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Sobre el caso Djokovic (o cuando te crees al margen del mundo)
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No está vacunado

Sobre el caso Djokovic (o cuando te crees al margen del mundo)

El serbio se niega a vacunarse y esto le impedía entrar en Australia. Sin embargo, viajó para disputar el Open argumentando que contrajo la enfermedad en diciembre

Foto: Djokovic. (Reuters/Asanka Brendon)
Djokovic. (Reuters/Asanka Brendon)

A estas alturas ustedes ya saben que algo pasa con Novak Djokovic. Algo... chiquitico. Depende de a quién lean, pueden estar ciscándose en el serbio o temiendo por su vida, pobre, allí abandonado, en un centro de inmigrantes, con lo feos que son esos sitios, dicen, yo nunca fui a uno, para qué.

Tampoco vamos a extendernos con la introducción, porque sería inútil. Un detalle deportivo, un hecho sin vuelta de hoja, fue transformado en problema diplomático y generador de controversia mundial. Cuando controversia... ninguna. Que nuestro joven y gallardo tenista (ojo, tenista... insistimos en ello... tenista... no es virólogo, no es médico, no es enfermero, no es ni siquiera veterinario... tenista) dice que mus, que la vacuna del covid se la pongan a su tía, la del pueblo, que él está sanote, que quiere jugar el Open de Australia. Y Australia que nanay, que aquí vacunado o no entras, que mejor te retenemos en el aeropuerto, que nuestras normas son muy estrictas porque somos una ínsula y tenemos bastante fragilidad medioambiental y todas las cosas que ustedes saben si han visto alguna vez el programa ese de "inspección aduanera". Sí, ese que pillas los domingos de resaca, no te escondas. Y bueno, que a Novak lo retienen, y luego lo llevan hasta un hotel donde las autoridades alojan inmigrantes ilegales, y dice que no necesita vacuna, porque pasó el covid, mire, este mismo 16 de diciembre, aquí tengo las pruebas, y resulta que el día 17 andaba haciéndose fotos con fans, todo aún más lío, y el lunes se decide finalmente sobre el asunto al completo.

Fin.

placeholder Seguidores de Djokovic en Australia. (Reuters/Loren Elliott)
Seguidores de Djokovic en Australia. (Reuters/Loren Elliott)

Las declaraciones de su padre

Bueno, fin de las cosas meramente... periodísticas. Porque luego se salió todo de madre. El padre de Novak, que parece señor sensato y con los pies en el suelo, dijo que su hijo era símbolo de la lucha antiimperialista, una luminaria del mundo libre. Luego lo comparó con Espartaco. Avisado del final de la peli, subió apuestas. Mi hijo es como Jesucristo. Toma ya. Difícil engordar más la metáfora, pero yo no lo descartaría. Jelena, novia, dijo que somos unos positivistas de mierda, y que ella solo cree en las leyes del amor, sin especificar si estaba refiriéndose a un club swinger o si reinterpretaba la doctrina tomista sobre la 'lex' humana y la 'lex' divina. Ayer mismo intenté pagar en el supermercado con amor y el segurata no parecía estar demasiado de acuerdo, también les digo. En fin, descreído de Novak (te alabamos), otro más.

La madre de Djokovic, por su parte, escandalizó al mundo diciendo que su pobre querubín estaba retenido en un hotel "con cucarachas". Todos nos llevamos la mano a la boca, ahogamos un ohh enorme y fingimos fustigar nuestra espalda. Quizá la indignación pudo llegar antes, ¿no?, cuando eran tipos pobres los que estaban en ese hotel, pero oye... bravo por Novak. Ah, el presidente de Serbia señaló que todo eso era un conflicto internacional, habló cosas sobre ataques a su país y poco menos que clamó por la liberación del mártir. Como el mundo está lleno de idiotas hay gente apoyando al pobre millonario, apostada en la puerta del establecimiento, cantando y agitando banderas con fuerza, que es algo muy útil para llevar razón. Y, en una última vuelta de tuerca psicodélica, a este muchacho lo han convertido en icono de un supuesto mundo libre que lucha contra la esclavitud de las vacunas, los 'chis' que quiere implantarnos 'bilgueits' y el Gran Hermano que pretende limitar mi derecho a hacer lo que me salga de los cojones aunque joda fuertemente a otros. Puñitos apretados, reflexión escasa.

