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Álvarez y la 'revolución de los sesentones': el último grito del sindicalismo

La renovación generacional en UGT tendrá que esperar. Los tres líderes que mandarán enel sindicato en los próximos años tienen más de 60 años

Foto: Josep Maria Álvarez, durante su discurso en la clausura del 42º Congreso Confederal del sindicato, el pasado sábado. (EFE)
Josep Maria Álvarez, durante su discurso en la clausura del 42º Congreso Confederal del sindicato, el pasado sábado. (EFE)

Son tres. Josep Maria Álvarez, Julio Lacuerda y Carlos Romero. Y entre los tres, con el apoyo de algunas uniones territoriales, han logrado lo que pocos presagiaban: doblar el pulgar de la anterior dirección de la Unión General de Trabajadores (UGT). Los tres han nacido en mitad de los años cincuenta y los tres son curtidos sindicalistas con mando en plaza en sus respectivas federaciones o uniones.

Nadie -o casi nadie- esperaba que Álvarez (1956) derrotara a Miguel Ángel Cilleros, el ‘protegido’ de Cándido Méndez en el 42º Congreso. Entre otras cosas porque la historia ha demostrado que es muy difícil ganar un congreso en UGT -y en otras organizaciones- cuando enfrente se tiene al aparato confederal. Pero lo han logrado: 306 votos contra 289.

Miguel Ángel Cilleros, el pasado viernes. (EFE)
Miguel Ángel Cilleros, el pasado viernes. (EFE)

Probablemente, por algo que tiene que ver con la biología humana y su capacidad de adaptación al ecosistema. Pero también con un proceso de descomposición del viejo concepto de poder dentro del sindicalismo -como le sucedió en su día a José María Fidalgo en CCOO, cuando fue defenestrado por Fernández Toxo-, y que, necesariamente, hay que vincular a la fragmentación del poder sindical.

Hoy las direcciones confederales de ambos sindicatos -cada vez más debilitadas- se deben a ciertos poderes dentro de sus respectivas organizaciones, y estas dan su apoyo a los candidatos en función de determinados intereses. Algo que explica la proliferación de singulares alianzas -algunas contra natura- que tienen un mismo 'leitmotiv': a cambio del apoyo de una federación o unión territorial, la organización correspondiente hace lo que le venga en gana durante los cuatro años que dura el mandato congresual. Así de fácil.

El ex secretario general de UGT Cándido Méndez y el secretario general de CC.OO, Ignacio Fernández Toxo. (EFE)
El ex secretario general de UGT Cándido Méndez y el secretario general de CC.OO, Ignacio Fernández Toxo. (EFE)

Por eso, además de otras cuestiones relacionadas con el proceso de fusiones en las federaciones, ha ganado Álvarez con el apoyo de Julio Lacuerda (1954), responsable de la Federación de Servicios Públicos, y de Carlos Romero (1953), secretario de la Federación del Metal y de la Construcción. Tres sesentones de amplio historial sindical -habría que unir a Gonzalo Pino (62 años), secretario de la UGT valenciana y que ya es número dos de Álvarez como responsable de política sindical-  que se han unido, precisamente, para asegurarse que continuarán mandando en sus respectivos territorios sindicales. El viejo debate entre federaciones de rama y los aparatos sindicales.

Y es que en el origen de su victoria también se encuentra el descontento de sindicalistas que están a pie de obra, en los tajos, frente a los burócratas. Como sostiene un veterano ugetista, “Méndez ha despreciado en los últimos años lo que se cocía en algunas federaciones, y eso le ha pasado factura”.

El resultado ha sido un pacto demasiado sólido para un líder de salida, como era Cándido Méndez, que solo al final de su vasto mandato -22 años- ha entendido que el viejo sindicalismo de Nicolás Redondo ha quedado aniquilado. Tanto las direcciones de UGT como de CCOO se han convertido hoy en una simple suma de poderes fácticos internos. Hoy, el dedazo no funciona como en el pasado.

Derecho a decidir

Fidalgo, precisamente, fue desalojado del poder por su número dos, Toxo, por el apoyo fundamental de Cataluña, y desde entonces la organización catalana ha hecho de su capa un sayo respaldando el derecho a decidir sin que el sindicato haya discutido seriamente la transcendencia que esa posición política -sin duda legítima- tiene en un sindicato que defiende la caja única de la Seguridad Social o un marco estatal de relaciones laborales.

Álvarez, como se sabe, respalda el referéndum en Cataluña, pero en realidad, como dice de forma socarrona otro avezado sindicalista, lo que ha salido del congreso es el ‘derecho a decidir’ de quienes lo han ascendido a los altares del sindicalismo ugetista, Lacuerda (ex CNT) y Romero.

Otro veterano sindicalista lo resume de forma más gráfica: “Lo que nos faltaba. En los últimos años, los sindicatos hemos perdido mucha credibilidad ante los trabajadores, y ahora tendremos que defender por Andalucía o Extremadura que eso del derecho a decidir es una buena cosa”.

UGT se ha adentrado en un territorio ignoto, salvo que Álvarez sea capaz de quitarse el ‘sambenito’ de que se trata de un líder proindependentista

Esto quiere decir, ni más ni menos, que UGT se ha adentrado en un territorio ignoto, salvo que Álvarez sea capaz de quitarse el ‘sambenito’ de que se trata de un líder proindependentista pese a que nació en Asturias, aunque él lo niegue una y otra vez. Pero si los herederos de Don Rodrigo tardaron casi ocho siglos en la Reconquista, Álvarez tendrá mucho menos tiempo.

El nuevo secretario general llega al poder de una UGT diezmada que vive sus peores momentos desde la legalización de los sindicatos. Sin duda, por los cambios sociales y económicos que se han producido en España y en Europa desde 1977, y que los sindicatos no han sabido ver, pero también por errores propios que han minado su credibilidad. Ese cambio generacional es el que tendrá que esperar con la nueva dirección más allá de que en la nueva ejecutiva haya algunos nombres nuevos.

Méndez no ha sido capaz de detectar un clamor que se oía en algunas federaciones muy sólidas, y eso explica que los coroneles le hayan derrotado

UGT, en todo caso, ha entrado hoy en una economía de guerra que incluso lo ha llevado a la acelerada fusión de federaciones de industria -solo quedarán tres-, dando lugar a un sindicato irreconocible donde predominan los 'jerifes' locales. Muy lejos de los tiempos de Antón Saracíbar, el poderoso secretario de Organización de la época de Redondo, capaz de detectar el suave murmullo de una revuelta a cientos de kilómetros del viejo convento de la calle Hortaleza.

Hoy, Méndez no ha sido capaz de detectar un clamor que se oía en algunas federaciones muy sólidas y con mucho oficio sindical, y eso explica que los coroneles -con más conchas que un galápago- le hayan derrotado. Cuando ha querido enfrentarse al ‘derecho a decidir’, era ya demasiado tarde. Los tiempos, como decía Dylan, están cambiando.

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