Movimiento espontáneo

Señoras que limpian los destrozos de madrugada y se encaran a los radicales

Medianoche del viernes en la calle Roger de Flor, muy cerca de Arco del Triunfo de Barcelona. Por cuarta noche consecutiva, jóvenes con la cara tapada

Foto: Un grupo de vecinas limpia los destrozos causados por los manifestantes. (Foto: Ángel Villarino)
Un grupo de vecinas limpia los destrozos causados por los manifestantes. (Foto: Ángel Villarino)

Medianoche del viernes en la calle Roger de Flor, muy cerca de Arco del Triunfo de Barcelona. Por cuarta noche consecutiva, jóvenes con la cara tapada y vestidos de negro vuelcan contenedores con una facilidad pasmosa y les prenden fuego. Se han dispersado después de horas de la batalla de Urquinaona, donde han estado a cara de perro de cerco con la policía y ocupan amplias zonas del centro. Algunos vecinos miran por la ventana pero poco más.

Solo Mari, de 54 años, baja y se encara con ellos. "No lo tires, ¿qué haces? ¿Es que no piensas, no ves que hay una gasolinera ahí al lado? Ya está bien", grita visiblemente alterada. "Señora, tómese la pastilla y a dormir". "Cálmese, señora", le contestan los antisistema que por la noche hacen suyo el centro de Barcelona. Chen, el dueño de un bar chino de la acera de enfrente se lleva a Mari del hombro.

Ya dentro del bar, le da un botellín de agua. Ella está esperando que Pepe, su marido, pueda cerrar el bar que tiene en el centro, pero él también está atrapado por los disturbios y tiene clientes dentro. "Me han dicho que me tranquilizara y que me fuera a dormir. ¿Dónde coño están los vecinos? ¿Nadie va a decir nada? Luego se quejarán de que no tienen interfonos porque se los han quemado. Están quemando contenedores y los vecinos haciendo fotos desde la ventana", protesta Mari. No hay respeto.

Algunos de los voluntarios de Barcelona que limpian las calles de su barrio cada noche. (Rafael Méndez)
Algunos de los voluntarios de Barcelona que limpian las calles de su barrio cada noche. (Rafael Méndez)

Entonces otra clienta se acerca y le da un medio abrazo. Mari se queja de que sus hijas, de 18 y tres años, están en casa solas y teme que el fuego alcance la vivienda si se descontrola, como estuvo a punto de pasar dos días antes. Entonces comienza uno de esos diálogos que resumen lo que está pasando en Cataluña y que, con pequeñas variantes, se han dado en muchos sitios. Mari habla en castellano y su interlocutora alterna el catalán y el español.

—Llevo toda la vida pagando impuestos aquí y mi familia me ha enseñado el respeto y aquí no lo hay.

—Tampoco hay respeto cuando condenan a una gente que ha hecho lo que les hemos pedido y les han metido 99 años. El respeto te lo metes por el culo y es normal que los jóvenes estén así porque están hasta los cojones.

—¿Y por eso tienen que venir cuatro descerebrados a quemarnos los contenedores?

¿Y tienen que venir siete descerebrados a meter a nuestros políticos en la cárcel? Ellos han empezado.

—Mira, estos descerebrados mañana no se levantan hasta la tarde. No van a ir a las seis a trabajar. Tienen menos de 25 años. Ninguno ha pasado hambre ni frío. Mis padres comían con pan aunque no pudieran pagárselo.

—Yo hace dos años venía con flores y sonrisas pero nos toman por idiotas, así que un poco de violencia no está mal. A ver si espabilan. Tengo un hijo que está por ahí.

Así quedan las calles después de las batallas campales que se están viviendo en Barcelona. (Ángel Villarino)
Así quedan las calles después de las batallas campales que se están viviendo en Barcelona. (Ángel Villarino)

La conversación se interrumpe porque las dos ven que no lleva a ningún lado y porque Chen cierra la persiana metálica. Han llegado los Mossos y cargan con balas de goma. En la misma puerta se escuchan los golpes. Nadie puede salir del bar en un buen rato porque Chen explica que no hay otra salida. Solo un pequeño agujero en la persiana permite ver el fuego en el exterior.

Mari es de los vecinos que han decidido plantar cara a los disturbios. No son muchos y no han tenido mucho éxito pero empiezan a verse más. En la calle Girona, más cerca aún de Urquinaona, cuando los radicales montaban una barricada con contenedores, dos hombres desde el primero sacaron cada uno una manguera para regarlos. "Señor, ahorre agua". "El río es vida", le espetó uno el lema de los antitrasvase.

Se trata de actos espontáneos. Los grupos que se fueron organizando en otoño de 2017 en respuesta a la escalada de tensión provocada por el 1-O no han registrado demasiada actividad en los últimos días, así como tampoco los escuadrones que salieron a quitar lazos amarillos de las calles. "Ha habido un bajón en la actividad, la gente está muy cansada de todo esto, aunque se prepara otra manifestación pronto probablemente no sea masiva", explica uno de los voluntarios que durante meses salió cada semana a arrancar lazos amarillos por toda Cataluña.

No son muchos los que se oponen pero cada vez se ven más gestos de estos de hartazgo. Está el vídeo de esa señora que reprendió a dos chicos que iban a volcar un contenedor y que volvieron a ponerlo en su lugar. Tras la batalla de Urquinaona, cerca de las tres de la mañana, y cuando la plaza estaba llena de adoquines que habían usado como proyectiles, tres vecinos armados con palas y carretilla empezaron a recoger la calle. "No estamos demasiado organizados. Simplemente buscamos limpiar la calle, queremos limpiar los destrozos, no tenemos nada más que decir".

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