Primer punto. En realidad, el único trascendente. Que estemos frivolizando con aspectos tan importantes como las condiciones en que se retiene a los inmigrantes ilegales, libre circulación de personas o extensión de los derechos humanos a causa de esta mamarrachada dice muy poco (y muy malo) de nosotros como sociedad. Dejemos las palabras gruesas para asuntos gruesos, por favor, porque de lo contrario estaremos haciendo el ridículo...

placeholder Los seguidores de Djokovic, manifestándose en la puerta de su hotel. (Reuters/Sandra Sanders)
Los seguidores de Djokovic, manifestándose en la puerta de su hotel. (Reuters/Sandra Sanders)

No es la primera teoría que defiende Djokovic

Tampoco se crean ustedes que es algo nuevo en el mozo. Lo de abrazar teorías... en fin, de las que no publica 'Science'. Seguro que me entienden. Más Iker Jiménez que Stephen Hawking, el bueno de Novak. A ver, repaso chiquitín. Dijo el tenista que puedes cambiar la composición del agua con la mente. Que en cierta ocasión se sentó a comer enfadado (fruslerías, porque el tipo parece estar en completa paz consigo mismo y con el mundo) y aquel líquido cristalino se volvió... oh, es horrible, no puedo siquiera imaginar el sufrimiento... se volvió turbio. Así, como lo oyen. Menos mal que logró calmarse y el agua retornó a su prístina condición, feliz de ser bebida por tal enviado de los cielos. También llegó a decir que una buena terapia para tratarse de lesiones y enfermedades era la oración, que la oración todo lo puede, que everybody, Cumbayaa, Señor, Cumbayaa. Mi cuerpo es mi templo, y no tomo nada que pueda mancillarlo. Salvo antiinflamatorios y esas cosas, se supone, que es Djokovic muy amigo de pedir descansillos en mitad de partidos chungos. También acudió a las pirámides de Visoko para beneficiarse con las propiedades curativas que tienen esas antiguas construcciones y la red de túneles mágicos que hay en sus entrañas. A ver, se ha demostrado que las pirámides en cuestión son montañitas de origen natural, y las cuevas que comunican con Gaia en realidad resultan ser galerías mineras, pero oigan... no vayan a quitarle la ilusión a un niño. Vamos, que tú a Djokovic le tiras una magufada y él pide ojo de halcón, reflexiona y dice que sí, entró, entró. El tío está como para avisarnos de la llegada de Crit-tofe y Carloh Jesuh, vestido con túnica y publicando 'papers' desde la My Taned Balls University. Peligro.

(Todo lo anterior es fruslería comparada con el almuercillo que se pegó junto a Milan Jolovic. Sí, hombre, Milan Jolovic. El de los Lobos de Drina. El que estuvo en Sbrenica junto a Mladic. Seguro que les va sonando. De eso que no tienes ningún plan para esta tarde y te vas a comer con un criminal de guerra. En fin. Volvamos a lo otro).

¿Problemas? Pues que todo lo anterior suena a chifladura mayúscula. Y lo es. Varias. Algunas menos perniciosas, otras realmente gruesas. De la homeopatía para arriba. Qué coño, todas perniciosas. Pero es que, pese a ello, la génesis del asunto no está clara. Lo de estos días, la polémica. Vamos, que no hay un solo culpable. En el principio, decimos. Evidentemente la responsabilidad principal recae sobre el propio Djokovic. No por negarse a la vacuna (lo que es una decisión personal y solo puede acarrear juicio moral, al menos en ausencia de obligación expresa), sino por negarse a asumir las consecuencias de sus (no) actos. Vamos, que si tan importante es aquello que defiendes, colega, deberías incluso sentirte orgulloso de mandar bien lejos a esos australianos filofascistas y su obsesión con el empirismo y la ciencia. Pero no, resulta que él, 'ad hominem.' Vamos, que me excepcionen ustedes, porque yo lo valgo, y miren qué de ingresos tengo. 'Ad hominem'. Y eso siempre suele oler mal.

