente a un movimiento de derecha es reduccionista, porque el 15-M y Podemos también fueron respuestas a este fenómeno. El problema no es tan encajable a conceptos propios del siglo XX como izquierda y derecha, aunque la tentación populista [del 'procés'] es evidente. La lógica de darle voz y liderazgo a la calle es nítidamente populista y es un error. Pero al mismo tiempo estoy convencido de que si algo bueno tiene el soberanismo es que, como el 15-M, puede tener un efecto regeneracionista, refundacional, y eso es muy interesante en un país como España, que necesita reformas como el resto de democracias occidentales.

Manifestación con motivo de la Diada de Cataluña. (EFE)
Manifestación con motivo de la Diada de Cataluña. (EFE)

P. No veo cómo va a reformar España un movimiento que lo único que anhela es huir de España porque lo considera un país retrógrado, colonial y sin remedio.
R. Sí, pero de nuevo lo que nos puede salvar es el matiz. Hay dos millones de catalanes que dicen eso hoy, ¿pero cuántos de ellos variarían su posición si se pusiera una agenda reformadora sobre la mesa? Está demostrado demoscópicamente que unos 500.000. Hay cientos de miles de catalanes que han votado a Puigdemont o a Junqueras que, ante una oferta reformista que reconozca Cataluña como nación, la preferirían antes que seguir con esta hoja de ruta que no sabemos adónde nos lleva. En mi opinión el independentismo es una expresión más del miedo en Occidente a perder el Estado del bienestar. Las clases medias se dan cuenta de que sus hijos y nietos vivirán peor que ellos. Otra cosa es si eso es atribuible a España. Por fortuna cada vez menos gente joven se siente atrapada en el discurso nacionalista en todo el mundo. Fíjese que el movimiento que vivimos ahora en Cataluña es de clases medias y de una cierta edad.

P. También hay mucha gente joven. La horquilla de veinteañeros comprometidos con la independencia es mucho mayor que hace 10 o 20 años.
R. Es que el Gobierno de España ha cometido muchos errores en los últimos años. Ha sido una fábrica de hacer independentistas.

P. Y asumiendo eso como cierto, ¿es igual de cierto que los medios catalanes, sean TV3, Catalunya Ràdio o Rac1, también han sido una fábrica de independentistas?
R. Hombre… [sonríe] Hay cosas que no me puedo permitir responder.

P. Por su silencio entiendo que sí.
R Evidentemente se ha entrado en una espiral y es evidente que todos han hecho uso de los instrumentos que tenían para culturizar desde el punto de vista político o partidista.

P. ¿Cómo ve al actual Govern?
R. La experiencia vivida estos meses confirma la dificultad extrema, por no decir imposible, de hacer política dedicada a lo concreto con esta situación tan anómala. La judicialización de la política hace que sea muy difícil serenar el ánimo.

Es un insulto presuponer que un ciudadano que vota a partidos constitucionalistas no se puede sentir igual de catalán

P. ¿De verdad el tema de los presos impide a un Gobierno hacer otra cosa que no sea pedir su libertad?
R. Es que mi visión es bastante pesimista en esto. Creo que en dos o tres años Cataluña entrará en un estadio prepolítico, no político. Y eso quiere decir que nos tendremos que conjurar para trabajar por la reconciliación y por aflorar una cierta ética de la duda, es decir presuponer que el otro puede tener una parte de razón. Si entramos en esta dinámica desactivaremos el frentismo en el que estamos instalados. No tiene sentido esa lógica de héroes y traidores, de catalanes buenos y catalanes malos. Es un insulto presuponer que un ciudadano que vota al PSC o a partidos constitucionalistas no se puede sentir igual de catalán que otro que vota independencia.

Manifestación por el primer aniversario del referéndum del 1 de octubre en Barcelona. (D. B.)
Manifestación por el primer aniversario del referéndum del 1 de octubre en Barcelona. (D. B.)

