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¿Por qué mataron a Julio César y cayó la República romana? Una respuesta inesperada
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¿Por qué mataron a Julio César y cayó la República romana? Una respuesta inesperada

El gran superventas español del mundo antiguo acaba de publicar 'Roma traicionada' (La Esfera) y escribe a continuación en exclusiva para El Confidencial

Foto: 'La muerte de César' (Jean-León Gerôme, 1867)
'La muerte de César' (Jean-León Gerôme, 1867)

En las biografías de los gobernantes de la Antigüedad es fácil encontrar todo tipo de portentos anteriores o posteriores a su fallecimiento. En el caso de Julio César, parece inevitable que el general y político que había sido un personaje más grande que la vida fuera también más grande que la muerte. Las señales que sucedieron a su asesinato en los idus de marzo del 44 a.C. fueron tan desmesuradas como lo había sido su ambición: nada menos que la llegada de un cometa y la erupción de un volcán. Aunque los contemporáneos le otorgaron más importancia al primer fenómeno, fue el segundo, del que muchos ni siquiera llegaron a enterarse, el que influyó realmente en sus vidas. Y no para mejor.

placeholder 'Roma traicionada' (La Esfera)
'Roma traicionada' (La Esfera)

Empezando por el portento astronómico, el que sería conocido como cometa de César apareció en la segunda mitad del mes de julio del año 44 a.C. Por oportuna casualidad, se estaban celebrando al mismo tiempo unos juegos en honor del difunto dictador patrocinados por su heredero, Octavio. Este quedó tan impresionado por aquella coincidencia cósmica que años después escribió en su autobiografía: "En la misma época de mis juegos se vio en la región septentrional del cielo un cometa durante siete días. Salía sobre la hora XI y se podía avistar con claridad desde todas las tierras. La gente creyó que esa estrella significaba que el alma de César había sido recibida entre los númenes de los dioses inmortales, en cuyo nombre se le añadió este distintivo a la estatua de su cabeza que poco tiempo después consagramos en el Foro". (Citado por Plinio, NH 2.94).

Foto: 'Vercingétorix ante César', Lionel-Noël Royer. (1852-1926)

La hora undécima a la que se hacía visible el cometa —'sidus crinutum' o 'estrella con crines' en el texto original, en referencia a su larga cola— era la penúltima antes de anochecer, ya que las doce horas en que los romanos dividían el día empezaban a contarse al amanecer y terminaban al ponerse el sol. El hecho de que el astro errante se avistara antes del ocaso indica que su brillo debía de ser muy intenso, parecido al de Venus, con una magnitud de -4.0.

El joven heredero de César logró convencer a mucha gente de que aquel cometa era una señal benigna, e incluso aseguró que él nacía en el cometa, 'seque in eo nasci'. Aprovechando para hacerle propaganda a su padre adoptivo y, de paso, a sí mismo, no se limitó a consagrar una estatua en el Foro, sino que hizo acuñar monedas en las que aparecía aquel astro.

placeholder La moneda de César con el cometa
La moneda de César con el cometa

En general, y pese a la interpretación positiva de Octavio, se consideraba a los cometas heraldos de desastres y no de bienaventuranzas. Un adivino etrusco llamado Vulcanio auguró que aquel en particular señalaba el final de la novena era y el principio de la décima, que sería la última de su pueblo. En realidad, la cultura etrusca llevaba sumida en una dulce y larga decadencia mucho tiempo, pero su huella se prolongó lo suficiente para que el emperador Claudio escribiera una historia de los etruscos en veinte volúmenes.

El volcán

De haber sido cierto que el cometa presagiaba un final, en todo habría sido el de la propia República. Esta sucumbió tras una serie de guerras civiles, cuyas calamidades se vieron agudizadas por el segundo de los fenómenos que hemos mencionado, la erupción volcánica.

Curiosamente, esa erupción no aparece en el Libro de los prodigios de Julio Obsecuente, una recopilación de portentos extraídos año por año de la obra de Tito Livio que sí menciona el cometa. A cambio, en ese libro encontramos descrito un extraño acontecimiento que se produjo en el 44 a.C.: "Brillaron tres soles, y alrededor del sol más bajo resplandeció en círculo un halo semejante a una espiga, y después, cuando el sol quedó reducido a un único disco su luz fue mortecina durante muchos meses" (Libro de los prodigios 68).

