¿A quién beneficia en realidad que las mujeres den su consentimiento en cada relación sexual?
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¿A quién beneficia en realidad que las mujeres den su consentimiento en cada relación sexual?

La experta británica en sexualidad Katherine Angel publica el ensayo 'El buen sexo mañana' en el que critica la necesidad del sí explícito

placeholder Foto: Detalle de portada de 'El buen sexo'. (Alpha Decay)
Detalle de portada de 'El buen sexo'. (Alpha Decay)

A comienzos de 2018, poco después de que estallara el #metoo en EEUU tras las denuncias contra Harvey Weinstein en 'The New York Times', un hecho relacionado con un posible abuso sexual resultó mucho más controvertido que aquellas declaraciones contra el productor. Fue el caso del cómico y creador de la serie 'Master of none' Aziz Ansari, a quien una mujer acusó en un relato en una web de no haber captado sus señales de no seguir adelante en una relación sexual en la casa de él —a la que había acudido por voluntad propia— y haber abusado de ella con un sexo oral que ella no pretendía. La mujer acabó cogiendo un taxi —que llamó él— y yéndose a su casa. Al día siguiente, él le envió un mensaje positivo sobre la “divertida” noche anterior. Ella le contestó: “Sería divertida para ti, no para mí”.

Para muchas personas aquella historia fue un caso cierto de abuso; para otras muchas —hombres y mujeres— simplemente fue una mala noche, una de esas relaciones que no cuajan, que no fluyen, pero sin más consecuencias. E igual sí fue una mala noche..., pero con consecuencias. Porque desde entonces, en estos tres años, ha habido sentencias sobre abusos y violaciones —Weinstein y otros han acabado en la cárcel—, y hay una opinión pública mucho más sensibilizada con respecto a esta cuestión, pero lo que sí se mantiene es un enconado debate sobre el asunto del consentimiento, sobre si debe haber o no señales explícitas y verbales ante una relación sexual, sobre si estas deben ser continuadas —ahora esto sí, ahora esto no o esto también—, que incluso han provocado hilarantes enfrentamientos políticos en España con motivo de que el famoso “sí es sí” pueda adquirir cuerpo jurídico, tal y como quiere el Ministerio de Igualdad.

Desde Reino Unido se suma ahora al debate el ensayo 'El buen sexo mañana' (Alpha Decay), de Katherine Angel, doctora en Historia de la Sexualidad y en Psiquiatría por la Universidad de Cambridge. Es un texto breve —casi un manifiesto, pero sin exhortaciones— que se apoya en Michael Foucault —quedan avisados los que sientan alergia a 'lo posmo'— para abrir una tercera vía entre los defensores del consentimiento —como nuestro ministerio— y de que haya que ir con este de forma explícita por delante, y los que se posicionan en contra porque señalan que el "sí, sí, sí" si no es para otra cosa infantiliza a las mujeres. Angel sintetiza: consentimiento sí, pero con unos límites.

placeholder Katherine Angel, doctora de Historia de la Sexualidad. (ALPHA DECAY)
Katherine Angel, doctora de Historia de la Sexualidad. (ALPHA DECAY)

“El consentimiento no puede cargar con el peso de nuestros deseos”, afirma la especialista, quien atribuye a este asunto una carga ética y moral que la mujer no tiene por qué asumir. Y es más, puede ser incluso perjudicial y peligroso para ella. Al fin y al cabo, de lo que estamos hablando, dice Angel, es de relaciones de poder.

