UN LIBRO ANALIZA SU ESTILO AL MANDO

El liderazgo de los presidentes: de Rajoy, el gran defensa, a Suárez, pura táctica

Siendo exigentes, ninguno de los inquilinos de Moncloa merece el nombre de líder, según José Luis Álvarez, que analiza en un libro sus diferentes estilos

Foto: Rodríguez Zapatero, Aznar, González y Rajoy, junto a su esposa, en el funeral de Suárez. (Efe)
Rodríguez Zapatero, Aznar, González y Rajoy, junto a su esposa, en el funeral de Suárez. (Efe)

Ni Suárez ni Zapatero, muy similares en algunos sentidos. Ni Aznar y sus sueños de grandeza, ni Rajoy y su tancredismo. Ni el efímero Calvo-Sotelo. Ni tan siquiera González. "Ninguno de los presidentes españoles merece el nombre de líder en su concepción más exigente". La frase pertenece a Los presidentes españoles. Personalidad y oportunidad, las claves del liderazgo político (LID Editorial), que José Luis Álvarez, profesor de INSEAD en su campus de Fontainebleau (Francia) presenta el próximo martes en Madrid. "Ninguno lo fue en la totalidad de su tiempo en el poder", matiza en conversación con El Confidencial este sociólogo formado en Harvard que analiza en este libro los muy diferentes estilos de los seis hombres que han estado al frente de la democracia española y para quien, a pesar de que pueda haber personas competentes en la actual política patria y algunos versos sueltos curiosos o interesantes -entre los nombres se cuelan Ruiz-Gallardón y Chacón- ya hay pocas probabilidades de que veamos un líder excepcional. No lo son quienes mañana domingo se juegan Europa desde el PP y desde el PSOE: Arias Cañete ("Rajoy, como sabe de poder, se fía poco de la gente. Sólo confía en personas como él, que han superado grandes oposiciones. Cañete es un abogado del Estado divertido... que ha resultado demasiado divertido") y Valenciano ("Un ejemplo de los profesionales del 'aparato' en quienes Rubalcaba ha tenido que acabar apoyándose, gente del partido, como lo fue Zapatero... pero peores que él" [como líderes, se entiende]). Álvarez resume así las claves del liderazgo de los seis inquilinos de La Moncloa:

Mariano Rajoy (2011-actualidad): El más conservador de los presidentes. "Rajoy es el que más sabe de la esencia del poder. Sabe que la presidencia es un lugar de muchísima fricción, que el poder desgasta cuando se quiere hacer algo, y él no quiere hacer nada. Para Rajoy el statu-quo está bien y, aunque no lo esté (porque también es un pesimista), no se puede cambiar a mejor. Se trata de un gran resistente -y lo demostró ante las dos elecciones perdidas y las críticas desde su propio partido-, y psicológicamente es muy duro. Un líder que juega muy bien a defensa, y no al ataque. La televisión de plasma muestra lo poco que confía en la comunicación: es consciente de que cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra, y como buen jurista, no quiere correr riesgos. Por otro lado, ¿para qué poner la cara? En una crisis, el que está arriba siempre va a ser el chivo expiatorio, ¿por qué exponerse? Tras Zapatero, puede ser visto como el gran político profesional, en su caso, como administrador. Su liderazgo es transaccional [el que se enfrenta a retos corrientes, no el gran transformador], pero es un gran estratega y sabe perfectamente cómo no perder poder. Lo más interesante será ver qué hace en Cataluña, donde puede que su estilo no funcione, y qué será del PP cuando se marche: si su falta de ideología -él es un administrador con sentido común- descapitaliza o no al partido".

José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011): El político por excelencia. "Un líder orientado al poder: quiere llegar arriba, no conseguir grandes cosas ni compartir ese poder con el partido. Por eso una de las cosas que se han dicho de él -y lo ha dicho gente muy diferente- es que acumulaba más poder en el PSOE que González. Es un excelente candidato en unas elecciones, porque, como dijo Sarkozy, sintonizaba con la opinión pública, y, como dijo el embajador estadounidense (se supo con los cables de Wikileaks), es un excelente táctico. Se conoce todos los trucos de la vida política partidista. Es el político profesional: todos los presidentes anteriores, salvo Calvo-Sotelo, fueron grandes emprendedores, pero tanto él como Rajoy heredan sus partidos y toda su carrera se ha basado en ascender dentro de ellos. Son gente del aparato. Zapatero llegó con escaso capital político a Moncloa, porque llegó muy joven, cuando aún no le tocaba, sin que la gente lo conociese mucho y sin la experiencia y la reputación del líder de la oposición. En la primera legislatura, no se enfrentó a Rajoy sino a Aznar, al recuerdo de un presidente que en su última etapa en el poder se volvió imperioso y malhumorado, que hacía lo que consideraba bueno aun en contra de la ciudadanía. Él, sin embargo, era el presidente de la opinión pública, que de repente se encuentra con que tiene que administrar un poder para el que no estaba preparado -y quede dicho que todos los presidentes son listísimos- porque no tenía el recorrido necesario. No tiene un gran proyecto para el país; no es un presidente intelectual en absoluto. Es también el que hace una política más a la americana: sabe que el partidismo cada vez funciona menos, y en su caso no era tanto el PSOE quien se presentaba a unas elecciones, sino la 'ceja'".  

