una sentencia obliga a pagar a los universitarios

Ed O'Bannon, el vendedor de coches que pone patas arriba el negocio de la NCAA

Una sentencia pionera obliga a pagar a los atletas universitarios por lucrarse con su imagen y reabre el debate sobre si los jugadores deben cobrar o no

Foto: Los jugadores de los Huskies de Connecticut saltan en el banquillo durante la última final de la NCAA. (REUTERS)
Los jugadores de los Huskies de Connecticut saltan en el banquillo durante la última final de la NCAA. (REUTERS)

En el año 2009, Ed O’Bannon (Los Ángeles, 1972) vendía coches en un concesionario de Las Vegas, donde llevaba una vida modesta junto a su mujer y su hija. Cinco años antes, decidió poner punto y final a una tortuosa carrera profesional en el mundo del baloncesto. Una odisea llena de obstáculos que le había llevado a jugar en once equipos, entre ellos el Fórum Filatélico de Valladolid (1998-1999), en apenas nueve años (1995-2004). Triste epílogo para el ídolo universitario que en 1995 llevó a UCLA a alzar el undécimo título de la NCAA de su historia, el último hasta la fecha que luce en las vitrinas de la legendaria universidad californiana. Todo cambió una tarde cuando, durante la visita a la casa de unos amigos, el que fuera alero de los Bruins se vio reflejado en el videojuego oficial de la NCAA que compañía EA Sports saca al mercado cada año desde 2005.

Aunque había abandonado la universidad hacía 14 años, su imagen estaba siendo usada sin su consentimiento y estaba generando unos beneficios que iban a parar directamente a la NCAA, una organización que se declara amateur y donde sus deportistas-estudiantes  tienen terminantemente prohibido recibir remuneración alguna  fuera de las distintos tipos de becas que sufraguen, total o parcialmente (traducido a billetes: entre 20.000 y 60.000 dólares al año), su carrera académica. “Quiero que los jugadores reciban lo que es suyo. Quiero corregir un fallo. Quiero que el juego cambie. Quiero cambiar la forma en la que la NCAA hace negocio”, relataba a la CNN en enero 2009. En julio de aquel año presentó una demanda contra la NCAA y la Collegiate Licensing Company (CLC) por lo que consideraba una apropiación indebida de su imagen.

O'Bannon solicitaba la recuperación de los derechos de imagen de los deportistas amateurs después de graduarse y haber abandonado la NCAA. Durante el pleito, los abogados del exjugador llegaron a un acuerdo con Electronic Arts, la empresa creadora del videojuego que ya perdió una demanda años atrás, y CLC, dejando sola a una NCAA dispuesta a llegar hasta el final por seguir aferrada a un modelo de negocio injusto e desequilibrado. Tras años reclutando apoyos, algunos tan importantes como los de leyendas de la talla de Bill Russell y Oscar Robertson, llegó el día de la victoria final. El pasado viernes, la juez federal del juzgado de Oakland, Claudia Wilken, le daba la razón.

"La Corte encuentra que las cuestionadas reglas de la NCAA restringen injustificadamente el comercio en el mercado de oportunidades educativas y deportivas ofrecidas por las escuelas de la División I de la NCAA", relató Wilken en su auto. en el que prohíbe a la NCAA aplicar sus normas sobre el dinero otorgado a los atletas en lo que ha explotación de sus nombres, imágenes y similitudes físicas (como es el caso del famoso videojuego) se refiere. En un texto de 99 páginas, Wilken rechazó los argumentos de la NCAA en defensa de su modelo económico, esgrimiendo que los "argumentos ofrecidos por la NCAA no justifican unas restricciones (en cuanto al pago a los atletas) que podrían lograrse a través de medidas menos desfavorables para los deportistas". Por tanto, la sentencia del caso O’Bannon obliga a las universidades a ofrecer a sus atletas una parte de los derechos de imagen que ellos mismos generan. Porque si la NCAA destina ingentes cantidades de dinero en pagar a sus entrenadores o reformar las instalaciones de sus majestuosos campus, Wilken estima que también podrá hacer frente a una limitada compensación por sacar tajada de los jugadores.

