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Adiós a Julio Jiménez: el escalador de las gestas increíbles, el abuelo de las historias verdes
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Adiós a Julio Jiménez: el escalador de las gestas increíbles, el abuelo de las historias verdes

El abulense murió a los 87 años tras no lograr superar las lesiones que sufrió en un accidente de tráfico el pasado martes. Su legado deja a un escalador de época

Foto: Imagen de archivo de Julio Jiménez. (EFE)
Imagen de archivo de Julio Jiménez. (EFE)

Julio Jiménez tenía ojos pícaros, sonrisa guasona y una cinta de pelo que coronaba su cabeza. Todo eso lo tenía ahora, digo, y también en los años sesenta, cuando era profesional de la bicicleta y uno de los mejores ciclistas del mundo.

No, uno de los mejores escaladores quex jamás haya habido.

Julio Jiménez (Ávila, 1934-2022) nació en un tiempo difícil, porque... en fin, vuelvan a leer las fechas. Creció en otro que, joder, tampoco era el asunto pan comido (de hecho pan, lo que se dice pan... pocuco). Luego, como quien no quiere la cosa, fue leyenda. Una de las grandes, de las mayores. Para que se hagan ustedes cargo: Julio Jiménez arrancó al abuelo de Mathieu Van der Poel su oportunidad para vencer todo un Tour de Francia. O eso le decía siempre él, Raymond Poulidor. Imaginen de qué magnitudes hablamos. En tiempo y en grandeza. Pero es que además está lo otro.

Lo otro.

Foto: Muere el ciclista Julio Jiménez a los 87 años

¿La bici? Pues eso, mito. No hay tantos, oigan, no los hay. De Julio Jiménez decían, durante casi un lustro, que nadie trepaba como él. Aristocracia indiscutible. Le falta palmarés, pero es que le sobraron compañeros. Y otras cosas. Anécdotas, que de esas tiene a rabiar.

Cuando era un crío, a Julio le pusieron como aprendiz de relojero, en una tienda que tenía cierto primo suyo. “Y así entrenaba yo”, me contó una vez, porque a Julio le encantaba contarte cosas, “así entrenaba. Faltaba alguna pieza y, pam, pillaba la bici y me iba pedaleando hasta Madrid, hasta un taller que había cerca de la Puerta del Sol. Preparación de primera, imagina”. Muy pronto ve que le gusta, muy pronto ve que lo suyo no es normal, que deja a los otros chavales clavados, que devora puertos como si no hubiera esfuerzo. Quizá podría probar suerte, piensa, quizá. Solo que en Castilla no va a ser, porque el epicentro ciclista está en otros sitios. Catalunya, primero, el País Vasco más tarde.

Allí pilla Jiménez su estilo, sus trazas. Característico, reconocibles. La espalda muy abajo, mucho tiempo de pie, mirada al frente, elegancia suprema, solo se mueven los muslos, nada de dar chepazos antiestéticos. Arrastraba desarrollos loquísimos cuesta arriba, porque, ya lo dijo Tarangu, “el único escalador que dejaba a los otros a base de cadencia ha sido Bahamontes”. Tarangu, su heredero. Bahamontes, su némesis.

placeholder Capilla ardiente por Jiménez. (EFE/Raúl Sanchidrián)
Capilla ardiente por Jiménez. (EFE/Raúl Sanchidrián)

Su compañero y su jefe, antes. Digamos que Julio no lo tiene fácil, y debuta entre los buenos cuando otros ya llevan fama y contratos sobre sus espaldas. Año 1960, veintiséis suma él. Equipo Catigene. Luego vendrán Faema, Kas, los franceses del Ford y el Bic donde encontró reconocimiento y seriedad. Poco a poco va haciéndose un nombre. A base de victorias, de historietas. Gana aquí y allá, lo llevan, selección española, a la Vuelta a Colombia. Allí, el delirio... Cuatro etapas, la gente felicísima con él, Julio Jiménez que debuta como torero ante una vaquilla demasiado grande en un ruedo demasiado chico (dependiendo de lo que te contase él o lo que oyeses a otros, salió corriendo o no llegó a entrar), abre periódicos, concede entrevistas. Tiene, también, un pequeño altercado. Por no conocer las costumbres del país. Digamos que le planta un par de besos cierta espontánea tras la etapa que ganó en El Espinal... y aquello no estaba muy bien visto. Que hay fotos, ay, que tenemos fotos, y mi novio está fuera, y él se va a poner muy nervioso, por favor, señor reportero, deme los negativos, por favor.

