La isla del rey Salomón: la gesta olvidada de los navegantes españoles del Pacífico Sur
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La isla del rey Salomón: la gesta olvidada de los navegantes españoles del Pacífico Sur

Una esmerada edición de los diarios de los conquistadores de finales XVI a cargo de la Biblioteca Castro nos descubre los mitos fabulosos que guiaron su aventura perdida

placeholder Foto: Llegada del galeón de Acapulco a la Isla de los ladrones. (Códice Boxer, 1590)
Llegada del galeón de Acapulco a la Isla de los ladrones. (Códice Boxer, 1590)

1495. Cristóbal Colón escribe alborozado a los reyes Católicos desde las Indias para informarles de que su hermano Bartolomé ha encontrado en la Española los restos de las legendarias minas del rey Salomón que llevaban hurtando sus tesoros de la codicia de los hombres desde tiempos inmemoriales. Pero el almirante interpretaba la realidad de su conquista desde una clave falsa: al no imaginar que un continente desconocido se interponía en su camino al mar de la China, creía haber desembarcado en la isla mítica de Ofir de la que el último soberano del reino de Israel unido, en sus viajes por Oriente, había extraído el oro y la plata para construir el primer Templo. La arena de sus playas era de oro y, si el recién llegado lograba sortear las fauces de las hormigas gigantescas que defendían sus tesoros, la fortuna le sonreiría.

No sería hasta que Magallanes atravesara el estrecho que lleva su nombre y circunnavegara el globo que el Pacífico se abriría a la ambición de unos navegantes españoles que descubrían así dos continentes -América y Asia- por el precio de uno. Para ello, debieron lograr una nueva hazaña endiabladamente compleja que llevaría décadas hasta que en 1565 fray Andrés de Urdaneta diera con la mejor manera de regresar desde Filipinas hasta las costas del virreinato de Perú, el célebre 'tornaviaje'. La geografía del mundo se aclaraba y los viejos sueños recuperaban la compostura: no había que seguir buscando la dorada isla de Salomón en el Atlántico sino en su lugar de origen natural, el océano Pacífico.

placeholder 'En demanda de la isla del rey Salomón' (Biblioteca Castro)
'En demanda de la isla del rey Salomón' (Biblioteca Castro)

Tras ocuparse de las cuitas de los marinos españoles del Pacífico septentrional en 'Legazpi, el tornaviaje', el académico de la RAE Juan Gil voltea la mirada al sur en su nueva antología 'En demanda de la isla del rey Salomón. Navegantes olvidados por el Pacífico sur' publicada también por Biblioteca Castro y en la que, tras una introducción imponente de más de doscientas páginas, rescata las relaciones de viajes de tres figuras principales: Álvaro de Mendaña, Pedro Fernández de Quirós y Diego de Prado. Aquellos hombres hoy caídos en el olvido vivirían toda clase de fantásticas aventuras ultramarinas a la busca de la isla del rey Salomón, llegarían a costear Nueva Guinea y a avistar Australia por primera vez.

Las relaciones de aquellos tres viajes conservadas durante siglos en ignotos manuscritos vuelven ahora a ver la luz con todo su sabor aventurero, su drama épico, su verdad y su leyenda.

Islas fabulosas

El protagonista del primero de estos tres periplos había llegado al Perú como criado y en 1567 ya era capitán al mando de dos navíos armados con el objeto de marchar 'en demanda de la isla del rey Salomón'. Álvaro de Mendaña, "un mozo soltero y bien dispuesto al que ahora le comienza a apuntar la barba" largó velas del Callao el 19 de noviembre y tres meses en febrero de 1568, después de una travesía tranquila, se topó con el conjunto de islas al este de Nueva Guinea que hoy conocemos como archipiélago de Salomón. Tal vez allí habría oro pero no parecía, eran pocos, muchos enfermos, sin apenas munición para defenderse de los belicosos indígenas y muy lejos de sus bases americanas. Decidieron regresar cosa que lograron tras un año de tormentas y hambre, al límite de sus fuerzas. Mendaña probó suerte nuevamente en 1592 esta vez al mando de cuatro naves pero, llegados a la isla de Santa Cruz con un barco ya perdido, cundieron el desánimo y los conflictos sangrientos. ¿Dónde estaba el oro? Acosados por los nativos y diezmados por la violencia y el escorbuto que acabó con la vida del propio Mendaña, aquellos marinos desesperados huyeron hacia Filipinas, el puerto español más próximo.

