Ganó por 6-3, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3

Federer agranda su leyenda tras derrotar a Nadal en Australia

A los 35 años consiguió lo que nadie esperaba, volver a su nivel más alto de tenis y lograr su décimoctavo Grand Slam. El español luchó hasta el final, pero no fue suficiente

Con 35 años y 18 Grand Slams en su historial, Roger Federer consiguió la victoria más valiosa de su carrera. Son 15 años de excelencia, es el mejor de todos los tiempos, pero hasta Melbourne no había conseguido un logro como este. Sí, había ganado a Rafa Nadal en dos finales de Grand Slam, pero fueron en WImbledon, su casa, cuando el español aún no tenía su mejor juego. Esta no, el Abierto de Australia de 2017 pasará sin duda a ser su victoria favorita. La consiguió contra el pronóstico de todos, cuando ya le daban por amortizado. Fue contra su más fiero rival, el jugador que durante tanto tiempo le comió la moral, el único que ponía en duda su supremacía histórica.

Para llegar hasta aquí el suizo tuvo que mostrar su máximo nivel, el tenis de más quilates que nunca se vio en una pista. La experiencia le dictaba que menos del 100% era sinónimo de derrota, pues cualquier resquicio de duda iba a ser aprovechado por Nadal para venirse arriba y hacerle daño. A estas alturas de su carrera el suizo ya conoce lo suficiente a su amigo para comprender que el único camino hasta la victoria contra él es ese. Y ese es el recorrido que emprendió, el que le llevó hasta la victoria. Durante todo el encuentro fue un torbellino, sin mostrar una flaqueza. Y, a pesar de todo, necesitó cinco sets para llevarse a casa este torneo.

Desde el primer momento del partido Federer se mostró agresivo, con la idea de acortar los puntos. No podía dejarse atrapar en la tela de araña de Nadal, esa que hace eternos todos los juegos, que prefiere que un partido dura seis horas a tres. El español siempre ha mostrado una capacidad de sacrificio colosal, muy por encima de cualquier otro deportista. Por más adversidades que se encuentre siempre va a pensar en recueprarse, y es eso lo que quería evitar Federer por todos los medios. No se podía permitir la calma, tenía que ponerle al tenis un ritmo espídico.

Son 35 años y se puede pensar que ya está más cerca del ocaso que de reverdecer los laureles, pero en estos días de Melbourne parece el mismo jugador que con 25 años sometió el tenis mundial a su antojo. Cuando está bien no corre, flota, porque tiene la mayor intuición del deporte. El resto de tenistas tienen que mirar a la bola para moverse a por ella, el suizo lo sabe desde antes de que su rival haga cualquier gesto con la raqueta. Eso le da una ventaja enorme, pues se adelanta a los movimientos como si en lugar de un maestro del tenis lo fuese de las artes marciales.

Nadal, siempre correcto, se mostró equilibrado en la tormenta. Perdió el primer set porque su rival fue mejor, pero no dejó de luchar un solo punto. No es cosa de pundonor sino de táctica, él tiene claro que la mejor manera de ganar un partido, en su caso, es alargarlo, y que todas las carreras que pueda forzar a su rival no están de más. El 6-4 era dominio de Federer, pero ponerse por detrás no es un problema para el español. Quedaba mucho por luchar.

Federer agranda su leyenda tras derrotar a Nadal en Australia

En el segundo, como si Federer estuviese algo dormido, Nadal empezó ganando los cuatro primeros juegos. Dos breaks rápidos, el primero de ellos después de remontar un 40-0 del suizo. Ese juego fue clave, pues el campeón de 17 Grand Slams se dio cuenta de que no le iban a regalar ni un golpe en todo el encuentro, que si quería hacer la machada de ganar cuando todos le daban por muerto tendría que hacerlo con sus propios méritos. No podría dejarse ni medio esfuerzo, porque el tenis que exige Nadal obliga a que la concentración esté siempre al límite.