(Años más tarde Ventura Díaz, montañés, tiene peor suerte y le sueltan sus dos buenas hostias en circunstancias similares. El padre de la muchacha, que sintió ultraje).

De todas formas... en fin, anecdotillas de esas tenía Julio a montones. Y bien que las contaba, oigan, con toda la gracia del mundo. Las suyas y las de otros, porque a ciertas edades no hay filtro que limite, y menos mal. Como esa vez que se alojó en Asturias para un Campeonato de España de Montaña y acabó encamado semanuca y media con la patrona de su pensión. Los otros, rivales, se reían... que te hemos visto en los bailes, Julio, que no vas a rendir nada. Y él les seguía el asunto. Día de la carrera, ataque nada más salir, al menos trincará algún premio. Con Jiménez se marcha Manuel Martín Piñera, otro montañés, manos grandes como cagigas, espaldas de leñador. Esta es la mía, Julito no aguanta hasta el final ni de coña. Aguantó. Campeón de España. Más los besos que se llevó para Ávila, claro.

Otra vez, durante un Giro. Cierto compañero de escuadra. Caro mío, caro mío, Julio. Que mi mujer quiere conocerte. Nesuno problema, dile que venga, encantado, dos autógrafos. Y llega la señora, y resulta que lo quiere conocer a Julio, pero de la manera bíblica. Y el otro que no se deja, claro, porque no es plan, que estoy en mitad de una Gran Vuelta, noble dama, y además su marido, qué va a pensar su marido. Ah, no, si él está de acuerdo. Hablan los tres y, oye... Igual en Ávila no se hacen así las cosas, pero son sus costumbres y debemos respetarlas. Así que el día de descanso aprovecha Julio para entrenar por andurriales de poco tránsito, y tiene la suerte (oh, qué casualidad) de que lo sigue un coche con la susodicha señora dentro (y con el marido, para que no aparezcan carabinieris indiscretos o jabalís a mala baba, supongo). Cumplí como pude, que tampoco estaba la cosa para mayores de lo raro que era todo, decía Julio años después, en una anécdota deliciosa que recogió José Ramón de la Morena. José Ramón, que lo adoraba, que lo llamaba “tío” y siempre bromeaba con él. Mira, mira Pantani, si es clavado a ti, a saber qué no harías tú en aquellos tiempos y por dónde dejaste prole...

(También de otros te podía contar cosas, porque aquellos tiempos eran aquellos tiempos. ¿Sabes lo de Anquetil, y Janine, y Sophie? Pues espera, que... Y Raymond, joder, Raymond también tenía lo suyo. En fin.).

Foto: Maurizio Frondiest, cuando estaba en activo. (Cedida)

Solo por eso... un tipo imperdible. Pero es que además era bueno. Muy bueno. Durante un tiempo, en lo suyo, el mejor. Y lo suyo era escalar montañas. Tres años seguidos rey de la montaña en el Tour, otros tres en la Vuelta. Etapas en ambas, también en Giro. Apareciendo por algunos de los momentos claves en toda la historia de este bendito deporte. Camino de Pau, en 1964, cuando Julio era (casi) gregario, y Bahamontes era (casi) líder, y Fede estuvo a punto de dar golpe definitivo de la manera más insospechada, ante Jacques y Raymond, atacando a 190 kilómetros, comiéndose los cuatro grandes cols. Jiménez iba con él, Jiménez solo quería pasar primero por Peyresourde, por Aspin, por Tourmalet y Aubisque. Pero Fede nunca deja nada, Fede nunca deja. Al final marcha solo, destrozando el ritmo de su joven aprendiz. “Ahí perdiste la Grande Boucle”, le decía siempre al verlo, aunque hubiese pasado, no sé, medio siglo de aquella tarde. Y Bahamontes entraba en erupción, porque Bahamontes siempre entra en erupción. Yo creo que, a su manera, llegaron a apreciarse, aunque esa manera fuera discutir y echarse cosas en cara.