Deseo y excitación

El libro se distribuye en cuatro capítulos. En el primero de ellos, el más amplio, desarrolla esta idea. El segundo y el tercero abordan el deseo y la excitación y los diversos estudios que desde finales del XIX se han llevado a cabo para estudiar si hombres y mujeres nos excitamos igual, si deseamos lo mismo, si reaccionamos igual ante determinados estímulos, etc. Hay apuntes curiosos como el experimento que Meredith Chivers realizó en 2005 en el que hombres y mujeres veían varias peliculitas: en la primera aparecían un hombre y una mujer teniendo sexo; en la segunda, dos hombres; en la tercera, dos mujeres, y, en la cuarta, dos bonobos. El resultado fue que los hombres se excitaban con los hombres o las mujeres (según su orientación sexual) y estas lo hacían con los hombres, las mujeres y también con los monos (y daba igual su orientación sexual). Antes de que se llegue a una conclusión rápida, Angel avisa: está comprobado que aunque una imagen te excite no quiere decir que quieras tener sexo con los implicados (como los monos).

Norman Mailer mostró en los 60 su "ira por la abundancia ubicua de orgasmos ¡con esa polla de plástico, ese dildo de laboratorio, ese vibrador!”

Otra anécdota interesante y que refleja también de dónde venimos es la cólera en la que estalló el escritor Norman Mailer cuando el estudio de Master y Johnson, de 1966, describió y alabó el orgasmo clitoriano convirtiendo así la heterosexualidad “en una opción, no en una verdad irrefutable”. Mailer manifestó su “ira por la abundancia ubicua de orgasmos ¡con esa polla de plástico, ese dildo de laboratorio, ese vibrador!”. Pues menos mal que el escritor no está en 2021.

Contra el consentimiento explícito

Pero volviendo al tema central, al del consentimiento, Angel parte en su crítica de una premisa marxista: ¿a quién beneficia que se exija que las mujeres hablen y señalen explícitamente qué quieren en cada momento de la relación sexual? No es una pregunta baladí porque ya se tiene la suficiente experiencia como para saber quiénes han sido los beneficiarios. De hecho, por el consentimiento preguntó la abogada de Weinstein, recuerda Angel. Al haber un silencio en la sala, punto positivo para el acusado.

placeholder El productor de cine Harvey Weinstein. (EFE)
El productor de cine Harvey Weinstein. (EFE)

La experta también argumenta que establecer por ley el sí es sí no va a cambiar de forma milagrosa los problemas de las conductas sexuales. Y lo que provoca, al final, y ya no ocupa solo al tema de la agresión, es que la mujer cargue con el peso de tener un sexo satisfactorio. Es decir, si hay una mala noche, si las dos personas no se han entendido, es que la mujer no ha sido lo suficientemente clara. “El consentimiento aporta magia moral al sexo”, dice Angel.

Otra reflexión que hace esta historiadora es que, como decía Foucault, el mero hecho de hablar de sexo no equivale a una emancipación y una liberación. La comparación que hizo el filósofo en los 60 fue graciosa: los victorianos no fueron precisamente pacatos en cuanto al sexo y este les salió a raudales en forma de aberraciones y patologías. Foucault señaló la opresión que, paradójicamente, puede causar la exigencia de hablar. Es lo que también, dice Angel, muchas mujeres sintieron cuando salieron las historias del #metoo. ¿También tengo que contarlo? ¿Por qué? ¿Soy menos feminista si no lo hago?

Foucault señaló la opresión que, paradójicamente, puede causar la exigencia de hablar

Y, por supuesto, otro argumento simple, pero no por ello menos importante, es el que señala que por verbalizar el deseo una no va a sentir más placer ni tener mejor sexo. Eso ya va a depender de otras cuestiones y habilidades.

Contra el feminismo de la confianza

En esta crítica Katherine Angel también refuta a las que dibujan a la mujer como un ser vulnerable, inocente y medroso por quejarse de que el hombre no ha captado sus señales de negativa aunque no se hayan verbalizado. La historiadora repasa libros de principios de los 90, cuando en las universidades norteamericanas empezaba a haber reglas sobre el comportamiento sexual, que aludían a la victimización de la mujer. Libros como ‘The morning after: sex, fear and feminism, de Katie Roiphe, pero también el de Laura Kipnis, ‘Unwanted advances’, de 2017, que desarrollaba que “la cultura del consentimiento en los campus infantiliza a los estudiantes”. Kipnis, por cierto, suele participar en los pódcast de Jessa Crispin, que también ha tenido este mismo posicionamiento.

