Lana Turner, la 'chica del suéter' a la que el cartero llamó dos veces
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20 años de la muerte de la actriz

Lana Turner, la 'chica del suéter' a la que el cartero llamó dos veces

Se cumplen dos décadas de la muerte de un icono del glamour y también del escándalo del cine de la época dorada de Hollywood

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Lana Turner

Un bobina de hilo rueda traviesamente por el suelo. La cámara la sigue mediante un elegante travelling hasta que se detiene ante unas imponentes piernas. John Garfield las mira sorprendido y, en el siguiente plano, aparece la dueña del portento físico: una imponente mujer vestida con unos shorts que no dejan espacio a la imaginación y un turbante blanco. Es quizá el plano más icónico y evocador de la carrera de Lana Turner, el que quedaría para los restos de los restos de la historia del cine; el de una película, El cartero siempre llama dos veces, que en muchos casos es el sancta santorum del noir.

Sin embargo, Lana, fallecida un 29 de junio de hace veinte años, fue mucho más que una mujer fatal. Su vida retroalimentó siempre su carrera y la puso en incontables ocasiones en el ojo del huracán. Sus siete maridos, su relación con el gangster Johnny Stompanato, que acabó apuñalado a manos de su hija Cheryl, y sus fogosos romances con Fank Sinatra o Tyrone Power, que la dejó plantada por otra, la muestran como la pionera en eso de sumar fama pública gracias a los escándalos privados. Nada nuevo en nuestros tiempos de hate viewing y disfrute de las celebrities hundidas, pero sí en aquella América moralista y con olor a hogar lleno de electrodomésticos de los 40 y los 50.

Antes de los titulares amarillistas, Lana Turner era una niña huérfana de padre que, siendo apenas una adolescente, se mudó con su madre a Los Ángeles. A mediados de los años 30, un 'cazador' de celebrities, de esos que ya no existen, la vio mientras se comía un helado. Apenas tenía 15 años y cuando este le preguntó si quería ser actriz ella le soltó una perla que pasaría a la historia de los descubridores de estrellas. "Tendré que preguntarle a mamá", le replicó con su sexy ingenuidad. Lo que siguió fue una película, They won't forget, en la que el pecho de la adolescente la convirtió en reclamo sexual cuando el nefasto Código Hays que censuraba y dictaminaba la moral del cine acababa de elaborar sus primeros mandamientos. Lana aparecía en una breve escena y la cámara, ese artefacto que se enamoró de ella desde el principio, la seguía mientras ella caminaba y sus pechos se contoneaban con toda naturalidad. Un periodista tuvo la genial idea de llamarla con el sobrenombre de 'chica del suéter', algo que ella odió el resto de sus días.

La 'protegida' de L. B.

El director y productor Mervyn LeRoy se convirtió en su protector y se la llevó con él cuandose mudó al estudio de Culver City e inició su andadura en la Metro Goldwyn Mayer. Allí, el propio L.B. Mayer convirtió a la chica en su protegida y dispuso toda la maquinaria para convertirla en una gran estrella: la enseñaron a andar, a vestir e incluso a maquillarse ella sola. Su belleza ante la cámara era deslumbrante y no hace falta hacer un repaso de muchos de sus títulos, como Las chicas Ziegfeld (1941), donde también bailaba, para darse cuenta de que no tenía ninguna intención de emular a Greta Garbo o a otros iconos de la excelencia en el mundo de la interpretación. Sin pretensiones, pero consciente de su estrellato, solía imponer muchas de sus propias reglas al viejo Mayer, que tuvo que 'tapar' más de un escándalo suyo ante la prensa, como su aborto antes de los 20 o el maltrato al que la sometió el músico Artie Shaw, su primer matrimonio, que apenas le duró cuatro meses.

Considerada la eterna sucesora de la precozmente fallecida Jean Harlow, Lana entretuvo a las tropas durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo una hija, Cheryl, y coleccionó amantes de la talla de Sinatra, por aquel entonces ya casado, con hijos y con poca predisposición para perder la cabeza por una rubia. Su gran papel llegaría con la adaptación de la novela de James M. Cain, El cartero siempre llama dos veces (1946), donde su erotismo por fin parecía lo suficientemente madurado como para llevarla a ejercer de femme fatale que arrastra a un pobre diablo al crimen.

