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Los claroscuros de Yves Saint-Laurent
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Bonello presenta una biografía heterodoxa

Los claroscuros de Yves Saint-Laurent

Este es el año de las películas biográficas en el Festival de Cannes

Foto: Lea Seydoux, Amira Casar y el actor Jeremie Renier, en la presentación de 'Saint-Laurent' (EFE)
Lea Seydoux, Amira Casar y el actor Jeremie Renier, en la presentación de 'Saint-Laurent' (EFE)

Este es el año de las películas biográficas en el Festival de Cannes. Tras Gracia de Mónaco y JMW Turner, hoy ha sido el turno de Yves Saint-Laurent. El modisto francés protagoniza otro biopic, Yves Saint-Laurent de Jalil Lespert, que ha contado con el beneplácito de Pierre Bergé, socio y compañero del diseñador. Saint-Laurent parte de un proyecto anterior al de Lespert, pero se estrena más tarde, en Cannes y sin ninguna bendición oficial. Lo que, según sus responsables, les ha permitido gozar de mayor libertad que si hubieran rodado un biopic al uso. Como dice el director Bertrand Bonello, “no revelamos ningún secreto, ningún aspecto de su vida que no conozca todo el mundo”, aunque este sea un filme más heterodoxo tanto en el aspecto biográfico como en el estético.

Saint-Laurent se centra en la década más rutilante de la vida y obra del modisto, entre 1967 y 1976. En la primera parte, Bonello reivindica la figura de un artista, a quien Andy Warhol consideró su par al otro lado del Atlántico. Un hombre que sintonizó con el aire de los tiempos, y no sólo al modernizar el estilo de las mujeres de la época. Como Warhol, Saint-Laurent (Gaspard Ulliel) se rodeó de sus propias musas, llevó a cabo una intensa vida social y convirtió su imagen pública en una obra más.

El director Bertrand Bonello, ya adelanta que no revela ningún secreto, ningún aspecto de la vida del modisto que no conozca todo el mundo

Si Saint-Laurent representa la modernidad en diseño y estilo de vida, su compañero y socio, Pierre Bergé (el dardenniano Jeremie Renier), la encarna en su visión empresarial. Él convirtió Yves-Saint Laurent en una marca, YVS, apostó por la convivencia entre alta costura y prêt-à-porter, por la localización concreta de tiendas en las calles más prestigiosas de cada ciudad y por la proliferación de franquicias.

Moderno y aislado

Bonello le dedica una de las secuencias más interesantes del largometraje, donde se pone de manifiesto su capacidad negociadora durante una larga reunión de trabajo. La relación entre Bergé y Saint-Laurent es una de las muchas dualidades con las que juega la película, un recurso por otro lado muy habitual en la filmografía del director de L'Apollonide. Saint-Laurent presenta a un hombre que modernizó la sociedad donde vivía pero que al mismo tiempo, como tantos otros personajes de Bonello, vivía en cierta manera aislado en su propio mundo.

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Un artista capaz de disfrutar de la compañía de sus colegas y musas, pero también de caer en periodos de depresión y decadencia. Un amante que mantuvo una relación con el mismo hombre durante décadas, pero se enamoró apasionadamente de Jacques de Bascher, el dandy más chic del París de entonces, con quien se sumergió en una vida de excitación y excesos.

Entronca la obra del modisto, que buscaba su inspiración tanto en las estrellas del Hollywood clásico como en la pintura, el ballet o la literatura, con la de tantos otros artistas de vanguardia que ha dado su país

En la película se diferencian tres partes. La primera y más convencional, presenta al personaje, su meticulosa manera de trabajar y la época donde vivió. El segundo periodo se centra en el lado más turbulento del modisto, a partir de su relación con De Bascher. El último fragmento es también el más interesante: aparece la figura de un Saint-Laurent ya mayor a quien encarna Helmut Berger (recuperar a este actor viscontiniano es uno de los mayores aciertos de Bonello) y el filme toma un tono mucho más evocador, casi onírico. Como si Saint-Laurent se hubiera convertido en ese Marcel Proust en cuya habitación soñaba vivir.

En este tono, entre remembranza y alucinación, Bonello presenta el histórico desfile de 1976 en una pantalla partida al estilo Mondrian. Es su manera de entroncar la obra del modisto, que buscaba su inspiración tanto en las estrellas del Hollywood clásico como en la pintura, el ballet o la literatura, con la de tantos otros artistas de vanguardia que ha dado su país.

Gravedad turca y humor argentino

Una de las apuestas fuertes de la competición de este año, y no sólo por sus más de tres horas de metraje, es Winter Sleep de Nuri Bilge Ceylan. Desde Lejano (2002), el título que le dio a conocer internacionalmente, el director turco ha presentado todas sus películas en Cannes pero no ha conseguido todavía ninguna Palma de Oro. Con su nueva obra, Ceylan viaja al corazón de Anatolia para desarrollar su película más bergmaniana, un drama que se adentra en la crisis de la pareja protagonista, un veterano actor retirado y su joven mujer que regentan un hotel de lujo en la Capadocia. El cineasta vuelve a recurrir a su fino sarcasmo para retratar a una serie de personajes que, como él mismo, representan al turco moderno, laico, urbano, culto y rico.

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Esta vez, también les confronta en un evidente choque de clases con la familia tradicional que alquila una de sus casas. Ceylan construye un film denso e intenso, rodado en su gran parte y brillantemente en interiores, con fértiles referencias a la literatura de Chéjov y de Dostoievsky, como en esa espléndida secuencia en que la mujer adinerada visita a la familia pobre dispuesta a compensar económicamente las humillaciones a las que les ha sometido su marido.

Para compensar un peso pesado como Winter Sleep, el festival programó una sesión de desengrase con Cuentos salvajes deDamián Szifron. La película argentina coproducida por El Deseo (Pedro Almodóvar ha acompañado al equipo) recopila diversas historias de humor negro bajo una idea común, llevar al paroxismo situaciones de desquicio máximo. Desde el prólogo que parece un guiño a Los amantes pasajeros a la desmadrada boda final, la película apunta a temas como la corrupción, el conflicto de clases, la hipocresía y la hostilidad de la burocracia para armar una serie de cuentos imprevistos que encuentran en la venganza su motor narrativo. El mejor episodio es el más abstracto: aquel en que dos automovilistas (un ejecutivo de ciudad y un trabajador de provincias) convierten el típico conflicto nimio en la carretera en una espiral de revanchas. Una actualización sobre ruedas de la absurda negritud del Duelo a garrotazos de Goya.

Este es el año de las películas biográficas en el Festival de Cannes. Tras Gracia de Mónaco y JMW Turner, hoy ha sido el turno de Yves Saint-Laurent. El modisto francés protagoniza otro biopic, Yves Saint-Laurent de Jalil Lespert, que ha contado con el beneplácito de Pierre Bergé, socio y compañero del diseñador. Saint-Laurent parte de un proyecto anterior al de Lespert, pero se estrena más tarde, en Cannes y sin ninguna bendición oficial. Lo que, según sus responsables, les ha permitido gozar de mayor libertad que si hubieran rodado un biopic al uso. Como dice el director Bertrand Bonello, “no revelamos ningún secreto, ningún aspecto de su vida que no conozca todo el mundo”, aunque este sea un filme más heterodoxo tanto en el aspecto biográfico como en el estético.

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