deja el comisionado tras 30 años en el cargo

El impulsor de la época dorada de la NBA se va con los deberes hechos

Lapidado por muchos fabricar un producto al servicio del espectáculo y al arropo de los billetes, su contribución al baloncesto ha sido gigantesca.

Foto: Adam Silver (izquierda) y David Stern (derecha) en sala de prensa durante la última edición de las Finales NBA.
Adam Silver (izquierda) y David Stern (derecha) en sala de prensa durante la última edición de las Finales NBA.

La decisión estaba tomada desde que se resolviera el último cierre patronal de 2011 y terminó por hacerse pública hace más de un año. Este sábado 1 de febrero será el día en el que David Stern, Comisionado de la NBA durante los últimos 30 años, ceda el testigo a Adam Silver, su mano derecha desde 2006. El hombre que institucionalizó y sentó los cimientos de la mejor liga de baloncesto se marcha. Su concepción de la NBA como un fenómeno y negocio globales lo auparon al éxito. Con fama de sargento, detrás de su sonrisa bonachona y exquisitos modales, aguarda un negociador implacable. Lapidado por muchos por fabricar supuestamente un producto al servicio del espectáculo y al arropo de los billetes, su contribución al baloncesto ha sido gigantesca.

Tres décadas después de su llegada, la NBA se ha convertido en la competición con mayor número de seguidores del planeta. Las últimas Finales llegaron a los hogares de 215 países en 42 lenguas diferentes. El salario medio de los jugadores ha pasado de 250.000 dólares a más de cinco millones. La valoración del activo se ha disparado hasta unos astronómicos 12.000 millones de dólares. En 2012 se firmaron acuerdos televisivos que ascendían a 930 millones de dólares. A pesar de lo elitista del graderío y la triste entrada recogidas por algunos ‘Arenas’, las 30 franquicias gozan de unas instalaciones de última generación. Con los años, la liga se ha encargado de ampliar su presencia por el mundo de forma exponencial.  Aunque esta temporada no haya ningún jugador nacido en China, el gigante asiático y sus 1.350 millones de habitantes, además de una forma de estirar el chicle para estrellas en el ocaso, constituyen el paradigma del crecimiento y la expansión ideada desde la oficina de la Quinta Avenida. Unos resultados alentadores propiciados, en gran medida, por el influjo de ‘Mr. Stern’.

De origen judío, Stern (Manhattan, 1942) creció siguiendo a los Knicks en Teaneck (New Jersey). En 1966 acabó sus estudios de derecho en Columbia. Inició su carrera profesional en el prestigioso bufete Proksauer Rose donde trabajó como asesor externo de la NBA hasta que en 1978 se introdujo de lleno en el organigrama de la institución. Tras Maurice Podoloff (1946-1963), J. Walter Kennedy (1963-1975) y Larry O’Brien (1975-1984), el 1 de febrero de 1984 Stern se convertía en el cuarto Comisionado de la NBA. Un hombre de orígenes modestos que, de no dedicarse a la abogacía ni convertirse en el regidor de la NBA, hubiera tenido que conformarse con ayudar a su padre en la tienda de alimentación que éste regentaba en el neoyorquino barrio de Chelsea.

 

El despertar del gigante dormido

A finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la NBA era una competición en decadencia. El panorama económico era desalentador. Se redujo el número de jugadores en la plantillas de 12 a 11 y el número de árbitros de tres a dos. La absorción de la ABA confirmaba el carácter afroamericano de la competición, un prejuicio moral para muchos en aquella época. Los escándalos de drogas, y la violencia en las canchas tampoco ayudaban. La refriega entre Maurice Lucas y Darryl Dawkins en la final de 1977 o el terrible ‘punch’ de Kermit Washington a Rudy Tomjanovich fueron demasiado. “Echando la vista atrás era algo así como, ‘tenemos un montón de jóvenes negros viviendo muy bien y fumando hierba’. Esa era la imagen de la NBA… Un producto difícil de vender”. Charles Barkley sintetiza con claridad el contexto al que tiene que hacer frente Stern a su llegada a la cúspide de la pirámide.  

