El coste incalculable de la pandemia en los niños: "Sacaba buenas notas… y algo cambió"
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EL 'SHOCK' DE LA NORMALIDAD

El coste incalculable de la pandemia en los niños: "Sacaba buenas notas… y algo cambió"

Tristeza, peor rendimiento, enganche al móvil... Los menores de edad están pagando las consecuencias de la pandemia. Analizamos su situación a través de un caso concreto

placeholder Foto: Daryén sufrió un sorprendente bajón el pasado otoño. (Alejandro Martínez Vélez)
Daryén sufrió un sorprendente bajón el pasado otoño. (Alejandro Martínez Vélez)

Al principio, no fue tan mal. Confinada ya desde finales de febrero por precaución familiar, Daryén se apañaba más o menos con las clases 'online'. Veía a su profesor, revisaba las lecciones en YouTube, hacía los deberes, volvía a YouTube si no lo había entendido… Si su madre, Jeniffer, la podía ayudar en algo, lo hacía. Los últimos meses de sexto de Primaria no se parecían en nada a lo que habría esperado, pero sus notas siguieron siendo muy buenas. Era una niña "de ochos, nueves y dieces". Concretamente, la clase de niña que dice que le ha salido mal un examen y luego saca un ocho.

Entonces terminó el confinamiento, llegó la nueva normalidad y con ella las dificultades, que estallaron al volver al aula en un colegio concertado en el barrio madrileño de Begoña. "Todo era de repente más difícil", explica. Su madre la ayuda a romper el hielo: "Tenía mucha sobrecarga y frustración, estaba desmotivada, triste y deprimida, y yo también estaba triste por no poderla ayudar", añade. "Cambió de actitud, al final tuve que quitarle el móvil, me pareció duro, pero no podía premiarla".

"Como no podía bajar, me pasaba el tiempo mirando el móvil"

Las notas de Daryén bajaron sensiblemente, especialmente en cuatro asignaturas que se le atragantaron (entre ellas, Lengua, aunque nadie lo diría por el cuidado escrupuloso con el que se expresa). Lo más llamativo era su estado anímico. La hermana pequeña de Daryén, Tiana, sufre una condición médica que les ha llevado a extremar las precauciones durante el último año, saliendo de casa lo menos posible. "Cuando mis amigos bajaban y yo no podía, me sentía triste", explica. El móvil era una vía de comunicación con sus compañeros. "Como no podía bajar, me pasaba el tiempo mirando el móvil, hasta que mi madre me lo quitó".

El inesperado bajón en las notas era solo el síntoma de que algo no terminaba de arrancar. "Para mí, las notas de mis hijas siempre habían sido mi regalo de navidades, hemos estado malacostumbrados, porque ella siempre se ha exigido mucho", añade la madre. "Los niños y los adolescentes han sufrido mucho y se ha hablado poco".

placeholder Jeniffer, rodeada de sus dos hijas. (Alejandro Martínez Vélez)
Jeniffer, rodeada de sus dos hijas. (Alejandro Martínez Vélez)

El caso de Daryén es uno entre los millones de historias que pueden contar los niños y adolescentes de todo el mundo, pues todos han sufrido en mayor o menor grado las consecuencias de una pandemia que ha cambiado durante más de un año sus hábitos de vida, sus expectativas y sus relaciones personales, claves en el desarrollo personal. Daryén comenzó la pandemia siendo una niña y ahora es una preadolescente que se ha encontrado con un mundo para el que nadie estaba preparado. Su historia muestra que el problema no fue tanto el confinamiento como la larga resaca de restricciones, incertidumbre y miedo constante.

El segundo trimestre ha sido mucho mejor para ella, y responde contenta a las preguntas. Gracias, en parte, al apoyo de personas como Cristian Casillas, un voluntario del Programa de Éxito Educativo de Juventud de Cruz Roja, dirigido a estudiantes de Primaria y Secundaria. "El abuelo", un abogado de 59 años que dedica sus (escasos) ratos libres a dar clases 'online' a los chavales. "A mí no me importan las notas, no les doy importancia, pero lo que quiero enseñarle es todo aquello que no se enseña en el colegio, a saber estudiar, a afrontar un problema, a hablar en público", explica.

Calcular lo incalculable

Hace apenas dos meses, la Unesco publicó un informe en el que calculaba que el cierre de los colegios por covid-19 había significado la pérdida de un equivalente a dos tercios de un año académico. Lo que no medía el trabajo, porque aún es imposible calcular su impacto y porque aún no vemos el fin, es de qué manera todo lo ocurrido impactará tanto en el rendimiento como en la salud mental de los niños. Especialmente, en un país líder en abandono escolar.

"Se enganchan mucho más al móvil, a la consola, se acuestan más tarde..."

Estefanía Rojas es técnica de Cruz Roja Juventud en Madrid, y conoce de primera mano lo que les ha pasado a los niños en el último año. "A todos les ha afectado, han venido muchos padres y madres porque de repente han notado un bajón en las notas", explica. Tanto chicos como chicas: se reparten a partes casi iguales. "Lo que hemos visto es que se enganchan mucho más al móvil, a la consola, se acuestan mucho más tarde de lo que deberían…". En un momento en el que la vida en la calle se ha reducido a la mínima expresión, la tecnología lo ha devorado todo y, a menudo, fuera de la supervisión de los adultos.

