No solo las pensiones están en juego

El envejecimiento transformará la economía: frenará la productividad y los salarios

El aumento de la edad media tendrá un impacto trasversal sobre la economía. El Banco de España anticipa una disminución de la inversión y de la población activa, lo que implicará menor crecimiento

Foto: Reivindicación de unas pensiones públicas dignas (Efe).
Reivindicación de unas pensiones públicas dignas (Efe).

El envejecimiento no solo es un reto para la sostenibilidad de la Seguridad Social, también va a transformar toda la economía española en las próximas décadas. A medida que las generaciones de jubilados se vayan convirtiendo en las más numerosas del país, la economía empezará a sufrir cambios profundos que modificarán los principales indicadores económicos del país.

El Banco de España ha realizado un análisis detallado del impacto del envejecimiento sobre la economía y su conclusión es clara: tendrá un impacto trasversal que irá desde un debilitamiento de la productividad hasta un frenazo de las rentas salariales. De ahí que la gestión económica del envejecimiento vaya a ser clave para el futuro del país. Las pensiones no son lo único que está en juego. De hecho, el futuro de la Seguridad Social también depende de la capacidad de los poderes públicos para gestionar una transición hacia el envejecimiento que fomente el crecimiento.

“Un resultado probable [del envejecimiento] es que el crecimiento potencial de los países se ralentice, por el menor crecimiento de la población en edad de trabajar y por los posibles efectos adversos de los cambios demográficos en el crecimiento de la productividad, a pesar de la nueva ola de avances tecnológicos basados en la robótica y en la inteligencia artificial”, señala el Banco de España en su Informe Anual. De ahí que el reto del envejecimiento trascienda ampliamente las preocupaciones del sistema de pensiones.

El envejecimiento provocará una ralentización del crecimiento potencial por la reducción de la tasa de actividad y la caída de los niveles de inversión

Para empezar, el envejecimiento provocará una reducción de la productividad. Las tasas de inversión son superiores entre los jóvenes que entre los mayores, que prefieren destinar su renta y su patrimonio al consumo o al ahorro. Los jóvenes, por el contrario, tienen toda su vida para generar rentas, de modo que son más proclives a la inversión, y este sentimiento es trasversal, va desde la vivienda hasta el emprendimiento.

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“La innovación y la iniciativa empresarial son menores en poblaciones más envejecidas, lo que tiende a reducir el crecimiento de la productividad”, señala la entidad. La caída de la inversión conlleva menor productividad, lo que significa que una parte del esfuerzo para contrarrestar los efectos del envejecimiento se deben centrar en fomentar que las empresas y los hogares inviertan.

Además, las tasas de participación en el mercado laboral son decrecientes a partir de los 40 años y se hunden desde los 60 años. Esto significa que una sociedad envejecida tendrá, además, menos población activa. Para combatir este fenómeno, el Banco de España pide elevar la edad efectiva de jubilación, ya que los niveles de actividad a partir de los 60 años son muy reducidos e indican salidas tempranas del mercado laboral hacia la jubilación. La entidad apunta que en otros países se ha contrarrestado la pérdida de productividad alargando la vida laboral de los trabajadores.

El envejecimiento también reducirá el multiplicador fiscal, esto es, los estímulos presupuestarios tendrán menor incidencia sobre la demanda

Los salarios también se verán ralentizados por el envejecimiento. La tolerancia a la inflación se reduce con la edad, de modo que las sociedades envejecidas tienden a frenar la subida de precios y de salarios. Los salarios crecen rápidamente entre los jóvenes, pero se van estabilizando para los empleados ‘seniors’, de modo que a medida que el grueso de trabajadores vaya siendo superior a 50 años es de esperar una ralentización de la masa salarial. Si a la menor inflación se une una productividad estancada, el resultado será que los salarios vivirán décadas de agonía.

El impacto del envejecimiento es tan amplio que afectará incluso al impacto de las políticas públicas sobre el crecimiento. Los estímulos fiscales (políticas de demanda) tienen menor incidencia sobre la actividad económica en sociedades envejecidas, de modo que los poderes públicos pierden su capacidad para influir en la evolución de la economía. Es lógico que así sea, ya que las generaciones jóvenes tienen mayor propensión a consumir e invertir, de modo que cualquier estímulo encaminado a elevar su renta disponible tendrá mayor incidencia para reanimar la demanda interna.

Según las estimaciones del Banco de España, el valor del multiplicador fiscal se habría reducido un 35% entre 1958 y 2015 (del 1,2 al 0,78) y se reducirá un 21% adicional hasta 2050 (hasta el 0,62). “Los multiplicadores fiscales asociados a programas de consumo y de inversión pueden reducirse en el futuro”, señala la entidad.

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Las cuentas públicas también sufrirán una clara desviación de fondos para nutrir las partidas de pensiones, sanidad y dependencia. “A mediados de este siglo, el gasto sanitario podría aumentar hasta el 6,4% y, en servicios de larga duración, hasta el 2,2% del PIB”, explica la entidad. Esto retirará fondos de otras partidas que incentivan el crecimiento potencial, principalmente la educación y la inversión.

Todos estos factores actuarán de forma conjunta y suponen el gran desafío del envejecimiento poblacional. El verdadero garante de las pensiones es el crecimiento económico y la productividad, sin ellos, cualquier medida encaminada a garantizar las pensiones tendrá un recorrido muy limitado.

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