Un ‘Gordo’ Barkley que fue, junto a Hakeem Olajuwon, Michael Jordan, Sam Perkins o John Stockton, lo más granado del primer draft de Stern como Comisionado. Unos iconos que se unían a los mitos asentados y al rebrote de la rivalidad Lakers-Celtics de la mano de Magic Johnson y Larry Bird pero que, en primera instancia, no bastaban para dar el salto. “A pesar de Larry y Magic, el reconocimiento de nuestra marca era muy bajo, las posibilidades de expandir el negocio más allá de nuestras fronteras eran virtualmente inexistentes, nuestro patrocinio probablemente a cero y nuestra licencia de negocio infinitesimal”, rememora Stern en un encuentro con la publicación semanal de negocios ‘Business Week’. Sin ir más lejos, el conflicto entre la CBS y la ABC impidió a los aficionados ver en directo los 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias de Magic Johnson en el sexto partido de las finales de 1980.

Stern asumió responsabilidades desde el primer día. Su condición de letrado le impulsó a modernizar el entramado legal y hacer efectivo en 1984 –aunque se venía barruntando desde 1983- el primer Collective Bargaining Agreement (CBA). Un convenio colectivo que suponía el primer acuerdo de la historia entre la NBA y el sindicato. En él incluyeron dos elementos a destacar por encima del resto: el tope salarial y un programa antidrogas sin precedentes. Algo que por desgracia no evitó la trágica muerte por sobredosis de cocaína de Len Bias, dos días después de ser elegido por los Celtics en en el segundo puesto del draft de 1986.

Antes, como asesor de O’Brien, se encargó de acorazar las reglas sobre contacto e introdujo el triple (temporada 79-80) a fin de subsanar la agresividad en el juego. Igualmente, Stern se reservó el poder sancionador, la llave maestra para negociar los derechos televisivos así como el control de la expansión internacional de la NBA. Todo ello sin descuidar el espectáculo ni el negocio: reformó el partido de las estrellas instaurando el concepto de ‘All-Star Weekend’ con sus concursos de mates, triples y derivados; apostó por la televisión por cable desde sus orígenes y buscó patrocinadores que permitieran rentabilizar el ‘show’.

 

El empuje definitivo

El 7 de noviembre de 1991 Magic Johnson encogía el corazón de medio mundo tras anunciar que había contraído el virus VIH. Pese al recelo que despertó el mazazo en alguno de sus compañeros y amigos, la NBA, con Stern al frente, le tendió la mano. "Magic, eres el jugador más valioso de esta noche y la persona con más coraje de este recinto. El momento es tuyo". Tres meses después, la presencia de Magic en aquel ‘All-Star’ de Orlando fue la mejor manera de aceptar socialmente una de las peores enfermedades que sacuden el planeta. "Es el mejor Comisionado de todo el deporte", reconoció Magic cuando Stern anunció su marcha. La liga iba consolidando su despegue a todos los niveles. Además de la caída del Telón de Acero y la consiguiente llegada de algunos de los mejores jugadores europeos,  el ascenso mundial culminaría con la creación del ‘Dream Team’ que, con el visto bueno de la FIBA, se presentó a los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92.

Polémicas y decisiones controvertidas

Pero no todo fueron risas y alboroto. En el ‘draft’ de 1985, un año después de su llegada, la teoría de la conspiración se cerniría sobre la liga. El sobre doblado que portaba Stern, antes de descubrir el nombre de Patrick Ewing como número uno en su interior, suscitó todo tipo de especulaciones sobre el posible amaño de la lotería. No sería la única vez donde la versión extraoficial sirviera para explicar lo sucedido a los ojos de todos. Más allá del asesinato de su padre y la necesidad de descanso posterior a su primer ‘three-peat’, para muchos, la primera retirada de Michael Jordan tuvo su verdadero motivo en un pacto secreto con el jefe de la NBA. Un acuerdo para evitar un escándalo mayúsculo derivado de los problemas de ‘Su Majestad’ con las apuestas. Una pérdida de imagen inasumible para la competición. “De aquí a cinco años, si regresa el deseo, si los Bulls me reciben, si David Stern me permite regresar a la liga, puede que regrese”, adujo Jordan aquel 6 de octubre de 1993. Año y cinco meses después volvió para confirmar que siempre será la joya de la corona.

