Jugará en el Hebei Fortune de pellegrini

La huida de Mascherano, el central de verbo florido que susurraba a los perdiodistas

El jugador argentino se marcha a China buscando más minutos de juego. Tuvo tanta relevancia en el campo como en el vestuario, donde fue un puntal y por eso se ha ganado una despedida especial

Foto: Mascherano, en su despedida. (Reuters)
Mascherano, en su despedida. (Reuters)

"Las portadas son muy grandes y las rectificaciones, pequeñas. Es muy fácil decir 'me dijeron' sin citar a nadie. Es un invento". Javier Mascherano, que esta semana se retira del fútbol de élite para ir a jugar a China, fue muy tajante en su exigencia aquella tarde. Quería que los medios que esa semana habían publicado una rencilla entre Messi y Luis Enrique tras una derrota en San Sebastián rectificasen, señalaba a la prensa como culpable de una mentira. Y sus frases las hubiese aplaudido Maquiavelo, porque lo que estaba haciendo el argentino no era más que jugar con la realidad para amoldarla a sus intereses. En los días siguientes Mathieu primero, y Xavi después, admitieron la discusión entre la estrella y el técnico. Lo que Mascherano había gritado como mentira no era más que una verdad incómoda.

Hoy, pasado el tiempo, podría argumentar que no hizo más que jugar a favor de los intereses del club y que los jugadores no tienen necesariamente que ser veraces en sus declaraciones. El caso es que acusó a profesionales de mentir por una cosa que él sabía tan bien como todos sus compañeros que había ocurrido. Y después, no rectificó. Mascherano ha ido jugando durante sus siete años de estancia en el Barcelona con el micrófono. En esa función destaca, tiene verbo y eso no es tan común de ver en las zonas mixtas. Saber expresarse, en todo caso, no es necesariamente lo mismo que decir cosas o que esas cosas sean correctas.

Quizá ese verbo florido le convirtió en uno de los favoritos de la prensa, con los que, más allá de poder llamarles mentirosos aunque su idea no correspondiese con la realidad, siempre tuvo una estrecha y fructífera relación. De hecho, en una ocasión llegó a conseguir una de esas cosas que son difíciles de ver en una sala de prensa: una ovación para el orador. Fue en tiempo de Mourinho, cuando la guerra entre el Madrid y el Barcelona era de lo más enconada. Mascherano atacó, de una manera muy similar a como lo solía hacer su rival, y se encontró con ese premio en forma de aplauso.

Javier Mascherano ha calado en el Barcelona y en el barcelonismo. Su despedida se ha celebrado como si se marchase un canterano, con un espectacular acto hasta el momento reservado para leyendas como Xavi o Puyol. Es una mezcla de factores, por un lado el tiempo del argentino ha coincidido con uno de los más victoriosos en la historia del club; por otro, su carácter siempre le ha ayudado a relacionarse bien y a tener una imagen superior a la media, incluso en ocasiones disimulando algunos errores futbolísticos. En ese sentido tiene un aire al Arbeloa que salió del Madrid, que ya había perdido la continuidad en el juego pero seguía siendo una figura relevante para una parte de los seguidores por su discurso.

Retraso a la defensa

Mascherano es jerarquía, así lo demuestran sus años como capitán, una función que en el Barcelona se gana en elecciones, no por tiempo de permanencia en el club. Dentro de la plantilla tiene amigos y está bien valorado, se ha sabido defender de los ataque y ha logrado buscar su perfil en un club en el que bien podría haber fracasado. Al fin y al cabo, Mascherano no es un esteta. Cuando llegó al Barça hace siete años se encontró un equipo de Guardiola en el que primaba el toque por encima de todas las cosas. Él llegaba como mediocentro, pero uno con mucha garra y no tanto buen trato al balón.

Había dos problemas evidentes para que ocupase esa posición. El primero es que su distribución no era lo suficientemente fluida para el gusto de su entrenador, que necesita en ese puesto alguien que piense rápido y ejecute fácil. La otra se llamaba Sergio Busquets, un jugador que parece creado exactamente para desempeñar ese acometido en un equipo así. Habían pagado 24 millones por un mediocampista, pero pronto se vio que nunca podría jugar en esa posición. "Era lógico, el Barça tiene el mejor mediocentro del mundo", explicaba en su momento.

Aquello le empujó al centro de la defensa. Y allí, altibajos. No tenía una salida del balón magnífica y en los últimos tiempos había perdido algo de punta de velocidad, lo que le hacía sufrir con frecuencia. Trataba de solventarlo con oficio, que siempre lo tuvo, aprendió a colocarse mejor y a complicarse lo menos posible. En los momentos buenos era fiable, en otros se convirtió en un quebradero de cabeza para el club. El tiempo, que no perdona, le fue poniendo por delante a otros defensas más jóvenes, más rápidos y mejores.

La competencia no le encantaban, cuando el Barcelona compraba un central él aparecía por el estadio algo mohíno y desencantado. Mascherano es crítico, especialmente consigo mismo, cuando erraba en el campo se encargaba de flagelarse y atribuirse los errores, como si entre sus funciones como capitán también estuviese cargar con esas desdichas. Tenía, en general, algo de aprensivo. Cuando recibió una condena por defraudar a Hacienda también amenazó con marcharse del club. Se sentía inseguro en España y creía que otra infracción, aunque fuese de tráfico, podría terminar llevándole a prisión. Las amenazas al respecto casi siempre cayeron en saco roto.

En el verano de 2016 Mascherano renovó por tres años más. Quería ir al Mundial y, para ello, creía que era mejor continuar en el Barcelona. Esperaba, además, tener más tiempo de juego del que posteriormente disfrutó. Al ver que eso no se iba a dar empezó, de nuevo, su campaña para salir del club. En verano no le salió, tanteó varias opciones pero al final se mantuvo en la plantilla. En invierno, y entre prisas, lo logró finalmente. Se marcha al Hebei Fortune de la Superliga china, el equipo que entrena Pellegrini y en el que encontrará un fútbol más lento y menos sofisticado para terminar sus días como futbolista. Sus compañeros le despiden con palabras de elogio, no se va un titular, no, pero sin duda sí una presencia rotunda en el vestuario.

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