Su perro no le quiere: una nueva teoría sobre las emociones animales que no le va a gustar
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Su perro no le quiere: una nueva teoría sobre las emociones animales que no le va a gustar

El neurocientífico estadounidense Joseph LeDoux defiende en 'Una historia natural de la humanidad' una nueva y polémica hipótesis sobre nuestro lugar en la naturaleza

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Un perro mostrando sus emociones... ¿o no?

Hace alrededor de 30.000 años, la amenazadora mandíbula del lobo dejó paso al húmedo y cariñoso toque de la nariz del perro. El perro evolucionó del lobo, eso lo sabemos con certeza, aunque cabe la duda de si lo domesticaron los seres humanos o se "domesticó a sí mismo" en un proceso por el cual algún lobo algo más manso y sociable que los demás, que rondaba cerca de los asentamientos humanos, acabó quedándose con nuestros ancestros como ayudante y amigo fiel legándole su espíritu amistoso a sus descendientes. Hoy en el mundo se calcula que hay más de 500 millones de cánidos —más de seis millones solo en España— que se emocionan con nosotros, se alegran, se enfadan, muestran amor por sus dueños y ofrecen consuelo. Nos quieren, ¿quién podría negarlo?

Solo hay un problema. Cada vez parece más claro para los investigadores que una serie de conductas asociadas a la supervivencia, como la aproximación a fuentes beneficiosas —como la comida— o la huida de elementos perjudiciales —como los depredadores—, pueden rastrearse hacia atrás a lo largo de todo nuestros antecesores evolutivos desde el 'Homo sapiens' hasta el célebre LUCA (Last Universal Common Ancester), que hace 3.700 millones de años mostraba ya capacidad de reacción sin disponer, por supuesto, de nada parecido a un sistema nervioso. Y solo mucho más tarde, al llegar esta especie nuestra tan peculiar, surgieron lo que llamamos emociones.

¿Corremos porque tenemos miedo o tenemos miedo porque corremos? ¿Y si el dispositivo de huida fuera automático y ancestral mientras que el miedo auténtico encarnara una emoción únicamente humana? Lo mismo que el amor. Pero, entonces, ¿cómo le va a querer su perro?

placeholder 'Una historia natural de la humanidad'. (Paidós)
'Una historia natural de la humanidad'. (Paidós)

Para bien y para mal, lo que llamamos conciencia y emociones son atributos puramente humanos. No se trata de que los animales no sientan, pero no queda nada claro qué es lo que sienten y, cuando creemos verlos alegres o tristes, estamos proyectando en ellos nuestras propias experiencias. Tal es la sorprendente teoría a la contra que defiende Joseph LeDoux en 'Una historia natural de la humanidad: el apasionante recorrido de la vida hasta alcanzar nuestro cerebro consciente' (Paidós), tal vez el libro de divulgación más importante publicado este año en España. LeDoux es un prestigioso psiquiatra y neurocientífico estadounidense profesor de Ciencia Neuronal en la Universidad de Nueva York que, después de toda una vida de investigación, nos deja aquí la que bien podría ser su gran obra final. Un recorrido vertiginoso en capítulos breves, trepidantes y accesibles con dos tesis aparentemente contradictorias que resultan a la postre admirablemente complementarias: para entender la conducta humana es tan importante saber lo que nos acerca al resto de organismos vivos... como la brecha insalvable que nos separa.

Huida y miedo

"A menudo", explica LeDoux, "atribuimos estados mentales, principalmente emociones, a conductas asociadas con la supervivencia. Decimos que nos alejamos del peligro porque estamos asustados de lo que pasará. Si falla el plan de huida, manifestamos estar aterrorizados. Igualmente, muchas veces se dice que el acercamiento a la comida o al sexo va acompañado de deseo o de esperanza. Cuando ocurren conductas de aproximación experimentamos placer o satisfacción, y frustración o decepción cuando fallan estas conductas. Sin negar que experimentamos esos estados emocionales, hemos de ser cautos cuando recurrimos a ellos para explicar conductas. Como argumentaré más adelante, hay estudios que sugieren que la aproximación, la huida y otras conductas de supervivencia en humanos, son mediadas por circuitos cerebrales distintos de aquellos que controlan el miedo, el placer, la decepción y demás. No sabemos nada sobre los sentimientos de los otros animales".

placeholder Además de científico, Joseph LeDoux también es cantante de 'folkrock'.
Además de científico, Joseph LeDoux también es cantante de 'folkrock'.

Una serie de hallazgos recientes en algunos de los cuales ha participado el propio LeDoux han observado que, cuando se presenta una amenaza subliminal a un sujeto —sin que este sea consciente—, se activa inmediatamente su amígdala cerebral, el corazón late más rápido, las palmas sudan, los músculos se tensan... y declara no sentir miedo alguno. Y a la inversa, personas con la amígdala dañada incapaces de mostrar reacciones fisiológicas de huida ante amenazas... aseguran sentir miedo. ¿Y si, pese a lo que creíamos hasta ahora, la amígdala es la responsable de la respuesta inconsciente ante el peligro, pero no del sentimiento consciente de miedo que parece ocurrir al mismo tiempo?