placeholder Djokovic. (Reuters/Edgar Su)
Djokovic. (Reuters/Edgar Su)

Pensó que estaba por encima de la ley

Dicho lo anterior... alguien le habrá susurrado a este cabecilla loca que se vaya para las antípodas, ¿no? Tiene pinta de que la organización del Australian Open pensó, mira, una vez aquí no habrá huevos de echarlo, y además estamos por encima de todo, y además somos los putos jefes, y además la pela es la pela. Véngase usted, qué son normas y leyes ante el brillo de la púrpura y los cheques gordos. Y miren, les salió mal el tiro. Quisieron conformarse con un papel donde ponía que Djokovic estaba desparasitado y en perfecto estado de revista, solo que el papel traía firma del doctor Nick Riviera (hola a todo el mundo, hola doctor Nick), y las autoridades australianas (las autoridades administrativas australianas, no las autoridades deportivas australianas) no tragaron. La suya es una actuación secundaria (la principal es la de Djokovic, porque lo que es causa de la causa es causa del mal causado, como saben los alumnos de Derecho... háganles caso a ellos y no a Feliciano López con estas cosas), pero en modo alguno podemos obviarla en el análisis.

Que debe ir más allá. Hacia una cierta sensación de impunidad, si quieren. Por parte del serbio, de los organizadores. Pensar que se está por encima del mundo, que reglas y límites son cosas que valen para el común de los curritos, pero palidecen ante la importancia del deporte-negocio en nuestra sociedad. Tenemos varios ejemplos en fechas recientes, no crean. Supercopas por países donde los derechos humanos... meh. El propio Mundial, que nos lo llevamos al invierno, y nos lo llevamos, también, a uno de esos sitios que, oigan, igual no es conveniente que vayan ustedes de la mano por la calle si son gais, o con falda corta si son chicas, o ciscándose un poco en todo si son ateos. Hace poco Philip Lahm dijo que en 1978 el mundo no sabía tanto de Argentina como lo que se sabe ahora de Qatar, y que la impune infamia de aquel mes no podía volver a repetirse. Uno se descojonaría, si no fuese suficientemente serio el asunto. A ver qué se hace y qué no...

placeholder Djokovic. (Reuters/Asanka Brendon)
Djokovic. (Reuters/Asanka Brendon)

Pero es que hay más. Dirigentes futbolísticos quejándose con amargura durante la pandemia. Que si ya podemos jugar a puerta abierta, que si mira la de pasta que andamos perdiendo. Tampoco tuvieron problema en hacer partidos sin público, ojo, porque tú pones aficionados generados por ordenador y la imagen es idéntica. En varios sentidos, no sé si me entienden. La certeza de que están completamente fuera del mundo, de que tienen una percepción de impunidad, seguramente cierta, que los protege de todo y ante todos. Solo así puedes explicarte que alguien tenga la desfachatez de publicar sus (muy voluminosos) ingresos mensuales en una red social y el aplauso sea casi unánime. O que se suban fotos a otras redes (en serio, un cursillo para estos muchachos ya) de fiestas donde no se sigue ninguna de las normas sanitarias, como sucedió hace un añuco con los muchachos del Sporting de Gijón (o como sucede, semana tras semana, con futbolistas de casi cualquier ciudad). Qué importa, siempre habrá borregos que aplaudan. Siempre habrá cenutrios que paguen.

Le deseo toda la suerte a Djokovic. Que pase este mal trago en su casa, tranquilito, viendo tenis por la tele. Que el padre se tome una valeriana. Que la novia siga pagando con cheques de los osos amorosos. Que la madre se preocupe de las cucarachas también a partir del lunes. Que todos, en definitiva, podamos tener un debate serio sobre asuntos serios sin atender a los caprichos de un ricachón que camina sin pisar la tierra...

A estas alturas ustedes ya saben que algo pasa con Novak Djokovic. Algo... chiquitico. Depende de a quién lean, pueden estar ciscándose en el serbio o temiendo por su vida, pobre, allí abandonado, en un centro de inmigrantes, con lo feos que son esos sitios, dicen, yo nunca fui a uno, para qué.

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