Estas últimas semanas, se han acumulado los signos que refrendan la idea de que los menores lo están pasando mal. La red Konsulta’m de Barcelona, destinada a la salud mental de jóvenes de entre 12 y 22, reportaba un aumento del 138% en las atenciones del último año. El jefe de Psiquiatría del Hospital Valdecilla de Santander, Jesús Artal, avisaba esta semana de que el número de ingresos en el centro por causas psiquiátricas está muy por encima de lo visto antes de la pandemia. "Desde los últimos meses de 2020, y especialmente el comienzo de 2021, esa ola ha llegado a la salud mental de niños y adolescentes", advertía. En Alicante, la demanda de citas en las unidades de Salud Mental Infantil se han duplicado en las últimas semanas.

placeholder Daryén (i), Jeniffer (c) y Tiana (d). (Alejandro Martínez Vélez)
Daryén (i), Jeniffer (c) y Tiana (d). (Alejandro Martínez Vélez)

Jeniffer le ha puesto normas a su hija respecto a la utilización de pantallas: a partir de las 20:30, se acabó, porque es el momento en el que su padre vuelve a casa. Un tiempo precioso que quiere que compartan todos. Hace tan solo unos meses, cazó más de una vez a su hija mirando el móvil aunque se lo hubiese guardado en un cajón, un acto de rebeldía sorprendente. "Nosotros vinimos aquí por cuestiones económicas y nos han ayudado mucho, Estefanía ha sido como un ángel", añade la madre con lágrimas en los ojos. "Mucha gente se ha quedado aislada, pero algunos nos hemos quedado aún más aislados".

¿Cómo aprender en pandemia?

Daryén lleva meses recibiendo dos clases a la semana con Cristian, pero es la primera vez que ve su cara sin una pantalla de por medio. "Me gusta, porque explica mejor que los profes del cole, si tengo alguna duda se lo puedo preguntar, tiene mucha paciencia conmigo", nos cuenta. En el colegio no hay tiempo ni recursos para ayudarla de la misma forma. El otro día, recuerda cuando pidió que le repitiesen algo que no había entendido en clase de matemáticas, el profesor le respondió que lo mirase en los apuntes.

"Muchas familias no tienen las mismas posibilidades, y la diferencia se nota"

El cambio de actitud se nota en la forma que tiene de abordar los deberes. "El primer trimestre llegaba tarde, iba muy lenta, no entendía las cosas, terminaba muy tarde…", explica su madre. Ahora aprovecha las pausas entre una clase y otra para adelantar trabajo, y aunque a su progenitora no le gusta mucho porque le gusta ver qué está haciendo, eso le permite tener más tiempo libre. Jeniffer ayuda a su hija con todo lo que puede, pero hay materias en las que no puede ayudarla "porque yo no conozco eso que están dando".

Como añade Rojas, "muchas familias no tienen las mismas posibilidades de ayudar a sus hijos, y ahí se nota mucho la diferencia". Los informes sobre el impacto del covid en educación señalan en esa dirección: la brecha educativa se ensanchará. "El principal problema es que este impacto va a ser heterogéneo, con un efecto limitado entre los alumnos de entornos favorecidos, pero elevado entre los alumnos rezagados y desfavorecidos", ya anticipaba un trabajo publicado por Jorge Sainz González e Ismael Sanz Labrador en abril del año pasado. "Los estudiantes de familias desfavorecidas podrían tener menos apoyo académico por parte de sus padres. Los recursos tecnológicos, las habilidades no cognitivas y los conocimientos de los padres son diferentes".

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Foto: Alejandro Martínez Vélez.

En el colegio de Daryén, el desdoblamiento de las clases ha provocado que en ocasiones el profesor de algunas asignaturas solo pueda pasar media hora con los alumnos, mientras que la otra media hora la pasa con otra clase mientras un sustituto vigila el aula. Las bajas son habituales. Un agujero organizativo que ha sido rellenado por gente como Cristian. "Creo que esto del ‘online’ ha venido para quedarse", valora. "Tiene ventajas, los chicos pueden estar relajados en casa porque ya están muy cansados". El propio Cristian afirma haber sufrido algo semejante a lo que lamentan sus alumnos. "Hubo un momento durante el confinamiento en que mi vida era comer, dormir y trabajar". No le importa dedicar gran parte de su tiempo libre a dar clases por Skype. "Yo, encantado".

Daryén recuerda que no es la única que empezó a sacar peores notas al volver a la rara nueva normalidad. "Mis compañeros estaban sorprendidos, ya que siempre habían sacado notas de ocho y de nueve, y ahora sacaban seis y siete, pero los profesores nos han dicho que ahora vamos mucho mejor", explica. Las perspectivas para el tercer trimestre son positivas, y Jeniffer presume de que su hija ha sido seleccionada para realizar el examen de Cambridge que se canceló el año pasado. Poco a poco, parece que todo vuelve a su orden natural.

Cuando esto termine, Daryén quiere viajar. ¿Dónde? "A Hawái"

¿Qué le gustaría hacer a Daryén cuando la situación mejore? "¡Viajar!", dice con una sonrisa que ni siquiera la mascarilla puede ocultar. ¿Dónde? "A Hawái". Hasta a su hermana pequeña, que ha pasado la mayor parte de la conversación obedientemente callada, le apetece contar sus deseos. “Yo quiero ir a China, Japón, París y Ecuador”. Jeniffer, por su parte, plantea horizontes más modestos. "A largo plazo no puedo pedir mucho, lo que quiero es disfrutar el día". Se para un instante. "Bueno, algo muy simple, llevarlas a la playa".

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