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El porqué de un rescate al límite
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UNA EXPERIENCIA VIVIDA EN PRIMERA PERSONA

El porqué de un rescate al límite

En ocasiones el destino nos va dando paulatinamente las claves. Sólo hace falta saber y querer leerlas. Escribía las líneas que vienen a continuación el pasado

Foto: El porqué de un rescate al límite
El porqué de un rescate al límite

En ocasiones el destino nos va dando paulatinamente las claves. Sólo hace falta saber y querer leerlas. Escribía las líneas que vienen a continuación el pasado sábado día 15 desde la incertidumbre que provocaba el futuro desenlace del extraordinario rescate al que estábamos asistiendo en el Karakorum, y víctima de la ebullición de ideas que generaban las sensaciones vividas en esta semana de pasión y angustia. Ráfagas de esperanza y desesperación se alternaban de un día para otro como estrellas fugaces, como las lágrimas de San Lorenzo que salpican nuestro firmamento en estos días, y sentía la necesidad de explicar el porqué de un rescate así a pesar de las pocas posibilidades de éxito que ofrecía; más allá de la simple, completa e histórica respuesta de “porque está ahí”.

 

"Hace sólo tres años, y casi por estas mismas fechas, participaba en una expedición en la misma cordillera junto con otro club oscense. En aquella ocasión el objetivo era un “sencillo y transitado” ochomil, el GII. Bajando de cima uno de nuestros compañeros sufrió una caída a 7.800 metros, a resultas de la cual se lesionó una pierna y el cuello, quedando incapacitado para andar por su propio pie. Ninguna de las expediciones que intentaban la cima ese mismo día, y de las que omitiré su nacionalidad, acudió en nuestra ayuda; y  todos nuestros desesperados intentos para convencerles fueron en vano. Tuvimos que valernos por nosotros mismos, subir a buscarle, y tras vivaquear una noche a esa altura, descenderle al campo base entre todos los miembros de nuestra expedición.

En esa misma expedición, y durante la marcha de aproximación, nos cruzamos con un porteador baltí que había sufrido una fractura de tibia y peroné por el terrible impacto de una piedra en el Broad Peak, otro de los gigantes del Karakorum. Estaba trabajando para otra expedición occidental, igualmente me reservaré el decir de qué nacionalidad, pero sus componentes no quisieron asumir el coste de su evacuación en helicóptero y lo abandonaron a su suerte. Por supuesto, el mismo hecho de ser paquistaní, tampoco fue garantía para su rescate, y cuando nos lo cruzamos a las puertas del majestuoso circo de Concordia, todo el “operativo” del rescate eran las espaldas de su hermano que se encontraba en el mismo lugar. Nuestro médico del Grupo Militar de Alta Montaña (GMAM), Jorge Palop, le realizó las primeras curas y le inmovilizó la maltrecha extremidad, mientras los demás organizamos una evacuación que costeamos entre todos los miembros de la expedición.

"La cosa pinta muy fea colega, pero si hace falta me vuelvo a Skardú"

Este mismo médico era el que se ponía en contacto conmigo el pasado domingo a primera hora de la mañana. Su voz grave me esbozaba las primeras pinceladas del accidente en el Latok II y me preguntaba si conocía a alguien que estuviera en el Karakorum. No voy a negarlo, desde el principio el frío análisis y la experiencia no permitían ser muy optimista. Pero cuando la vida de alguien está en juego no ha lugar para cavilaciones. Recuerdo que fue una hora de llamadas infructuosas a teléfonos fuera de cobertura intentando localizar a dos aspirantes al GMAM que por esas fechas estarían de camino al Layla Peak, hasta que al final obtuve la respuesta de mi amigo Sebastián Álvaro, que se encontraba como prácticamente todos los veranos camino de Hushé, una remota aldea del Karakorum en la que dirige un proyecto humanitario. “La cosa pinta muy fea colega, pero si hace falta me vuelvo a Skardú para coordinar y echar una mano en lo que haga falta”. Así se lo transmití a Lorenzo Ortas, y como él mismo me dijo con su fina ironía al día siguiente: “Le tomamos la palabra…”

Estaba comenzando el que probablemente será sin lugar a dudas uno de los rescates más complicados de la historia del alpinismo mundial, y el que ya es un modelo de ejemplaridad, independientemente de las posibilidades de triunfo, y del porqué sí en esta ocasión y porqué en otras no. Y estoy convencido que eso es lo fundamental, y el mensaje principal con el que debemos quedarnos.

Es cierto que han apostado muy alto y les ha salido mal, pero en absoluto cabe juzgar de temeraria e imprudente la conducta de dos extraordinarios alpinistas que deciden convenientemente preparados, equipados, y habiendo evolucionado progresivamente,  acometer una vía de escalada de esa envergadura. La prueba más evidente de que realizan una evaluación del riesgo apropiada nos la da el hecho de que desisten del objetivo que inicialmente se proponen por no encontrarse en condiciones óptimas y que seleccionan otro alternativo. Por el contrario, y no entro en otros campos, ¿cuántos miles de conductas imprudentes se dan en nuestras pistas de esquí durante la temporada invernal o simplemente practicando senderismo en nuestras cordilleras?

