es el mayor éxito de su carrera deportiva

Pablo Carreño y las ventajas e inconvenientes de vivir a la sombra del más grande

El tenista asturiano disputará las semifinales del último grande de la temporada contra el sudafricano Kevin Anderson. Se ha beneficiado de un cuadro propicio marcado por las ausencias

Foto: Pablo Carreño, tras su victoria ante Schwartzman. (Reuters)
Pablo Carreño, tras su victoria ante Schwartzman. (Reuters)

Ha tenido que escuchar la misma pregunta cientos de veces. Por tenista y por español, Pablo Carreño ha hablado de Rafa Nadal en incontables ocasiones, como todos sus otros compatriotas. La sombra es alargada, como la del ciprés. Cuando aparece en escena el asturiano siempre va a terminar respondiendo, de un modo u otro, algo referido al número 1 del mundo. No es tanto preguntarse si es lo correcto como si es evitable, y la respuesta a esto último es no, claramente no. Demasiado tamaño tiene el ídolo, no se puede hacer como si no existiese.

No es un drama, es lo que hay. Carreño, además, tiene muy buena relación con Nadal. La primera vez que acudió a la Davis fue de 'sparring' ese jugador joven a quien llaman para que entrene con los buenos, poco más. Rafa, que en esa misma semana había ganado el US Open, podría no haberle hecho mucho caso. Pero Nadal no es así, siempre le gustó hacer un poco de mentor de los jóvenes españoles que iban saliendo. De ejemplo. Con el tenis, por supuesto, pero también de palabra.

"Rafa es uno de los mejores de siempre, el mejor en tierra. Me entrené con él y eso ha sido muy importante para mí, aprender de su trabajo, de su rutina", explicaba estos días Carreño. También sabe que lo bueno o malo que haga siempre estará un poco escondido, aunque en este punto esté a la altura de Nadal en este US Open. La notoriedad del número 1 es inalcanzable para los demás, sin importar demasiado el tamaño de la gesta.

Y eso es una moneda con dos caras. Por un lado ayuda, por el otro da un poco de rabia. "Todo el mundo conoce a Rafa, es un jugador increíble, pero hay muchos jugadores españoles muy buenos, yo estoy en las semifinales del US Open y es tan importante lo que yo he hecho como lo de Nadal si lo hace", comentaba tras su última victoria. "¿Es más fácil para el resto porque jugamos sin presión? No lo sé, a veces es bueno, otras no", trataba de explicar el asturiano.

Pablo Carreño nunca será Nadal y eso solo quiere decir que lo supremo no puede ser una rutina. Tiene 26 años, una edad en la que Rafa ya se encontraba entre los mejores jugadores de todos los tiempos. La comparación es inválida, no solo por desmedida, también por injusta. El asturiano aspira contra Kevin Anderson a meterse en una final de grand slam, lo cual es en sí mismo uno de los objetivos vitales de un tenista. Ganar debe ser lo máximo, pero el hecho único de entrar en la pista llena, de pensar que estas a un partido de ser un gran campeón... todo eso ya es en sí mismo un mundo.

Espejos para mirarse

Llegar a la penúltima ronda es un mérito indudable, aunque no sea tan extraño si se es español. No es una cuestión de genética, tiene más que ver con la tradición. Es un país que tiene todo para cultivar tenistas. Está la tradición, clave para entender el desarrollo de los jugadores. Ahí entra de nuevo Rafa Nadal, que es el eslabón de la cadena inmediatamente anterior a Carreño. Pero si le preguntan a él, dirá que el ídolo de la infancia era Juan Carlos Ferrero. En su academia entrena y su juego es bastante similar al de Villena. Y antes de eso, Ferrero pudo soñar con ser tenista porque vio a Costa, Moya o Corretja. Porque estuvo Bruguera o Arantxa Sánchez-Vicario. Y antes de ellos Emilio, que no es más que el continuador de los Orantes o Santana.

Es la cultura del ejemplo la que impera. Cuando un jugador llega, como le pasó a Carreño, al Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat. Era parte del grupo de competición de la Real Federación Española de Tenis y, por lo tanto, uno de los chicos más prometedores del deporte español. Él no tenía que imaginar lo que era llegar a la cima porque ese camino estaba más que trillado. Había que hacerlo y lo ha hecho, no sin esfuerzo, al contrario, con mucho de eso. Con talento también, pero sin la necesidad de imaginarse de cero que es eso de triunfar. Y esto, aunque parezca cuestión menor, es algo importante para los deportistas.

Cuando empiece la próxima semana este seguidor incondicional del Sporting aparecerá como uno de los diez mejores jugadores del mundo, por primera vez. Sus opciones de colarse en la Copa de Maestros de final de temporada son bastante altas, por su esfuerzo, sin duda, también porque en estos últimos tiempos el tenis parece más '10 negritos', la novela de Agatha Christie, que una competición reglada y en la que se puede sobrevivir. En Nueva York no está Djokovic, no está Wawrinka, no está Nishikori y Murray quiso estar pero finalmente no.

La ausencia del escocés es especialmente importante para entender este US Open. Y, especialmente, el 'timing' de la misma. Murray llegaba al torneo como segundo cabeza de serie y su decisión de retirarse se dio después de que se realizase el sorteo. Si se hubiese ido antes la organización hubiese reformulado todas las cabezas de serie y Federer hubiese ido con la número 2. Eso, a su vez, hubiese propiciado que el suizo no pudiese enfrentarse con Nadal hasta la final y, también, que se hubiese encontrado en el camino de Pablo Carreño hasta la final. Pero no, nada de eso ocurrió, Murray se bajó del torneo después de que las bolas fuesen sorteadas. Y eso hizo que Nadal y Federer se quedasen en su sitio, por el lado duro del cuadro.

La realidad hay que abrazarla tal y como viene, la suerte también tiene su parte de importancia en el deporte. Del mismo modo que Carreño, la primera vez que jugó un Grand Slam, se cruzó con Federer y se fue a casa sin ganar un set, ahora la fortuna le está sonriendo. Nadie había jugado antes en un grande contra cuatro jugadores provenientes de la fase previa del torneo. Si gana estará en la final, pero no se habrá enfrentado a ninguno de los 20 mejores jugadores del mundo.

"A veces tienes suerte, otras no tanto, cuando eres cabeza de serie normalmente no juegas contra otro hasta la tercera ronda", explica Carreño. Su rival, Kevin Anderson, es el típico pegador. Sudafricano, le ha ganado en sus dos enfrentamientos anteriores. No es sencillo, claro que no, pero tampoco Pablo es hoy el jugador que es. La prueba más clara de eso está en el último Roland Garros.

Por primera vez en su carrera consiguió meterse en los cuartos de final de un gran torneo. Para llegar a ese punto antes tuvo que eliminar a Milos Raonic, lo cual no es un imposible en tierra, pero sí lo parecía para Carreño: aquella fue la primera vez que se deshizo de un top-10. Para llegar a ser grande antes hay que conseguir ganar a los que ya están en esa posición. Después no ha vuelto a ganar a otro, pero, como pasa en el tenis a los españoles, ya se sabe el camino.

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