 

En 2007, Stern tuvo que enfrentarse a uno uno de los episodios más turbulentos de todo su mandato. Tim Donaghy, árbitro durante 13 años, fue condenado a 15 meses de cárcel y 715.000 dólares de multa tras demostrarse que se enriqueció ilícitamente amañanado hasta 40 partidos entre 2006 y 2007. El culpable encendió el ventilador y no dudó en arremeter contra la liga. De las altas esferas aseguró que los oficiales recibían órdenes de no pitar técnicas a las grandes estrellas para mantener las ventas de entradas y las audiencias. Asimismo, no dudó en proclamar que un árbitro influyó en el resultado de un partido en 2004 debido a su amistad con el ‘General Mánager’ de uno de los equipos.

Posibles delirios que no sonaron tan inverosímiles cuando acusó a dos compañeros de apañar el ‘Game 6’ de un duelo de ‘playoffs’ en 2002 que llegó al séptimo partido. Estrechando el cerco, sólo las finales del Oeste entre Lakers y Kings se alargaron hasta el juego decisivo. Haciendo memoria, aquel final del sexto asalto en el Staples fue una chirigota. Como muestra, además de las imágenes, un dato: 40 tiros libres para los angelinos, 27 de ellos en el último cuarto, por 25 de los impotentes pupilos de Rick Adelman. El fantasma de la manipulación sobrevolaba el parqué. Pero incluso cuando más feas se ponían las cosas, Stern siempre estaba ahí para arrojar un rayo de luz sobre el oscuro panorama.

En este periodo vieron la luz siete nuevas franquicias (Charlotte Hornets, Minnesota Timberwolves, Miami Heat, Orlando Magic, Vancouver Grizzlies, Toronto Raptors y Charlotte Bobcats) y seis cambiaron de ubicación. El traslado más controvertido fue el de Seattle Supersonics, que, tras en principio negarse a construir un pabellón acorde a las nuevas exigencias, en 2008 abandonó con un mercado asentado en la costa pacífica para sumergirse en un terreno virgen como Oklahoma. A pesar de Durant y su preponderancia en la competición, Stern abandona su puesto sin ver el tan ansiado regreso de una franquicia a la ciudad que viera nacer a Jimi Hendrix, Nirvana o Pearl Jam. También deja en una situación no del todo deseable a la WNBA (1996) y la NBDL (2001), dos proyectos que asumió de forma personal.

 

De los cuatro ‘lockouts’ (1995,1996, 1998 y 2011) con los que tuvo que lidiar, el último supuso el más duro. Moverse en el alambre que separa los intereses de propietarios y jugadores no ayuda. Algo que le ha valido una ristra de desacertadas acusaciones. Fue el caso del mediático presentador Bryant Gumbel, quien, en medio del conflicto, le comparó con el ‘capataz de una plantación’. Con el alto al fuego tras cinco meses de negociaciones maratonianas, Stern tuvo fuerzas para vetar el traspaso que enviaba a Chris Paul de los Hornets, equipo propiedad de la NBA, a los Lakers. Unas “razones deportivas” que no convencieron a la vista de la constelación de estrellas creada artificialmente en los Heat un año atrás y el posterior aterrizaje de Paul en Los Ángeles para jugar en los vecinos Clippers.

La rúbrica del último convenio colectivo sirvió para actualizar (a su manera) el siempre espinoso tema del dopaje. Superada en principio la época más turbia en cuanto al consumo drogas duras, la “broma” (definida así por expertos en la materia) para detectar las sustancias que mejoran el rendimiento se ha ido depurando y ampliando desde su laxa implantación en 1983. Además de aceptar la extracción de muestras sanguíneas para detectar la hormona del crecimiento, desde 2011 cada jugador se somete a seis controles al año: dos en pretemporada y cuatro durante el curso. Ahora bien, no es menos cierto la incomprensible falta de armonización del sistema en las competiciones internacionales con los jugadores ‘yankees’. Una de las aristas a limar en el futuro más inmediato.

