'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos': deliciosa comedia romántica
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'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos': deliciosa comedia romántica

La cinta francesa de Emmanuel Mouret celebra al tiempo que desmitifica la tradición propia del romanticismo

placeholder Foto: 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos'. (Xavier Lambours: Moby Dick Films)
'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos'. (Xavier Lambours: Moby Dick Films)

¿Encontramos más deseable a una persona cuando hay otras que también la desean? Así lo afirmaba el filósofo francés René Girard en su 'Teoría mimética del amor', una hipótesis según la cual el amor o la pasión no son emociones autónomas que brotan en nuestro interior a partir de ese ser humano especial que nos las despierta, sino que surgen por nuestra tendencia inherente a la imitación. "Deseamos el deseo de otra persona", explica Daphné (Camélia Jordana), una de las protagonistas de 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos', en una conversación en que aparece esta teoría de Girard, que ella conoce por un documental en el que trabajó y que explicaría por qué, por ejemplo, una persona adúltera siente revivir su atracción por la pareja a la que es infiel cuando esta despierta el interés de un tercero.

El planteamiento de Girard también sustenta la concepción del erotismo de esta deliciosa comedia romántica de Emmanuel Mouret que sigue una serie de idilios encadenados entre diferentes personajes. Los protagonistas de 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos' se enamoran y desenamoran entre ellos de manera que sus pasiones no nacen ni mueren, sino que más bien se transforman o trasladan de unos a otros. Todo empieza cuando Maxime (Niels Schneider) llega a casa de su primo François (Vincent Macaigne) para pasar unos días. François, sin embargo, ha tenido que ausentarse por una emergencia en el trabajo, y le recibe su pareja Daphné, embarazada de pocos meses. Para pasar el tiempo mientras esperan el regreso de François, Maxime le empieza a contar a Daphné su rocambolesca vida sentimental. En compensación, ella también le relata cómo acabaron juntos con François. Esta complicidad scheherezadiana, les acerca cada vez más...

'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos'.

En la cultura francesa, tan o más importante que hacer el amor es narrarlo. En el cine de algunos nombres clave de la 'nouvelle vague' como François Truffaut y sobre todo Éric Rohmer, el romanticismo se nutre en buena parte del intercambio verbal entre los protagonistas. El relato de enamoramientos presentes y pasados funciona como el fuelle que mantiene viva la pulsión amorosa. Con 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos', Mouret entronca con este legado cinematográfico que no concibe el amor como una pasión íntima, monógama y excluyente entre dos personas, sino como una energía de transmisión horizontal y verbal que llega, se va, y regresa de nuevo. No por casualidad, la película del francés conecta sobre todo con el cine del coreano Hong Sang-soo, a su vez uno de los herederos más evidentes de la 'nouvelle vague'. Ambos coinciden además en plasmar esta visión del amor a través de un tono de encantadora ligereza y a partir de adoptar unas estructuras narrativas que rompen con la linealidad tradicional que se aplicaría al desarrollo de una relación romántica al uso. En el caso de 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos', la película se despliega como un juego de narraciones que se contienen y a la vez se conectan unas a otras, y donde el azar juega un papel determinante.

Mouret emplea con maestría el plano secuencia para acompañar a sus protagonistas

Nos encontremos ante un filme que fluye vivamente conducido en buena parte por los diálogos de los protagonistas y sus respectivas voces en 'off' como narradores, que contagian ese gusto por las historias indiscretas que explican. Emmanuel Mouret emplea con maestría el plano secuencia para acompañar a sus protagonistas en sus vaivenes amorosos e integrar sus emociones en el entorno en que se mueven. Hasta el punto de que la secuencia cumbre en que Daphné y Maxime se dan cuenta de que se han enamorado es de las pocas escenas de la película sin diálogos, y se resuelve con una bella planificación que sigue a ambos por separado hasta que acaban reunidos en el mismo encuadre y dentro del marco de un claustro románico.

La película de Mouret resulta típicamente francesa del primer al último fotograma, y al mismo tiempo encierra cierta desacralización de todos estos referentes canónicos de los que bebe. El trío que mantienen por momentos tres de los personajes en un apartamento parisino tiene algo de versión desenfadada de la mucho más grave 'La maman et la putaie' (1973) de Jean Eustache. Mientras que el director de documentales a quien da vida Louis-Do de Lencquesaing y de quien está enamorada Daphné al principio encarnaría esa visión de la cinefilia tan nouvellevaguiana que idealiza sus propias emociones ante una película y da por supuesto que una mujer debe sentirse de la misma manera para ser tomada en consideración. Gran parte del encanto irresistible de 'Las cosas que decimos, las cosas que hacemos' reside en cómo equilibra una visión al mismo tiempo celebratoria y desmitificadora del amor. Excepto por uno de los personajes que sí parece aferrarse a una visión más absoluta y monógama del romanticismo, el resto de protagonistas podrían acabar con cualquiera de las parejas con las que flirtean a lo largo de la película, sin que eso suponga en ningún caso que su pasión sea menos válida.

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