El éxito de esta y de su siguiente película, La calle del delfín verde (1947) fue tal que pudo pedir un aumento de sueldo y una mayor presencia de su personaje sobre el papel cuando le tocó ser la Lady de Winter de Los tres mosqueteros (1948), la primera cinta que mostró su despampanante físico en el Technicolor que patrocinaba Natalie Kalmus. A principios de los 50 estuvo en la que quizá sea la mejor de todas las cintas que protagonizó, Cautivos del mal, ese melodrama de Minnelli que destapaba las miserias y los egos descontrolados del mundo del cine.

Sin embargo, cuando L.B. se jubiló, la niña mimada de la Metro tuvo que encarar nuevas realidades menos apetecibles que las de su primera época como actriz. Dore Schary, el nuevo presidente del estudio, la consideraba una cría caprichosa de 30 años a la que había que poner las pilas y bajar del pedestal. Por eso la obligó a hacer películas nefastas como la nueva versión de La viuda alegre (1952) o El hijo pródigo (1955), esperpéntico intento de convertirla en un personaje de la antigüedad.

La matrona de los melodramas

A mediados de los 50, con la prensa del corazón más interesada en su vida que el propio estudio en su carrera, no hacían falta muchas cábalas para saber que Lana acabaría abandonando la Metro. El día que lo hizo ni un solo empleado estaba en la puerta de salida para agradecerle casi 20 años de buena taquilla e infatigable trabajo. Lo que vino a continuación fue el famoso 'caso Stompanato', aquel que tuvo lugar cuando su hija Cheryl, en plena discusión de ella con su amante de turno (un mafioso de altos vuelos y bajos fondos), le asestó una puñalada en defensa propia. El jurado absolvió a madre e hija y para aquellos que pensaban que su carrera se hundiría tras el juicio, fue toda una sorpresa verla reinventándose a sí misma y no sólo sobreviviendo al escándalo sino beneficiándose del mismo.

Su paso por el Festival de San Sebastián para recibir el Premio Donosti en el 94, cuando el cáncer había marchitado gran parte de su belleza, sirvió para constatar que las estrellas como ella también son mortales pese a que el público las recuerde siempre

Justo en 1959, un año después de la tragedia, Lana fue requerida por el productor Ross Hunter para protagonizar la nueva versión de Imitación a la vida, en la que interpretaba a una actriz que se pasa media vida buscando el éxito a expensas de la relación con su única hija. Seguro que a Cheryl, que no paraba de salir y entrar en correccionales para menores, le sonaba bastante esa misma historia. La película fue uno de los grandes éxitos de una década, la de los 50, en la que, más que los dramas, destacaban los grandes espectáculos que pretendían vencer a la televisión con armas más poderosas que las de la pequeña pantalla. También supuso el canto de cisne de Douglas Sirk, su director, el hoy proclamado rey del melodrama.

El giro profesional de la actriz fue total: aunque siguió acumulando maridos, joyas y escándalos, ahora era la protagonista de grandes folletines que mostraban su poderío como matrona madura, elegante y sufridora. El mejor ejemplo de ello es La mujer X, película en la que es defendida por un abogado que resulta ser el hijo perdido que nunca tuvo la oportunidad de conocerla. Cuesta imaginar una trama más melodramática.

Aunque siguió trabajando durante los 70 y los 80 e incluso participó en la serie Falcon Crest, protagonizando su propio duelo de divas con la Ángela Channing que interpretaba Jane Wyman, de la Lana más esplendorosa sólo quedaban ya las anécdotas de un Hollywood sublime a la par que impostado que cada vez parecía más obsoleto e impostado para las nuevas generaciones. También quedaban por entonces los chascarrillos de su vida y muchas de sus grandes frases, en las que parecía justificar esa eterna fama de devorahombres. "Un hombre de éxito es el que hace más dinero del que su mujer puede gastar. El éxito de una mujer es encontrar un hombre así", dijo una vez.

Su paso por el Festival de San Sebastián para recibir el Premio Donostia en el 94, cuando el cáncer había marchitado gran parte de su belleza, sirvió para constatar que las estrellas como ella también son mortales pese a que el público las recuerde siempre, sobre todo a aquellas que vivieron esa época en la que el público se miraba en un gran espejo llamado Hollywood. Hoy, la chica del suéter que nunca salía de casa sin estar perfecta es otro de los símbolos de un tipo de fama, la que iba acompañada del estilo y la afectación, que empieza a parecer tan lejana como el propio siglo XX.

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