los cavs ganan la reedición de la última final

5 historias de la NBA navideña (y 5 motivos por los que es el gran espectáculo deportivo)

El mejor partido era el que enfrentaba a los Warriors y los Cavaliers, pero la noche más especial del año también tiene grandes ciudades, jugadores portentosos y españoles de relevancia

Foto: Irving vuela hacia la canasta de los Warriors (Reuters)
Irving vuela hacia la canasta de los Warriors (Reuters)

En Estados Unidos tienen claro que una fiesta, como casi cualquier otra faceta de la vida, es una gran oportunidad de negocio. Del mismo modo que en Acción de Gracias, la fiesta más importante del país, no para la NFL, en Navidad el día se consagra al baloncesto. La NBA se viste de gala, y esto es literal, pues los equipos que juegan, comúnmente los más relevantes bien por lo deportivo o por lo económico, lucen trajes específicos y la iconografía de la liga, ya de por sí exuberante, se modifica ligeramente para adaptarse a las familiares fiestas.

La mercadotecnia estadounidense ha llegado en el pasado a juntar equipos que vestían de rojo con otros que iban de verde para darle un ambiente más navideño al asunto. Es evidente que allí el calendario tiene muy poco que ver con la suerte y mucho con una estrategia global que explota los días propicios para encontrar las mejores historias. Por eso el día de Navidad, con sus cinco partidos, es uno de los mayores espectáculos del mundo del deporte. Y por eso los partidos dejan por sí mismo historias que contar. Estas son las más relevantes de la Navidad del 2016.

Isaiah y la historia de dos ciudades

Si hay dos lugares en Estados Unidos con un pasado común y una rivalidad fiera esos son Boston y Nueva York. Es la contraposición de dos estilos de vida, la ciudad elitista de Massachusetts contra la gran urbe en la que todo es posible. Bostonianos y neoyorkinos no se llevan bien, y aunque en el tapete hayan aparecido por el camino otros lugares con mucho caché, como Los Ángeles o Chicago, el pasado de estas dos ciudades siempre dará a esta rivalidad un pequeño plus. No siempre es igualado el tema, pues si bien en beísbol la primacía es de la Gran Manzana, nadie duda que en baloncesto los Celtics son religión y los Knicks fracaso.

El caso es que los neoyorquinos siempre juegan en Navidad, una fecha reservada para los equipos punteros. Y ellos no lo son, pero son el equipo del centro del mundo y juegan en el Madison Square Garden, motivos suficientísimos para olvidarse de su tradicional desdicha, esa que nunca parece acabar, y concederles un espacio prioritario en la agenda de la NBA. Este año el equipo es algo mejor, parece ilusionado con el curioso pívot Kristaps Porzingis (letón, 21 años y sorprendente ídolo en la ciudad después de ser recibido entre abucheos en el draft), pero no es lo suficiente para ganar en Navidad.

Ese honor le corresponden a los Celtics, el equipo con más anillos que, si bien tampoco parece aspirar al título, va encontrando poco a poco motivos para sonreír. En este caso vienen de la mano de un chico que, con 1.75 de altura, no parecía que fuese a descollar nunca en la liga. En la universidad, y con su altura, no estaba considerado un gran proyecto para los profesionales, por lo que fue drafteado con el puesto 60 y parecía destinado a la irrelevancia. Pero no, no ha sido así, ahora está en Boston después de vagar por el campeonato y poco a poco va reclamando su espacio en el circo.

Thomas fue así llamado por una leyenda de la NBA, una estrella única que, como él, tampoco se imponía por su altura pero sí por una determinación apabullante. Los 27 puntos que le clavó a los Knicks no asombraron, más que nada porque el pequeño jugador ha hecho de esa cifra una costumbre. Y así, poco a poco, ha llegado al puesto que por apellido le correspondía: el de los mejores jugadores de la NBA. Suficiente al menos para imponerse a los Knicks.