Bromas, las justas

El nuevo siglo supuso el desembarco de numerosas estrellas procedentes de las zonas más deprimidas de Estados Unidos. La cultura ‘gangsta’ se instauró de forma inevitable en la liga. “A veces, no puedes sacar el ghetto del chico”, explicaba por entonces un analista de la ESPN. Había que frenar una peligrosa tendencia para la apariencia de la liga. En 2005, el código de vestimenta obligaba a lucir un atuendo definido como ‘business casual’.  “Se están cargando nuestra generación". Lo decía Allen Iverson, uno de los mayores exponentes del cocktail, a veces explosivo, entre 'hip-hop', barrio, calle y baloncesto. Tras alguna reticencia inicial, Stern se llevaba el envite. En la actualidad, con algunas estrellas haciendo sus pinitos en la moda, todos asumen que se va en traje a la oficina. “Para mí no es un gran problema. Nos lo vamos a pasar bien, pero esto es un trabajo y debemos ir vestidos como si fuéramos a trabajar”, zanja LeBron James.

Un año después, el convenio firmado en 2006 elevaba el límite de edad para ser elegible a los 19 años. Ante la oleada de jugadores que daban el salto a la NBA desde el instituto,  se intentaba paliar el famoso ‘hitting the wall’, en castellano: darse de bruces contra el suelo en forma de monumental fiasco. Sobre la pista, el juego anárquico predominante en la era post-Jordan tampoco pasó inadvertido para la dirección de la liga. Mucho antes de que el ‘flopping’ llegara a nuestras vidas, Stern ordenó a un comité de expertos, encabezado por Jerry Colangelo, que diera una vuelta de tuerca al asunto. Como resultado se suprimía la ‘defensa ilegal’, se daba forma a los ‘tres segundos defensivos’, al tiempo que quedaba limitado el contacto del defensor sobre el atacante cuando el balón está lejos del aro (hand-check). Por desgracia para los puristas, la permisividad con los pasos seguirá siendo una seña de identidad de la liga.

 

De igual modo, la preocupación por mantener el orden y la disciplina en la NBA llevó a David Stern a emplearse a fondo a la hora de encontrar medidas que erradicaran modelos de conducta poco edificantes. La política de sanciones se fue endureciendo con el fin de evitar altercados como la tristemente famosa pelea del Palace of Auburn Hills en 2004 o el alboroto de los Nuggets en el Madison en 2006. Nadie escapa a los siempre vigilantes ojos del patrón y sus ayudantes. 

“David Stern fue quien me hizo. Nadie me conocía hasta que empezó a multarme”. Mark Cuban, dueño de los Dallas Mavericks, ha sido uno de los personajes que más ha sufrido la dureza de Stern. Desde el 2000, año en que adquirió la franquicia tejana por 285 millones de dólares, ha apoquinado casi dos millones de dólares, repartidos en 19 salidas de tono más o menos desmesuradas. Calderilla para un excéntrico millonario a quien su afán de protagonismo le animó a pedir un último castigo a Stern antes de su partida. “No quiso ser rey. Quiso ser exitoso y hacer a la NBA exitosa. Siempre estuvo menos preocupado de su legado que en crear resultados para la liga. Sabe que los resultados permanecerán durante mucho tiempo y van a definir su legado”. Dimes y diretes que no impiden reconocer la labor de su guardián más pegajoso durante casi 14 años. 

El pasado curso, tampoco le tembló la mano a la hora de sancionar con 250.000 dólares al técnico de los Spurs, Gregg Popovich, cuando no alineó a sus tres pilares (Duncan, Parker y Ginóbili) en un encuentro retransmitido a nivel nacional ante los Heat. El sargento, de forma sutil, aludió al obvio cansancio de sus veteranos en medio de una gira mientras que el jefe, tras rebotarse de forma ostensible, se sacó de la chistera una norma poco creíble que justificara la penalización: no haber informado de que a la liga ni al rival de que sus jugadores no viajarían a South Beach. Una forma de reivindicar a los mercados pequeños, empresarialmente hablando, sólo al alcance de algunos bolsillos privilegiados.

Más allá de los blancos y negros en el expediente, Stern ha cumplido su cometido con creces. A día de hoy, la NBA es una organización moderna que goza de un sólido y rentable andamiaje. En torno las 15.00 (hora española) de este viernes, en su último día de trabajo, la oficina central de la NBA emitirá una conferencia de prensa en directo con señal para las 15 sucursales que la liga posee en doce países del globo. “Yo diré adiós y Adam (Silver) dirá hola”, comentaba a principios de este mes, simplificando y tratando de restar emotividad al histórico momento. Un último adiós antes de irse a casa con los deberes hechos.

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