No es la única fuente que menciona este halo solar. Según Suetonio, unos meses antes de la aparición del cometa, cuando Octavio «volvió de Apolonia tras el asesinato de César y entró en Roma, un círculo similar al arco iris rodeó al sol pese a que el cielo estaba sereno y despejado» (Suetonio, Augusto 95).

Un círculo similar al arco iris rodeó al sol pese a que el cielo estaba sereno y despejado

Así lo corrobora Séneca en 'Cuestiones naturales' 1.2.1, precisando que aquel fenómeno mostraba colores variados a la manera del arco iris. La diferencia con este era que dibujaba una circunferencia completa, de forma similar al halo que rodea por completo la luna cuando hay nubes altas y finas formadas por cristales de hielo. Lo que hacía sorprendente al espectáculo de la primavera del 44 a.C. fue que se pudo ver a pleno día y con un cielo diáfano.

Aquel halo tan peculiar no fue un suceso aislado. En aquella época el propio sol parecía comportarse de una forma anómala que sembraba una gran inquietud entre la gente. Recordándolo, el poeta Virgilio escribiría: "Él [el sol] es también quien, extinguido César, se compadeció de Roma, cubriendo su brillante cabeza de obscura herrumbre y provocando el temor de una noche eterna a una generación impía".

Mal podría considerarse compasión del sol, ya que aquel oscurecimiento afectó a las cosechas, tal como explica Plutarco (César 69): "Durante todo aquel año [44 a.C.], el disco solar se vio mortecino y sin brillo. El calor que irradiaba era débil y escaso, de modo que el aire era oscuro y pesado por la debilidad del calor que lo atravesaba. Los frutos, a medio madurar, se marchitaban y se pasaban por culpa de la frialdad de la atmósfera".

En realidad, la explicación de aquel extraño oscurecimiento del cielo no estaba en el propio sol, a ciento cincuenta millones de kilómetros, sino mucho más cerca de Roma, en la isla de Sicilia.

Globos de fuego

El causante no era otro que el volcán Etna. A continuación del mismo pasaje en el que habla de la «obscura herrumbre», Virgilio añade: "¡Cuántas veces contemplamos al Etna rebosante de fuego y humo, abiertas sus hornazas, desbordarse hirviente sobre los campos de los Cíclopes y rodar globos de fuego y rocas derretidas!"

Comentando esos mismos versos, un escoliasta llamado Servio citó un texto del historiador Tito Livio: "Es un mal augurio cada vez que el Etna, montaña de Sicilia, arroja bolas de llamas en lugar de humo. Y, como dice Livio, antes de la muerte de César brotó tanto fuego del monte Etna que no solo las ciudades vecinas, sino también Regio, que está a mucha distancia, sufrió sus efectos".

El Etna ya era un volcán muy activo en la Antigüedad, a diferencia del Vesubio, cuya verdadera naturaleza pasó oculta a la gente que vivía en las inmediaciones hasta la erupción que en 79 d.C. destruyó Pompeya y Herculano. Ahora bien, ¿es cierto que el Etna entró en erupción en el mismo año de la muerte de César?

Foto: Representación de la flotilla con la que Plinio el Viejo se habría dirigido al Vesubio

Además de los testimonios de Virgilio y del comentarista de Livio, contamos con el de otro historiador contemporáneo de los hechos, Diodoro Sículo, autor de una Biblioteca histórica en cuarenta volúmenes de la que solo quedan quince. El fragmento en cuestión ha sobrevivido recogido en la obra de Athanasius Kircher, personaje que merecería capítulo aparte.

Kircher, nacido en Hesse en 1601, fue un jesuita que estudió y escribió sobre una gran variedad de temas. Dominador de un buen número de lenguas, la palabra que mejor lo define es 'polímata', del griego 'πολυμαθής', que se aplica a personas con conocimientos profundos y diversos de muchas materias. Kircher no limitó su curiosidad intelectual a la erudición bibliotecaria, sino que, en su interés por la geología, viajó a Italia y Sicilia para estudiar en persona los volcanes Etna, Stromboli y Vesubio. A la manera de Arne Saknussemm en 'Viaje al centro de la tierra' —Kircher tal vez sirvió de inspiración para el misterioso alquimista islandés creado por Verne—, llegó a descolgarse con una soga por el cráter del Vesubio para explorarlo.

