FINALES DEL S. XIX Y PRIMERA MITAD DEL XX

Cuando eran los españoles los que emigraban a Marruecos

Argelia y Marruecos, especialmente su zona colonial francesa, fueron un ‘El Dorado’ para muchos españoles que huyeron primero de la miseria y luego de la violencia de la Guerra Civil

Foto: Carné de comerciante de cereales de Francisco Cañizares, español residente en el Protectorado francés de Marruecos. (Archivo familiar)
Carné de comerciante de cereales de Francisco Cañizares, español residente en el Protectorado francés de Marruecos. (Archivo familiar)

“Asomada a la ventana, mi madre contaba las bombas que lanzaban los aviones americanos sobre el acorazado francés Jean Bart. Aterrorizada, mientras tiraba de su falda y le suplicaba que nos fuéramos al refugio, las bombas me parecían pequeñas botellas de Coca-Cola que caían del cielo”, cuenta con viveza Asunción Ferris, que entonces tenía diez años y describe a su madre como testaruda. Contó 21 bombas que intentaron destruir una de las joyas de la Armada de la Francia de Vichy, colaboracionista de los nazis. Las explosiones dejaron el barco de guerra inutilizado.

Corría noviembre de 1942 en Casablanca. Los padres de Ferris habían emigrado al Marruecos del Protectorado francés en 1929. Huyeron de la miseria que se vivía en el interior de Alicante para procurarse una vida más próspera. Lo lograron. No fueron una excepción.

Entre el último cuarto del siglo XIX y pasada la mitad del XX, España sufrió continuadas hambrunas y sequías, inestabilidad sociopolítica y finalmente la Guerra Civil, lo que causó el empobrecimiento de la mayoría de sus regiones. Tanto la penuria económica como el obligado exilio de muchos republicanos motivaron que cientos de miles de españoles emigraran a países como Argentina, Brasil, Cuba o Francia.

Pero un hecho menos sabido es que también hubo mucha gente que buscó fortuna en el Magreb. En 1900, ya había 160.000 españoles censados en Argelia y continuaron siendo una colonia numerosa hasta que Francia se marchó en 1962. En el caso de Marruecos, en 1956, año de su independencia, había no menos de 150.000 que residían entre las zonas de los protectorados español (80.000) y francés (50.000) y en la ciudad internacional de Tánger (20.000). Académicos como Juan Bautista Vilar, José Fermín Bonmatí o Bernabé López han arrojado luz sobre esas cifras demográficas en escritos científicos.

Los franceses, para ganarse a la población local, construyeron un barrio de arquitectura típica árabe en Casablanca, el Habous. (MGR)
Los franceses, para ganarse a la población local, construyeron un barrio de arquitectura típica árabe en Casablanca, el Habous. (MGR)

Así, si poco después de su independencia, Marruecos tenía una población de 11,6 millones de habitantes, el 1,3 por ciento era de origen español. Hoy, en nuestro país hay censados oficialmente casi 750.000 marroquíes, lo que equivale a un 1,5 por ciento de sus ciudadanos. Una diferencia exigua. Las crisis históricas de ambos países han propiciado que los barcos que cruzan el Estrecho de Gibraltar sean testigos de flujos migratorios de ida y vuelta. En ocasiones, la desmemoria o el desconocimiento de la historia provocan prejuicios sonrojantes.

El hambre hacía maletas

El auge de la economía de Marruecos tras el inicio del Protectorado en 1912, principalmente en la franja atlántica bajo mando francés, y las aspiraciones africanistas de los militares atrajeron a miles de andaluces, castellanos, levantinos y canarios que dejaron atrás un medio rural paupérrimo y unos malos usos políticos ajenos al progreso. Resultan reveladores sus testimonios.

El abuelo de Santiago Cañizares, marido de Asunción Ferris, huyó de Málaga por la miseria y llegó con su familia a Mazagán -hoy Al Yedida- en 1914. En esa ciudad atlántica nació su nieto en 1923. Este se formó allí en la escuela francesa hasta el bachillerato. Entretanto, ayudaba a su padre, comerciante de cereales, a negociar con los agricultores marroquíes y jugaba al voleibol y al baloncesto en los equipos locales. Dominaba desde su infancia el francés, el español y el dialecto árabe de la zona.

Tras hacer el servicio militar en los Regulares de Sevilla, Cañizares se casa por primera vez con una siciliana y viaja a Tetuán, donde estudia a partir de 1945 en el Centro de Estudios Marroquíes, una institución concebida por la administración del Protectorado español para crear un cuerpo de truchimanes o intérpretes y expertos en cultura árabe con el fin de que luego formaran a otros funcionarios de la colonia. Se licencia y comienza a trabajar en labores de inteligencia para el Ejército, siempre en alerta por el continuo estado de rebeldía de los rifeños. Hablaba con informantes, interceptaba comunicaciones de radio y traducía textos.