Es obvio que se trata de una ruta de compromiso extremo, en la que uno debe valerse por sí mismo y en un lugar donde un rescate es casi imposible; eran totalmente conscientes de eso y por ello su primera reacción tras producirse el accidente fue intentar bajar con sus propios medios. No lo consiguieron, y la complejidad de esa maniobra lo demuestra el que a su compañero le llevase día y medio el bajar de la pared. Pero precisamente ese mismo compromiso extremo, esa fortaleza mental, es la mejor garantía para una supervivencia extrema, y así lo demuestra el ser plenamente consecuente con la gravedad de la situación asumiendo que en al menos ocho o diez días no puedes esperar ayuda.

Óscar se valía de sí mismo para derretir nieve

Es verdad que una repisa a unos 6.400 metros de altura, aunque la altitud no sea en este caso determinante, no es el lugar idóneo para alguien que está herido; pero ahora sabemos, aún desconociendo exactamente el alcance de las lesiones, que no está en la cara norte, sino en la vertiente sur más soleada y más cálida, y que tras el accidente estaba consciente y era capaz de derretir nieve con el infiernillo para hidratarse, una de las claves más importantes para el resultado final.

Pero por desgracia igualmente es ineludible que el tiempo pasa inexorablemente. Pero también aquí hay una señal de esperanza, pues mientras que las previsiones meteorológicas que barajábamos a principio de semana anunciaban un empeoramiento para este fin de semana, ahora contradicen el ritmo del Karakorum, y parecen que darán tregua hasta el martes.

Por todo ello, y aunque no tengamos constancia fehaciente del estado de Óscar Pérez, creo incuestionable la conveniencia del rescate y el afirmar que ahora no es momento para la polémica. Pienso sinceramente que ya habrá tiempo para discutir, como se está haciendo en muchos foros estos días, sobre quién y cómo se pagan los rescates en general. Y no me refiero a éste en concreto, porque no me cabe duda alguna que si es necesario toda la familia montañera nos movilizaremos si hace falta para ayudar a costear el mismo. Porque tras haber experimentado en primera persona en unas cuantas ocasiones el desamparo y abandono más absolutos en la montaña, no me cabe duda alguna de que lo fundamental  es, además del hecho de intentar salvar una vida humana, que se está dando un ejemplo de entrega y solidaridad del  máximo nivel en todo el mundo y para las generaciones venideras. Jamás un club, una nación, se había movilizado así para realizar un rescate de esta dificultad y a esa distancia; ese espíritu, esa semilla, estoy convencido que darán sus frutos y salvarán más vidas en el futuro, pero también espero y deseo que nos sirva para recapacitar qué podemos hacer todos y cada uno para evitar los accidentes que tenemos más cercanos".

Hoy ya sabemos que el mal tiempo no ha dado tregua y que el rescate no ha podido consumarse. Sólo queda acompañar a los que quedan, pero al mismo tiempo con el alivio de ver que la fe sigue moviendo montañas, y con el orgullo de poder decir bien alto que soy alpinista.

*Alberto Ayora es el autor del libro "Gestión del riesgo en montaña y en actividades al aire libre" (Ed. Desnivel, 2009). A su faceta docente, que contemplan más de 20 años dedicados a la enseñanza de los deportes de riesgo, se le une su amplia experiencia por todas las cadenas montañosas del planeta en expediciones con el Grupo Militar de Alta Montaña, colaboraciones con el programa de TVE de Al Filo de lo Imposible, y guía de personas discapacitadas de la ONCE y otras instituciones. Además, aúna una completa formación multidisciplinar. Alberto Ayora es Master en Derecho de Deportes de Montaña, Auditor de Sistemas de Prevención, Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales y es el Responsable del Área de Seguridad  y Formación del Grupo de Investigación “Salud y Seguridad en la Montaña” reconocido por el Gobierno de Aragón.

En ocasiones el destino nos va dando paulatinamente las claves. Sólo hace falta saber y querer leerlas. Escribía las líneas que vienen a continuación el pasado sábado día 15 desde la incertidumbre que provocaba el futuro desenlace del extraordinario rescate al que estábamos asistiendo en el Karakorum, y víctima de la ebullición de ideas que generaban las sensaciones vividas en esta semana de pasión y angustia. Ráfagas de esperanza y desesperación se alternaban de un día para otro como estrellas fugaces, como las lágrimas de San Lorenzo que salpican nuestro firmamento en estos días, y sentía la necesidad de explicar el porqué de un rescate así a pesar de las pocas posibilidades de éxito que ofrecía; más allá de la simple, completa e histórica respuesta de “porque está ahí”.

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