P. Pero eso de catalanes buenos y malos es algo que se ha sacado de la manga el independentismo, no me consta que el constitucionalismo, con todas las taras que usted quiera, haya puesto esas etiquetas.
R. No me corresponde juzgar eso ni me lo puedo permitir en este momento. Solo constato que estamos en un estadio claramente prepolítico en el que tenemos que recuperar consensos básicos. Esa es condición 'sine qua non' para volver a hacer política de partidos, para volver a defender el ideal de la independencia. Me gustaría que todos los partidos en Cataluña se conjurasen en estos dos aspectos prepolíticos: reconciliación y cierta ética de la duda. Preguntarse "¿y si el otro tiene parte de razón?".

P. Darle el beneficio de la duda al otro es algo muy básico. ¿Tan bajo hemos caído?
R. Bien, es que lo que estamos viviendo es muy emocional y está muy radicalizado. Pero lo está en Barcelona y en Madrid. Todos sabemos qué ocurre cuando los extremistas prevalecen sobre los moderados. Hoy hace un año, la dinámica política en Barcelona y en Madrid quedó desbordada por los extremos y la moderación quedó desacreditada, quienes la defendíamos implosionamos y aún seguimos desacreditados hoy. Solo en privado veo a ciudadanos que pidan moderación a los políticos. Quienes tienen el altavoz siguen pidiendo más madera. Eso hay que desactivarlo cuanto antes.

P. Pues no parece que Quim Torra esté por la labor desactivar nada.
R. Si analiza estos meses verá que no se ha pisado ni una línea roja de la legalidad. Ni una sola. Ni el Parlament ni el Govern. Por lo tanto, más allá de esa retórica, que todo el mundo alimenta la suya también en España, la cosa no está escalando y eso es un buen inicio.

El Govern no ha pisado ni una línea roja de la legalidad estos meses. Más allá de la retórica, es un buen inicio

P. De hecho, la Crida Nacional de Puigdemont, Torra y Jordi Sànchez nace con el objetivo de luchar por un referéndum que conduzca a la república. Volvemos a la casilla de salida. ¿Teme un conflicto social si el independentismo empieza a sentirse estafado?
R. Estaría muy bien que todos aprendiéramos de la legislatura anterior, y que de la experiencia vivida hiciéramos una estrategia y un camino renovado. El independentismo se equivocó planteando el proyecto con calendarios muy acotados y externalizando las decisiones a la calle. Eso ha generado frustración en quienes creían en una determinada hoja de ruta. Esta deriva social la tenemos que neutralizar, porque hasta la noche del 1 de octubre el soberanismo tenía claro el camino, sabía qué quería hacer. Algunos éramos partidarios de hacer un pulso entre gobiernos y otros eran partidarios de hacer efectivo el referéndum. Pero cuando la semana anterior queda invalidado porque el Gobierno de España no lo reconoce, la comunidad internacional tampoco lo reconoce y se fulmina la sindicatura electoral, el 1-O se convierte en otra cosa, una movilización de orgullo ciudadano, un acto de compromiso cívico, llámelo como quiera.

P. Pues permítame decirle que no se vendió así desde el Govern del que usted formaba parte.
R. Pero fíjese que salieron muchas voces críticas, entre las que me cuento, con ese discurso de la noche del 1 de octubre. Algunos entonces dijimos "ojo, más de dos millones de catalanes se han sentido llamados a participar en la convocatoria, pero más de 2,5 millones de catalanes con derecho a voto no se han sentido apelados porque se sienten cómodos en el orden constitucional". El Govern ha de ser de todos. Aún hoy la interpretación de los resultados sangra, es una herida abierta y los de la Crida veo que intentan hacer un juego malabar. Pero en algún momento alguien tendrá que decir "oigan, el 1-O tiene un valor político grande, pero hasta ahí". Si se fija, esta reflexión Esquerra ya la hace y hay muchos políticos que en privado lo tienen clarísimo y en público lo empiezan a decir. Joan Tardà y Oriol Junqueras ya lo dicen. Incluso Puigdemont, en su libro, lo da a entender. Esta visión racional y madura ha de ir extendiéndose.

