Carreño no pudo contra kevin anderson

Nadal saca su versión más avanzada para arrasar a Del Potro y meterse en la final

El número 1 del mundo jugó a los 31 años uno de los mejores partidos de su carrera. Tras perder el primer set subió su nivel de juego hasta acribillar al argentino

Foto: Tennis - us open
Tennis - us open

Pocas veces se jugó mejor al tenis. Rafael Nadal está en la final del US Open, pero hay que verlo para entenderlo. Se sabe, porque el historial está ahí, que es uno de los mejores tenistas de todos los tiempos. También que esta temporada está de dulce. Pero explicar la semifinal contra Del Potro requiere encontrar algunas palabras que igual no tiene la lengua castellana. Fue un vendaval, un misil, una apisonadora. Fue perfecto, aunque solo desde el segundo set. Y todo eso puede estar quedándose corto.

En uno de los mejores puntos, uno de los muchos del recital y que servía para cerrar el tercer set, Nadal subió a la red y terminó con una dejada. Se dio la vuelta y empezó a mover el brazo izquierdo con extrema agitación. El lenguaje gestual, exuberante, estaba a la altura de lo que estaba viéndose en la pista Arthur Ashe de Nueva York, la penúltima obra de arte de un chico de Manacor que parece obligado a ganar el domingo su decimosexto grand slam. Sí, ese fue el nivel, el de dar un golpe rotundísimo en la mesa y contarle al mundo que el resto son simples aprendices de su grandiosidad.

Y, lo más curioso, para llegar a ese nivel pletórico antes tuvo que llegar a una conclusión extraña en él: que se había equivocado. No gravemente, pero sí claramente. En el primer set, que lo perdió, Del Potro se mostró enorme. Por eso ganó el argentino pero, también, porque Rafa no supo jugarle. O, quizá, tenía claro como quería hacerlo pero esta vez ese antídoto elegido no era la respuesta. Nadal escogió el camino más obvio con el argentino, que es buscarle todo el rato el revés y no darle ni una oportunidad de desplegar el martillo que tiene por derecha. "He salido con la idea de jugarle al revés, también de cambiarle, pero me ha costado", explicaba Nadal unos minutos después del recital.

La teoría está muy bien y el propio Del Potro la comentaba el día previo al partido. Pero no estaba funcionado. Nadal se ofuscó un poco tratando de limitar la pista al perfil izquierdo del argentino y no se dio cuenta, no en ese primer set, que para llegar a hacer daño de verdad al revés de su rival necesitaba un poco de variedad y frescura. Naturalidad incluso, no obsesionarse con la táctica evidente sino desplegar en cada momento el golpe conveniente, no el que más daño hace a su rival.

Nadal, además de su indiscutible talento, tiene una inteligencia deportiva fuera de lo normal. Se sentó en la silla con un 4-6 en contra y entonces se enfrió, pensó y actuó en consecuencia. En el segundo set no entró Rafa sino uno de esos héroes legendarios de la antigua Grecia. Con la fuerza de Hércules y los pies alados de Hermes. Un año antes, en Río de Janeiro, el español perdió una medalla olímpica por no poder ganar a Del Potro. Era aquel Nadal uno disminuido, menor, nada que ver con la catarata de tenis que ha mostrado en este 2017.

En la Arthur Ashe, la pista más grande del mundo, el tenis estaba representado por Nadal y solo por Nadal. Después del primer set perdido el español encadenó ocho juegos seguidos. Uno detrás de otro, golpe a golpe, llegando a todo y distribuyendo las bolas en el lugar en el que quisiese. En cualquiera. La afición argentina, mayoritaria en la pista, se calló. Y eso, cualquier aficionado al deporte lo sabe, no es algo que se consiga con facilidad. Pero es que tampoco podían hacer mucho. Su ídolo lo intentaba, de cuando en cuando conectaba alguna de sus legendarias derechas, pero la verdad es que en esa pista había un mito y no era él.

Nadal se marchó de la pista perdiendo solo cinco juegos en los últimos tres sets (4-6, 6-0, 6-3 y 6-2). Esto era una semifinal de un grand slam, contra un campeón en el torneo, en una superficie que no es exactamente la mejor para el español. Pero nada importó porque a sus 31 años ha encontrado uno de los momentos más potentes de una carrera que solo puede ser valorada con adjetivos absolutos.

Indiscutible, poderoso, clarísimo favorito para la final. Nadal dejó sin resuello a su rival, que por bueno que fuese, y lo es mucho, no pudo más que agradecer la clase maestra que acababa de presenciar. Perder siempre es doloroso, debió pensar Del Potro, pero igual se acepta un poco mejor cuando uno tampoco tiene mucha culpa de lo acontecido. A Del Potro, como a la Armada Invencible, no le mandaron a luchar contra los elementos. Y Rafa, en sus momentos especiales, es lo más parecido a un gran diluvio en una pista.

