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'Utopía', la conspiración (in)creíble
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llega la segunda temporada de la serie

'Utopía', la conspiración (in)creíble

Vuelve la serie de culto británica. La segunda temporada ya se ha estrenado y sigue siendo una cruel metáfora del mundo en el que vivimos

Foto: Fotograma de 'Utopía' (Channel 4)
Fotograma de 'Utopía' (Channel 4)

El pasado martes tenía lugar la première en Reino Unido de la segunda temporada de Utopía (que aquí emite Canal +), la polémica producción británica de Channel 4 que se ha convertido en una serie de culto.

Polémica por su extrema violencia, ya que su primera temporada, en la que se narraba una matanza en una escuela infantil, coincidió con la masacre de Adam Lanza en Connecticut, en la que hasta 20 niños y 6 adultos fueron asesinados, reducir el encanto de Utopía a la transgresión de los límites de sadismo visibles en la televisión sería un enorme error. Utopía asusta y atrae por lo que se ve en pantalla pero, sobre todo, por lo que imaginamos que sucede fuera de ella.

La unión de ciencia ficción y política es parte esencial de la “Marca Reino Unido”: baste citar aquí a George Orwell y su 1984, o a Aldous Huxley y su Un mundo feliz. En la forma y en la superficie, Utopía también pasa por ser una serie de ciencia ficción: un grupo de desconocidos (de diferentes culturas y razas, en clara representación de la sociedad civil) debe enfrentarse a una sociedad secreta (perfectamente caucásica), que cree que los problemas del mundo pasan por la esterilización, sin previo aviso, de la humanidad.

Entra aquí el factor conspiranoico, tan en boga en la ficción tras los atentados del 11S (y, en un escalón inferior, del 11M, en la versión de sainete de Pedro J). Ahora bien, de la misma manera que no se puede entender Un mundo feliz o 1984 sin el temor de sus autores a los extremismos de los años 30 que nos conducirían a la Segunda Guerra Mundial, también es imposible aislar Utopía de su contexto histórico. Como toda buena ciencia ficción que se precie de serlo, es una metáfora nihilista de los tiempos que vivimos.

Así, la segunda temporada se abre, pásmense, en Roma, con el asesinato de Aldo Moro, inmediatamente relacionado, vía imágenes de archivo y teoría conspiranoica, con la elección de Margaret Thatcher como Primer Ministro de Reino Unido. Una visión que es, también, marca Reino Unido: desde sus inicios, la ficción en las islas (o, por lo menos, la más premiada y destacada) ha estado dominada por autores y realizadores con simpatías por la izquierda, muy críticas con las medidas conservadoras de sus dirigentes.

En la mayor parte de casos, la ficción televisiva inglesa no se entiende sin carga (y de bastante profundidad, además) política. Legendario es el nacimiento de los Angry Young Men, los jóvenes airados que fueron los primeros en reflejar la crisis del Estado del Bienestar y que tuvieron a su representante televisivo con Ken Loach y su Cathy come home (1966). Pero los ejemplos de ciencia-política-ficción, al margen del realismo social de Loach son numerosísimos. Durante el gobierno de Alec Douglas-Home, la BBC produjo el falso documental The War Game (Peter Watkins, 1965), prohibido en su momento, en el que se narraban las consecuencias de una guerra nuclear entre la desaparecida URSS y Gran Bretaña.

En 1985, en pleno romance entre Thatcher y Reagan, se estrenaba el eco-thriller Edge of Darkness (Troy Kennedy Martin); en pleno auge de Tony Blair y la Tercera Vía, justo antes de que empezara a la Guerra de Irak, se producía State of Play (Paul Abbott, 2003), en la que, con poderes adivinatorios que para sí quisiera la bruja Lola, se anticipaba el ‘caso Kelly’ (el suicidio del confidente de la BBC que destapó las mentiras de los informes de Blair para justificar la guerra).

Todos ellos, como Utopía o sus nobles antecesores Orwell y Huxley, versan sobre lo mismo: el planeta se aboca a su destrucción bajo las presiones de un poder económico invisible a la opinión pública que decide los destinos de la población y que maneja como marionetas a sus representantes políticos.

Las teorías conspirativas plasmadas en estas series, gozan de mala prensa. Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, afirmaba que era “el resultado típico de la secularización de una superstición religiosa” y la definía como “la teoría equivocada de que todo lo que ocurre en la sociedad –especialmente los sucesos que, como la guerra, la desocupación, la pobreza, la escasez, etc., por regla general no gustan a la gente– es resultado directo del designio de algunos individuos y grupos poderosos”. Lo mismo para otro peso pesado del pensamiento (post)moderno, Fredric Jameson para quien, la teoría conspirativa era “el mapa cognitivo del pobre en la era postmoderna”.

Claro, que uno y otro escribieron lo anterior antes de que se supiera que los bancos más importantes de Europa manipulaban el Euríbor, que el gobierno sueco reconociera que había esterilizado a la población gitana durante más de 100 años, que lo de las armas de destrucción masiva en Irak era una engañifa o que la NSA controla hasta cuál es nuestro tránsito intestinal. Los dos escribieron antes del pasado martes, cuando se estrenó la segunda temporada de Utopía: el mismo día que el Parlamento Europeo rechazaba en una ¿incomprensible? decisión rebajar el precio del medicamento contra la hepatitis.

El pasado martes tenía lugar la première en Reino Unido de la segunda temporada de Utopía (que aquí emite Canal +), la polémica producción británica de Channel 4 que se ha convertido en una serie de culto.

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