Angel les da la razón en tanto en cuanto a que la regulación no es positiva para las mujeres ni que haya que ir con el sí o el no por delante, pero también les critica que creen una imagen que tampoco es cierta: “Sugieren que la solución es una mujer fuerte capaz de superarlo todo, capaz de ignorar los perjuicios y ser más dura (...). Sus críticas describen perfectamente un feminismo de la confianza en una misma”. Y si te toca una mala noche con un tipo “se llama sexo insatisfactorio. Es una mierda”, como escribió la periodista Bari Weiss.

Angel critica a quienes "sugieren que la solución es una mujer fuerte capaz de superarlo todo, capaz de ignorar los perjuicios y ser más dura"

En este punto, a Angel le molesta especialmente que a las malas noches las consideren solo “una mierda”, ya que “no hace falta que el sexo insatisfactorio sea producto de una agresión para que resulte aterrador, vergonzante y triste. Es complicado que un concepto legal distinga estos matices, pero es como si estas percepciones paralizasen a Kipnis y compañía”.

Según la autora, el argumento de la fortaleza y la adultez que utilizan estas escritoras procede del posfeminismo de los 90, “el hermano mayor del feminismo de la confianza de hoy en día”. Es el posfeminismo de la ejecutiva agresiva y el de que si te pasa algo es por no haberle sabido hacer frente. Como Angel es británica pone como ejemplo a las Spice Girls y su 'girl power' y recoge las palabras de Geri Halliwell, quien dijo que Margaret Thatcher “fue la primera Spice Girl, la pionera de nuestra ideología”. Lo interesante es que la autora relaciona esto con el discurso actual del consentimiento: “Para ser un individuo contemporáneo y empoderado en la cultura del consentimiento, hay que ser capaz de expresar los deseos propios en voz alta y con confianza”, escribe. Si no te has expresado, problema tuyo.

placeholder “Margaret Thatcher fue la primera Spice Girl“, dijo Geri Halliwell (REUTERS)
“Margaret Thatcher fue la primera Spice Girl“, dijo Geri Halliwell (REUTERS)

La influencia foucaltiana, que a más de uno pondrá de los nervios, se refleja en que para Angel la verdadera razón de que a veces no es fácil expresarse es que “no siempre sabemos lo que queremos. A veces descubrimos cosas que no sabíamos que queríamos; a veces descubrimos lo que queremos solo cuando lo hacemos. Hay que incorporar esto a la ética del sexo (...). No debemos exigir que el deseo sexual sea inalterable y conocido de antemano. Eso sería hacer a la sexualidad rehén de la violencia”, sostiene.

Verdades de perogrullo

El último capítulo Angel lo dedica a la vulnerabilidad. La de todos, hombres y mujeres. Aprovecha para lanzar un dardo también a quienes enfatizan la violencia contra las mujeres, ya que provoca que “una parte de la población femenina viva en un temor constante”, además de “ser una excusa para controlarlas”. Aunque lo hayan utilizado muchas feministas, es muy paradójico: si crees que te va a pasar algo se acrecienta el miedo y este te paraliza.

Lanza un dardo a quienes enfatizan la violencia contra las mujeres, ya que provoca que "una parte viva en un temor constante"

A pinceladas también habla de la necesidad de una educación sexual y da algunos apuntes sobre los límites del consentimiento. En realidad, parecen de bastante sentido común y hasta una perogrullada: la conversación, la exploración mutua, la curiosidad, la incertidumbre. “La negociación de los desequilibrios de poder entre hombres y mujeres, entre todos nosotros, tiene lugar a cada minuto, a cada segundo”, recalca. Quizá lo llamativo es que estas cosas haya que explicarlas.

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