así ha cambiado el golfista de borriol

Un viaje por la mente de Sergio García

Hace un tiempo que el español colocó entre sus prioridades el trabajo mental, una faceta del juego que había tenido aparcada durante toda su carrera porque realmente sentía que no la necesitaba

Foto: Sergio García. (Enrique Villarino)
Sergio García. (Enrique Villarino)

Todo empezó en Oakmont. US Open. Un caluroso mes de junio en Pensilvania. Hace exactamente nueve meses. Termina la cuarta ronda. Sergio García ha estado peleando por la victoria hasta los últimos hoyos. En el 15 se le queda la bola empotrada en un búnker y debe 'dropar'. Mucha mala suerte. Se le van golpes, se diluye y la victoria se acaba escapando en favor de Dustin Johnson, otro novato marcado hasta ese día por la desgracia en los grandes.

Allí en Oakmont empezó todo, o al menos se vieron los primeros síntomas. Sergio atendió a los medios y sorprendió su discurso. No fue derrotista y ni siquiera se acordó de la bola injugable en el búnker. Simplemente se mostró orgulloso de haber peleado hasta el final por el triunfo. De haberse dado una nueva oportunidad. Mandó un mensaje positivo. “No ha podido ser, pero lo volveré a intentar con todas mis fuerzas en el British Open [siguiente 'major' que jugaba] y si no en el PGA y si no en el Masters. No voy a dejar de intentarlo”, explicó.

El mensaje había cambiado de manera radical. Poco a poco, los grandes escenarios y los 'majors' dejaban de ser el enemigo malvado para convertirse en un apasionante desafío para un golfista de talento gigantesco. No fue una cosa que ocurrió de la noche a la mañana. Sergio lo fue rumiando, escuchando a unos y otros, viendo a su alrededor, con casos como el del propio Dustin Johnson, víctima de numerosas 'puñaladas traperas' en los grandes hasta que acabó ganando el US Open.

Sergio Garcia se abraza a su novia, Angela Akins, tras ganar el Masters de Augusta. (Reuters)
Sergio Garcia se abraza a su novia, Angela Akins, tras ganar el Masters de Augusta. (Reuters)

De hecho, Sergio ya había ido cambiando su relación con Augusta desde algún año atrás. Fue consciente de que había tocado fondo y su decisión fue cambiar la mirada. Incluso en 2014, cuando falló el corte, se lo tomó con tranquilidad y humildad. "Este año me ha ganado el campo, pero ya veremos el año que viene, y si no al otro. No voy a dejar de venir", bullía su cabeza. Ya no era un lamento constante frente a un campo que lo atenazaba, sino que comenzó el cortejo. Vamos a llevarnos bien. Si no puedes con tu enemigo, únete a él, o al menos trata de entenderlo lo mejor posible para saber cómo contrarrestarlo.

A partir del año pasado, y fruto de esta evolución constante en ser más positivo, Sergio, tras Oakmont y una temporada con buenos resultados —una victoria en el PGA Tour y una gran Ryder en lo personal, aunque perdiera Europa—, decidió ir un paso más allá. Colocó entre sus prioridades el trabajo mental, una faceta del juego que había tenido aparcada durante toda su carrera porque realmente él sentía que no la necesitaba. Ahora sí, y se puso a trabajar.

La influencia de su actual prometida, Angela Akins, ha sido muy importante. Procede de una familia muy ligada al deporte profesional, y apoyó al cien por cien la decisión de reforzar el trabajo psicológico. Desde finales del año pasado, García comenzó a entrenar muy duro este aspecto, lo metió como una rutina más junto al 'swing', el físico o el 'putt'. La evolución ha sido notable.

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La primera pica la puso con su majestuosa victoria en el Omega Dubai Desert Classic, un torneo importante de la gira del desierto del European Tour. No solo se hizo con la victoria, sino que derrotó tras un terrible mano a mano a Henrik Stenson. El sueco acabó sacando la bandera blanca.

El Masters de Augusta ha sido ahora la auténtica constatación de que estamos ante la versión más poderosa de Sergio García en los últimos años. Seguramente desde sus dos o tres primeras temporadas como profesional, donde las ganas por comerse el mundo podían con los temores por no conseguir los objetivos.

Un viaje por la mente de Sergio García

“Estoy trabajando sobre todo en la aceptación de los errores, en ser más positivo, en saber que todos pueden cometer errores, pero que siempre hay margen para recuperarse”, explicaba Sergio la semana pasada. Es decir, García ha asumido que en el golf se cometen fallos, incluso él, uno de los mejores pegadores del mundo.

Dentro de esta corriente de espíritu positivo, organizó desde hace tiempo este viaje a Augusta. No dejó nada a la improvisación. Hace exactamente seis meses mandó un mensaje a José Andrés, el chef más famoso de Norteamérica. Ya estuvo en el Masters el año pasado, pero se tuvo que marchar tras la ronda del viernes. Y el sábado siguiente, Sergio hizo 81 golpes y perdió el Masters. Así, el de Borriol le pidió que este año hiciera un esfuerzo y estuviera con él toda la semana. No fue una decisión fácil para José Andrés, un hombre de negocios con muchísimos asuntos que resolver —y, además, en la semana donde finalmente se resolvió su litigio con Donald Trump—.

Sin embargo, el cocinero no lo dudó. ¿Cuál es su secreto? Contagia optimismo, irradia pasión, insufla energía. Es un torbellino de confianza, alegría y determinación. Y Sergio lo quería a su lado. También estuvo Luis Figo, un buen amigo de Sergio y con una mentalidad de campeón a prueba de bombas. Ha sido impresionante ver al campeón de Europa y Balón de Oro viviendo el golf como un 'hooligan' más, acercándose a las cuerdas, chocando puños con Sergio, lanzando gritos de ánimo por todo el campo.

Sergio aguantó un domingo muy complicado. Empezó bien y la vuelta se torció. Es muy difícil volver de esa situación, y mucho más cuando tu rival está jugando de cine, como era el caso de Justin Rose. Pero este Sergio cree. Es el García del sí se puede, o de al menos lo vamos a intentar hasta el final.

La parte mental es la pata que faltaba por reforzar la silla de Sergio. Una vez bien atornillada, mucho ojo. El próximo 'major' es el US Open, en el mes de junio, un año después de aquella vuelta final de Oakmont. Donde todo empezó.

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