Furia en Francia por el regreso de un músico que mató a su novia a puñetazos
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Furia en Francia por el regreso de un músico que mató a su novia a puñetazos

Es un nuevo terremoto cultural en Francia, que se encuentra inmersa en una tensión aguda entre las manifestaciones antifascistas y las de los chalecos amarillos

Foto: Protesta ontra el concierto del galo Bertrand Cantat (EFE / Jean-Christophe Bott)
Protesta ontra el concierto del galo Bertrand Cantat (EFE / Jean-Christophe Bott)

Bertrand Cantat era el vocalista de Noir Desir y acabó en la cárcel no por una mala canción, no por una travesura, sino por matar a puñetazos a su novia, la actriz Marie Trintignant. Le impusieron una condena de ocho años de la que sólo cumplió cuatro de reclusión, y desde que salió en 2007 por buena conducta ha ido preparando su regreso como músico. Noir Desir se disolvió en 2010, pero Cantat retomó su carrera, primero con colaboraciones esporádicas con otras bandas y más tarde en solitario.

Su primer disco de la nueva etapa es de 2017. En aquel momento (año del MeToo, para más señas) hubo una tremenda polémica cuando la revista de rock 'Les Inrockuptibles' lo sacó en portada. La publicación acabó disculpándose y Cantat no pudo continuar la promoción del disco. Pero ahora vuelve a los escenarios poniéndole música de la nueva obra dramática de Wajdi Mouawad, 'Mère' ('Madre'), pese a las protestas de las feministas en la puerta del teatro.

placeholder VCH122. Carhaix (France), 19/07/2014.- French singer Bertrand Cantat performs with his new band Detroit during the Vieilles Charrues Festival in Carhaix, France, 19 July 2014. The music festival runs from 17 to 20 July. (Francia, Francia) EFE/EPA/HUGO MARIE
VCH122. Carhaix (France), 19/07/2014.- French singer Bertrand Cantat performs with his new band Detroit during the Vieilles Charrues Festival in Carhaix, France, 19 July 2014. The music festival runs from 17 to 20 July. (Francia, Francia) EFE/EPA/HUGO MARIE

Es un nuevo terremoto cultural en Francia, que se encuentra inmersa en una tensión aguda entre las manifestaciones antifascistas y las de los chalecos amarillos, la presión del nacionalpopulismo y, para colmo, una cascada de escándalos sexuales en el sector teatral espoleados por la etiqueta “#MeTooThéâtre”. En estas circunstancias, incluso la ministra de Cultura francesa Roselyne Bachelot ha “lamentado” que la música de Cantat suene en un escenario, pero Mouawad sigue adelante, y las entradas se venden.

Es un episodio sobre el que vale la pena pensar, ya que pone encima de la mesa tres grandes debates. El primero es el de la cultura como vehículo para las ideas peligrosas, por ejemplo el machismo, como si las obras fueran un vial con material contagioso que puede infectar a la población. El segundo es el de la separación entre la obra y el autor, y el tercero, quizás el más interesante, el de la expiación social de los pecados, es decir: cuánto debe durar una condena social después de cumplirse la judicial y, sobre todo, quién tiene que imponer esta pena.

Las canciones de un asesino no matan

Sobre el machismo monstruoso de Cantat no creo que haga falta ni siquiera pronunciarse. Matar a puñetazos a tu novia es un crimen abyecto, y me pregunto si una condena de ocho años de la que el asesino cumple sólo una parte es suficiente castigo. Pero esa no es la cuestión, sino esta otra: la música de Noir Desir o la de Cantat en solitario, ¿son un vehículo para el machismo del autor? ¿Hace Cantat música para maltratadores, o para convertir en maltratadores a sus oyentes? ¿Justifica o defiende la violencia contra las mujeres en sus letras?

placeholder La portada de 'Los Inrockuptibles' dedicada a Bertrand Cantant
La portada de 'Los Inrockuptibles' dedicada a Bertrand Cantant

Lo cierto es que no. De hecho, casi nadie ha cargado las tintas por el flanco de las letras, y menos sobre el contenido musical de la obra 'Mère'. Es la vida de Cantat, y no sus composiciones, lo que convierte su obra en material radiactivo. Pero sin deslizarnos todavía a la separación entre el autor y la obra, reparemos un poco más en este flanco. Pongamos que las letras de Cantat sí fueran una defensa de sus actos horribles, aunque no sea el caso: ¿puede un producto cultural convertirte en una persona peor?

'Olympia' o 'El acorazado Potemkin' son dos películas ideadas y realizadas como propaganda nazi y soviética respectivamente que, tras la caída de estos regímenes, se han convertido en clásicos del cine por su calidad. Es decir: se pueden ver, e incluso disfrutar, sin necesidad de asimilar o compartir sus ideologías. Es obvio que disfrutar una película de Leni Riefenstahl no te convierte en nazi, ni te hace comunista gozar con la audacia cinematográfica de Eisenstein.