Ningún otro animal tiene ideas como construir un rascacielos, encontrar la cura para una enfermedad o componer una ópera

Recuerda LeDoux que ningún otro animal, ni siquiera los primates más cercanos a nosotros, puede tener ideas como, por ejemplo, construir un rascacielos, encontrar la cura para una enfermedad, componer una ópera o idear una novela, después describírsela a un colega, planear como ejecutarla y, finalmente, llevarla a cabo. El que la cognición humana sea única no significa de ningún modo que seamos mejores o que tengamos más derechos que nuestros antepasados o que los animales con los que actualmente compartimos el planeta. Solo significa que somos diferentes. Pero, entonces, ¿cómo demonios emergieron experiencias subjetivas tales como el terror, la empatía, la alegría o el amor? ¿De dónde salen nuestras emociones?

Bailar en el tiempo

Todos los seres vivos, desde las amebas a los bonobos, aprenden en menor o mayor grado, esto es, son capaces de apoyarse en experiencias pasadas para mejorar las experiencias presentes. Pero solo usted, lector, es capaz de imaginar toda clase de opciones que aún no han ocurrido nunca para tomar mejores decisiones ahora, solo usted es capaz de deliberar —algo distinto de aprender— proyectándose hacia el futuro. En lugar de empezar cada vez una larga cadena de repeticiones de prueba y error que refuercen sus aciertos, los seres humanos pueden simular esa operativa saltándose el pesado y lento proceso de ejecutarla. A veces erramos igualmente, claro, pero, cuando acertamos, la velocísima explosión de ingenio y creatividad de la deliberación cognitiva del 'sapiens' lo cambia todo. Para ese empujón decisivo una última pareja de herramientas resultaron capitales, el lenguaje y/o la memoria.

Solo usted, lector, es capaz de imaginar opciones que aún no han ocurrido nunca

En 'Una historia natural de la humanidad', Joseph LeDoux se decanta para explicar la especificidad de la cognición humana que daría cuenta de la conciencia y de los sentimientos por la novedosa hipótesis del 'orden superior'. Lo que nos diferencia de cualquier otro ser vivo no es tener un estado mental sobre el mundo —cosa que ya hacen animales de cognición perfectamente compleja—, sino la capacidad de tener un estado mental sobre nuestro propio estado mental. Y ser capaz con ello de imaginar el futuro.

Foto: Fuente: iStock.

La explicación es prolija y el lector interesado debería seguir la fascinante argumentación del autor en su propio libro. Pero un dramático resumen de urgencia diría algo así como esto: un azar evolutivo nos ha dotado de una conciencia autonoética que nos permite bailar mentalmente entre lo que fue y lo que imaginamos que vendrá; no surgió de la nada, pero tampoco nos dieron el testigo nuestros antepasados animales. Esa conciencia es la artífice de esas emociones humanas que tantas veces confundimos con reacciones automáticas simples y que no tienen parangón en ninguna otra especie. Quizás Schopenhauer intuyera algo de esto, esa intemporalidad intercambiable de los animales cuando, como citaba Borges, escribió: "Quien me oiga asegurar que ese gato que está jugando ahí es el mismo que brincaba y que traveseaba en ese lugar hace trescientos años pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro".

Otras mentes

Charles Darwin no dudaba de las emociones animales: "Un perro acarreando una cesta para su dueño exhibe un alto grado de orgullo o autocomplacencia. Creo que no puede haber duda de que un perro siente vergüenza y algo parecido a la modestia cuando ruega que le pongan comida demasiado a menudo". Pero, lamenta LeDoux, estas intuiciones del gran Darwin no son conclusiones científicas. Hasta tal punto vemos cosas en los animales que solo sentimos nosotros que Herbert Spencer señalaba con ironía ya en el siglo XIX: "Si la ameba fuera un animal grande, de modo que pudiéramos familiarizarnos con ella, su comportamiento podría hacer que le atribuyéramos estados de placer, dolor o deseo con la misma base que se los atribuimos a los perros". Por cierto, que también humanizamos a robots, juguetes mecánicos o juegos de ordenador. Y algunas de las más interesantes teorías sobre la evolución de los cánidos no es que nieguen que su mascota le quiera es que defienden que el perro es básicamente un parásito —muy hábil— de los seres humanos.

¿Qué ocurre entonces dentro de las otras mentes animales? ¿Sienten?

¿Qué ocurre entonces dentro de las otras mentes animales? ¿Sienten? Sería estupendo poder preguntárselo, sin más, pero, ay, no podemos. Esa falla comunicativa empantana toda la investigación sobre la cognición no humana, la torna extraordinariamente ardua y acaba propiciando los ya mencionados atajos antropomórficos. La conclusión de LeDoux es tajante: "Que sea difícil demostrar la conciencia en animales no significa que no tengan mente. No conozco a ningún científico serio que mantenga que los mamíferos y las aves carecen de mente, si por 'mente' entendemos la capacidad de pensar, planificar y recordar. Pero esto es diferente de la capacidad de ser consciente de los pensamientos propios, de los planes y de los recuerdos. El hecho de que los mamíferos y las aves tengan mentes no significa que tengan el tipo de mente que tenemos los humanos, una mente que es capaz de un lenguaje y de la autoconciencia reflexiva, de visitar el pasado propio y de imaginarse a uno mismo en distintas situaciones posibles en el futuro".

Así que sí, cabe la posibilidad de que su perro no le quiera... ¿pero qué importa si usted lo quiere tanto?

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