La infancia y la adolescencia (con Pau y su revancha)

La NBA, como el deporte en general, tiene cierta obsesión por apelar a los más jóvenes, meterlos en su órbita para que se enamoren del baloncesto y no salgan de eso. Hay edades que son para fidelizar a un consumidor que durará para siempre, eso es algo que tienen muy claro en la liga. Eso explica un cruce entre dos equipos como los Chicago Bulls y los San Antonio Spurs, equipos de infancia y adolescencia de las últimas generaciones de locos del baloncesto. Los texanos son la mejor franquicia de las últimas décadas, la que ha hecho del juego colectivo una manera de llegar siempre a la victoria. Y los Bulls son, además de la enorme Chicago, el equipo de Jordan, que sigue siendo el icono por antonomasia y el primer recuerdo de muchos de los que ahora se afianzan a beber del baloncesto.

A pocos pudo extrañar que los Spurs se llevasen este duelo. Chicago era un proyecto ilusionante hasta que dejó de serlo, las lesiones y algunos otros factores hicieron de aquello un equipo que vuelve a pensar en reconstruirse para volver a ser grande. Los de San Antonio no se reconstruyen, porque viven en una línea temporal de excelencia en la que su entrenador siempre parece tener la receta para ser competitivo, sin importar cuestiones como la retirada de Tim Duncan, quizá el jugador más relevante de las dos últimas décadas en la NBA.

El párrafo anterior explica también la peripecia vital reciente de Pau Gasol. El español, que ya ha ganado todo el dinero que necesitaba en su vida y tiene un historial lustroso, quiere permanecer en equipos competitivos. No juega para enseñar a unos niños a ser grandes, el reloj biológico no le permite otra cosa que buscar a los mejores y unirse a ellos. Por eso mismo el año pasado, cuando Chicago aún era ilusionante, se enroló en la franquicia de Illinois. Por eso también, al ver el cariz que cogían las cosas, hizo las maletas y se marchó en verano a Texas. Ahí, bien lo sabía, iba a competir. La adaptación no ha sido del todo sencilla, pero poco a poco se va haciendo a la coral de Popovich, entrenador y estrella de las espuelas plateadas. 119 a 100 o, lo que es lo mismo, la victoria más abultada de la navidad baloncestística.

Russell Westbrook ¿quién da más?

Oklahoma y Minnesota no responden ni a las mayores tradiciones de la NBA ni a las ciudades más importantes del país. Desde esos puntos de vista no se entiende que el partido que une a sus franquicias sea uno de los platos fuertes de la Navidad del campeonato. Hay, sin embargo, un motivo que da para explicar que aparezcan en este escaparate. Se llama Russell Westbrook y se está peleando noche tras noche por la historia.

Sus Thunder perdieron en verano a Kevin Durant, MVP del pasado que decidió que mejor era ser parte de los Warriors que seguir peléndose en Oklahoma. Eso dejó solo -y un punto enfadado- a su compañero Westbrook que ha aprovechado la marcha de la otra estrella para crecer unos centímetros en su rendimiento y apuntar a MVP en un equipo que no es tan brillante como otros.

La semana pasada la NBA sacó un artículo, que tendrá continuidad en el futuro, en el que se calculan las probabilidades de que Westbrook termine la temporada con un triple doble de media. Esto es conseguir dobles dígitos en puntos, rebotes y asistencias, un suceso que solo pertenecería al ámbito de la teoría si no fuese porque Oscar Robertson ya lo consiguió en la temporada 61-62. El resto, la verdad, ni se han quedado cerca. Y ese ese, ni más ni menos, que el reto del base-escolta-lo que le pidan de los Thunder.

Mirar las estadísticas de Westbrook es conocer el vértigo. Contra Minnesota fueron 31 puntos y 15 asistencias, algunas de ellas dignas de museo. Cada noche es así, sale a la cancha y aunque todos los rivales saben que hay que detenerle, aún nadie ha dado con la fórmula para conseguirlo. Él desafía la física con jugadas imposibles, una detrás de otra. Sin él su franquicia estaría pensando en dejarse llevar para subir puestos en el draft. Pero está él, y eso lo cambia todo.