Santi Vila abandona la cárcel de Estremera tras abonar una fianza de 50.000 euros. (Reuters)
Santi Vila abandona la cárcel de Estremera tras abonar una fianza de 50.000 euros. (Reuters)

P. La Fiscalía del Tribunal Supremo ha confirmado que acusará de rebelión a los políticos presos. Usted se enfrenta a cargos por malversación de fondos públicos que conllevan penas de cárcel. ¿Está inquieto?
R. Evidentemente. Es una situación inimaginable para quienes como mucho nos habían puesto una multa de velocidad. Es una situación muy desproporcionada entre los hechos y las consecuencias. Yo estoy libre con una fianza librada de 50.000 euros, que pude entregar gracias a la ayuda de dos amigos, no con Òmnium ni la ANC ni cajas de resistencia. Tengo el pasaporte retirado y debo visitar los juzgados cada 15 días, y aun así mis medidas son de risa comparadas a los que están en prisión. España, que desde tantos puntos de vista ha ganado el desafío de la modernidad, no se merece este despropósito, ni que en un país que responde a todos los estándares democráticos occidentales haya una parte de la población que cree que tiene presos políticos.

P. Hace poco usted afirmó en una entrevista en 'Diario Vasco' que en Cataluña no hay presos políticos sino "políticos presos" y se armó un buen barullo.
R. Esa afirmación me generó una controversia enorme y una batería de insultos.

P. Es que ahí tocó un dogma de fe. Lo que le faltaba ya para que le terminen de crucificar.
R. Lo que yo quería decir, con poca fortuna veo, es que el nombre no hace la cosa. Hay políticos y activistas en prisión de forma desproporcionada e injusta. ¿Cómo lo debemos calificar? Las organizaciones internacionales han dicho lo que tenían que decir, los técnicos juristas también. Yo ya ni me lo permito decir porque es que ni podría salir a la calle.

P. Es una lástima que en una sociedad que se presume avanzada y progresista, la gente se tenga que autocensurar por decir cosas que, se esté de acuerdo o no, son razonadas y coherentes.
R. Pues fíjese, eso confirma mi tesis de que nos encontramos en un momento prepolítico y lo tenemos que regenerar todo. Incorporar razón y racionalidad a la vida política, reconciliarnos, respetar al que no piensa como tú y entender que la opinión es libre.

P. Esto que plantea es 'procés' para un buen puñado de años.
R. Imagínese todo lo que nos queda.

P. El día 27 de octubre hará un año que no habla con Carles Puigdemont.
R. Y se ha incumplido una promesa que me hice, que a mí el 'procés' no me costaría amistades. Y me ha costado muchas.

Puigdemont preferiría haber pasado el testigo sin más embrollos, pero ha de sostener un determinado discurso

P. ¿Qué noticias tiene de él?
R. He hablado con su entorno para interesarme, pero no con él. También hay un orden jerárquico, más allá de la amistad no olvido que él es un 'ex president' de la Generalitat y yo era un 'conseller' suyo. Por lo tanto, si le conviene hablar ha de ser él quien lo proponga.

P. Hombre, una vez fuera de la política usted puede llamarle como haría cualquier amigo.
R. Sí, pero él está ejerciendo de expresidente con todas las la ley, por así decirlo.

P. Autoejerciendo, porque un ‘expresident’ no debería tener ninguna atribución ejecutiva.
R. Pero él tiene una autoridad política y moral muy fuerte. Su sombra es muy alargada.