placeholder Expediciones de Pedro Fernández de Quirós y Diego de Prado
Expediciones de Pedro Fernández de Quirós y Diego de Prado

El avispado y curioso portugués Pedro Fernández de Quirós sacó a relucir su proverbial labia para engatusar a los poderosos -viaje a Roma para hablar con el Papa incluido- con su particular obsesión: estaba convencido de que en el Pacífico sur se ocultaba nada menos que todo un continente austral aún por descubrir, unas tierras fértiles y paradisiacas que convertirían a su descubridor en un nuevo Colón. El monarca español Felipe III accedió al fin y ordenó al virrey del Perú que pusiera tres naves en manos de Quirós con las que partió del Callao el 21 de diciembre de 1605. El viaje, sacudido por motines y rebeliones, fue un completo fracaso y Quirós dio la espantada y regresó a Acapulco en solitario con su nao capitana.

placeholder Mapa de 1606 de Diego de Prado de la Bahía San Pedro de Arlanza (Triton Bay, Nueva Guinea).
Mapa de 1606 de Diego de Prado de la Bahía San Pedro de Arlanza (Triton Bay, Nueva Guinea).

Fue entonces cuando tomó las riendas de la expedición Diego de Prado y Tovar, aristócrata y cartógrafo que sería así el primero en "costear el litoral meridional de Nueva Guinea (la tierra grande por antonomasia, bautizada por Prado con el nombre de la Grande Margarita, en honor de la reina), cuajada de islas; cruzó el estrecho al que dio nombre Luis Báez de Torres (el estrecho de Torres al que no habría de llegar ningún otro europeo hasta Cook) quizás avistó Australia y, finalmente, llegó al archipiélago de la Especiería". ¿Por qué no desembarcaron en Australia rondándola tan cerca? Aquellas aguas cuajadas de corales eran muy peligrosas y decidieron en el último momento, un día antes de tocar aquel nuevo continente, dar la vuelta hacia Filipinas. Tuvieron que pasar 160 años para que otro occidental, el citado capitán Cook inglés llegara hasta allí.

Una verdadera locura

Explica Juan Gil que "la colonización fracasó por varias razones, pero las causas principales fueron dos: la primera, la brava y tenaz resistencia que los aborígenes opusieron a la presencia de los españoles: la segunda, la falta de apoyo logístico. Fue una verdadera locura la idea de fundar, en suelo muy poblado y hostil, un asentamiento que, por estar a tantas millas de distancia de Lima, había de carecer de ayuda inmediata, y ello contando con que el socorro enviado acertase a dar con el emplazamiento exacto de la isla en medio del anchuroso océano; cosa nada fácil de lograr habida cuenta de que dos de las armadas que partieron del Callao arribaron a lugares diferentes, siendo su objetivo el mismo: Santa Isabel o Santa Cruz".

Fue una verdadera locura fundar, en suelo muy poblado y hostil, un asentamiento a tantas millas de distancia de Lima

"Tanto los españoles como los demás europeos", concluye Gil, "echaron pestes de la belicosidad y malas entrañas de aquellos isleños. No es cuestión ahora de entrar en juicios morales sobre la supuesta bondad de los europeos y el no menos supuesto salvajismo de los indígenas. El caso es que con aquellos hombres indomables tuvieron que vérselas Mendaña y sus colonos en 1595. No, no es de extrañar que las tres expediciones, mejor o peor capitaneadas, terminasen mal. Tampoco cuajó el nombre que tanto Mendaña como Quirós quisieron imponer al Pacífico: golfo de la Concepción, el primero; y de Loreto, el segundo. Cm o dijo irónica pero muy acertadamente Quirós, tal fin 'tuvo la tragedia de las islas donde faltó Salomón'".

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