Federer, que en ocasiones se ha visto dubitativo en estas circunstancias, dio un paso más en el siguiente set. Esta vez no se iba a dejar comer la moral. Pocas veces se ha visto un jugador al nivel de Federer en el tercer set del partido. La agresividad constante, una catarata de derechas a la línea y el juego de pies más pulido del circuito estaban dando un cóctel difícil de superar. Cuando el de Basilea se pone en modo huracán es uno de los mayores espectáculos de la tierra, un vídeo de esa parte del partido podría perfectamente ponerse en bucle en el Reina Sofía como muestra de videoarte. El 6-1, sin embargo, es engañoso. Podría significar que Nadal estuvo a su merced, que se dejó ir, pero en absoluto fue así. En medio de esa tormenta él seguía intentando alargar todos los puntos, sin dar comodidades ni pensar en el siguiente set. Duró 41 minutos, más, por ejemplo, que el siguiente set.

Federer y Nadal se saludan tras el final del partido (David Gray/Reuters)
Federer y Nadal se saludan tras el final del partido (David Gray/Reuters)

El reto que pudo a Nadal

Ponerse 2-1 abajo contra Federer y no morir en el intento. El reto de Nadal era propio de Homero, pero él no se amilanó por la desventaja. Los nervios no son cosa para el español, que hace años descubrió las claves que llevaban a la victoria y no las ha dejado en ningún momento. La temporada pasada tuvo rachas en las que se vio desorientado, sin confianza en su tenis. Ahora eso lo ha recuperado, aunque esta vez no haya sido suficiente. En el cuarto set no jugó mucho mejor que Federer, al contrario. Es verdad que el de Basilea no estuvo al nivel del parcial anterior, que pasó de la poesía a la prosa, pero aún así mostró un juego magnífico. Alcanzable para Nadal, que estuvo en su misma frecuencia. El pasado demuestra que, cuando estos dos jugadores se igualan, la ventaja es para el español. Venció Nadal, no sin dificultades, el cuarto set y llevó el partido al quinto, el lugar en el que Nadal es más feliz.

Pero la felicidad a veces es una máscara, y no siempre se puede repetir la leyenda del invencible. Estaba a punto de escribirse la mejor historia del tenis, un set en el que muchos pensarán en el futuro, un rato de deporte que marcará para siempre el legado de dos colosos. Nadal comenzó fuerte, en el primer saque del suizo logró romperle. Las cosas se ponían muy feas para Federer, que no siempre fue el más fuerte mentalmente para remontar. Es una capacidad que no tiene muy desarrollada porque no la ha tenido que utilizar tanto, él normalmente ganaba sin sufrir.

Quizá los últimos seis meses han cambiado eso. Una lesión larga en la rodilla le tuvo lejos de las pistas, un tiempo precioso para valorar todo lo que tiene y todo lo que puede ser. Estar lesionado es sufrir, aprender a sufrir, que es lo que también necesitaba el coloso. Vio el 2-0 en el marcador final y no se desarmó, no concedió, simplemente volvió a dar lo mejor de si mismo. Ganó su siguiente servicio y volvió a subir su nivel.

El balear, que nunca tuvo el servicio como su arma maestra, se encontró con Federer restando en la línea. De nuevo subiendo el nivel, sin miedo y sin medida, porque del mismo modo que a él le empezaron a entrar bolas increíbles a otros se le hubiesen ido fuera. Nadal se defendía, con 4-3 en contra y sacando se vio con 0-40, casi perdido, y voló hasta el deuce. Lo que pasa es que cuando se juega mucho a la ruleta se pierde. Estaba demasiado cerca del abismo y se cayó. Dejaba a Federer la oportunidad de ganar en Melbourne con su saque.

Y, aunque Nadal nunca dejó de luchar, este no era el día. Le sacó una bola de 'break' a Federer en ese último juego, parecía que, una vez más, había vuelto. Pero no, este no era el día del español, era el mito quien llamaba, el que tenía la ventaja, el que se iba a sacar de la manga los servicios más ajustados y los golpes más precisos para llevarse a casa el torneo. Para sumar 18. Para ganar a Nadal. Para sacudirse de tantos y tantos fantasmas que le han acompañado en su carrera. La mayor sonrisa que se le ha visto nunca, la victoria más trabajada del hombre que más ha ganado.

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