Con todo, la decisión supone una victoria parcial para la NCAA, el organismo encargado de regir los designios del deporte universitario en Estados Unidos. La porción del suculento pastel queda limitada a los 5.000 dólares al año, cantidad que en cualquier caso deberá ser abonada cuando el trabajo esté completado. Del mismo modo, la aplicación de la sentencia no tiene carácter retroactivo y entrará en vigor a partir del 1 de julio de 2016. Un escenario en la práctica menos rimbombante de lo que dicen los titulares y que en modo alguno ayudará a evitar el salto de jugadores al profesionalismo.

Ahí va un ejemplo práctico dentro de lo que sería el marco de la nueva NCAA. Kansas, uno de los cinco centros más potentes del país, podría ofrecer, como máximo, a una futura estrella NBA como Andrew Wiggins, jugador de los Jayhawks durante el pasado curso y último número uno del draft, una beca total más un plus de 5000 dólares por temporada. Si tenemos en cuenta que el propio Wiggins se embolsará 5,5 millones en su primer año en la NBA, y que el salario mínimo en la Liga de Desarrollo (NBDL) es de 25.000 dólares al año, es obvio el nuevo escenario no supone un incentivo económico a la hora de elegir la Universidad en detrimento de la NBA.

Antes de la decisión, durante la temporada 2013, la demanda de O'Bannon paró la venta de camisetas en señal de apoyo a Kevin Ware, jugador de Lousville que se rompió la pierna en una de las imágenes más espeluznantes que nos ha dejado el mundo del deporte en los últimos tiempos. Aunque Los Cardinals renunciaron a lucrarse con la desgracia de su jugador, Adidas, la marca fabricante, se comprometió a hacer donaciones al fondo de becas, cerrando de nuevo el cículo. Chris Webber, otro de los componentes de los ‘Fab Five’ tiene que ver como 21 años después de abandonar el ‘college’ su camiseta de la Universidad de Míchigan sigue vendiéndose por 75 dólares. En enero de 2013, Johnny Manziel, el por entonces quarterback de la Universidad de Texas A&M, firmó una pila de autógrafos en diferentes objetos de merchandising para que una empresa dedicada a la venta por internet les diera salida, fundamentalmente vía subasta, y ganar dinero con ello. La NCAA acusó a Maziel de haber querido pescar su parte del pastel, algo que se probó falso. En cualquier caso el joven jugador violaba la norma que prohíbe a los atletas personalizar productos con su rúbrica, nombre o apodo, aunque no se beneficien directamente con ello.  En agosto, la revista Time le dio una portada acompañando su imagen con un reivindicativo “Es hora de pagar a los atletas universitarios”.

En marzo, Peter Ohr, un juez-árbitro del Consejo Nacional de Relaciones Laborales  (CNRL) de Illinois, consideró que los jugadores de la prestigiosa Universidad de Northwestern eran, ante todo, deportistas y, en segunda instancia, estudiantes. En su escrito, el juez argumentaba que los jugadores entrenan muchas horas a la semana en las que se establecen unas relaciones con sus entrenadores, a la postre los que deciden y controlan las becas que reciben, que no distan de las que reciben los empleados de una fábrica o una oficina por parte de sus jefes. De esta manera se daba luz verde a que los integrantes del equipo de fútbol americano de la Universidad de Northwestern formasen un sindicato para compartir los suntuosos ingresos que recibe anualmente el centro.

El exjugador Kain Colter fue el encargado de presentar la demanda contra una institución que de 2003 a 2012 registró unos ingresos derivados de su equipo de fútbol que ascendían a 235 millones de dólares. "El tiempo que dediqué a entrenarme hizo que no pudiera llegar a graduarme como médico que era mi gran ilusión", declaraba Colter. Al igual que ocurre con el baloncesto, el fútbol americano, el otro gran deporte a nivel de ‘college’, goza de un lucrativo contrato televisivo por el que se embolsa 730 millones al año a repartir entre las conferencias que forman la competición y, claro está, sin que sus jugadores reciban un solo dólar. Históricamente, desde las universidades siempre se ha alegado que buena parte del jugoso reparto va a parar a nutrir de becas a sus deportistas. Ayudas que dan la oportunidad de estudiar de forma gratuita y de lograr un título universitario. Además, algunos dirigentes se remiten al sistema de ayudas destinado a los jugadores que acrediten problemas económicos durante su estancia en el campus.Un cuento chino que en la práctica se traduce en jugadores ansiosos por firmar su primer contrato profesional matriculados en carreras que, salvo muy contadas excepciones, ni ellos mismos saben que existen.