De esos estudios surgió la obra 'Mundus Subterraneus' (1664), en la que postulaba la existencia de un vasto océano subterráneo que, de nuevo, pudo servir de modelo para la novela de Verne. Es en ese libro donde se encuentra la referencia al texto de Diodoro: "Durante la época de Julio César, el Etna, como cuenta Diodoro, entró de nuevo en erupción de forma violentísima, queriendo presagiar la muerte de César. Tan fuerte fue la erupción que el mar hasta las islas Lípari prendió fuego a los barcos, al mismo tiempo que abrasó y coció a todos los peces, y después en los veinte años siguientes entró en erupción cuatro veces más" (Mund. Subt., libro 4 —Pyrographicus—, cap. 9).

Del Etna a La Palma

En la Antigüedad se carecía de conocimientos suficientes para relacionar fenómenos tan aparentemente dispares como el halo multiculor, el oscurecimiento del sol y la erupción del Etna. Desde el punto de vista de griegos y romanos, los daños que podía causar un volcán se limitaban al entorno afectado por las emisiones de lava y cenizas o por los flujos piroclásticos; unos daños que, por desgracia, ahora mismo están sufriendo los habitantes de la Palma.

Sin embargo, los efectos de una erupción pueden llegar mucho más lejos y extenderse en el tiempo incluso cuando la lava ya ha dejado de fluir. Los volcanes inyectan en la atmósfera aerosoles con partículas de ácido sulfúrico en suspensión que pueden alcanzar alturas de hasta treinta kilómetros. Allí se dispersan en la llamada Capa de Junge y, según sean la magnitud y la duración de la erupción, pueden extenderse hasta formar un velo de polvo que llega a cubrir amplias zonas de la Tierra a modo de mortaja. Esos aerosoles de azufre interceptan parte de la radiación solar y la reflejan al espacio en un efecto antiinvernadero. De hecho, se ha propuesto inyectar estos aerosoles de forma artificial para luchar contra el calentamiento global modificando el albedo de la Tierra.

Los volcanes inyectan en la atmósfera aerosoles con partículas de ácido sulfúrico en suspensión que pueden alcanzar grandes alturas

Si la erupción del Etna fue lo bastante intensa y expulsó una gran cantidad de aerosoles, eso explicaría el oscurecimiento aparente del sol más el enfriamiento mencionado por Plutarco que dejaba los frutos a medio madurar.

El propio halo que saludó la llegada de Octavio a Roma es otra prueba de la gran magnitud de la erupción. Cuando un volcán inyecta suficientes aerosoles volcánicos en la atmósfera, se puede producir un fenómeno similar al arcoiris sin que haya nubes ni humedad en el aire, ya que las partículas de azufre en suspensión dispersan la luz al modo de las gotas de agua de la lluvia. Este halo se conoce como Anillo de Bishop por Sereno Edwards Bishop, científico y pastor presbiteriano que estudió este fenómeno en Hawái después de la erupción del Krakatoa en 1883.

Para que se produzca este fenómeno y para que los aerosoles acusen un enfriamiento significativo, la erupción tiene que ser muy fuerte, como la mencionada del Krakatoa o como la del Tambora en 1815 que fue la causa de que el año siguiente fuese conocido como «el año sin verano». Recientemente, la explosión del Pinatubo en 1991, en Filipinas, hizo que se observara el Anillo de Bishop en Japón y originó una bajada global de las temperaturas de medio grado.

¿Pudo ocurrir?

¿Pudo tener consecuencias similares la erupción del Etna del 44 a.C.? Para averiguarlo, los estudiosos no se han limitado a los textos clásicos, sino que han recurrido a otro tipo de documentos, los que la propia naturaleza ha inscrito en el corazón de los árboles y bajo los hielos de Groenlandia.

Del primer caso se ocupa la dendrocronología, que estudia el crecimiento anual de los anillos en los troncos de los árboles. Aparte de servir en ocasiones para datar yacimientos arqueológicos, esta técnica ofrece información sobre las variaciones del clima. Anillos más finos o incluso inexistentes son el resultado de años más fríos y con menos luz solar. El estudio de troncos de pinos de California y Suecia ha revelado anillos considerablemente más estrechos en los años 44 y 43, con una recuperación lenta en los dos años siguientes.