José María Aznar (1996-2004): El líder que no pudo ser. "El más interesante desde el punto de vista psicológico. Quiere hacer grandes cosas, como hicieron los castellanos viejos, que crearon un imperio. Es, como ellos, muy disciplinado, un gran ejecutor. Sus modelos son Churchill (un líder de guerra), Thatcher (que se enfrentó a una gran crisis) y Juan Pablo II (que contribuyó a la caída de la URSS); líderes inalcanzables no porque él no esté a la altura, sino porque en sus tiempos no tuvo esos retos, por eso es quizá el presidente más trágico de todos. Hay cierta frustración. En la primera legislatura no tenía mayoría absoluta; en la segunda, se buscó su propio reto: la alianza trasatlántica con EEUU. Era un reto buscado en contra de la opinión pública para responder a sus ansias personales de trascendencia. Y le salió mal. Es el líder más vocacional, el que más cree en el liderazgo. Con la mayoría absoluta de su segunda etapa, le falló la falta de contención, la rigidez, y, como dijo Duran i Lleida, se volvió loco políticamente. El poder revela y, en él, reveló sus ansias de estar al margen de la ciudadanía. Eso, que en una situación dramática se llama liderazgo, no funciona en una que no lo es. A él le falló la situación".

Felipe González (1982-1996): El gran transformador institucional. "En términos de capacidades políticas -presencia, carisma, flexibilidad-, es excepcional. Tiene un capital personal tremendo, y es un político institucional, transformador, el hombre que acaba la Transición con la incorporación del Ejército a la democracia, el que lleva España a Europa -un proyecto no de partido, sino de país- y que instaura cierto Estado del bienestar. Por supuesto que hace política de partido, pero, sobre al principio, de Estado. La cuestión con González es que todo lo hace bien, la táctica, el atraer al PSOE talento, la comunicación: es capaz de conectar con el público en un mitin y acto seguido tener una conversación sofisticadísima sobre la UE. Tiene muchísima fuerza. Todos se miden contra él, y todos pierden. Sin embargo, es pesimista, o muy realista: sabe que hechos estos grandes cambios, la vida política es más aburrida, más miserable, y a él le cuesta bajar a la arena a ensuciarse en las pequeñas batallas. Se las soluciona Guerra, hasta que le falla. González se sabe tan por encima de todo eso que se da cuenta de que su presidencia ya sólo es a la baja, y eso es muy difícil de llevar: uno se encierra en sí mismo, se muestra malhumorado... Al final deja el partido en una situación que yo diría que aún está pagando: el problema hoy no es la sucesión de Rubalcaba, sino, aún, la de Felipe González".

Leopoldo Calvo-Sotelo (1981-1982): Un intelectual en la política. "Sería injusto evaluar a Calvo-Sotelo como al resto. Para empezar, no ganó unas elecciones, que es la condición sine qua non del liderazgo presidencial, y llegó allí por ser el hombre que menos molestaba a las muchas facciones del centro. Dicho con cariño, es un intelectual en la política, y eso es malo, porque la política no trata de eso, sino de transmitir ideas movilizadoras con sencillez. Es introvertido, reservado, complejo, en absoluto populista, poco capaz de condensar en una comunicación fácil una idea compleja, algo que tan bien hacía González. Desde el principio todo el mundo sabía, incluido él, que era un presidente de transición, que su misión era pasar el testigo".

Adolfo Suárez (1976-1981). Pura táctica. "Suárez se parecía a la gente, a la demografía del país, y quería lo que ellos: vivir mejor y sin problemas. Pero no es el líder del cambio, es el agente del cambio. Mientras lo apoyó el Rey, estuvo en el poder, cuando lo dejó caer... cayó. Su capital personal, en una época tan turbulenta como esa, no fue suficiente. Era muy creativo, como demostró en la legalización del PCE; tenía un gran descaro táctico y ninguna restricción ideológica o partidista, pero no un proyecto de país. En una pirueta impensable, siendo ministro del movimiento, cambió de bando, de ahí los rechazos que suscitaba. Aquello sólo podía acabar mal para él. Suárez es personalismo al servicio del Estado: la política era su manera de ser alguien en el mundo. Su encanto personal, su listeza, le sirven para lograr la movilidad social, como en una novela del XIX. Es populista y personalista (acumula todo el poder), como Zapatero, y, junto a él, el mejor táctico. Ambos ven el poder al servicio de su proyecto personal, que en su caso es la movilidad social. ¿Cómo puede entenderse la recuperación que ahora se ha hecho de su figura? Creo que es una vacuna: frente al antipartidismo, frente al rechazo que hoy suscita la clase política, esta decide rendirle homenaje para de alguna manera 'esconderse' tras su faldas. Es una forma de decir 'pertenecemos a lo mismo', cuando lo cierto es que Suárez no se parece a ninguno de los que le siguieron".

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