Santiago Cañizares (derecha) juega al voleibol en Mazagán-Al Yedida. (Archivo familiar)
Santiago Cañizares (derecha) juega al voleibol en Mazagán-Al Yedida. (Archivo familiar)

La presión de la siciliana, mejor acostumbrada a la cultura francesa que a la española, le obliga a regresar a Mazagán y luego a Casablanca. Se divorcia y se casa entonces con Asunción Ferris. La pareja vivió una de las urbes más dinámicas del mundo en los años cuarenta y cincuenta, el orgullo del colonialismo francés. Casablanca se transformó en la París de África, donde urbanistas y arquitectos de todo el mundo experimentaron con gran libertad, donde Edith Piaf lucía su voz y donde los jóvenes iban a bailar a modernas discotecas que rivalizaban en glamur con las de la metrópoli.

En 1966, un decenio después de la independencia, Ferris y Cañizares dejaban su tierra natal y emigraban a Madrid para él hacerse cargo de la primera sede de Crédit Lyonnais en España. La 'marroquinización' de la economía dejó poca margen a los extranjeros y la mayoría se marchó, muchos prefirieron recalar en Francia -les proporcionaba la nacionalidad-, otros en España. Las restricciones de Rabat para sacar divisas obligaron a la pareja a cruzar varias veces el Estrecho escondiendo el dinero en el interior de los faros del coche. Los restos de sus padres descansan en cementerios de Marruecos. De alguna forma, se llevaron su patria en la suela de los zapatos cuando emigraron a España. Asunción Ferris relata que muchas veces se ha sentido sin país porque su patria, su Casablanca, una de las urbes más cosmopolitas del mundo a mediados del siglo XX, ya no existe.

Cuando llegó la independencia, no nos planteamos volver a España. Siempre he vivido muy integrada en Marruecos, nunca he sentido hostilidad

Una minoría de los que habían echado raíces en la zona francesa se quedó. “Cuanto más vieja me hago, más me gusta lo español: escuchar Radio Nacional, copla, flamenco… Pero también me siento marroquí y amo la cultura francesa”, así habla Margarita Ortiz desde su casa de Casablanca.

Sus abuelos llegaron a esa ciudad en 1906 desde la depauperada provincia de Cádiz. Y sus cuatro nietos ya son parte de la cuarta generación nacida en Casablanca.

“Cuando llegó la independencia, no nos planteamos volver a España. Siempre he vivido muy integrada en Marruecos, nunca he sentido hostilidad ni xenofobia”, cuenta Ortiz, que no ha perdido el acento gaditano de su familia. En 2003 publicó un libro de sus ricas vivencias, ‘Espagnols de Casablanca’, cuya versión en español apareció en 2014. Viva voz, quien se ha desempeñado como profesora gran parte de su vida, cuenta que cuando era joven en los mercados de la medina se hablaba español al igual que francés o árabe.

Mercado y edificio de arquitectura colonial en Casablanca. (MGR)
Mercado y edificio de arquitectura colonial en Casablanca. (MGR)

Valenciano: lengua franca de Casablanca

La pericia de los levantinos en el cultivo de cítricos fue apreciada por los colonialistas franceses. Así, muchas fincas del Oranesado argelino y de la costa atlántica marroquí tuvieron como capataces a valencianos, alicantinos y murcianos. Varios descendientes de aquellos primeros españoles que también vivieron aquel Magreb aseguran que la lengua franca del importante puerto de Casablanca era el valenciano. Asimismo las lenguas de las timbas de tute en los cafés aledaños, donde jugaban gentes de diversas nacionalidades, eran principalmente el castellano y el valenciano.

Las lenguas de las timbas de tute en los cafés de Casablanca, donde jugaban gentes de diversas nacionalidades, eran el castellano y el valenciano

Precisamente, desde la localidad alicantina de Pinoso llegó Vicente Ferriz en 1949 a Casablanca. Familiares suyos habían viajado en los años veinte a dirigir esas fincas de cítricos. “La España de la posguerra era un país de miseria, de cartillas de racionamiento y de estraperlo de mendrugos de pan”, cuenta con ojos vivos de inteligencia. Además, su familia no era “adicta” al régimen de Franco y su padre no quería que hiciera el servicio militar. “No quiero que sirvas a Franco”, le dijo y removió cielo y tierra hasta que consiguió los documentos que le permitían entrar en el Protectorado francés.

Al principio, este alicantino trabajó arreglando aparatos de radio, pero pronto ingresó en la firma de ferretería Georges Monnier, donde fue ascendiendo hasta llegar a ser director general. Habla Ferriz de los empleados que tenía la empresa en Casablanca, en lo que es una magnífica fotografía de esa ciudad: “Los mandos eran franceses, salvo yo, un tercio de los operarios eran marroquíes judíos, otro tercio eran marroquíes musulmanes, y el resto eran europeos, principalmente españoles e italianos”.