Esto no sería prueba suficiente de una erupción, ya que el enfriamiento podría deberse a otras causas. Pero en este caso el estudio de los anillos se combina con el de los núcleos de hielo o ice cores, muestras cilíndricas que se extraen de lugares donde la capa de hielo tiene cientos o miles de metros de grosor debido a que se ha depositado a lo largo de siglos y milenios. El análisis de dichas muestras ofrece información muy útil sobre cómo era la composición de la atmósfera en el momento en que se depositó la nieve que luego se compactaría en hielo.

Se observa una mayor cantidad de ácido sulfúrico en las capas depositadas en torno al año 44 a. C.

En el caso de los ice cores correspondientes a la época de la que hablamos, se observa una mayor cantidad de ácido sulfúrico en las capas depositadas en torno al año 44, lo que apunta a «uno de los eventos de velo de polvo mejor registrados en la historia antigua entre los años 44-42», que se correspondería con observaciones de una disminución del brillo del sol en China y la pérdida de varias cosechas en este país.

Los testimonios se suman. La presencia del 'Anillo de Bishop', el perceptible oscurecimiento solar y las pruebas físicas nos hablan de una erupción lo bastante intensa como para provocar una bajada de temperaturas global que, sin ser catastrófica, bastaría para reducir el rendimiento de las cosechas en una época en que buena parte de la población vivía apenas por encima del límite de la subsistencia.

Si la situación en Roma y sus dominios ya era lo bastante complicada debido a los enfrentamientos entre los asesinos de César y Octavio y Marco Antonio, se vio empeorada por un clima más frío y pobres cosechas.

Tensiones

En circunstancias como esas, los especuladores acaparaban grano para venderlo después a un precio mucho más elevado, algo que exacerbaba las tensiones sociales hasta el punto de provocar revueltas callejeras. Por una carta de Cicerón fechada el 9 de abril del 44 a.C., sabemos que se rumoreaba que Marco Antonio, cónsul en ejercicio, estaba desviando el trigo a sus propios graneros (Át. 14.3). Aunque el orador no daba mucho crédito a esos comentarios, lo cierto era que los sirvientes a quienes envió a Roma para comprar grano regresaron con las manos vacías, lo cual indica que se estaba produciendo una escasez de cereal.

La influencia de los volcanes en la historia humana viene de muy lejos; aunque, lógicamente, es más difícil cuantificarla cuanto más nos remontamos en el tiempo. Una teoría popular, si bien últimamente muy discutida, relaciona la erupción de Toba hace 75.000 años con un cuello de botella en la población que dejó al Homo sapiens al borde de la extinción y que se observa al estudiar el cromosoma Y de los machos de nuestra especie.

La influencia de los volcanes en la historia humana viene de muy lejos

Más cerca en el tiempo, la erupción de Tera, en la actual Santorini, fechada en el siglo XVII a.C., pudo tener relación con el declive de la civilización minoica y el surgimiento de diversos mitos. El año 536 ha sido descrito por algunos como el peor de la historia, debido al Krakatoa, mientras que, como ya hemos visto, la erupción del Tambora en 1815 provocó que 1816 fuera conocido como «el año sin verano». Los espectaculares ocasos y la reunión literaria en Ginebra que dio lugar a 'Frankenstein, el moderno Prometeo' de Mary Shelley, por no hablar de recreaciones artísticas posteriores como 'Remando al viento' de Gonzalo Suárez o 'La fuerza de su mirada' de Tim Powers, habrían servido de poco consuelo a las decenas o cientos de miles de víctimas primero de la erupción y después de sus efectos en el clima.

En el caso de la erupción del Etna del año 44 a.C., sus efectos también debieron de sentirse, aunque quienes los sufrían ignoraban su verdadero origen del mismo modo que Mary Shelley, lord Byron y el resto de compañeros de veraneo en Ginebra ignoraban que la causa del mal tiempo que los obligaba a encerrarse en la Villa Diodati se hallaba al otro lado del mundo, en Indonesia.