Carles Puigdemont da un discurso desde su residencia en Waterloo, Bélgica. (EFE)
Carles Puigdemont da un discurso desde su residencia en Waterloo, Bélgica. (EFE)

P. ¿Cómo ve todo este asunto de la huída a Bélgica y su centro de mando del Govern desde la residencia de Waterloo?
R. Nunca lo hubiera imaginado ni él tampoco. Su actuación de ahora se explica por estas circunstancias tan extremas del proceso judicial. Él estaría mucho más cómodo leyendo y dando charlas desde Girona y no haciendo esto que hace. Conociéndole como le conozco, él preferiría infinitamente antes haber pasado el testigo sin más embrollos y no estirar más esto. Pero se encuentra atrapado en una dinámica en la que ha de sostener un determinado discurso.

P. A Puigdemont posiblemente se le va a caer el mundo encima el día que dejen de prestarle atención en Cataluña y vea que no podrá regresar a Girona en los siguientes 20 años.
R. Espero que cuando este país se serene iremos borrando todo esto en pro de la reconciliación, igual que hizo la Transición en España al sentar a una misma mesa a gente que tenía las manos sucias de sangre. Me gustaría saber qué pensaba Carrillo de Suárez y a la inversa, qué pensaron la primera vez que se miraron a la cara. Eso se lo guardaron para su casa y tuvieron sentido de Estado, fue un compromiso generacional. Espero algo parecido con Cataluña. España no se merece quedar atrapada en esto, de verdad. Ahora deberíamos estar hablando de otras cosas.

Quienes podían sacarnos del pozo el 1 de octubre eran el presidente Rajoy y su Gobierno

P. Quizás el pulso al Estado se les fue a ustedes un poco de las manos.
R. Yo estaba allí hace un año. Y en efecto, hasta el 1 de octubre se sabe qué hay que hacer y a partir del referéndum el Govern se resquebraja en dos sensibilidades. Una partidaria del gas a fondo y otra del esto no da más de sí, convoquemos elecciones porque esto es un gran despropósito. Pero en aquel momento, quienes podían sacarnos del pozo eran el presidente Rajoy y su Gobierno.

P. ¿Cómo?
R. Ayudando a constatar que no había habido declaración de independencia, tal como le remitió por carta el 'president' Puigdemont con una retórica muy saltimbanqui pero que decía lo que tenía que decir. Por lo tanto, si el Gobierno quería, ahí estaba. Sencillamente tenía que decir en público que si se convocaban elecciones no se intervendría el autogobierno.

P. Pero eso se daba por hecho, no era ningún secreto.
R. Faltó que lo que nos decían los negociadores del Gobierno en privado nos lo dijeran en público. Tenga en cuenta que el clima de desconfianza entre los dos gobiernos era tan grande, la sentimentalización política y social era tal, que nos desbordó a todos.

Declaración de independencia en el Parlament de Cataluña. (EFE)
Declaración de independencia en el Parlament de Cataluña. (EFE)

P. Insisto. Estaba todo acordado y triangulado con Madrid, Íñigo Urkullu y hasta la Iglesia. Solo faltaba que Puigdemont anunciara en público la convocatoria. Quien incumplió el pacto fue él en un arrebato inesperado.
R. Eso debería preguntárselo a él. Hay tres motivos para lo que estamos viviendo. Primero, el mensaje público del Gobierno no llegó y se lo pedimos. Encima Xavier Albiol hizo un tuit en sentido contrario. Necesitábamos que alguien en Madrid lo verbalizara, que el entonces portavoz Méndez de Vigo dijera que con elecciones ajustadas a derecho no se intervendría la Generalitat. Eso no llegó y eso se les imploró. Se les imploró, insisto. Efectivamente la convocatoria de elecciones estaba cerrada con el padre abad [de Montserrat] y con todo el mundo financiero y las principales empresas, eso es así. Pero se junta eso con la dinámica partidista de competencia de ERC y PDeCAT y se junta que todos somos aprendices de mago en dar el valor que hay que darle a las redes sociales [Puigdemont fue ampliamente insultado en Twitter, principalmente por Gabriel Rufián, al conocerse su intención de anunciar comicios], y cuando se empieza a oir aquello de traidor, de cobarde y demás, esa presión se suma a la de muchos cuadros del Govern y del partido que le dicen que ni un paso atrás y le influye a la hora de formarse una opinión. Porque él era un recién llegado, no es un político profesional y eso a veces se nos olvida. En un político de oficio, los elementos objetivos que invitaban a convocar elecciones habrían sido definitivos. Luego hubiéramos tenido que afrontar una campaña electoral muy difícil y posiblemente habríamos sufrido un correctivo trremendo, pero habría sido un mal menor comparado con donde estamos ahora.