Se casó en 1953 con Milagros Vidal, quien había llegado desde Cuenca en 1931, apenas unos meses después de nacer. Las razones del exilio voluntario de su familia no fueron económicas, sino políticas. Su padre quiso emprender comprando trilladoras para el campo, pero, en un clima de violencia generalizada unas semanas antes de proclamarse la II República, grupos de anarquistas y sindicalistas le quemaron unas cuantas máquinas. Veían en el modernización de la agricultura una amenaza para los campesinos.

Tras una vida feliz en Marruecos, Milagros y Vicente, acompañados de sus dos primeras hijas nacidas en Casablanca, volvieron a España en 1963. “Volvimos porque tras la muerte del rey Mohamed V en 1959, vimos que ya no había futuro para los europeos en Marruecos. Aunque la independencia allí se produjo sin apenas violencia, la 'marroquinización' galopante del Estado y el espejo de la brutal guerra en Argelia nos metió el miedo en el cuerpo y nos marchamos”, narra Vicente Ferriz. Añade que a eso se unió que la situación económica en España estaba mejorando.

El hotel Excesior de Casablanca, de estilo colonial neoárabe, se construyó entre 1914 y 1916. (MGR)
El hotel Excesior de Casablanca, de estilo colonial neoárabe, se construyó entre 1914 y 1916. (MGR)

Exiliados de la Guerra Civil

Margarita Ortiz y Vicente Ferriz coinciden en un cosa. Ambos argumentan que los muchos miles de residentes españoles en el Marruecos del Protectorado francés se dividían en dos: los que tenían relación con la embajada y los consulados españoles y los que no. Ese último grupo lo formaban los republicanos que habían luchado contra el bando nacional. Se negaban a tener relación alguna con las autoridades del régimen franquista.

Cuatro tíos de Margarita Ortiz fueron desde Marruecos para luchar en el bando republicano.

Durante y después de la Guerra Civil, muchos exiliados se refugiaron directamente a las colonias magrebíes de Francia. Otros, entorno a medio millón, cruzaron los Pirineos para huir de la violencia y la represión y recalaron en campos de refugiados del sur de Francia. A las puertas de la II Guerra Mundial, el gobierno de París optó por darles salida. Algunos miles se enrolaron en el ejército regular francés para luchar contra los nazis y otros se incorporaron a la Legión Extranjera de la 'République' para combatir en África. Pero unos cuantos miles consiguieron un estatus de refugiado para trabajar en las colonias africanas, sobre todo en Argelia y Marruecos.

Los franceses no nos trataron nada bien a los republicanos, nos tenían en campos de concentración confinados entre alambradas

De ese modo, cientos de republicanos españoles llegaron con o sin familia a la costa atlántica marroquí y se instalaron en los barrios más humildes de Rabat y Casablanca, donde tenían como vecinos a marroquíes e italianos del sur. Testigos directos describen a este diario que muchos republicanos llegaron mutilados.

“Cuando llegué a Rabat junto a mi marido en 1939, organizaba festivales para ayudar a los soldados republicanos heridos”, contó Paquita Gorroño a este diario, que conversó con ella en su céntrica casa de Rabat un par de veces antes de morir en agosto pasado.

Conocida como la ‘Pasionaria de Rabat’, Gorroño había atravesado los Pirineos durante la Guerra Civil y había llegado al campo de concentración de Boulou, cerca de Perpiñán. “Los franceses no nos trataron nada bien a los republicanos, nos tenían en campos de concentración confinados entre alambradas de espino y en condiciones infrahumanas. Yo pude vivir un poco mejor porque sabía francés y me convertí en una privilegiada al trabajar de intérprete”, narró esta mujer de una personalidad y un coraje arrolladores.

Paquita Gorroño en su casa de Rabat. (MGR)
Paquita Gorroño en su casa de Rabat. (MGR)

El francés de esta madrileña educada en París también la ayudó al desembarcar en Rabat. Ingresó en 1944 en el Colegio Imperial como secretaria. Detalla cómo un día se encontró a una niña pequeña en su trabajo, la besó y le hizo unas monerías. Resultó ser la hija del futuro rey Mohamed V, entonces sultán Mohamed ben Yusef. Mohamed V la vio y se ganó su simpatía, lo que le abrió las puertas de Palacio convirtiéndose en la secretaria personal de Mulay Hassan, el futuro rey Hassan II.

Paquita Gorroño nunca regresó a España, salvo de visita. Falleció en su casa de Rabat a los 104 años.

Esta historia no hace justicia a la riqueza de las venturas y desventuras de Paquita, Margarita, Asunción, Santiago, Milagros y Vicente porque solo esboza unas pinceladas de sus extraordinarias vivencias. Pero sí sirve para poner negro sobre blanco una certeza que los une: en tiempos convulsos para España, el norte de África fue una tierra de acogida y prosperidad para ellos y sus familias. La ‘operación Estrecho’, en una época no muy lejana, era a la inversa.

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