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La verdad del chico para todo de Antonio Vega: "Vivía como un yonqui sin serlo"
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'Vatio'

La verdad del chico para todo de Antonio Vega: "Vivía como un yonqui sin serlo"

Alfonso Ussía publica un libro sobre sus años locos como recadero de una estrella del pop español en apuros. Cuando Madrid era un puente entre la bohemia y el poblado

Foto: Alfonso Ussía y Antonio Vega. (A.U.)
Alfonso Ussía y Antonio Vega. (A.U.)

A Alfonso Ussía (Madrid, 1982) casi le revientan un día en una chabola blindada en las Barranquillas. Un clan de la droga acusó (por error) a su jefe de robar medio kilo de heroína del poblado. Pero como su jefe era famoso (Antonio Vega), las cucharas rotas casi las paga Alfonso, "chico de los recados" del ex Nacha Pop durante tres frenéticos años. Vega y Ussía abandonaron ese día las Barranquillas oyendo a Bowie en el coche. Su relación tocó techo (y fondo) ese día. Pasó hace veinte años.

Como este artículo ya no puede subir más tras este arranque explosivo, y tampoco pretende ser una peli tremendista de Eloy de la Iglesia, vamos a poner los pies en la tierra, como ha hecho Ussía en 'Vatio', estupenda novela de aprendizaje sobre un chaval de veinte años que trabaja de pipa para una estrella del pop español desgastada por una adicción, pero que irradia carisma. 'Vatio' es una novela testimonial sobre la fascinación de un chico hacia su bohemio jefe. O la trastienda del rock según el becario del circo.

El músico maldito de la novela, por cierto, se llama 'Polo Targo' y canta canciones como 'La chica del tren'... Hablamos con Ussía.

PREGUNTA. Podía haber escrito unas memorias, ¿no?
RESPUESTA. Sí, empecé usando nombres reales, pero le pasé el manuscrito a un par de miembros del núcleo duro del músico y se pusieron de uñas: "¡Qué pena que no te centres solo en lo musical!", dijeron. Me dio mal rollo. Tampoco pasaba nada, porque es mi historia, es mi vida y puedo contarla como quiera, pero al final cambié los nombres, pero no solo por no malestar a su entorno: no quería que la utilización burda de ciertos nombres ensombreciera el relato.

P. Siga...
R. Me he tomado muy en serio narrar bien esta historia; no empecé hasta tener suficiente distancia para poder contarla sin rencores, sin picores y sin morbo. No quería que el libro se conociera por él, sino por mí. Quería que la novela hablara por sí misma. Un par de editoriales me sugirieron títulos como 'El sitio de mi recreo' [célebre canción de Antonio Vega]. ¡No podía ser todo tan obvio! Pero tampoco puedo pretender desvincular totalmente la novela de la realidad que retrata.

placeholder La estrella y el recadero. (A. U.)
La estrella y el recadero. (A. U.)

Los entornos de los músicos famosos suelen ser susceptibles para todo lo que no sea sacar brillo, pero ni la adicción de Antonio Vega era un secreto, ni 'Vatio' es un ajuste de cuentas, sino el informe seco de algo salvaje que pasó en Madrid en los primeros años del siglo XXI: el túnel secreto que unía conciertos, estudios de grabación y un supermercado de la droga más tenso que un gato atacado por pitbulls. Sin moralina ni melodramas.

P. Ha escrito un libro crudo y sin edulcorar, pero también respetuoso...
R. Pese a todo lo que pasamos juntos, y lo salvajes que fueron esos años, sigue habiendo respeto. No hay sentimientos sucios, aunque podía haberlos habido, porque era un tipo maravilloso, pero también un valiente 'cabroncete'. Pero la admiración creo que sigue en pie.

P. Respetar a la persona no significa almibarar la realidad, ¿verdad? Digo, porque en el rock abundan los enfoques hagiográficos.
R. Lo he escrito con mucha libertad porque no tengo deudas con nadie. No tengo miedo a contar nada. Y sí, es muy 'heavy' como funcionaban ciertas cosas esos años, muy punki, era un tejemaneje bestial. Pero mi enfoque no es sensacionalista, sino realista.

P. Su músico vive en estado de creación permanente, ¿no?
R. Todo el día y toda la noche. Así era. Si no estaba tocando, estaba pensando en la musicalidad de una letra, en un nuevo ritmo, se perdía en unos universos musicales propios, se pasaba horas haciendo punteos sobre unas bases, pisando los pedales de las guitarras eléctricas, mucho 'reverb' y mucho 'delay', dando vueltas y vueltas. Una vez que cubría el problema que todos sabemos, el resto del día era creación. No es que fuera especialmente productivo, tipo Andrés Calamaro, capaz de vomitar 100 canciones nuevas, pero sí era perfeccionista hasta lo imposible, su obsesión era pasar del nueve al diez. Pulía, pulía y pulía el sonido. Afinaba las acústicas en tonos ajenos a la normal, buscaba el sonido perfecto y lo acababa encontrado a base de echarle horas.

Tampoco tenía una voz única, era demasiado aguda, poco educada; poco a poco fue dominando un tono más grave, sopesado y sutil. Su vida era la música.

P. ¿Cómo describiría su trabajo con él?
R. Era el chico de los recados. Sin más pretensiones. Lo más cachondo es que lo único que me pidieron para trabajar con él era tener coche… y no tenía. Fue un infierno ir pidiendo coches prestados todo el rato. Era el chico de los recados, pero me trataba como un igual, sin distinciones con los músicos, porque era tremendamente generoso cuando había bonanza, igual que tremendamente egoísta cuando venían mal dadas.