Pablo Carreño. (Reuters)
Pablo Carreño. (Reuters)

Carreño no fue suficiente

Antes del recital de Rafa, a Pablo Carreño le faltaron unas pulgadas más, estar realmente bien en el penúltimo partido. El asturiano sale de Nueva York derrotado, pero ¿acaso no le pasa eso a la abrumadora mayoría de los tenistas? Sí, claro, en este deporte lo normal es perder. Se marcha del US Open con el mejor resultado de su carrera, habiendo disputado unas semifinales de un grande, algo de lo que no tantos pueden presumir. Se va con un porrón de puntos y la confianza renovada, su juego es de élite, puede plantarle cara a los mejores.

También se marcha pensando que igual nunca vuelve a tener una oportunidad como esta. Pablo Carreño ha hecho un excelente torneo, sí, y llegar a semifinales es sin duda un éxito, también, pero la pregunta pesa como una lápida antigua ¿era este el año para llegar a una final? El asturiano, nadie puede engañarse, es un buen jugador, muy bueno incluso, pero no tiene un tenis como para pensar en que va a ser regular en finales de grand slam. Contra Kevin Anderson, en semifinales, sonaba a oportunidad histórica. Y no la aprovechó. No mancha su torneo, pero la rabia es mayor cuando quien te elimina no es uno de los colosos del circuito sino solo un buen tenista que te tiene cogida la medida.

Y eso que todo empezó a pedir de boca. Pablo Carreño entró en la pista enchufado y con una idea muy clara: no podía permitirse fallar. El español tiene un tenis aseado, con golpes correctos pero no brillantísimos. Le cuesta sacar ganadores, así que su hoja de ruta pasa por no fallar, dar ritmo e intentar forzar el error de quien esté al otro lado de la pista. Su juego es, por lo tanto, diametralmente opuesto al de Anderson, un tallo capaz de sacar a la velocidad del sonido y con una derecha poderosa que busca las cosquillas.

El primer parcial, decíamos, fue perfecto para Pablo. Hizo solo un ganador, sí, pero también un solo error no forzado. Un tenis impoluto, de vieja escuela, probando las piernas de Anderson que, como tipo de más de dos metros que es, no es capaz de aguantar el ritmo con la misma facilidad que el español. 6-4 en el set y la sensación de que Carreño tenía el partido en sus coordenadas. Jugando así iba a ser difícil que no pasase el español.

Pero los partidos de tenis tienen microclimas propios. Son mudables y del mismo modo que no aparecen los fallos la realidad puede cambiar en unos pocos minutos. Anderson subió incluso más su nivel de saque y encontró así la fórmula para hacer daño a Carreño. Empezó a subir a la red, a hacer todo lo posible por acortar los puntos. No podía dejar que el juego se eternizase, todo tenía que ser veloz. Le tiró el guante al asturiano y este no fue capaz de recogerlo. La pista se le hizo pequeño y los errores, que en el primer set no existieron, comenzaron a proliferar.

Anderson fue mejor, aunque su ránking a principio del encuentro estuviese por debajo del de Carreño. Al español siempre le costará, por su estilo un poco plano y sin aristas, hacer frente a jugadores tan potentes comoel sudafricano. Es un buen jugador Pablo, muy bueno incluso, pero le falta ese ángel de los más grandes, lo que te empuja, en un partido así, a ser capaz de imponer tu partido.

Hay cierto enfado en Carreño y en su entorno, también en un parte algo conformista de los medios, cuando se dice que en este US Open ha tenido mucha suerte. No es su culpa, por descontado, pero es algo evidente. Hasta llegar a semifinales no ha tenido a nadie relevante enfrente. Ni siquiera en este partido clave se ha encontrado con una de las estrellas del circuito. Ha tenido un cuadro liviano y en ese entorno se ha sabido mover con facilidad. Siempre podrá decir que fue semifinalista en Nueva York y pocos se acordarán que el cuadro le benefició. Lo cual no quiere decir que eso no sea cierto.

Carreño, con 26 años, aún tiene espacio para seguir creciendo. Esta temporada ha sido cuartofinalista en Roland Garros, semifinalista en Nueva York. También ha ganado, por fin, a un top-10. Hay muchas cosas por hacer y muchos gritos por dar en el futuro. Puede llegar a ser uno de los diez mejores del mundo, puede incluso estar ahí con cierta estabilidad. Esos deben ser los objetivos. En este US Open soñó, quiza demasiado, y con el tiempo pensará que valió la pena.

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