Pese al punto de inflexión que supone un veredicto pionero en el deporte universitario estadounidense, todavía quedan muchas asperezas que limar en un cortijo donde los deportistas son los monos de feria de un negocio en el que se manejan cifras mareantes. En abril de 2010, la NCAA, fuente inagotable que se estima genera anualmente unos 2500 millones de dólares, rubricó un contrato de 14 años y 10.800 millones de dólares con CBS y Turner Sports (propietaria de TBS y TNT) para retransmitir los partidos de la Division I. Un número que supone el 80% de los ingresos amontonados por las universidades. Una entidad que se autodefine sin ánimo de lucro pero que anualmente ingresa 771 millones de dólares en concepto de derechos televisivos. Por si fuera poco, durante el curso 2011-2012, los 25 equipos universitarios más poderosos (Louisville, Syracuse, Duke, North Carolina, Kentucky, entre otros) recibieron un total 440 millones de dólares. Escandalosas cifras en las que no figuran el taquillaje ni el merchandising.

Igualmente, los jugadores asisten impotentes ante los sustanciosos salarios de sus entrenadores, en su caso considerados profesionales de pleno derecho. En muchos casos con estipendios que superan con creces los de sus colegas en la NBA, en la temporada 2011/2012, seis entrenadores de los 68 presentes en el ‘March Madness’ se embolsaron más de 3 millones de dólares, y otros nueve técnicos superaron los dos millones. Para que se hagan una idea, durante el último curso Mike Krzyzewsky (Duke) percibió 9,7 millones, Rick Pitino (Louisville) 5,8 y John Calipari (Kentucky) 5,5. Curiosamente,‘Coach K’ fue quien pidió una nueva definición del amateurismo tras una reunión con Mark Emmert, patrón de la NCAA. El hombre que combina su trabajo diseñando la pizarra de los Blue Devils con la tarea de seleccionador estadounidense se mostró optimista ante los cambios que se avecinan en un mundo que conoce a la perfección.

En 2012, CBSSports publicaba los resultados de una encuesta anónima a la que fueron sometidos 100 entrenadores universitarios. La pregunta del sondeo era clara: ¿Deben cobrar los jugadores universitarios? Ganó el sí con el respaldo de un 58% del total de la muestra. Los que secundaron la idea de dotar a los atletas con una retribución tuvieron que hacer frente abordar una segunda cuestión: ¿Cuál sería la forma en la que materializar los pagos? El 28% respondió que lo mejor es incluir un plus a la beca escolar tras cada semestre. Una idea que, por cierto, apoyó en su día Jalen Rose, mítico escolta integrante de los ‘Fab Five’ de la Universidad de Míchigan a finales de los noventa. Un 20% creía que lo apropiado sería estipular un salario al uso para los jugadores y sólo el 8% vio oportuno dotar a los miembros de los equipos de un porcentaje sobre los ingresos anuales de su universidad.

“Hay un sentimiento en muchas familias que ven grandes departamentos atléticos, estadios llenos, mientras que a los chicos se les dice que no pueden aceptar una comida gratis, que no pueden coger nada. Para estos jóvenes, muchas veces es difícil encajarlo”, expresaba en su día Billy Donovan, entrenador de la Universidad de Florida por la que en los últimos años han desfilado jugadores de la talla de Joakim Noah, Al Horford o Corey Brewer. Fuera del mundo del billete, nos encontramos con casos difíciles de entender como el que afecta a la española Leticia Romero. La base canaria cambió de equipo tras su primer año en Kansas State. Atendiendo a la estricta normativa NCAA, un traspaso supone un año en blanco antes de que el jugador/a en cuestión pueda prestar sus servicios a otra universidad. Un atractivo negocio donde los grandes perdedores empiezan a reclamar el lugar que les corresponde.

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