CASI TRES MESES DE CELDA EN CELDA

Palizas, celdas de 300 presos, suciedad: un español en el infierno carcelario de Dubái

Jairo ha estado encerrado en Outjail, en calabozos de comisarías y en celdas de los tribunales. Ya fuera del país al que no prevé regresar, narra su experiencia a El Confidencial

Foto: Jairo Guaman Torres relata cómo es vivir en las prisiones de Dubái. (EC)
Jairo Guaman Torres relata cómo es vivir en las prisiones de Dubái. (EC)

Jairo Guaman Torres tiene ahora 22 años y la doble nacionalidad ecuatoriana y española. Vive en Escocia, donde trata de olvidar los días que pasó en Dubái. Llegó allí para trabajar como camarero con 19 años, procedente de Barcelona, donde aún hoy reside su familia. Hizo amigos y decidió quedarse. En enero de 2018, firmó un contrato que le permitiría pasar de tener una relación laboral temporal a otra fija, lo que le ayudaría a aumentar sus ingresos para acceder a la universidad, su principal reto. Antes, sin embargo, necesitaba regularizar su situación en el país, pues estaba allí con un visado de dos meses. Todo iba viento en popa, ya había superado todos los trámites y solo le faltaba que estamparan el sello en su pasaporte cuando una noche todos sus planes dieron un giro de 180 grados.

Tras pasar una noche con amigos, él y su novia cogieron un taxi de regreso a casa. Cuando iban por la autopista, comenzó un enfrentamiento entre el conductor y sus clientes que acabó con el coche parado y los tres en la carretera. La policía llegó y le puso los grilletes al joven español, al que los agentes trasladaron directamente a la comisaría del barrio de Al Barsha. "Era jueves y allí el fin de semana es viernes y sábado, con lo que me tuvieron allí hasta el domingo a las 15:00", recuerda Jairo. "Me pidieron que me quitara la ropa, pero como no podía porque estaba engrilletado, me rompieron la camisa y el cinturón para quitármela, luego me metieron en una habitación pequeña sin luz y me dejaron tirado en el suelo sangrando y sin poder ir al baño a pesar de que lo pedí insistentemente", añade.

Una de las caricaturas que dibujó Jairo durante su estancia en Outjail. (EC)
Una de las caricaturas que dibujó Jairo durante su estancia en Outjail. (EC)

"Al final me hice pis encima", relata el joven, que permaneció unas horas en esa habitación antes de ser trasladado a otra celda. Esta última, asegura, "tenía cuatro literas, con lo que cabían ocho personas". "Había seis como esta, tres a la derecha y otras tres a la izquierda; aunque también había presos que dormían en el pasillo que había entre las celdas, en el suelo", describe Jairo, que recuerda también lo sucio que estaba todo. "Solo lo limpiaban los domingos, y lo hacían los indios y los paquistaníes; les obligaban, porque allí hay mucho racismo; echaban agua, les daban escobas y a limpiar; yo me quedaba al margen porque había gente que sabía qué hacer", cuenta.

El mencionado domingo, la novia del encarcelado trajo su pasaporte y el joven salió de la prisión. Entonces fue a la embajada para que se interesara por su caso. "La policía le dijo a la embajada que el tema no era grave, que sería una multa y nada más", afirma ahora el chico. Sin embargo, la realidad fue bien distinta. A los seis meses, Jairo fue a la oficina del fiscal para que le tomaran declaración sobre el percance con el taxista. Testificaron él y su novia. Luego firmó su declaración, a pesar de que él no quería porque entendía que no reflejaba lo que había contado. "Me obligaron a hacerlo; si no lo hacía, me decían que no podría irme", afirma Jairo, que días después tuvo que ir a juicio.

Jairo, en Dubái. (EC)
Jairo, en Dubái. (EC)

"Ese día jugaban un partido Dubái y Qatar; yo me presenté ante el tribunal, pero el juez decidió que tenía que irse pronto para ver el partido y que, por lo tanto, no podía concluir el procedimiento y yo tenía que ingresar en prisión hasta que me citara de nuevo", relata aún con resignación. "Me cortaron el pelo y me metieron en Outjail", cuenta en referencia a una cárcel en la que cumplen condena delincuentes por ilícitos menores o aquellos que están a punto de salir. Tras pasar dos noches entre rejas, trasladaron a Jairo al Criminal Investigation Department, una suerte de policía secreta de los Emiratos Árabes Unidos. "Allí pasé toda una noche sentado en una silla en un calabozo", recuerda el joven, que asegura que salió de ese sitio porque una amiga suya tenía un novio árabe que conocía a un policía de allí. "Habló con él y me sacó", explica.

El pasado enero, el juzgado por fin dictó sentencia por el enfrentamiento de Jairo con el taxista: un mes de prisión y 4.000 euros de multa. Además, el tribunal le impuso una segunda sentencia que el joven no esperaba. Otros 69 días de cárcel y la deportación del país por morder la mano a un policía durante su primer internamiento en la comisaría de Al Barsha. Esto último, sin embargo, fue una trampa, según el propio hispano-ecuatoriano. "Se lo inventaron", asegura. "Yo les dije que les denunciaría y ellos me dijeron que cinco policías testificarían en mi contra acusándome de haberles agredido", añade el joven, que sin embargo no ingresó en prisión hasta el 8 de julio.