P. Y así, con Puigdemont echado al monte, el 27 de octubre se incorpora la declaración de independencia al preámbulo de una resolución, no al cuerpo, es decir que no se le quiere dar validez jurídica a propósito. Y comienza el folclore.
R. Por esas cosas se ve, con el análisis ya en frío, la desproporción de la respuesta judicial. Porque si el Gobierno hubiera aplicado el ninguneo ahora estaríamos hablando de otra cosa. Pero no se pudo gestionar peor todo. Igual que soy autocrítico con el Govern y por eso me caen palos, soy muy crítico también con el Gobierno de Rajoy en su última fase. Comprometió a mucha gente, incluida la Corona, al aplicar un criterio tan duro, y ahora costará mucho regenerar.

Pedro Sánchez y Quim Torra charlan en los jardines de La Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Quim Torra charlan en los jardines de La Moncloa. (EFE)

P. Parece que Pedro Sánchez ha tendido la mano con su propuesta de referéndum por el autogobierno, que aunque en Cataluña haya sonado a tontería, ya es algo. Quizá es el turno de Quim Torra para tender también la mano en lugar de seguir enrocado.
R. Es evidente y estoy de acuerdo. Me gusta lo que está haciendo Pedro Sánchez y hay que ponerlo en valor, porque sus condiciones allí tampoco son fáciles. En España hay muy poca tradición liberal y los medios de comunicación están muy comprometidos ideológicamente, igual que ocurre en Barcelona. La recesión ha hecho mucho daño a los medios, los ha hecho más dependientes del poder y eso dificulta moverse y salir de las posiciones de confort, que quizá no son tan mayoritarias como algunos creen. El PSOE está arriesgando, sus gestos son objetivos, es un paso hacia el deshielo que proponga a los catalanes votar. Ahora discutamos qué se vota.

Me gusta lo que hace Pedro Sánchez. Está arriesgando, es un paso hacia el deshielo que proponga a los catalanes votar

P. El soberanismo solo quiere referéndum de autodeterminación. Volvemos al callejón sin salida.
R. Ellos ponen sus limites... Entienda que esto es un proceso de maceración lento.

P. Quebec perdió empresas, PIB y hasta población tras sus dos referéndums de independencia de Canadá y tras 20 años aún no se ha recuperado. ¿Teme que esto ocurra en Cataluña?
R. Es algo que hay que poner sobre la mesa del ministerio y de la 'conselleria' sectorial. Hay que trabajar para recuperar el marco de seguridad jurídica y que este no se vea alterado por la discusión política. Ese ha de ser un objetivo estratégico. Barcelona ha de formar parte de la solución del conflicto, no ser un problema. Es un motor económica de España y del sur de Europa, y sin embargo hoy hay multinacionales que enfrían sus inversiones por la inestabilidad política. Hay que zanjar eso.

P. ¿Cómo es su nueva vida alejado de la política, usted que se dedicaba a la cosa pública por vocación?
R. No escondo que echo de menos la política pero no me puedo quejar. Estoy feliz, trabajo en una empresa en la que estoy muy a gusto, he recuperado las clases en la universidad donde doy filosofía moral y política. Mi pareja me advierte de que ni se me ocurra volver. Me dice: "Si ya has sido alcalde de tu ciudad y 'conseller' de la Generalitat, qué carajo quieres hacer más".

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