El nuevo ídolo del barro es nieto de dios
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Mathieu van der Poel, apellido de ciclocross

El nuevo ídolo del barro es nieto de dios

Mathieu van der Poel, hijo del rey del barro Adrie van der Poel, nieto del dios inagotable Raimond Poulidor, es el nuevo campeón del mundo de ciclocross

Foto: Mathieu Van der Poel, este domingo en Tabor proclamándose Campeón del Mundo de Ciclocross (EFE)
Mathieu Van der Poel, este domingo en Tabor proclamándose Campeón del Mundo de Ciclocross (EFE)

Mathieu van der Poel, hijo del rey del barro Adrie van der Poel, nieto del dios inagotable Raimond Poulidor, Campeón del Mundo de ciclismo Junior (Florencia, 2013), doble Campeón del Mundo de ciclocross junior (Koksijde, Bélgica, 2012; Louisville, EEUU, 2013), nuevo Campeón del Mundo de Ciclocross absoluto y estrella del ciclismo mundial a los 20 años. Apunten. Alto, fino, muy técnico sobre la bici, con mucha fe en sus posibilidades y frío como el hielo o como el barro de Tàbor, la ciudad de 35.000 habitantes de la República Checa, testigos el domingo del éxito del corredor: nunca antes nadie tan joven vistió el maillot arcoíris que siempre acaba sucio.

Adrie, mítico corredor del PDM, del Mercatone Uno, del Rabobank, lo había intentado hasta nueve veces, y a la décima, después de 5 medallas de bronce, y con 36 años de edad, alcanzaba el oro en la modalidad más exigente del ciclismo. Justo unos días después del primer cumpleaños de su segundo hijo (el primero, David, también es ciclista profesional), el actual Campeón del Mundo. Fechas, números, cábalas y mucho esfuerzo. La trayectoria de Mathieu es tan intachable que se ha convertido en insultante: la conquista del trono mundial acabó con el imperio del belga Sven Nys, que 38 años acabó a tres minutos del chaval al que enseñó a saltar obstáculos.

El triunfo de Adrie van der Poel en el Mundial de 1996.

El maestro derrotado por el alumno. Fue un regalo de cumpleaños de su padre, que se presentó en casa con el ídolo de su hijo para hacerle mejor. Tanto que acabó destronándole años más tarde, con el descaro insolente de saltarse la categoría que le correspondía entre los más jóvenes y los consagrados. A cada paso por los insufribles listones de madera sus competidores se desmontaban y veían brincar a Mathieu entre ellos, ampliando su ventaja. Diez vueltas en cabeza, sin fallar.

Los periódicos de su país ya le han coronado como VDP II. Por un año, Holanda será dueño de las pistas embarradas en la eterna pelea contra Bélgica. Celestes contra naranjas, eternos rivales en las carreras de modales más brutos y concentración máxima. Un mínimo fallo en la curva embarrada, una salida de cadena, un resbalón y todo al traste. En el ciclocross no hay segundas oportunidades. Para ganar aquí hay no basta con haber entrenado miles de horas en pleno invierno –mientras los profesionales de la carretera se toman sus vacaciones–, para hacerlo hay que ser el mejor competidor de todos, el más preciso, el más atento.

Así ganó Mathieu el Mundial de Tábor.

Y Mathieu lo consiguió, además, en el año de la revolución imberbe: el belga Wout Van Aert (20 años) en segundo lugar y el holandés Lars van der Haar (24 años), tercero. Van Aert ha sido en los últimos cinco meses su mayor rival: ganó al holandés 7 veces y el otro sólo 3 antes de proclamarse el mejor del mundo. El belga besó el suelo hasta tres veces en una misma vuelta, rodaba por encima de sus posibilidades, mientras veía cada vez más lejos a Mathieu, inquebrantable. En la meta no brindó con caballito, prefirió la fórmula crucificado y victorioso.

A la llegada asumía a su manera el valor de su entrenador Christoph Roodhohft, 20 años mayor que él, corredor profesional durante cinco años… y belga. Estuvieron entrenando en España, cuestionó sus métodos y finalmente tuvo que tragarse su orgullo y reconocerlo: “Sabe más de lo que pensaba”.

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