Cheque que entregaron a Jairo tras la reducción de su multa. (EC)
Cheque que entregaron a Jairo tras la reducción de su multa. (EC)

"Me entregué yo para que comenzara de una vez todo el proceso y finalmente me deportaran", relata. "Mi abogada me decía que podía conseguirme la libertad, pero yo tenía ganas de acabar con todo y pedí entrar porque no aguantaba más", agrega Jairo, que admite que dentro de lo que pudo haber sido tuvo suerte durante su estancia entre las paredes de Outjail, que era la prisión que le tocaba, donde había estado ya dos días meses antes. "Me metieron en la celda de los europeos, tuve mucha fortuna", valora hoy, desde su residencia en Escocia.

"Había celdas de pakistaníes, de negros, de indios... En la mayoría de ellas, los residentes dormían en el suelo", revela Jairo, que cuenta que había un gran número de reclusos enfermos. "Vi reclusos con tuberculosis y con sida", concreta el joven, que admite haber pasado la mayor parte del tiempo dentro de la celda. Apenas permitían que los presos salieran al patio unos minutos, pero muchos ni siquiera aprovechaban ese momento para ver la luz del sol debido a que, según Jairo, hay un calor extremo. Dentro, sin embargo, la cosa no era mucho mejor. "El aire acondicionado estaba muy fuerte y por la noche teníamos frío; yo me resfrié", añade el condenado, que cuenta que cada celda albergaba a casi un centenar de reos.

"En la parte alta de la pared había una ventana que iba de esquina a esquina de la habitación; los colchones eran muy finos y con una tela militar; había robos todos los días, porque dentro no había ninguna seguridad", recuerda el ciudadano hoy libre. "En cada celda, mandaba un preso que había sido elegido por los guardias, le llamaban el 'formant' y se dedicaba a contar a los reclusos tres veces al día, a evitar conflictos y a gestionar las mantas", describe. De estas últimas, afirma, "traía muchas, pero la mayoría se las guardaba él para trapichear con ellas y dárselas a quien decidía". "Como no había almohadas, lo que hacían los presos era hacerse almohadas con las mantas; pero eso era solo para los privilegiados", apunta.

Pobres y millonarios

Jairo tiene claro que en esa prisión las autoridades encerraban a los pobres de Dubái. "Casi todos venían de la zona más desfavorecida, Deira", asegura el chico, quien sin embargo también se encontró puntualmente a algunos "multimillonarios". Estos últimos eran encarcelados generalmente por deudas que alguien les reclamaba, aventura el hispano-ecuatoriano. Otros que no eran ni tan ricos ni tan pobres, prosigue, estaban "por no pagar el alquiler", como un gallego que conoció Jairo, o cosas por el estilo. "Conocí a gente muy interesante, no todos eran malos ni mucho menos", relata el chico, que tenía fijado su día de salida de prisión y deportación el 30 de agosto. Sin embargo, según el condenado, allí no suele cumplirse precisamente con rigor el plazo de liberación.

Cuando alguien acaba su condena, explica, todavía tiene que hacer un montón de gestiones antes de que le permitan abandonar la prisión. Le tienen que hacer un escáner de ojos, tomarle las huellas dactilares, revisar que no tenga ningún otro caso pendiente... Todos estos trámites, según Jairo, no se hacen de forma inmediata ni mucho menos. Había una lista de espera de 300 personas que habían cumplido su condena y que esperaban a realizar todas estas gestiones antes de irse a casa. El hispano-ecuatoriano, en este punto, también tuvo suerte. "Me ayudó un policía del que me hice amigo", asegura.

Jairo trabajó como camarero cerca del Burj Khalifa, el edificio más alto de Dubái. (Reuters)
Jairo trabajó como camarero cerca del Burj Khalifa, el edificio más alto de Dubái. (Reuters)

El funcionario en cuestión estaba encerrado con Jairo. Había sido condenado por beber alcohol y por ser cazado con una mujer, relata el joven, que afirma también que el policía había trabajado, antes de ser detenido, durante 14 años en Central Jail, donde las autoridades encierran a los presos más peligrosos, los que son acusados de delitos más graves. "Esa cárcel, según me contaron, alberga a seis personas por celda, con dos literas de tres camas cada una", explica. "Yo sospeché durante un tiempo que él podía ser un policía infiltrado que estaba allí para captar información, pero nunca lo sabré", revela Jairo, que admite que había gente que llevaba meses esperando y que se peleaba por hacer los trámites antes que los demás.

El joven salió de prisión el pasado 6 de septiembre. "Me llevaron directamente al aeropuerto, a la puerta de embarque, para deportarme a España; me dieron un cheque por 3.700 dirham [unos 800 euros], que era la parte que el juez me había reducido de la multa que yo ya había pagado, pero no podía cobrarlo", confiesa el chico. "Solo podía cambiarlo por el dinero en un banco de allí, en el aeropuerto no había ninguna sucursal y no me dejaban salir; al final, los policías me ayudaron a cobrarlo porque se daban cuenta de que no era justo y pude irme a Barcelona", finaliza Jairo, que prevé vivir en el Reino Unido, donde ahora busca trabajo, durante los próximos años.

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