Minnesota, un equipo joven e interesante con jugadores prometedores como Zach LaVine y Karl-Anthony Towns, poco pudo hacer ante el vendabal de Westbrook. Este partido era también un duelo de españoles, por un lado Alex Abrines, que poco a poco va encontrando su espacio como tirador exterior y anotó diez puntos, por el otro Ricky Rubio, que a estas alturas sigue siendo uno de los peores tiradores de la liga y también de sus jugadores más creativos ¿es eso suficiente?

El derbi de las estrellas y la (relativa) sorpresa

Más en la grada que en la cancha, pues esto es Los Ángeles y Hollywood es parte de la iconografía del lugar. La NBA no puede dejar pasar la oportunida de de meter en el menú navideño a otra de sus grandes franquicias, los Lakers. Como pasa con los Celtics o con los Knicks, eso simplemente no está en duda, y muy poco importa que sea el mejor o el peor año de los purple and gold. La tradición manda tanto como el dinero, dos conceptos que en Estados Unidos se confunden con frecuencia hasta suponer un todo.

Los Lakers han mejorado algo su cara desde los últimos años, pero siguen caminando en la irrelevancia. Ahora tienen jóvenes prometedores, como Julius Randle o D'Angelo Russell, y van poco a poco mejorando, muy lejos aún de su situación natural entre la aristocracia de la liga. Es, en todo caso, un equipo fiero, y no hicieron otra cosa que demostrarlo en la noche más especial del año.

Jugaban contra los Clippers, un equipo que era el hazmerreir de la liga durante años, siempre a la sombra de los Lakers, pero que en tiempos recientes ha logrado mirar por encima del hombro a sus vecinos. Tienen una plantilla mucho más fuerte. pero la ausencia de sus dos mejores jugadores, Blake Griffin y Chris Paul, igualaba mucho la situación. Tanto que los lacustres supieron sacar corazón y, con una rotación corta, llevarse el derbi de la ciudad. Será, en buena lógica, una de las pocas alegrías que otorgue la temporada a la franquicia que disfruto de Kareem, Magic, O'Neal o Bryant. Una pequeña epifanía navideña.

El partido

Todo lo antes contados no dejan de ser historias secundarias dentro de una noche que tenía un plato fuerte. La reedición de la última final siempre suena a palabras mayores, pero aún lo es más en este caso. No hay analista que no presuponga que en junio volverán a enfrentarse los Warriors y los Cavs, y eso hace de este encuentro una ocasión especial. Además, como los jugadores se toman esta reciente rivalidad muy en serio, hicieron todo lo posible por no decepcionar. Y lo consiguieron.

Es un partido que une a los Warriors, la última revolución del baloncesto, con LeBron James y Kyrie Irving, sus verdugos. El equipo de San Francisco, que el año pasado batió el récord histórico de victorias en una temporada regular de la NBA, ha unido a su plantilla esta temporada a Kevin Durant, uno de los dos, tres o cuatro mejores jugadores del mundo. Con eso, a pesar de todo, no les dio por ganar a los campeones.

Esta vez, aunque los números apunten directamente a James, la gran estrella fue Irving. Vive a la sombra del coloso, pero ha demostrado sobradamente que es uno de los jugadores de referencia de la NBA. Su último cuarto hizo ganar a un equipo que parecía encaminado a la derrota. 14 de sus 25 puntos llegaron en los minutos finales, incluídas dos canastas imposibles en los últimos compases del partido.

El encuentro lo tuvo todo, incluso polémica, pues si hoy se le pregunta a un aficionado de los Warriors dirá sin dudarlo que en esos últimos tres segundos que quedaban tras la última canasta de Irving, Durant, la nueva estrella de su equipo, recibió una falta que hubiese supuesto tiros y mucho más drama. Quizá incluso una victoria. Es lo mismo, la sensación que le queda al aficionado es que algo grande ocurre cuando estos dos equipos se juntan, que las estadísticas o los presupuestos valen todo porque el baloncesto bueno, como tiene que ser el deporte bueno, no es fácilmente descifrable. Y, por si eso fuese poco, también hubo un tapón antológico de James. Otro más, después de aquel de la última final que ya es parte de la historia de este deporte.

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