"Me estaba metiendo hasta el fondo del poblado, pero tenía veinte años y me importaba un huevo"

P. Según avanza el relato, su mirada se vuelve más fría para describir un oficio, anárquico y explosivo, pero oficio al fin y al cabo. Sin embargo, usted se acercó a él con la mirada del 'groupie': el veinteañero fascinado que solo deseaba estar cerca de su ídolo.
R. Iba a muerte. El rollo 'groupie' me permitió comerme el cambio de vida tan salvaje que hice. A ver, todos hemos salido de fiesta y estado en sitios extraños, pero una cosa es eso y otra ir todos los días a pillar a las Barranquillas. Pero como estaba fascinado con él, y así compartíamos muchos momentos, me daba todo igual. Sí, me estaba metiendo hasta el fondo del poblado, pero tenía veinte años y me importaba un huevo.

P. ¿Por qué le contrataron?
R. Por necesidad: estaban grabando un disco y necesitaban urgentemente a alguien que se ocupara de 'sus' cosas, porque el anterior les había hecho el lío: iba a pillarle a las Barranquillas y se quedaba con la mitad, los instrumentos desaparecían y acababan en el 'cash converters', etc. Para hacer este tipo de trabajo, no vale cualquiera... y el que sí vale es fácil que acabe desmadrado por compartir adicciones. Todos los días tenías que meterte en un agujero negro. Eso solo lo acepta un necesitado, un inmaduro o un 'groupie' de veinte años que aún no había conocido el miedo... como yo. Un inconsciente que solo quería estar junto a la persona que más admiraba.

"Este tipo de trabajos solo los pilla un necesitado, un inmaduro o un 'groupie' que aún no había conocido el miedo... como yo"

P. ¿Es 'Vatio' una novela de iniciación o salto a la madurez?
R. Sí. Cuando empecé con él, todavía no quería ser escritor, estaba con la paja mental de ser músico. Pero según se fue haciendo más salvaje la bola, acabé desencantado, comprendí que, aunque pasara mucho tiempo con él, yo no era bueno con la música, sino haciéndole los recados, mi trabajo era ese, llevarle en coche a sitios.

Yo entré en la rueda, en definitiva, por la fascinación que sentía hacia él. Lo que pasa es que lo cogí en un contexto muy complejo. No solo no pasaba por su mejor momento, con la muerte de su pareja y la reducción de sus ingresos, sino que eran los años más chungos de las Barranquillas, con ajustes de cuentas que flipas. En medio de toda esa movida, aparecí yo, me enganché a él y me desenganché. Un proceso de destete y madurez que he querido reflejar en el libro.

P. Tras grabar el disco, la compañía prescindió de sus servicios, pero el músico lo 'recontrató' y empezó a pagarle de su bolsillo.
R. Sí, pero no porque yo fuera especial, sino porque necesitaba tener al lado a alguien de confianza. Yo era relativamente educado y agradable, y no le daba el palo con las drogas y los instrumentos. Lógicamente estaba encantado conmigo. Más tarde, aunque eso no lo cuento en el libro, logró que su discográfica me contratara de A&R.

placeholder Portada de 'Vatio'.
Portada de 'Vatio'.

P. ¿Por qué una estrella del pop (venida a menos, pero con recursos y una estructura industrial detrás) tenía que ir personalmente a pillar a las Barranquillas? ¿No podía mandar solo al recadero?
R. Porque esto no es como pillarte tres pollos para un fin de semana, sino un nivel de adicción alto y con variables fundamentales: pasta, pureza y cantidad. Yo no le vi pincharse nunca, pero pillaba varios gramos al día [coca] y se los fumaba. Necesitaba mucha cantidad, y si mandaba a alguien al poblado con 700 euros, podía acabar desapareciendo. Tenía que ir él personalmente…

Luego había otros problemas más sociales. La policía nos paró un día a la salida de las Barranquillas, le preguntaron si llevaba algo, les dijo que varios gramos... y nos dejaron pasar. Entonces... ¿Qué necesidad había de meternos ahí a pillar? Si nos vais a dejar, ¿no será mejor hacerlo en un sitio menos peligroso? Uno podía entrar y salir de las Barranquillas, pero los clanes se mataban entre ellos y los yonquis estaban desamparados y a la intemperie… pero lejos del centro de la ciudad, es decir, donde nadie podía verlos. Había una doble moral compleja. En las Barranquillas estaban a tiros, pero seguían manejando la mejor mierda.

P. O sea, todas las contradicciones de la prohibición en el mismo microterritorio.
R. Eso es. Él estaba protegido en las Barranquillas, pero un día hubo un lío muy gordo. Empecé a estar harto de vivir como un yonqui sin ser un yonqui. No podía más.

P. Y cortó amarras...
R. Él era exquisito dentro de lo salvaje, encantador, te hacía parecer especial, manejaba muy bien el magnetismo, cada vez que yo tenía un pico chungo de miedo, el cabrón se daba cuenta y se ofrecía a ir a mi casa a tocar. Así nos pasamos tres años a lo tonto. No digo que solo él se aprovechara de mí, porque la vivencia me sirvió para afilar y ensuciar la mirada desde joven, y ese bagaje no se pilla así como así cuando eres escritor.

A Alfonso Ussía (Madrid, 1982) casi le revientan un día en una chabola blindada en las Barranquillas. Un clan de la droga acusó (por error) a su jefe de robar medio kilo de heroína del poblado. Pero como su jefe era famoso (Antonio Vega), las cucharas rotas casi las paga Alfonso, "chico de los recados" del ex Nacha Pop durante tres frenéticos años. Vega y Ussía abandonaron ese día las Barranquillas oyendo a Bowie en el coche. Su relación tocó techo (y fondo) ese día. Pasó hace veinte años.

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