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inaugura con una defensa de la república

Cannes celebra a papá Estado

'La Tête haute' reivindica las instituciones del estado francés a través del proceso de reinserción de un menor problemático

Foto: Sara Forestier, Emmanuelle Bercot, Rod Paradot, Catherine Deneuve y Benoit Magimel, posan durante la presentación de la película 'La tête haute'. (EFE)
Sara Forestier, Emmanuelle Bercot, Rod Paradot, Catherine Deneuve y Benoit Magimel, posan durante la presentación de la película 'La tête haute'. (EFE)

Poco glamour y mucha conciencia social en la La Tête haute, la película que ha inaugurado el Festival de Cannes. Dirigido por Emmanuelle Bercot, con Catherine Deneuve como protagonista, este drama patriótico se centra en la relación de un muchacho con un Tribunal de Menores a lo largo de diez años. Malony (Rod Paradot) acude por primera vez ante la juez con seis años: su madre se ve incapaz de controlar sus actitudes violentas y renuncia a su custodia. A partir de aquí, la película traza la dedicación pertinaz del sistema para conseguir que Malony enderece su vida.

Dos personas en concreto lucharán desde las instituciones para que este chico con tendencia al comportamiento agresivo y con un infinito historial de robo de coches no acabe con sus huesos en la cárcel cuando cumpla los 18 años. Por un lado la Juez (así, en mayúsculas y sin nombre propio) a la que da vida Catherine Deneuve, representación de un sistema con rostro humano cuya principal función es garantizar la igualdad de oportunidades, incluso para los menores que crecen en hogares desestructurados. Por otro, Yann (Benoît Magimel), una suerte de “hermano mayor” que, tras pasar él mismo una juventud problemática, trabaja como agente de apoyo para menores delincuentes en vías de reinserción.

En La Tête haute, la mamá República consigue solucionar los problemas que sobrepasan a la mamá biológica

En un filme sobre la relación de un muchacho con las instituciones asistenciales, la cámara apenas se adentra en la vida familiar del joven protagonista para centrarse en las muchas horas que éste pasa en el tribunal de menores, en los diferentes centros de acogida y en la cárcel. A lo largo de sus dos horas de metraje, La Tète haut recoge las muchas veces en que Malony se equivoca, la caga o reincide en sus errores para demostrar cómo un estado que funciona bien es capaz de darle siempre una nueva oportunidad. Y todo ello gracias a funcionarios en su mayoría pacientes, responsables y concienciados. La película deja clara la idea de que las instituciones sólo pueden cumplir su cometido con dinero, tiempo y persistencia.

Con esta clara vocación de defender el sistema, Bercot no se interesa ni por sus grietas ni por sus problemas hasta el punto de pasar por encima de algún asunto que la propia película apunta, como el hecho de que algunos jóvenes puedan sentirse discriminados en estos centros por cuestiones racistas. Incluso la breve estancia de Malony en la cárcel se muestra como algo positivo para su reinserción. El personaje de Deneuve sirve un par de metáforas que permiten ilustrar la concepción de las instituciones que ofrece la película y su relación con los ciudadanos a los que sirven. Una es la que concibe el estado como el responsable de poner los raíles por donde luego los jóvenes deben moverse. La otra es aquella en que la magistrada conmina al muchacho a saber tomar la mano que ella le tiende.

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A fin de que Malony no funcione sólo como arquetipo de joven delincuente de carácter turbulento pero buen fondo, Bercot le escribe una historia de amor con otra joven que acaba en embarazo adolescente. Bercot soluciona esta subtrama con un discutible clímax dramático destinado a poner a los espectadores de parte del joven protagonista. Y no es el único momento en que fuerza la intensidad emocional para conmover al público. La directora realiza un esfuerzo constante para que el retrato de las actitudes agresivas del menor no provoque el rechazo de la audiencia.

El personaje de la madre de Malony, interpretado por Sara Forestier, resulta un compendio de tics y clichés ligados a la mujer de clase obrera sobrepasada por sus circunstancias: aspecto desaliñado, habla en jerga, actitud inmadura e irresponsable a pesar de sus buenos sentimientos. Su personaje se opone de manera evidente al que da vida Catherine Deneuve. La juez se presenta como una mujer madura, sobria, equilibrada y responsable que siempre sabe tomar la decisión más correcta. En La Tête haute, la mamá República consigue solucionar los problemas que sobrepasan a la mamá biológica. La metáfora queda subrayada con el plano que cierra la película: tras la salida del tribunal de Malony, en el plano solo queda la bandera francesa ondeando triunfante frente al Tribunal de Justicia.

Loable en sus intención de defender la importancia de las instituciones públicas, La Tête haute sin embargo resulta un film plano y por momentos burdo que no consigue equilibrar cierto realismo de aire documental con las emociones de un drama humano. Más cerca de una variante en ficción de Hermano mayor que de la sobria contundencia del cine de los hermanos Dardenne, La Tête haute ha generado poco más que indiferencia en su primera proyección para acreditados. Una inauguración tibia, floja y patriótica para una edición del Festival de Cannes donde el acento francés se va a hacer notar más que de costumbre.

Poco glamour y mucha conciencia social en la La Tête haute, la película que ha inaugurado el Festival de Cannes. Dirigido por Emmanuelle Bercot, con Catherine Deneuve como protagonista, este drama patriótico se centra en la relación de un muchacho con un Tribunal de Menores a lo largo de diez años. Malony (Rod Paradot) acude por primera vez ante la juez con seis años: su madre se ve incapaz de controlar sus actitudes violentas y renuncia a su custodia. A partir de aquí, la película traza la dedicación pertinaz del sistema para conseguir que Malony enderece su vida.

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