Un testimonio del clima inusualmente frío de aquellos años es el otoño tan riguroso que sufrieron los ejércitos de Octavio y Marco Antonio durante la campaña de Filipos. Las lluvias hacían que las tiendas se llenaran de agua y barro que «al momento se congelaba por el frío» (Plutarco, Bruto 47). Unas condiciones que resultan muy extrañas en un lugar que se halla a unos cien metros sobre el nivel del mar, a diez kilómetros del Mediterráneo y cuyas temperaturas en octubre, mes en que se libró la campaña, tienen unas medias mínimas de catorce grados.

¿Tanto pudo durar?

Normalmente, se atribuye la escasez de grano que sufrieron Roma e Italia en los años posteriores a la muerte de Julio César a las actividades de la flota pirata mandada por Sexto Pompeyo. Pero es más que posible que, sin que lo supiera la gente, el principal culpable fuera el Etna, como también lo habría sido de las hambrunas que experimentó el Egipto de Cleopatra por esas mismas fechas. En cualquier caso, era más fácil culpar a Sexto Pompeyo o incluso a Octavio, a quien acusaban de no querer pactar con él y llegaron a apedrear en el Foro.

Esto último ocurrió en el año 39. ¿Tanto duraron los efectos de la erupción? En realidad, todo indica que el Etna seguía muy activo. En el año 36, durante la campaña en la que finalmente Sexto Pompeyo sería derrotado por Octavio, "sonaron bramidos sordos y mugidos prolongados del Etna, junto con llamaradas que iluminaban al ejército, hasta el punto de que los germanos saltaron de sus catres aterrorizados. A otros, que habían oído hablar del Etna, no les parecía imposible que, en medio de tales portentos, cayera sobre ellos también un río de lava" (Apiano, Guerras civiles 5.117).

Sonaron bramidos sordos y mugidos prolongados del Etna, junto con llamaradas que iluminaban al ejército

Estos germanos eran mercenarios al servicio de Octavio. Varias legiones de este, bajo el mando del legado del legado Lucio Cornificio tuvieron que retirarse acosados por el enemigo en otro momento de la campaña: "Al cuarto día llegaron con grandes dificultades a un paraje sin agua. Decían que un río de fuego que había bajado hasta el mar lo había inundado y había secado todas las fuentes del lugar. Los lugareños recorrían aquella zona tan solo de noche, pues el aire era asfixiante por culpa del calor, el polvo y la ceniza. Cornificio y sus hombres, sin embargo, no se atrevían a atravesar aquel paraje de noche, sobre todo porque no había luna, y no conocían los caminos y temían sufrir una emboscada. Pero tampoco soportaban marchar de día, pues se asfixiaban y se quemaban las plantas de los pies —sobre todo los que iban descalzos—, ya que además se encontraban en plena canícula" (GC 114).

Aquellos soldados estaban atravesando una zona por la que no mucho antes antes habían corrido los ríos de lava del Etna. La ceniza y el polvo que les impedían respirar eran restos de la erupción y el calor que emanaba del suelo no se debía únicamente a que fuera verano. La tortura que significaba caminar descalzo se veía agravada porqu e los suelos formados por lava solidificada y cuarteada dibujaban un relieve de bordes afilados casi impracticable que se conoce con el término español de «malpaís» o el hawaiano aa.

Un paraje muy similar al que en estos días está construyendo —sobre un reguero de destrucción— el volcán Cumbre Vieja en la costa oeste de la isla de la Palma.

* Javier Negrete (Madrid, 1964) es licenciado en Filología Clásica. Profundo conocedor del mundo antiguo, traductor de varias biografías de Plutarco, ha ambientado varias de sus obras de ficción en el mundo griego y romano. Su último libro de no ficción recién publicado es 'Roma traicionada: Octavio, Marco Antonio y la destrucción de la República' (La Esfera).

En las biografías de los gobernantes de la Antigüedad es fácil encontrar todo tipo de portentos anteriores o posteriores a su fallecimiento. En el caso de Julio César, parece inevitable que el general y político que había sido un personaje más grande que la vida fuera también más grande que la muerte. Las señales que sucedieron a su asesinato en los idus de marzo del 44 a.C. fueron tan desmesuradas como lo había sido su ambición: nada menos que la llegada de un cometa y la erupción de un volcán. Aunque los contemporáneos le otorgaron más importancia al primer fenómeno, fue el segundo, del que muchos ni siquiera llegaron a enterarse, el que influyó realmente en sus vidas. Y no para mejor.