(Ahora queda Fede, sí, pero también Bernardo Ruíz, que es el ganador de Gran Vuelta más viejo de todos, una enciclopedia andante, un monumento al que deberíamos prestar la atención que se merece en lugar de homenajearle dentro de unos años, cuando no esté).

Pasaba por allí en otros instantes de leyenda. En el Puy de Dôme (“me quitaste la bonificación, Julio, tú y Bahamontes me quitasteis la bonificación, sin vosotros hubiera ganado a Anquetil”), en las Tres Cimas, el día de la Natividad Merckxiana. También, claro, cuando todos abrieron los ojos, cuando el ciclismo dejó de ser niño, en aquel Mont Ventoux de calor, anfetaminas y un inglés muerto. Julio pasó a Tom Simpson poco después del Chalet Reynard, mientras hacía eses. Llevaba, ya, los ojos en blanco. Él fue primero allá, donde el observatorio. El otro nunca llegó a coronar el Ventoux...

placeholder Pedro Delgado y Julio Jiménez.(EFE/ Aurelio Martín)
Pedro Delgado y Julio Jiménez.(EFE/ Aurelio Martín)

Tuvo opciones de ganar en todos los sitios, aunque, por unas cosas u otras no subió el escalón más alto de Vuelta, de Giro, de Tour. A veces tenía cronos monstruosas y, claro, así imposible, como cuando Poulidor logró su única grande, en Valladolid, con Julio de amarillo a solo tres días. O pecaba de inconstante, de poco astuto, como en ese Giro que debió ganar, el de 1966, incluso Jacques Anquetil puesto a su servicio. Deja la maglia, Julio, suéltala, guarda fuerzas para dar un estacazo en condiciones cuando lleguen las cumbres. Y él, emperrado, que no. Luego faltaron energías. Y, a veces, incluso, eran sus propios compañeros los que boicoteaban en asunto, porque la profesionalidad de hoy es un invento muy moderno, amigos. El Tour de 1966 debió ser de Julio Jiménez, pero es que aquello se corría por selecciones, y la francesa era muy fuerte, y la española parecía un establecimiento con lucecitas rojas, seguro que saben por dónde voy. Con mi equipo comercial hubiese ganado esto. Su equipo comercial era el Ford, y allí mandaban Geminiani y Jacques Anquetil, en este orden o en el contrario. Con su equipo comercial hubiese ganado, dijeron ambos, que preferían a Julio antes que a Pingeon, del Peugeot y encumbrado por Raymond. Todo mal...

Después de retirado Jiménez hizo un montón de cosas. Puso bares, peluquerías, vivió aquí y allá, estuvo en carreras, en homenajes. Era rostro y, sobre todo, voz reconocible, uno de los indispensables en aquellos tiempos locos, cuando la radio tenía audiencias millonarias y el ciclismo estaba mucho más de moda. No resultaba demasiado polémico, pero hablaba tan claro que, en fin... bueno, algo polémico si era, finalmente. Porque uno no se las puede haber tenido tiesas con Bahamontes, con Gimondi, con Anquetil, con Poulidor o con Merckx y luego aplaudir cualquier subidita al trantrán. También apareció, a veces, por aquellos Giros lisérgicos de la Telecinco noventera, aquellos que son reflejo de época, lugar e infancia. Siempre con la sonrisa, con esa cara de abuelo golfainas que se guarda historias verdes para cuando no escuchen tus padres...

Ese era Julio.

Ese y uno de los mejores escaladores de todos los tiempos.

Julio Jiménez tenía ojos pícaros, sonrisa guasona y una cinta de pelo que coronaba su cabeza. Todo eso lo tenía ahora, digo, y también en los años sesenta, cuando era profesional de la bicicleta y uno de los mejores ciclistas del mundo.

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