La propaganda siempre es peligrosa porque manipula a los demás

Achacar un espíritu manipulable a los fans de una obra es uno de los efectos de la tensión cultural, que desplaza la sospecha de los productos al público. De hecho, creo que nadie tendría miedo de que la música de Cantat pudiera servir como coartada para inyectar misoginia en la gente si tuviéramos una mínima confianza, precisamente, en la gente. Pero en este momento, parece que todo el mundo es más bobo y malo que nosotros. La propaganda siempre es peligrosa porque manipula a los demás. El que pide censura, ¡qué casualidad!, no se ha visto afectado por la perfidia contagiosa que penetrará en los otros. Es fácil detectar la arrogancia de estas actitudes, así que sigamos.

Los pecados del padre

Respecto a la separación entre el autor y la obra, el tema está tan manido que ni siquiera me apetece comentarlo. Ya lo he hecho otras veces. En resumen, creo que un tipo absolutamente miserable con las mujeres puede escribir tiernos poemas de amor, y que estos poemas de amor se desvinculan de las acciones de su autor. Ahí están Pablo Neruda o Juan Ramón Jiménez para demostrarlo. Creo que es injusto condenar una obra por los pecados de su padre, y tengo en mi biblioteca las obras de un montón de cabrones no para premiarlos a ellos, sino para premiarme a mí mismo. De nuevo: cuando somos incapaces de separar autor y obra no castigamos al autor, sino al público, que pasa a ser el sospechoso, demasiado tonto para entender. Es decir, que nos castigamos a nosotros mismos por los actos de otro.

Es injusto condenar una obra por los pecados de su padre, y tengo en mi biblioteca las obras de un montón de cabrones

Pero atención: una de las razones que esgrimen para cancelar a Cantat es que su regreso, por sí solo, es ya una apología del machismo, como si autor, obra y acción abyecta fueran la misma cosa, indistinguibles. Y aunque entiendo que cualquiera se niegue a ir a un concierto de Cantat por lo que hizo, y aunque yo mismo sospecho que no iría, puesto que su acción fue demasiado monstruosa y sería incapaz de disfrutar de su presencia, aquí no hablamos de decisiones personales, o sensibilidades, sino de la propuesta de su cancelación.

Lo que proponen las protestas es la censura: impedir que un director teatral use una banda sonora que él considera idónea (lo han llamado "cómplice", nada menos, por mantenerse en sus trece), y si esto no ocurre, vetar el acceso del público a la representación. Obedecer a esta presión me parece una pésima idea.

¿A quién pertenece la expiación?

Pero en este debate hay algo más retorcido, y es cuánto tiempo debería durar la condena social de un personaje criminal, y quiénes deberían tomar la decisión de mantenerlo alejado de los escenarios. Es algo que sólo pasa con los famosos, por cierto.

¿Puede un médico excelente haber sido condenado como maltratador, por ejemplo, sin que nadie lo sepa? ¿Puede un profesor de instituto brillante haber dado una paliza a un inmigrante en el pasado? Pueden. No tenemos ni la más remota idea de quién tiene antecedentes penales. No sabemos nada de ellos, salvo cuando se dedican a profesiones con gran exposición pública.

¿Por qué no hay un debate sobre abogados condenados por pederastia, o sobre los camareros con antecedentes por narcotráfico? Por la simple razón de que la sociedad democrática ha asumido que el crimen se purga en la prisión, con la condena judicial, y que después de salir de la cárcel hay derecho a la segunda oportunidad. Pero las condenas populares de los tiempos de las redes sociales han cambiado esto.

La sociedad democrática ha asumido que el crimen se purga en la prisión

Los actos de los famosos los persiguen porque quedan cosidos a su fama. Nos permitimos opinar sobre si Cantat puede o no puede cantar porque, cuando mató a golpes a su novia, ya era conocido. Y esto, independientemente de su crimen, me parece injusto. Es la negación arbitraria de su derecho a la reinserción. ¿No debería un condenado saber siempre cuál es la duración de su pena, aunque sea social? ¿Podríamos ponernos de acuerdo sobre la cantidad de años sin tocar en directo que debería pasar un tipo, o aquí si estamos por la perpetua?

En fin. Ya digo: no sé lo que pienso de la vuelta a los escenarios de Cantat, no tengo una opinión cerrada, y entiendo que cualquiera decida no asistir a una obra en la que él pone la música. Pero encuentro tantos problemas a los argumentos para justificar su censura, que me pareció que apropiado exponerlos aquí. Dicho lo cual, me largo.

Machismo Chalecos amarillos
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